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Relatos Ardientes

Dos desconocidas nos invitaron a su cabaña esa noche

Llevábamos meses hablando de escaparnos. El año había sido largo, lleno de compromisos familiares y jornadas que nos dejaban sin energía ni ganas. Así que cuando por fin reservamos una cabaña en medio de un bosque de robles a tres horas de la ciudad, sentí que algo dentro de mí se aflojaba. Algo que necesitaba aflojarse.

Marcos conducía y yo iba con los pies en el tablero mirando cómo el paisaje se teñía de naranjas y ocres. El otoño estaba en su mejor momento. Las copas de los árboles parecían incendiarse con la luz de la tarde y el aire que entraba por la ventanilla olía a tierra mojada y hojas secas.

La cabaña estaba en un complejo disperso entre los árboles, con otras cabañas lo suficientemente lejos como para no escuchar nada del exterior. Ese detalle no era casual. En el baúl, además de la ropa, llevábamos una bolsa con todo lo que nos gustaba usar cuando estábamos solos de verdad: juguetes, esposas de cuero, vendas, ropa que no era exactamente para dormir.

El primer día fue exactamente lo que habíamos planeado. Caminata larga por la mañana, almuerzo ligero junto a un arroyo, siesta y después una noche donde Marcos me recordó por qué le decía amo y por qué me gustaba hacerlo.

***

El segundo día empezó igual. Salimos a caminar temprano y bajamos al pueblo a comprar algo para almorzar en el camino. En la tienda de productos naturales, mientras elegíamos frutas y pan artesanal, nos cruzamos con dos chicas que llevaban una bolsa parecida a la nuestra.

La más alta tenía el pelo oscuro recogido en un rodete desprolijo y llevaba un short de lino beige y una musculosa blanca que dejaba ver unos hombros definidos y bronceados. La otra era más baja, de pelo castaño suelto hasta los hombros, con un vestido corto de flores que le marcaba la cintura. Las dos tenían algo magnético, una forma de moverse juntas que delataba intimidad.

Tomamos el sendero que seguía el arroyo cuesta arriba. No teníamos prisa. Marcos me tomaba de la mano y a veces me detenía para besarme contra un árbol, recordándome que estábamos solos en el mundo. Cuando el hambre nos alcanzó, buscamos un lugar con sombra junto al agua.

Más adelante, el arroyo hacía una curva y bajo unos sauces había un claro bañado de sol filtrado entre las ramas. Y ahí estaban ellas, las dos chicas de la tienda, sentadas sobre una manta con sus bolsas de comida abiertas. Nos vieron acercarnos y antes de que pudiéramos decir nada, la más alta nos hizo una seña con la mano para que nos acercáramos.

—Hay sombra de sobra —dijo con una sonrisa amplia—. Siéntense.

Se llamaba Renata. La del vestido de flores era Lucía. Nos contaron que llevaban cuatro años juntas y que venían a esas cabañas todos los otoños. La conversación fluyó de una manera absurdamente fácil. Hablamos de comida, de senderos, de los libros que habíamos traído, de lo difícil que era desconectarse del trabajo. Renata tenía una risa contagiosa y Lucía una forma de escuchar que te hacía sentir que cada palabra tuya era importante.

Seguimos juntos el resto de la tarde. Caminamos hasta una cascada pequeña donde el agua caía sobre unas piedras planas y volvimos cuando el sol empezaba a bajar. En algún momento del camino de regreso, intercambiamos parejas de charla. Lucía caminaba a mi lado y Marcos iba adelante con Renata. No sé de qué hablaron ellos, pero Lucía me preguntó sobre nuestra relación y le conté cosas que normalmente no le cuento a nadie tan rápido. Ella escuchaba sin juzgar.

Cuando llegamos a la altura de las cabañas, Renata se detuvo y nos miró.

—Tenemos carbón para el fogón, verduras para asar y todo para preparar unos tragos que van a querer repetir. ¿Se quedan a cenar?

Marcos y yo nos miramos. No hizo falta decir nada. Ambos sonreímos.

***

Marcos se encargó del fuego mientras yo ayudaba a Renata a preparar las brochetas en la cocina. Lucía apareció con una bandeja de tragos y una versión sin alcohol que había preparado especialmente para mí cuando le conté que no tomaba. El gesto me pareció atento, casi tierno.

Nos sentamos alrededor del fogón y jugamos a un juego de cartas que ellas habían traído, uno donde había que contar anécdotas y el resto adivinaba si eran ciertas o inventadas. El juego llenó el aire de carcajadas y confesiones a medias. Cada ronda subía un poco más de temperatura.

—Nos encanta jugar —dijo Lucía, apoyándose contra el hombro de Renata.

—A nosotros también —respondió Marcos, y me miró.

Hubo un silencio que no fue incómodo. Fue un silencio cargado. El fuego crepitaba y las sombras nos dibujaban siluetas cambiantes en la cara. Lucía estaba recostada contra Renata, que le acariciaba el pelo distraídamente, dejando que su mano bajara por el cuello y la espalda. Lo que antes me había parecido un gesto cariñoso ahora me resultaba deliberadamente sensual. Lucía parecía una gata entregada a las caricias de su dueña.

—¿A qué les gusta jugar? —preguntó Renata con una media sonrisa que no dejaba dudas.

—De todo —respondí—. Juegos de mesa, adivinanzas y juegos de roles.

—¿Te gusta ser sumisa? —preguntó Lucía, directa, sin apartar la mirada de mis ojos.

Me sorprendí. Miré a Marcos, que también parecía tomado por sorpresa. Repasé mentalmente lo que habíamos dicho. ¿Tan evidente era? Tal vez la forma en que lo miraba antes de responder cualquier cosa. Tal vez la forma en que él me tocaba la nuca cuando hablaba.

—Sí —dije—. Me encanta ser suya.

Marcos sonrió y me apretó la mano.

—Nosotras nos alternamos —explicó Renata—. A veces ella es mía, a veces yo soy suya. A veces cambiamos en la misma noche, pero generalmente son ciclos de meses. Ahora ella es mi gatita.

Lucía bajó la mirada y se mordió el labio. El gesto fue tan vulnerable y tan erótico al mismo tiempo que sentí un calor repentino entre las piernas.

—¿Alguna vez sumaron a alguien? —preguntó Marcos con naturalidad, como si preguntara por el clima.

—Nos gusta mucho —dijo Renata—. Pero es difícil encontrar a las personas adecuadas en el momento adecuado. La última vez que pasó fue hace un año, con una chica que conocimos en un festival. La pasamos tan bien que lo repetimos al día siguiente.

—Tengo sed —dijo Lucía poniéndose de pie—. Voy a preparar otro trago. ¿Me acompañás y te hago uno sin alcohol?

La seguí a la cocina. La luz era tenue, apenas una lámpara sobre la mesada. Lucía sacó los ingredientes y mientras mezclaba menta y tónica me preguntó si me gustaban las mujeres. Le dije que sí. Me preguntó si era celosa. Le dije que no. Me preguntó si alguna vez había estado con otra chica mientras Marcos miraba. Le dije que lo habíamos fantaseado muchas veces pero nunca se había dado.

Con cada pregunta sentía que algo se desarmaba dentro de mí, una barrera que no sabía que tenía levantada. Tenía muchas ganas de besarla. Tenía los labios rosados y carnosos, un perfume dulce que me llegaba cada vez que se movía y un cuello largo que me daban ganas de recorrer con la lengua.

Nuestras manos se rozaron al alcanzar las copas. Me quedé quieta. Ella también. Me miró a los ojos.

—Creo que queremos lo mismo —dijo en voz baja.

***

Volví al fuego y me senté en las piernas de Marcos. Le di un beso en el cuello y le susurré al oído que estaba de acuerdo, que quería ver a dónde nos llevaba la noche. Me apretó la cintura y me dijo que él también.

Lucía no solo había traído los tragos. Traía también un par de dados que sacó del bolsillo con una sonrisa traviesa. Una cara indicaba una parte del cuerpo, la otra una acción.

—¿Jugamos? —dijo extendiendo la mano.

Asentimos los cuatro.

—Primera ronda, gira como las agujas del reloj —estableció Renata y lanzó los dados sobre la manta.

Cuello y besar. Lucía ladeó la cabeza sin dejar de mirarnos. Renata le recogió el pelo con las dos manos, descubriendo la curva del cuello, y pasó la lengua desde la clavícula hasta detrás de la oreja. Le dio unos besos húmedos que arrancaron un suspiro. Sentí que los cuatro entrábamos en algo de lo que nadie iba a querer salir.

Torso y desnudar. Lucía se acercó a mí y me puse de pie frente a ella. Me miró a los ojos mientras deslizaba las manos desde mi cintura hacia abajo, tomaba el borde de mi camiseta y la subía despacio. Me dejó en corpiño. Recorrió con la mirada lo que había descubierto y se mordió el labio. Pero no hizo nada más. Volvió a su lugar.

Piernas y besar. Me arrodillé frente a Marcos, que abrió ligeramente las piernas. Le acaricié los muslos con las dos manos y fui dejando besos suaves por encima de la tela, subiendo despacio hasta sentir su dureza contra mis labios. Me moría de ganas de seguir, pero era hora de pasar los dados.

Espalda y acariciar. Marcos se puso de pie y caminó hacia Renata. Ella se dio vuelta, se levantó la musculosa y se la sacó quedando en un corpiño de encaje oscuro. Su espalda era firme y dorada. Marcos subió las manos desde los costados de la cintura hasta los omóplatos y bajó por el centro de la columna con las yemas de los dedos hasta el borde de su short. Se detuvo ahí. Le dio los dados.

Labios y morder. Renata y Lucía se arrodillaron frente a frente. Se besaron despacio, pasándose la lengua por los labios hasta dejarlos brillantes. Renata atrapó el labio inferior de Lucía entre los dientes y tiró suavemente antes de soltarlo. Se miraron fijo. El aire alrededor del fuego se había vuelto espeso.

Sexo y acariciar. Lucía se acercó a mí con algo salvaje en los ojos. Se arrodilló y empezó a acariciarme las piernas con la punta de las uñas, subiendo despacio, dejando un rastro de cosquillas y electricidad. Cuando llegó al borde de mi ropa interior por debajo de la falda, pasó los dedos por encima de la tela y sentí cómo se humedecían. Cerré los ojos un segundo.

Sexo y lamer. Semidesnuda y temblando de excitación, me arrodillé frente a Marcos. Le desabroché el pantalón y mientras yo tiraba de la tela hacia abajo, Lucía se acercó y le quitó la camiseta. Renata le sacó las zapatillas. Lo desnudamos entre las tres. Pasé la lengua por toda su longitud cerrando los ojos y antes de darme cuenta sentí la lengua de Renata recorriendo el mismo camino y rozando mis labios en el proceso. Lucía le besaba el cuello y las orejas con dulzura. Éramos tres bocas, tres pares de manos, tres cuerpos entregados al mismo centro. Renata y yo nos turnábamos para tomarlo con la boca mientras nos acariciábamos entre nosotras, mojándonos los dedos de tanto placer acumulado.

***

Entramos a la cabaña sin soltar nada. La cama era grande, con sábanas blancas que pronto dejaron de estar tendidas. Todo se volvió una espiral donde era difícil saber dónde terminaba un cuerpo y empezaba otro. Marcos nos ponía en cuatro a una por vez y nos penetraba mientras las otras dos se besaban, se lamían, se hacían acabar con los dedos. Los gemidos se mezclaban con risas y respiraciones entrecortadas.

En un momento Marcos me tomó del pelo y me dijo al oído que me diera vuelta. Me puse en cuatro sobre el apoyabrazos del sillón y me abrió las piernas con firmeza. Cuando me penetró profundo solté un gemido que Renata calló con un beso, arrodillada a mi lado. Lucía me acariciaba desde el otro costado mientras se tocaba, con los ojos entrecerrados y la respiración agitada.

—Por favor, amo, ¿puedo acabar? —le rogué.

—No —respondió—. Te quiero al borde. Que ellas hagan lo que quieran con vos.

Contuve todo lo que podía mientras mi cuerpo se sacudía. Renata me susurró al oído que me veía hermosa así, sometida y a punto de estallar. Sus palabras casi me hacen desobedecer.

Entonces Renata me miró y me preguntó si podía pedirle algo a Marcos. Asentí. Se acercó a su oído y le dijo que quería que la tomara por detrás, que llevaba toda la noche fantaseando con eso. Lo vi abrir los ojos de sorpresa. Yo le acaricié la cara y le dije que me encantaría verlo disfrutar así.

Renata se puso en posición y Lucía la preparó con caricias y besos en la espalda baja mientras yo acariciaba a Marcos, manteniéndolo listo. Me puse junto a Renata, de frente, para besarla en los labios mientras él entraba despacio. Sentí su gemido vibrar en mi boca. Primero suave, después más profundo, más adentro. Le acaricié los pechos y no dejé que sus gemidos se escaparan lejos.

Lucía se había recostado junto a nosotras y se tocaba mirando la escena. La escuché acabar primero, con un quejido largo que se le escapó entre los dientes. Ese sonido nos desbordó a todos. Renata tembló entera y se hundió en la almohada. Yo sentí que la ola me arrastraba sin pedir permiso y me entregué al orgasmo con la cara hundida en las sábanas. Marcos fue el último, con las manos clavadas en las caderas de Renata y un gruñido que resonó en las paredes de la cabaña.

***

Nos quedamos los cuatro en la cama sin hablar durante un rato largo. Alguien había apagado el fogón de afuera. La única luz venía de una vela en la mesita de noche que ninguno recordaba haber encendido. Lucía tenía la cabeza apoyada en mi pecho y Renata estaba acurrucada contra Marcos, que me tenía tomada de la mano por encima de las sábanas.

—Mañana les toca a ustedes invitar —dijo Renata sin abrir los ojos.

Marcos me apretó la mano y yo sonreí en la oscuridad. Nos quedaban cinco noches más en el bosque.

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