El día que salimos a navegar los tres solos
Estaba revisando los últimos detalles del barco cuando escuché mi nombre a lo lejos.
—¡Marcos! —La voz de Lucía llegó antes que ella, aguda y llena de entusiasmo.
Levanté la vista y la vi cruzando el muelle casi corriendo, con los brazos abiertos y ese vestido blanco de tela fina que el viento le pegaba al cuerpo. Me abrazó con fuerza, se colgó de mi cuello y me plantó un beso largo en los labios. No era un beso de amante. Era un beso de confianza, de alguien que sabe exactamente lo que va a pasar y lo celebra por adelantado.
—Qué ganas tenía de verte —dijo todavía colgada de mí.
—Estás increíble, Lucía. Cada vez que te veo estás mejor.
Ella se rio y me dio un golpe suave en el pecho. Detrás de ella llegó Dani, su pareja, con una mochila al hombro y esa sonrisa tranquila que siempre tenía. Nos dimos un abrazo fuerte y me contó por encima cómo había ido el viaje.
Les pedí que se quitaran los zapatos para subir a bordo. Lucía extendió la mano con un gesto teatral, la palma hacia abajo, como si esperara que le besaran el anillo.
—Así me gusta, dos caballeros para una sola dama —dijo levantando la barbilla.
Dani y yo nos reímos. Pero los tres sabíamos que Lucía no quería caballeros. Quería algo muy distinto.
***
Los conocí tres veranos atrás. Vinieron a hacer un bautismo de buceo en la escuela donde yo trabajaba como instructor y me tocó llevarlos. Conectamos desde el primer minuto. Esa noche salimos a cenar, luego a tomar copas, y lo que empezó como una conversación subida de tono terminó en la habitación de su hotel con los tres desnudos y sin ninguna prisa. Pero esa es otra historia.
Desde entonces, cada verano buscan un hueco para escaparse unos días y reencontrarnos. Lo nuestro no es solo sexo. Hay cariño, confianza y una complicidad que hace que todo fluya sin forzar nada.
Dani es un tipo grande, seguro de sí mismo, generoso en todos los sentidos. Tenemos la misma edad y nos entendemos bien. Lucía es unos años más joven, morena, con un cuerpo que cuida con dedicación. Pechos pequeños y firmes, caderas estrechas, un culo redondo y duro que quitaba el sentido. Pero lo que más me atraía de ella era esa energía, esa forma de mirarte como si estuviera decidiendo exactamente qué iba a hacerte.
***
Aquel día yo había pedido prestado el barco a un colega. El plan era salir hacia una islita que queda a unas millas de la costa, fondear en alguna cala tranquila y pasar el día en el agua. Dani me ayudó con las amarras mientras Lucía ya se había acomodado en la proa con las piernas estiradas al sol.
Salimos del puerto y fuimos charlando, poniéndonos al día. El viento era suave y la mar estaba plana, perfecta para navegar sin prisas.
Cuando ya estábamos lejos de la costa, sin otro barco a la vista, la llamé.
—Ven aquí, Lucía. Coge el timón.
Ella se acercó descalza y colocó las manos en la rueda. Yo me puse detrás, apoyado en el respaldo del asiento, de manera que nuestras alturas quedaban igualadas. Le aparté el pelo del cuello y empecé a besarla ahí, despacio, subiendo hasta el lóbulo de la oreja. Mis manos recorrían sus brazos de arriba abajo, apenas rozándola.
Lucía se recostó contra mi pecho. Mi polla ya estaba dura y la acomodé entre sus nalgas. Aún con el bañador puesto y el vestido de por medio, ella la sintió. Empezó a mover las caderas con un balanceo lento, casi imperceptible, como si siguiera el ritmo del oleaje.
Dani observaba desde el sillón de babor con una copa en la mano y una media sonrisa. No tenía prisa. Nunca la tenía.
Desabroché los tirantes del vestido y lo dejé caer. Debajo llevaba un bikini mínimo, un triángulo arriba y un tanga abajo. Su piel olía a protector solar y a sal. Le solté la parte de arriba y sus pechos quedaron al aire, pequeños y perfectos, con los pezones ya duros por la brisa o por la excitación o por las dos cosas.
Los acaricié con las dos manos mientras le mordía el cuello. Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró. Mi mano derecha bajó por su vientre, se coló bajo el tanga y encontró lo que buscaba. Estaba empapada. Caliente. Resbaladiza.
—No sueltes el timón —le dije al oído.
Encontré su clítoris y empecé a trazar círculos lentos con el dedo. Lucía apretó las manos en la rueda y separó un poco las piernas. Deslicé un dedo dentro de ella mientras la palma de mi mano presionaba su pubis. Mi dedo se empapó al instante.
Dani ya se había quitado el bañador. Se acariciaba despacio mientras nos miraba, con el teléfono en la otra mano grabando la escena. Lucía lo sabía y eso la excitaba más.
Le susurré al oído lo mucho que la deseaba, lo que iba a hacerle, lo que íbamos a hacerle entre los dos. Su respiración se volvió entrecortada. Empezó a temblar de las rodillas hacia arriba, a arquearse contra mi mano, y cuando se corrió soltó un grito largo que se perdió en el mar abierto. Si no hubiera estado apoyada en mí, se habría ido al suelo.
Dani se levantó del sillón.
—Ahora hazla tuya, Marcos.
***
La ayudé a tumbarse sobre la colchoneta que había preparado en la cubierta de popa. Lucía respiraba hondo con los ojos cerrados, todavía temblando por el orgasmo. Le separé las piernas despacio. Su sexo brillaba, hinchado, húmedo.
Le besé las rodillas y fui bajando por la cara interna de los muslos. Cuando llegué a su centro, me tomé mi tiempo. La recorrí con la lengua sin prisa, saboreándola, escuchando cómo su respiración volvía a acelerarse.
Me arrodillé entre sus piernas y apoyé la punta de mi polla contra su entrada. La rocé entre sus labios un par de veces, empapándome con su humedad, y luego empujé despacio. Entré con facilidad. Estaba tan mojada que mi polla se deslizó entera sin resistencia.
Empecé con un ritmo lento, sacándola casi por completo antes de volver a entrar hasta el fondo. Lucía abrió los ojos y me miró. Se mordió el labio y empezó a seguir mis movimientos con sus caderas, marcando el ritmo que quería. Fui acelerando.
Dani se arrodilló junto a su cara y le acercó la polla a los labios. Ella la agarró, la miró un segundo y se la metió en la boca. El gemido que soltó con la boca llena vibró en la polla de Dani, que cerró los ojos y le acarició el pelo.
La imagen era demasiado. Lucía con una polla en la boca y la otra dentro de ella, gimiendo entre cada embestida, retorciéndose. Se corrió otra vez con un espasmo que le tensó todo el cuerpo. Yo la sentí apretarse alrededor de mi polla y no pude aguantar más. Me corrí dentro de ella con un empujón largo y profundo. Dani nos siguió unos segundos después, acabando en su boca y su cuello.
Lucía se quedó tumbada, inmóvil, con la respiración agitada. Yo me incliné sobre ella y la besé. Luego bajé por su cuello, lamiendo despacio, limpiando los restos de Dani con mi lengua. Él se había colocado entre sus piernas y le besaba el sexo con una delicadeza que contrastaba con todo lo que acabábamos de hacer.
—Necesito un descanso de tanta caña —dijo Lucía entre risas, empujándonos a los dos.
***
Nos refrescamos con unas cervezas mientras yo ponía rumbo a una cala pequeña en la parte sur de la isla, una de esas que solo son accesibles desde el mar. Fondeamos a unos metros de la orilla y nos tiramos al agua los tres.
Estuvimos un rato nadando, salpicándonos, jugando como críos. Después subimos al barco y saqué la comida que había preparado: tortilla, ensalada, pan con tomate y una botella de vino blanco bien fría.
Comimos sin vestirnos, desnudos los tres bajo el sol. La conversación iba y venía entre risas y silencios cómodos. Pero yo conocía esa mirada que Lucía le lanzaba a Dani de vez en cuando. Una mirada que decía que el día no había terminado ni de lejos.
Fue ella quien dio el primer paso. Se acercó a mí gateando sobre la colchoneta y empezó a besarme el pecho, bajando poco a poco. Cuando llegó a mi polla la tomó con la mano y la besó en la punta antes de metérsela en la boca. Lo hacía despacio, con una delicadeza que me ponía más duro con cada pasada de su lengua.
Dani se sentó a mi lado. Lucía sacó mi polla de su boca, giró la cabeza y se metió la de él. Alternaba entre los dos con una naturalidad que hacía que pareciera lo más normal del mundo. Una y otra, mirándome a los ojos mientras chupaba a Dani, mirándolo a él mientras me chupaba a mí.
Me separé y me arrodillé junto a ella.
—Parece muy rica —le dije mirando la polla de Dani—. ¿Me dejas probar?
Lucía sonrió y la sujetó apuntándola hacia mi boca. Empecé con unos besos suaves, luego pasé la lengua por toda la extensión. Ella volvió a chupársela y dijo entre risas:
—Así, haz lo mismo que yo.
Los dos juntos le comimos la polla a Dani, nuestras lenguas encontrándose a veces sobre su piel, nuestras bocas alternándose. Dani tenía los ojos cerrados y respiraba pesado.
Se tumbó de espaldas y miró a Lucía.
—Ven aquí. Clávate encima de mí, que Marcos quiere follarte por detrás.
***
Lucía se montó sobre él y empezó a cabalgar sobre su polla con movimientos amplios y lentos. Yo me coloqué detrás y le susurré al oído:
—Hoy te vamos a dar lo que llevas esperando.
Le guiñé el ojo a Dani y él me respondió con una sonrisa.
—Soy vuestra —dijo ella con la voz ronca—. Hacedme lo que queráis.
Los dos se quedaron quietos para facilitarme la entrada. Agarré mi polla y la acerqué al sexo de Lucía, donde ya estaba la de Dani. Empecé a presionar despacio, resbalando contra su polla mientras la mía buscaba hueco. Poco a poco fui entrando. Nuestras pollas se rozaban dentro de ella, separadas apenas por una pared fina de carne caliente. Lucía soltó un grito ahogado y se agarró a los hombros de Dani.
—Me vais a partir en dos —jadeó—. No paréis. Me encanta lo que me estáis haciendo.
Dani apenas podía moverse, pero yo entraba y salía con cuidado, sintiendo su polla junto a la mía en cada embestida. Lucía temblaba entre los dos, abrumada.
Empecé a acariciarle el culo con los dedos lubricados mientras seguía moviéndome. Cuando los introduje sin resistencia, supe que estaba lista. Saqué mi polla de su sexo y la apoyé contra su ano. Presioné despacio. Ella empujó hacia atrás y me dejó entrar.
Fuimos acompasando los movimientos poco a poco hasta que los tres nos movíamos al mismo ritmo. Dani empujaba desde abajo, yo desde atrás, y Lucía recibía cada embestida con un gemido que le nacía desde el fondo del pecho. Le besé el cuello, le susurré lo bien que se sentía, lo increíble que era tenerla así entre los dos.
Lucía empezó a gritar y a arquearse buscando penetraciones más profundas. Se corrió con tanta fuerza que nos empujó a los dos con el espasmo de su cuerpo. Antes de que pudiéramos acabar, nos hizo separarnos.
Se puso de rodillas frente a nosotros.
—Ahora quiero lo mío —dijo agarrando una polla con cada mano.
Empezó a chuparnos y a masturbarnos alternando entre los dos. Se metió las dos en la boca a la vez, estirando los labios, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que brillaban. Yo fui el primero en acabar, corriéndome sobre su cara y su cuello. Dani le siguió unos segundos después, derramándose sobre sus labios y sus pechos.
Lucía se dejó caer de espaldas sobre la colchoneta con una sonrisa enorme. Nos tumbamos uno a cada lado, acariciándola, besándola. Dani le besó la boca y yo bajé a lamerle los pechos despacio, limpiándola. Estuvimos así un rato largo, los tres en silencio, escuchando el agua contra el casco y sintiendo el sol en la piel.
***
Nos dimos otro baño para quitarnos la sal y el sudor. El agua estaba perfecta, transparente hasta el fondo, y nos quedamos flotando boca arriba sin hablar.
Yo nunca había cumplido esa fantasía de salir al mar con ellos dos. De tener un barco, el sol, el silencio absoluto y todo el tiempo del mundo. Y por fin había pasado.
Los tres estábamos más que satisfechos, pero aún quedaban horas antes de volver a puerto. Y por supuesto que las aprovechamos.
Pero eso es otra historia.