Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Seis desconocidos y mi mujer dormida en la playa

4.3(3)

La idea de ir a una cala nudista había sido mía. Carmen tardó tres días en convencerse, y cuando por fin dijo que sí, lo hizo con esa mezcla de nerviosismo y curiosidad que la caracterizaba cuando algo la asustaba y la atraía a partes iguales.

El apartamento nos lo prestó un compañero de trabajo que tenía una casita en la costa almeriense, cerca de un pueblo pequeño que casi nadie conocía fuera de la región. A diez minutos andando había una cala apartada que solo frecuentaban los lugareños y los nudistas de siempre: arena oscura, agua limpia, sin chiringuito ni hamacas de alquiler. Solo el mar, el sol y gente que había decidido que la ropa estaba de más.

El primer día llegamos vestidos de timidez. El segundo, Carmen dejó caer la parte de arriba del bañador con una displicencia que me dejó sin palabras. El tercero llegamos directamente en ropa de calle, nos quitamos todo junto a la toalla y nos tumbamos como si lleváramos años haciéndolo.

Ese fue el día en que todo cambió.

***

El calor de las dos de la tarde era denso y pegajoso. Carmen estaba tumbada boca arriba con los brazos ligeramente separados del cuerpo, los pies apuntando al mar, respirando despacio con los ojos cerrados. Llevaba así casi cuarenta minutos. El aceite protector que le había extendido por los hombros antes de dormirse brillaba sobre su piel, que los días de sol habían ido tostando hasta darle un color oscuro y uniforme. Las tetas se le movían despacio con la respiración, los pezones oscuros y despiertos por la brisa; entre los muslos ligeramente abiertos, el vello negro le enmarcaba el coño de una manera que no dejaba lugar a dudas de lo que había ahí.

Yo no dormía. Tenía la polla medio dura desde hacía rato y demasiadas cosas en la cabeza.

A unos quince metros de donde estábamos, un grupo de chicos jóvenes llevaba un buen rato instalado cerca de la orilla. Los había contado: seis. Tenían esa energía de quien llega a la playa con el propósito de olvidar el año laboral de un golpe. Bebían, se lanzaban al agua, se empujaban entre ellos con esa camaradería ruidosa de los que se conocen de toda la vida. Pero cuando Carmen había sacado la toalla y se había tumbado, el volumen de sus conversaciones había bajado varios decibelios.

Los había visto mirarla. Y los había visto empalmarse a la vista de todos, sin poder disimular, con las pollas endureciéndoseles mientras fingían mirar el mar. En lugar de sentir lo que supongo que debería haber sentido, sentí otra cosa.

Nuestra vida sexual llevaba tiempo expandiéndose hacia territorios que ninguno de los dos hubiéramos mencionado al principio de la relación. Las fantasías que compartíamos en la cama habían ido ganando detalle con los meses. La más recurrente era siempre la misma: Carmen follada por otros mientras yo miraba, Carmen con dos pollas dentro, Carmen tragando corridas ajenas mientras me buscaba con los ojos. Nunca la habíamos llevado a la práctica. Siempre había algo: la oportunidad equivocada, el lugar incorrecto, el momento que no terminaba de cuadrar.

Pero allí, en esa cala donde nadie nos conocía, con seis tíos empalmados mirándola y Carmen inconsciente del mundo, la oportunidad tenía exactamente la forma que yo había imaginado miles de veces.

Me levanté con el corazón golpeándome en la garganta.

Caminé hacia ellos despacio, como si fuera a preguntar la hora. Cuando llegué a su altura me agaché junto al primero y hablé en voz baja.

—Esa de allí es mi mujer.

Me miraron sin saber qué esperar.

—Duerme muy profundo. —Hice una pausa—. Si queréis acercaros y correros encima de ella, yo no voy a decir nada. Vaciáis los huevos sobre sus tetas, su tripa, su cara, donde queráis. Pero no la tocáis.

Hubo un silencio de cinco segundos. El mayor del grupo, un tío de unos veintitantos con el pelo mojado pegado a la frente y una polla larga y gorda que se le mantenía a media asta solo con lo que estaba oyendo, me miró fijo.

—¿En serio?

—En serio. Silencio y sin tocarla. Solo os la meneáis encima y os corréis.

No necesitaron más deliberación.

Se acercaron despacio, rodeando la toalla como si el suelo pudiera crujir. Yo me senté a su lado y los observé. Seis hombres desnudos con las pollas duras en la mano, empezando a machacárselas frente a mi mujer dormida, con el sol encima y el ruido del mar de fondo. Se las cascaban con puños cerrados, respirando por la nariz, mordiéndose el labio para no gemir. Uno de ellos escupió en la palma para deslizar mejor sobre el glande hinchado. Otro se agarraba los huevos con la mano libre y se los apretaba mientras se meneaba la polla a un ritmo cada vez más rápido. La imagen era exactamente como la había imaginado, y al mismo tiempo completamente distinta: más real, más sucia, más tensa que cualquier fantasía.

El primero fue el más joven, un chaval delgado que no aguantó ni dos minutos. Descargó sobre el vientre de Carmen con un gemido controlado, apretando los dientes para no hacer ruido, mientras chorros gruesos de semen le caían justo debajo del ombligo y le resbalaban hacia el pubis. Carmen se movió apenas, como quien espanta una mosca sin despertar, pero siguió dormida. El segundo apuntó a las tetas: un lechazo largo le atravesó los dos pechos y otro más corto le cayó justo sobre el pezón derecho, quedándosele colgado. El tercero, con la polla apuntando bien hacia abajo, se corrió sobre el cuello y los hombros, marcando gotas gordas en la clavícula.

Los últimos tres se pusieron directamente a la altura de la cara. El mayor —el del pelo pegado— fue el que más aguantó y el que más soltó: le disparó tres chorros seguidos, uno en la mejilla, otro sobre los labios entreabiertos y un tercero que le fue a parar al vello oscuro que se curvaba entre los muslos. Otro le pintó la frente y el pelo. El último tenía la polla más gorda de todos y apuntó al coño: se corrió sobre el vello y el semen le fue resbalando hacia los pliegues sin llegar a colarse dentro.

En pocos minutos su cuerpo estaba cubierto de manchas blancas y espesas que el calor de las dos de la tarde empezaba a solidificar sobre su piel morena. Olía a sexo por encima del olor del mar.

Los chicos se alejaron en silencio hacia el agua sin mirarme, las pollas todavía a medio bajar goteando lo último.

Yo me quedé sentado a su lado, mirándola, con una mezcla de satisfacción y un nerviosismo que no sabía muy bien dónde colocar.

***

Fue una gota lo que la despertó.

Una gota más pesada que las otras que había resbalado desde la mejilla hasta la comisura del labio. Carmen frunció la nariz primero. Luego se llevó la mano a la cara con el automatismo de quien aparta algo sin entender qué es. Y cuando sintió la textura espesa entre los dedos, abrió los ojos.

Se quedó mirando su mano durante tres segundos.

Luego bajó la vista al resto del cuerpo.

—¿Qué...? —dijo, sin terminar la frase.

Se incorporó despacio, mirando los regueros blancos que le cruzaban el vientre, las tetas, el cuello. Se pasó los dedos por la mejilla y volvió a mirárselos. Un hilo espeso le colgaba del pezón derecho. Se llevó dos dedos al labio y comprobó, sin poder evitarlo, el sabor.

—Diego. —Su voz era baja y muy controlada, que es cuando más me preocupa—. ¿De quién es todo esto?

—Unos chicos que estaban cerca —dije—. Te vieron y no pudieron resistirse. Ya se han ido al agua.

Carmen no respondió de inmediato. Se miró el cuerpo otra vez, metódicamente, como haciendo inventario. Se pasó una mano por el vello del pubis y comprobó que también ahí había semen. Luego me clavó una mirada que no fui capaz de descifrar del todo.

—¿Los dejaste? —preguntó.

—Sí.

—¿Los invitaste tú?

Silencio por mi parte.

—Diego. ¿Los invitaste tú?

—Sí.

Esperé la explosión. No llegó. Lo que vino fue peor: una calma absoluta.

—Eres un idiota —dijo por fin, sin levantar la voz—. No porque lo hayas hecho. Sino porque no me despertaste para hacerlo bien.

Me quedé mirándola sin saber qué responder.

—¿Para hacerlo bien?

—Para participar, Diego. Para decidir yo qué me follaba a seis tíos que tenía delante. —Se miró el vientre otra vez—. Me has convertido en un mueble. En una pared sobre la que se hacen pajas. Eso no es lo que hemos fantaseado nunca. Yo no quiero que se corran encima mío mientras duermo. Yo quiero mamársela, quiero sentir cómo me la meten hasta el fondo, quiero decidir yo cuál me pongo delante y cuál detrás. Eso es lo que hemos hablado.

Tenía razón. Lo sabía perfectamente.

—Lo siento.

—No me sirve que lo sientas. —Se volvió hacia la orilla, donde los seis chicos seguían chapoteando a lo lejos—. ¿Siguen ahí?

—Sí.

—Bien. —Se puso de pie sobre la toalla con una decisión que me cortó la respiración—. Entonces esto todavía tiene arreglo.

***

Se quedó de pie bajo el sol con el semen aún visible sobre su piel, sin hacer el mínimo gesto de taparlo o limpiarlo. Era un detalle calculado. Carmen nunca hacía nada sin calcularlo. Con las tetas manchadas, el pubis brillante y el pelo pegajoso donde le había caído una corrida, era una imagen que iba a hacerles perder la cabeza a los seis en cuanto la vieran de cerca.

Levantó el brazo y les hizo una señal amplia con la mano.

Los chicos la vieron desde el agua. Se miraron entre ellos. Dudaron.

—¡Venid aquí! —les gritó, con una autoridad que no admitía discusión.

Los seis salieron del agua. Caminaban despacio por la arena, las pollas todavía blandas por el chapuzón pero endureciéndoseles a cada paso conforme se acercaban. Cuando llegaron a la altura de la toalla, Carmen los fue mirando uno a uno en silencio, dejando que el tiempo trabajara solo. Cada uno la vio de cerca cubierta de su propio semen y el de sus amigos, y a todos se les puso la polla dura otra vez sin necesidad de tocársela.

—Habéis empezado algo —dijo al fin— y lo habéis hecho muy mal. Os vais a quedar aquí y me vais a follar como corresponde. ¿Queda claro?

El mayor del grupo asintió sin hablar. Se le marcaba el pulso en la polla.

—Bien. —Me señaló a mí con un gesto de barbilla—. Diego, siéntate. Y no te muevas de ahí.

Me senté.

Lo que siguió duró más de una hora.

***

Carmen no improvisó. Lo que desplegó durante esa hora tenía la lógica de alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.

Los situó a su alrededor sin pedirles que se pusieran en ningún orden: fue el espacio natural que ocuparon cuando ella se arrodilló en la arena frente al primero. Le agarró la polla con la mano, se la sopesó como quien valora un producto, y se la metió en la boca hasta el fondo sin previo aviso. El chaval echó la cabeza para atrás y soltó un gemido gutural. Carmen se la sacó despacio, dejando un hilo de saliva colgando, y le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta antes de volver a tragársela entera.

—Tú —le dijo al siguiente sin soltar la primera, agarrándole la polla con la mano izquierda mientras seguía trabajando la de la boca—. Aquí. Ya.

Empezó a alternar. Chupaba una y meneaba las otras dos con las manos, luego cambiaba, se pasaba una polla por las tetas manchadas, se metía dos en la boca a la vez, dejaba que otro le frotara el glande contra los labios sin llegar a metérselo. Trabajaba con concentración y sin prisa, moviéndose de uno a otro y estableciendo un ritmo que los mantenía al borde sin dejarlos terminar. Los controlaba con gestos pequeños y palabras cortas.

—Tú espera. Tú todavía no. Ahora tú. Aquí, en la boca. Más adentro.

Los chicos obedecían sin rechistar. Dudo que ninguno de ellos hubiera esperado estar en esa situación cuando salió de casa por la mañana. Uno de ellos empezó a temblar y Carmen le apartó la polla de la cara de un manotazo suave.

—Ni se te ocurra. Todavía no.

Cuando consideró que todos estaban suficientemente preparados, se tumbó sobre la arena sin toalla, ignorando la temperatura del suelo. Se abrió el coño con dos dedos, enseñándoles lo mojada que estaba, y señaló al mayor con un movimiento de cabeza.

—Tú. Ahora. Fóllame.

El mayor se puso entre sus piernas, le agarró los muslos, y le metió la polla de una sola embestida hasta el fondo. Carmen soltó un gemido largo, echó la cabeza para atrás y le clavó los talones en el culo para que no se saliera. La follaba con embestidas duras y profundas, haciéndole botar las tetas contra el pecho a cada golpe, y ella iba subiendo el volumen sin exagerar, con ese registro auténtico de quien está sintiendo cada centímetro.

—Más fuerte. Así. Más.

Al minuto lo cambió sin darle tiempo a acabar. Se puso a cuatro patas en la arena, con el culo levantado y las tetas colgando, y llamó al siguiente. Este le agarró de las caderas y se la metió por detrás mientras otro se le ponía delante de la cara con la polla dura. Carmen se la tragó sin dudarlo, marcando el ritmo con el que la estaban follando por detrás: cuando el de atrás empujaba, ella tragaba, y así los dos la tenían llena por los dos lados a la vez.

Uno de los que esperaban se acercó al costado. Ella le agarró la polla con la mano y se la empezó a menear sin dejar de mamársela al que tenía delante.

—Los tres a la vez —murmuró cuando pudo—. Quiero a tres a la vez.

El del culo se retiró y ella se puso a horcajadas encima de él, empalándose de una sentada. La polla le entró hasta el fondo y Carmen se quedó quieta un segundo, apretándole con el coño, antes de empezar a moverse. Otro se le puso detrás, le separó las nalgas, y le fue empujando la polla en el culo despacio, esperando a que ella cediera. Carmen se agarró de los hombros del de abajo, apretó los dientes y empujó las caderas hacia atrás, tragándose las dos pollas a la vez con un gemido ronco que le salió desde el pecho.

—Joder... —dijo, sin acabar la frase.

El tercero se le puso delante de la cara y ella lo esperaba con la boca abierta. Los tres empezaron a moverse coordinados, encontrando un ritmo que ni ellos mismos entendían. Los otros tres, los que esperaban su turno, se cascaban las pollas alrededor, mirando cómo mi mujer tenía tres vergas dentro a la vez y las manejaba a las tres con la misma soltura.

El ambiente en la cala era cerrado y animal, como cuando el calor aprieta antes de una tormenta. Olía a sudor, a sexo, a semen, a arena caliente. Se oían las embestidas, las palmadas de la carne contra la carne, los gemidos que Carmen ya no controlaba tanto, las respiraciones jadeantes de los seis.

En un momento dado Carmen me buscó con los ojos entre los cuerpos que la rodeaban. Me encontró y no desvió la mirada durante varios segundos, con la boca llena y las caderas moviéndose sobre las dos pollas que la tenían empalada. Ese detalle —localizarme, asegurarse de que yo seguía ahí, mirando, mientras la follaban dos por delante y por detrás y otro se la metía en la boca— me afectó más que nada de lo que estaba ocurriendo.

Se sacó la polla de la boca un segundo.

—¿Estás mirando, Diego? —preguntó, con la voz ronca y un hilo de saliva colgándole de la barbilla.

—Sí —respondí.

—Bien. Entonces no te pierdas lo que viene.

Volvió al ritmo con más ganas. Iba cambiando a los seis sin dejar a ninguno mucho tiempo en el mismo sitio: el que estaba en el coño pasaba al culo, el del culo iba a la boca, el de la boca a las manos, y así hasta que todos habían pasado por todas partes. Se dejó follar boca arriba con las piernas por encima de los hombros del que la penetraba, se puso en cuchara con uno detrás mientras se comía la polla de otro, se dejó embestir contra la arena con la cara pegada al suelo y el culo levantado.

Cuando llegó el momento final, lo organizó ella.

Se arrodilló en el centro y los repartió.

—Los tres primeros aquí. —Se tocó los labios con un dedo—. Los otros tres dentro. Dos en el coño, uno en el culo. Y os corréis dentro. Todos. ¿Está claro?

No hubo caos. Hubo una coordinación extraña, casi respetuosa, de personas que de repente entendían las reglas de algo para lo que nadie les había preparado. Los tres primeros la rodearon por delante y se empezaron a menear las pollas a la altura de su cara. Carmen sacó la lengua y se puso a lamer los tres glandes por turnos, dejando que se los frotaran por los labios, la barbilla y las mejillas.

Los otros tres se la llevaron atrás. Uno se tumbó en la arena y Carmen se sentó encima, empalándose de nuevo. Otro se le metió en el culo desde arriba. El tercero les buscó hueco a los dos anteriores y consiguió meter la polla junto a la del que estaba en el coño, con Carmen soltando un gemido que sonó a rendición. Tenía cinco pollas dentro o alrededor a la vez, y todavía usaba las manos para menear las que no le cabían.

El primero en correrse fue el del culo. Ella lo notó por dentro y apretó las nalgas para retenerlo. El segundo descargó dentro del coño casi de inmediato, y el tercero, que estaba con él ahí abajo, aguantó unos segundos más antes de vaciarse también. Los tres de arriba se corrieron encima de la cara casi a la vez: uno en la lengua que Carmen tenía sacada, otro sobre los labios, otro sobre la mejilla y el ojo cerrado. Ella tragó lo que le cayó en la boca sin apartarse, cerró la boca, y se pasó el pulgar por el labio para recoger lo que le colgaba.

Cuando todo terminó, Carmen se quedó tumbada en la arena con los ojos cerrados y los brazos a lo largo del cuerpo. Le chorreaba semen del coño y del culo sobre la arena, tenía la cara pintada, las tetas empapadas. Respiraba despacio, con una regularidad casi deliberada. Los seis chicos se alejaron sin que nadie dijera nada, esta vez directamente hacia sus cosas, sin volver al agua.

Me acerqué. Me arrodillé a su lado en la arena caliente.

—Carmen.

Abrió los ojos.

Tenía una expresión que no le había visto nunca. No era exactamente satisfacción. Era algo más asentado, más quieto. Como alguien que acaba de resolver algo que llevaba mucho tiempo pendiente.

—¿Bien? —pregunté.

—Bien —confirmó—. Pero la próxima vez, Diego, me despiertas antes. —Cerró los ojos de nuevo—. Me despiertas y decidimos juntos desde el principio. Así es como funciona esto.

—Entendido.

—Y ahora cállate y dame el agua, que tengo la garganta seca.

Le di la botella. Se sentó despacio, bebió sin prisas, y cuando terminó me la devolvió con la misma calma con la que habría terminado una siesta normal.

El mar seguía sonando igual que antes. La cala estaba casi vacía. El sol había bajado un poco y la luz era más dorada, más inclinada sobre el agua.

Carmen se levantó, se sacudió la arena de las palmas y caminó hacia el mar sin mirar atrás, con el semen resbalándole todavía por la cara interior de los muslos.

Yo la observé desde la orilla un momento antes de seguirla.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

4.3(3)

Comentarios(10)

Lucas_mza

increible este relato!! de los mejores que lei ultimamente, en serio

RoxanaLeC

La reaccion de Carmen al final me dejo con la boca abierta. Hay segunda parte? Quedé con muchas ganas de saber como siguio todo eso

Norberto_C

Ese dilema del principio, entre la peor y la mejor decision... eso te engancha de entrada y ya no podes soltar el relato. Muy bien narrado

Tony46

jajaja tremendo giro al final, no me lo esperaba para nada. Me mato la reaccion de ella

Marcos_BA

La playa, el sol, los seis... todo muy bien ambientado. Se siente autentico aunque sea ficcion. Mas relatos asi, por favor!

AnitaMedrano

Dios mio que tension!! lo lei de un tiron sin poder parar

PacoGT

Buenisimo. El titulo te atrapa y el relato no defrauda. Asi es como tiene que ser

Valentina_ok

Esperando ansiosamente la continuacion. Esa ultima frase deja demasiado en el aire jaja, no es justo

xtcxtc

muy bueno, gracias por compartir!!

Romina_84

Me recordo a una historia que me conto una amiga... menos desconocidos pero misma vibra de locura veraniega jaja. Excelente relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.