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Relatos Ardientes

Cuando mi tío se desnudó junto a la piscina

4.7 (3)

La madre de Mateo le advirtió, antes de subir al coche con su marido, que no dejara la casa patas arriba. Era una advertencia innecesaria. El desorden en casa siempre lo había provocado ella.

—Cuida a tu tío —añadió desde la puerta.

—Mamá. Tiene cuarenta y dos años.

—Ya lo sé. Por eso mismo te lo digo.

Su tío Marcos llegó esa tarde con una bolsa de deporte pequeña, una cazadora de cuero y esa sonrisa de hombre que lleva meses aguantando cosas que no debería aguantar. Se había separado de Lorena hacía tres meses. Técnicamente todavía casados, pero viviendo por separado. La hermana de Marcos le había ofrecido la casa esa semana porque «necesitaba desconectar», según sus propias palabras.

Mateo llevaba años viendo a su tío en Navidades y en bodas, siempre con Lorena pegada al brazo como un accesorio de mal carácter. Sin ella, Marcos era diferente. Más suelto. Más presente. Esa noche cenaron juntos y hablaron más de lo que habían hablado en todos esos años de visitas familiares combinadas.

***

Por la mañana, Mateo lo encontró en la piscina.

Bañador verde, ajustado, que se le pegaba al cuerpo cuando salía del agua. Cuarenta y dos años y ese físico. El resultado de quien ha mantenido una rutina de ejercicio no por vanidad sino por costumbre, y que tiene consecuencias evidentes: espalda ancha, abdomen plano, antebrazos marcados.

Mateo lo observó desde la ventana de la cocina mientras esperaba que hirviera el café. Cuando Marcos lo miró desde la piscina y levantó la mano a modo de saludo, Mateo se apartó del cristal un poco más rápido de lo necesario.

Cuarenta y dos, pensó. Cuarenta y dos y ese cuerpo.

***

Sus padres se fueron después de comer. Su padre le pidió que saliera al aire. Su madre le pidió que no dejara el sofá sudado. Ninguno de los dos iba a estar allí para comprobarlo.

Mateo se tendió en el sofá en calzoncillos con la consola encendida y una bolsa de patatas frías a su lado. Marcos había subido a dormir la siesta.

Pasadas las seis, bajó.

Seguía con el bañador, pero se había puesto encima una camiseta de tirantes blanca. Contrastaba con la piel oscura. En la mano llevaba un porro delgado, ya liado.

—Con tus padres en casa no me habría atrevido —dijo—. ¿Te molesta?

—Para nada. —Mateo dejó el mando en el cojín—. En el jardín los que quieras. Yo también fumo, pero dentro no porque mi viejo lo huele todo.

—Bien. —Marcos hizo una pausa—. Tenía otro hábito que quería recuperar. Hago nudismo cuando puedo. Es cómodo y me desestresa. Pero si te da vergüenza o te resulta incómodo, lo dejo.

Mateo notó que le subía el calor a las mejillas.

—No me da vergüenza —dijo, mirando hacia la pantalla—. Aquí en casa es asunto tuyo.

—¿Seguro? —Marcos señaló con un gesto los calzoncillos rojos que llevaba Mateo como única prenda sobre el sofá—. Porque entre llevar eso y no llevar nada, la diferencia es bastante mínima.

Mateo no encontró respuesta. Su tío le revolvió el pelo al pasar a su lado, como si tuviera doce años, y salió al jardín sin añadir nada más.

—Ay, qué sobrinito más majo.

Mateo apretó el mando y volvió a mirar la pantalla. No veía nada.

***

Subió a su cuarto con el móvil en la mano y se apostó detrás de la cortina.

Marcos estaba en la tumbona, boca arriba, con el porro entre los labios y los brazos doblados bajo la cabeza. El bañador verde estaba doblado sobre la silla junto a la tumbona. Mateo acercó la cámara del móvil y la imagen se pixeló un poco, pero lo suficiente para confirmar todo lo que había estado imaginando desde esa mañana.

El pubis arreglado. La verga rechoncha y sin circuncidar, descansando sobre el muslo. Gruesa desde la base, más ancha hacia el extremo.

Mateo calculó en silencio y notó que su propia mano bajaba por su vientre sin que tomara ninguna decisión consciente al respecto.

Entonces sonó el teléfono.

Se apartó de la ventana y contestó al tercer tono.

—Diego, joder... —murmuró.

—¿Qué pasa? Llevas dos horas sin responder mensajes.

—Estaba ocupado.

—¿Ocupado cómo?

—No de esa manera. Todavía.

Hubo una pausa satisfecha al otro lado de la línea.

—Cuéntame.

—Me ha propuesto hacer nudismo. Y me ha mirado los calzoncillos de una manera que no es exactamente familiar.

—Ya te lo dije. ¿Y tú qué has hecho?

—Nada. Me ha revuelto el pelo y se ha ido al jardín.

—¿Te ha revuelto el pelo? ¿Como a un niño pequeño?

—Sí.

—Mateo. Ese hombre quiere follarte.

—No lo sabes.

—Lleva casado veinte años con una mujer que parece diseñada en frío. Lleva tres meses separado. Ha venido a quedarse solo contigo sabiendo que no hay nadie más en casa. Y en cuanto se han ido tus padres se ha quitado la ropa. ¿Tú qué crees que está pasando?

Mateo no respondió.

—Déjame ir —dijo Diego—. Yo le saco la verdad en diez minutos.

—Ni de coña. Eres un animal y lo sabes.

—Exactamente por eso me necesitas.

Mateo colgó. Se quedó mirando el techo un momento.

Diego era bruto y deslenguado, pero de tonto no tenía nada. Mateo pensó en el momento de antes: la mirada hacia los calzoncillos, la broma del nudismo, la caricia en el pelo que por alguna razón lo había descolocado más que cualquier otra cosa. Como si Marcos estuviera tanteando cuánto se podía permitir.

Decidió averiguarlo.

***

Bajó al jardín con el móvil en la mano y un pretexto preparado.

—Oye, Marcos. Mi primo Diego quiere venir a bañarse esta semana. Suele venir en verano porque él no tiene piscina. ¿Te molestaría?

—¿Lo conozco?

—Puede que lo hayas visto en alguna boda. Es de la familia de mi padre.

Le alargó el móvil. Era una foto de ese verano: Diego en la playa con bañador de competición, bronceado, con ese cuerpo de nadador que tenía desde los dieciséis.

Marcos estudió la imagen con más atención de la necesaria para reconocer una cara.

—No me suena —dijo al final, devolviendo el teléfono con una sonrisa que tardó un segundo de más en formarse—. ¿Y es como tú?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes a qué me refiero.

Mateo lo miró a los ojos.

—Sí. Es como yo.

—Entonces dile que venga cuando quiera. —Marcos se recostó en la tumbona—. Aunque tengo que preguntarte algo. Si vienen los dos... ¿tendré que vestirme?

Mateo sintió que la polla le daba un salto bajo los calzoncillos.

—No creo que haga falta.

—¿Y tú?

—Yo estoy así porque voy a meterme en el agua.

—Claro —dijo Marcos. Solo eso.

***

Dentro de la piscina, el frío le ayudó a pensar con más claridad. Pero solo un poco.

Se movieron los dos durante un rato sin hablar, cada uno en su extremo, cruzándose sin tocarse. Luego Marcos se aupo al borde y quedó sentado con los pies en el agua, al sol. Mateo nadó hasta quedar justo frente a él.

A esa distancia y con el sol dando por la espalda a Marcos, la verga le colgaba a la altura de los ojos de Mateo. Rechoncha, oscura, pesada. Mateo tuvo que levantar la vista.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo Marcos.

—Depende de lo que sea.

—Tu primo Diego. ¿Solo es nudismo lo que hacéis juntos?

Mateo aguantó la mirada un segundo.

—No.

—Ya me lo parecía.

La verga de Marcos había empezado a cambiar. Solo un poco, pero lo suficiente para que Mateo lo notara. Lo observó sin disimulo esta vez. Luego levantó los ojos.

—¿Y tú por qué quieres saber eso?

—Porque llevo tiempo preguntándome cosas que no sé responder solo.

Mateo se sostuvo en el borde con los brazos. Los dos a un metro de distancia. Marcos se escupió en la palma de la mano y se agarró despacio, sin apartar la vista.

—Cuéntame algo más.

—Si quieres que te cuente algo más —dijo Mateo—, primero quítame el bañador.

Marcos lo agarró del borde y tiró hacia abajo. Mateo salió del agua hasta quedar de pie frente a él, los calzoncillos húmedos y la erección visible.

—Así que no era solo nudismo —murmuró Marcos.

—Solo un poco más.

Se lo metió en la boca desde abajo, agarrándolo desde la base, y notó cómo llenaba entre sus mejillas hasta que la garganta le hizo tope. Marcos dejó escapar un sonido que no fue ninguna palabra, solo aire. Puro alivio.

Se recostó sobre los codos. Cerró los ojos y los volvió a abrir porque quería ver.

Mateo fue despacio. Aprendiendo el grosor, la forma, dónde respondía más. Cada vez que variaba el ritmo, los abdominales de Marcos se contraían y sus manos iban al pelo de Mateo sin apretar, solo sosteniéndolo.

—Era esto —murmuró Marcos—. Era esto lo que necesitaba.

Mateo salió del agua del todo y trepó sobre él. Los dos encontraron la posición con más torpeza y risa de lo que ninguno habría admitido en voz alta. Marcos lo sostuvo de la cintura con una fuerza que Mateo no había esperado.

—Despacio —dijo Mateo.

Marcos obedeció.

Se miraron mientras Mateo se bajaba sobre él, muy poco a poco, con la respiración entrecortada y los ojos abiertos. El primero en sacar la lengua fue Marcos. Mateo la encontró con la suya.

Se movió sobre él durante lo que le pareció mucho tiempo. La verga de Marcos lo llenaba de un modo que no era familiar y que por eso mismo resultaba intenso. Cuando Marcos perdió la paciencia y empujó desde abajo sin pedírselo, Mateo se aferró a sus hombros y cerró los ojos.

—¿Bien? —preguntó Marcos.

—Muy bien.

Se corrió Marcos con los dedos hundidos en sus caderas y un sonido casi inaudible. Mateo lo sintió dentro. Luego se encargó él mismo, apoyado sobre el pecho de su tío, y terminó sobre su vientre mientras la verga de Marcos todavía estaba dentro de él.

Se quedaron quietos. El sol sobre la hierba. El agua de la piscina moviéndose sola.

***

—Tengo que decirte algo —dijo Marcos cuando le volvió la voz.

Mateo tenía la cabeza apoyada en su brazo. Lo miró.

—Mi plan no era este. Vine a pedirte que me presentaras a alguien. Un amigo, alguien de confianza. Quería comprobar si lo que llevo sintiéndome desde hace años era real antes de decidir qué hacer con mi matrimonio.

—¿Y yo nunca formé parte de ese plan?

—Una o dos veces pensé en ti. Me sentí culpable cada vez. La última vez que nos vimos parecías mucho más joven.

—Tenía veintiuno.

—Ya sé cuántos tenías. —Una pausa—. Esta mañana, cuando te vi observarme desde la ventana de la cocina, entendí que había calculado mal.

Mateo tardó un momento.

—Pues ya te has estrenado —dijo—. Y bastante bien, por cierto.

Los dos se rieron.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos, más serio.

—Estoy muy bien. —Se incorporó sobre el codo—. Y voy a decirle a Diego que venga mañana, si te parece bien.

Marcos lo miró un segundo.

—Me parece muy bien.

Lo besó. Largo y sin prisa. Mateo se dejó llevar porque tenían toda la semana por delante.

La tenían.

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4.7 (3)

Comentarios (11)

Garfield1997

buenisimo!!! me quede con ganas de mas

Aitor27

Que relato tan bien llevado, se siente natural y creible. Espero que haya continuacion

vikingo33

jaja la situacion del bañador me mato, tremendo

NicoDeviante

Por favor escribi una segunda parte. Esto no puede quedarse asi, justo en lo mejor

Heinrich

De los mejores que he leido ultimamente. Muy bien contado, sin rodeos pero sin ser burdo. Saludos desde España

Rocko

se hizo cortisimo!!

TucMán88

Me recordo a una situacion parecida que tuve de joven... esas cosas que no olvidás nunca. Gracias por compartirlo

Leon2026

Esperando ansioso el proximo capitulo. Muy buen inicio

furias

lo lei dos veces, muy bueno

Marcos_B

Me encanto como desarrollaste la tension, eso es lo que hace a un buen relato. Seguí asi!!!

Kanabis

hay mas? pregunto en serio porque quiero saber que paso despues jajaja

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