Seis desconocidos y mi mujer dormida en la playa
La idea de ir a una cala nudista había sido mía. Carmen tardó tres días en convencerse, y cuando por fin dijo que sí, lo hizo con esa mezcla de nerviosismo y curiosidad que la caracterizaba cuando algo la asustaba y la atraía a partes iguales.
El apartamento nos lo prestó un compañero de trabajo que tenía una casita en la costa almeriense, cerca de un pueblo pequeño que casi nadie conocía fuera de la región. A diez minutos andando había una cala apartada que solo frecuentaban los lugareños y los nudistas de siempre: arena oscura, agua limpia, sin chiringuito ni hamacas de alquiler. Solo el mar, el sol y gente que había decidido que la ropa estaba de más.
El primer día llegamos vestidos de timidez. El segundo, Carmen dejó caer la parte de arriba del bañador con una displicencia que me dejó sin palabras. El tercero llegamos directamente en ropa de calle, nos quitamos todo junto a la toalla y nos tumbamos como si lleváramos años haciéndolo.
Ese fue el día en que todo cambió.
***
El calor de las dos de la tarde era denso y pegajoso. Carmen estaba tumbada boca arriba con los brazos ligeramente separados del cuerpo, los pies apuntando al mar, respirando despacio con los ojos cerrados. Llevaba así casi cuarenta minutos. El aceite protector que le había extendido por los hombros antes de dormirse brillaba sobre su piel, que los días de sol habían ido tostando hasta darle un color oscuro y uniforme.
Yo no dormía. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
A unos quince metros de donde estábamos, un grupo de chicos jóvenes llevaba un buen rato instalado cerca de la orilla. Los había contado: seis. Tenían esa energía de quien llega a la playa con el propósito de olvidar el año laboral de un golpe. Bebían, se lanzaban al agua, se empujaban entre ellos con esa camaradería ruidosa de los que se conocen de toda la vida. Pero cuando Carmen había sacado la toalla y se había tumbado, el volumen de sus conversaciones había bajado varios decibelios.
Los había visto mirarla. Y en lugar de sentir lo que supongo que debería haber sentido, sentí otra cosa.
Nuestra vida sexual llevaba tiempo expandiéndose hacia territorios que ninguno de los dos hubiéramos mencionado al principio de la relación. Las fantasías que compartíamos en la cama habían ido ganando detalle con los meses. La más recurrente era siempre la misma: Carmen con otros mientras yo miraba. Nunca la habíamos llevado a la práctica. Siempre había algo: la oportunidad equivocada, el lugar incorrecto, el momento que no terminaba de cuadrar.
Pero allí, en esa cala donde nadie nos conocía, con seis tíos mirándola y Carmen inconsciente del mundo, la oportunidad tenía exactamente la forma que yo había imaginado miles de veces.
Me levanté con el corazón golpeándome en la garganta.
Caminé hacia ellos despacio, como si fuera a preguntar la hora. Cuando llegué a su altura me agaché junto al primero y hablé en voz baja.
—Esa de allí es mi mujer.
Me miraron sin saber qué esperar.
—Duerme muy profundo. —Hice una pausa—. Si queréis acercaros y descargar encima de ella, yo no voy a decir nada.
Hubo un silencio de cinco segundos. El mayor del grupo, un tío de unos veintitantos con el pelo mojado pegado a la frente, me miró fijo.
—¿En serio?
—En serio. Silencio y sin tocarla. Solo eso.
No necesitaron más deliberación.
Se acercaron despacio, rodeando la toalla como si el suelo pudiera crujir. Yo me senté a su lado y los observé. Seis hombres desnudos empezando a masturbarse frente a mi mujer dormida, con el sol encima y el ruido del mar de fondo. Era exactamente como lo había imaginado, y al mismo tiempo completamente distinto: más real, más sucio, más tenso que cualquier imagen mental.
El primero descargó sobre su vientre con un gemido controlado, apretando los dientes para no hacer ruido. Carmen se movió apenas, como quien espanta una mosca sin despertar, pero siguió dormida. Los demás fueron siguiendo: uno sobre los pechos, otro en el cuello y los hombros, los últimos apuntaron a su cara y al vello oscuro que se curvaba entre sus muslos.
En pocos minutos su cuerpo estaba cubierto de manchas blancas que el calor empezaba a solidificar sobre su piel.
Los chicos se alejaron en silencio hacia el agua sin mirarme.
Yo me quedé sentado a su lado, mirándola, con una mezcla de satisfacción y un nerviosismo que no sabía muy bien dónde colocar.
***
Fue una gota lo que la despertó.
Una gota más pesada que las otras que había resbalado desde la mejilla hasta la comisura del labio. Carmen frunció la nariz primero. Luego se llevó la mano a la cara con el automatismo de quien aparta algo sin entender qué es. Y cuando sintió la textura entre los dedos, abrió los ojos.
Se quedó mirando su mano durante tres segundos.
Luego bajó la vista al resto del cuerpo.
—¿Qué...? —dijo, sin terminar la frase.
Se incorporó despacio, mirando los regueros blancos que le cruzaban el vientre, los pechos, el cuello. Se pasó los dedos por la mejilla y volvió a mirárselos.
—Diego. —Su voz era baja y muy controlada, que es cuando más me preocupa—. ¿De quién es todo esto?
—Unos chicos que estaban cerca —dije—. Te vieron y no pudieron resistirse. Ya se han ido al agua.
Carmen no respondió de inmediato. Se miró el cuerpo otra vez, metódicamente, como haciendo inventario. Luego me clavó una mirada que no fui capaz de descifrar del todo.
—¿Los dejaste? —preguntó.
—Sí.
—¿Los invitaste tú?
Silencio por mi parte.
—Diego. ¿Los invitaste tú?
—Sí.
Esperé la explosión. No llegó. Lo que vino fue peor: una calma absoluta.
—Eres un idiota —dijo por fin, sin levantar la voz—. No porque lo hayas hecho. Sino porque no me despertaste para hacerlo bien.
Me quedé mirándola sin saber qué responder.
—¿Para hacerlo bien?
—Para participar, Diego. Para decidir yo qué hacía con seis tíos que tenía delante. —Se miró el vientre otra vez—. Me has convertido en un mueble. En una pared sobre la que practican la puntería. Eso no es lo que hemos fantaseado nunca.
Tenía razón. Lo sabía perfectamente.
—Lo siento.
—No me sirve que lo sientas. —Se volvió hacia la orilla, donde los seis chicos seguían chapoteando a lo lejos—. ¿Siguen ahí?
—Sí.
—Bien. —Se puso de pie sobre la toalla con una decisión que me cortó la respiración—. Entonces esto todavía tiene arreglo.
***
Se quedó de pie bajo el sol con el semen aún visible sobre su piel, sin hacer el mínimo gesto de taparlo o limpiarlo. Era un detalle calculado. Carmen nunca hacía nada sin calcularlo.
Levantó el brazo y les hizo una señal amplia con la mano.
Los chicos la vieron desde el agua. Se miraron entre ellos. Dudaron.
—¡Venid aquí! —les gritó, con una autoridad que no admitía discusión.
Los seis salieron del agua. Caminaban despacio por la arena, con esa mezcla de expectativa y aprensión de quien no sabe si lo que le espera es un premio o una reprimenda. Cuando llegaron a la altura de la toalla, Carmen los fue mirando uno a uno en silencio, dejando que el tiempo trabajara solo.
—Habéis empezado algo —dijo al fin— y lo habéis hecho muy mal. Os vais a quedar aquí y lo vais a terminar como corresponde. ¿Queda claro?
El mayor del grupo asintió sin hablar.
—Bien. —Me señaló a mí con un gesto de barbilla—. Diego, siéntate. Y no te muevas de ahí.
Me senté.
Lo que siguió duró más de una hora.
***
Carmen no improvisó. Lo que desplegó durante esa hora tenía la lógica de alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Los situó a su alrededor sin pedirles que se pusieran en ningún orden: fue el espacio natural que ocuparon cuando ella se arrodilló en la arena frente al primero. Trabajó con concentración y sin prisa, moviéndose de uno a otro y estableciendo un ritmo que los mantenía al borde pero sin dejarlos terminar. Los controlaba con gestos pequeños y palabras cortas.
—Tú espera. Tú todavía no. Ahora tú.
Los chicos obedecían sin rechistar. Dudo que ninguno de ellos hubiera esperado estar en esa situación cuando salió de casa por la mañana.
Cuando consideró que todos estaban suficientemente preparados, se tumbó sobre la arena sin toalla, ignorando la temperatura del suelo. Señaló al primero con un movimiento de cabeza.
—Ahora.
Lo que siguió fue intenso y tuvo una lógica propia que yo observé desde fuera sin poder intervenir aunque hubiera querido. Carmen gemía sin exagerar, sin ese registro performativo de quien actúa para una audiencia. Era evidente que lo sentía, y eso lo hacía completamente distinto a cualquier escena que hubiéramos construido juntos en la imaginación.
Los chicos se turnaban con una coordinación que nadie había acordado en voz alta pero que todos parecían entender. Los que esperaban su turno observaban, se tocaban, respiraban hondo. El ambiente en la cala era cerrado y animal, como cuando el calor aprieta antes de una tormenta.
En un momento dado Carmen me buscó con los ojos entre los cuerpos que la rodeaban. Me encontró y no desvió la mirada durante varios segundos. Ese detalle —localizarme, asegurarse de que yo seguía ahí, mirando— me afectó más que nada de lo que estaba ocurriendo.
—¿Estás mirando, Diego? —preguntó, con la voz ronca.
—Sí —respondí.
—Bien. Entonces no te pierdas lo que viene.
Cuando llegó el momento final, lo organizó ella.
—Los tres primeros aquí. —Se tocó los labios con un dedo—. Los otros tres dentro.
No hubo caos. Hubo una coordinación extraña, casi respetuosa, de personas que de repente entendían las reglas de algo para lo que nadie les había preparado.
Cuando todo terminó, Carmen se quedó tumbada en la arena con los ojos cerrados y los brazos a lo largo del cuerpo. Respiraba despacio, con una regularidad casi deliberada. Los seis chicos se alejaron sin que nadie dijera nada, esta vez directamente hacia sus cosas, sin volver al agua.
Me acerqué. Me arrodillé a su lado en la arena caliente.
—Carmen.
Abrió los ojos.
Tenía una expresión que no le había visto nunca. No era exactamente satisfacción. Era algo más asentado, más quieto. Como alguien que acaba de resolver algo que llevaba mucho tiempo pendiente.
—¿Bien? —pregunté.
—Bien —confirmó—. Pero la próxima vez, Diego, me despiertas antes. —Cerró los ojos de nuevo—. Me despiertas y decidimos juntos desde el principio. Así es como funciona esto.
—Entendido.
—Y ahora cállate y dame el agua, que tengo la garganta seca.
Le di la botella. Se sentó despacio, bebió sin prisas, y cuando terminó me la devolvió con la misma calma con la que habría terminado una siesta normal.
El mar seguía sonando igual que antes. La cala estaba casi vacía. El sol había bajado un poco y la luz era más dorada, más inclinada sobre el agua.
Carmen se levantó, se sacudió la arena de las palmas y caminó hacia el mar sin mirar atrás.
Yo la observé desde la orilla un momento antes de seguirla.