Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Escuchar a los vecinos fue el mejor afrodisíaco

4.3 (3)

Hacía apenas tres meses que la pareja del piso de arriba se había mudado cuando empezamos a entender con qué clase de vecinos íbamos a convivir. No es que los conociéramos todavía —apenas los habíamos cruzado en el ascensor un par de veces— sino por lo que escuchamos antes de que hubiera ocasión de presentarse.

Los habíamos visto. Él era alto, de complexión fuerte, con el pelo corto y una barba de tres días que siempre parecía recién arreglada. Tenía esa presencia física que llena el espacio sin esfuerzo. Ella era delgada, de movimientos lentos y deliberados, con el pelo casi siempre recogido en un moño descuidado que le dejaba el cuello al descubierto. La primera vez que coincidimos en la piscina, un domingo de calor absurdo, Sofía y yo nos miramos de la misma forma: esa mirada que entre nosotros tiene código propio y que puede significar varias cosas a la vez.

Llevamos seis años juntos, Sofía y yo, y en ese tiempo hemos aprendido que hablar sin rodeos sobre lo que uno desea ahorra muchos malentendidos. Teníamos fantasías compartidas —algunas ya exploradas, otras que seguían siendo conversaciones para las noches en que no entraba el sueño— y una de las más recurrentes giraba siempre alrededor de lo mismo: compartir una noche con otra pareja. Sin compromisos, sin complicaciones. Solo ver qué se sentía estando cerca de otros mientras todo pasaba.

Nunca habíamos dado el paso. No por falta de ganas, sino porque la situación nunca se había presentado de una forma que a los dos nos pareciera la adecuada. Y así la fantasía seguía siendo eso: una conversación para después de apagar la luz.

***

Era un martes a finales de noviembre.

Habíamos cenado sin mucha ceremonia y nos habíamos tumbado en la cama con la pantalla apoyada entre las almohadas, sin ponernos de acuerdo sobre qué ver. Sofía tenía las piernas cruzadas encima de las mías y llevaba el pijama de punto gris que le queda dos tallas grande. Eran casi las dos de la mañana y los dos estábamos en ese estado intermedio entre el cansancio y las ganas de no dormir todavía.

Entonces lo escuchamos.

Al principio fue solo un ruido de fondo, rítmico, que podría haber sido cualquier cosa. Sofía fue la primera en identificarlo: levantó la vista de la pantalla y se quedó completamente quieta, escuchando. Cuando nuestros ojos se encontraron, los dos tuvimos que contener la risa.

El sonido no tenía nada de discreto. La voz de ella llegaba con una claridad que hacía preguntarse si en algún momento de la mudanza habían considerado que las paredes de este edificio son una broma de la arquitectura. El ritmo del somier era inconfundible: sostenido, constante, sin dejar lugar a otras interpretaciones.

Sofía apagó la pantalla.

—¿Qué hacemos? —pregunté, aunque no era una pregunta real.

Ella se giró hacia mí despacio. Tenía esa media sonrisa que conozco mejor que mi propia cara. Apoyó la mano en mi pecho y la deslizó lentamente hacia arriba, hacia mi cuello.

—Escuchamos —dijo.

***

Desde el techo llegó otro gemido, más largo que los anteriores. Sofía lo recibió con los ojos entrecerrados. La acerqué hacia mí, le aparté el pelo del cuello y le puse los labios justo ahí, en ese punto que sé que lo cambia todo para ella. Noté cómo su respiración se transformó en cuanto lo hice.

—Imagínatelos —le dije en voz baja.

—Ya lo estoy haciendo —respondió.

Lo que siguió fue lento, deliberado, construido con cuidado. Hay noches en que el sexo entre nosotros tiene urgencia y no deja tiempo para nada más. Esa noche fue diferente: tenía la calidad de algo que se levanta con paciencia, consciente de cada detalle. Sofía se movía casi en paralelo a lo que llegaba del piso de arriba, como si hubiera un tempo común que ninguno había propuesto pero todos seguíamos.

Le fui subiendo el pijama por los muslos mientras ella me desabotonaba la camisa sin apartar los ojos de los míos. Hay algo en esa mirada sostenida que siempre me descoloca, en el buen sentido. Como si Sofía estuviera leyendo algo que yo no sé que tengo escrito en la cara.

—¿Estás pensando en ellos? —me preguntó.

—Sí —dije. Era verdad.

Los imaginaba exactamente como los habíamos visto en la piscina: él detrás de ella, ella con las manos apoyadas en algo que no existía en la imagen pero que mi cabeza completaba sola. Era una fantasía sin bordes definidos, solo una presencia, un calor, la idea abstracta de que el placer podía extenderse más allá de nosotros dos si se dejaba.

Sofía bajó despacio. Cuando llegó a donde llegó, no fue directa: rodeó, esperó, tomó su tiempo. Es su forma particular de torturar y los dos lo sabemos hace años. Yo le puse la mano en el pelo y no dije nada, porque decir algo en ese momento siempre estropea algo.

Desde arriba llegó un grito que no tenía nada de contenido. Y Sofía, casi sin pausa, también dejó escapar un sonido propio.

***

En algún momento cambiamos de posición. Sofía sacó de la mesita el vibrador que tiene —uno con estimulador curvo que requiere cierta coordinación pero que produce resultados difíciles de ignorar— y me pidió con pocas palabras lo que quería. Nos hemos hecho esa petición suficientes veces como para no necesitar elaborarla: ella se colocó a cuatro patas con el vibrador en su mano y la espalda arqueada de una forma que a mí siempre me resulta difícil describir sin que parezca exageración.

No lo era.

Lo que llegaba del piso de arriba era ya continuo, sin pausas, con esa calidad de algo que va alcanzando su punto más alto. Y Sofía, cuando se deja llevar del todo, no tiene filtro. Empezó a hablar. Al principio en voz baja. Después ya no.

—Diego —dijo en algún momento. Mi nombre, con esa vocal final estirada que solo usa cuando está perdiendo el control sobre todo lo demás.

Y fue exactamente entonces cuando el piso de arriba se quedó en silencio.

Nos miramos. Sofía giró la cabeza hacia mí con una expresión que mezclaba el asombro con algo muy parecido a la diversión.

—Nos escucharon —dijo, casi sin aliento.

—Sí —dije.

Hubo un segundo de pausa. Quizás dos. El tipo de silencio en el que uno contiene la respiración sin saber bien por qué. Y luego, desde arriba, volvió el ruido. Diferente. Más acelerado, más alto, con una urgencia que antes no tenía.

Sofía soltó una risa breve que se cortó sola cuando volví a moverme.

—Bien —dijo—. Que nos escuchen.

Y los dos dejamos de moderar el volumen.

Lo que siguió fue distinto a todo lo anterior. Porque ya no era solo nuestra fantasía sobre ellos: era la conciencia de que ellos tenían su propia fantasía sobre nosotros, al mismo tiempo, al otro lado de unos centímetros de hormigón. Un intercambio sin contacto, completamente absurdo y completamente eléctrico. Cuatro personas en dos camas separadas, escuchándose, imaginándose, usándose mutuamente como combustible sin haber acordado nada de antemano.

Sofía llegó al orgasmo con el vibrador en su mano y yo dentro de ella, y no lo hizo en silencio. Desde arriba llegó casi a la vez el grito de la vecina, largo y sin pretensiones. Y unos segundos después, yo también.

Nos quedamos tumbados un rato sin hablar. El techo era blanco y completamente ordinario. Desde arriba ya no llegaba nada.

—Bendita competencia —dijo Sofía finalmente, con la voz todavía un poco rota.

Me reí. No supe qué otra cosa hacer.

***

Al día siguiente llamamos al ascensor a las nueve de la mañana. Cuando se abrió la puerta, estaban ellos dentro.

El tiempo que tardamos en reconocernos mutuamente fue de aproximadamente medio segundo. No hay que ser muy inteligente para leer una situación así: cuatro adultos en un ascensor de dos metros cuadrados, los cuatro sabiendo exactamente lo mismo, sin ningún protocolo que cubra este caso concreto.

Nadie dijo nada.

Entramos. Se cerraron las puertas.

Los vi a los dos en el espejo del fondo: él miraba al frente con una media sonrisa que no hacía el menor intento de disimular. Ella tenía las mejillas encendidas y los ojos fijos en el panel de botones, aunque el ascensor ya estaba en movimiento y no había nada que pulsar. Sofía, a mi lado, buscó mi mano sin mirar.

En la planta baja, las puertas se abrieron. Ellos salieron primero.

—Hasta luego —dijo él sin girarse, con un tono completamente normal que resultaba cómico en el contexto.

—Hasta luego —respondí, igualando el tono.

Cuando llegamos a la calle, Sofía y yo nos miramos al mismo tiempo y soltamos la risa juntos. Una de esas risas largas que uno tiene guardadas y que salen todas de golpe.

—Hay que invitarlos a cenar —dije cuando recuperé el habla.

—Sí —dijo ella—. Cuando recuperemos fuerzas.

Lo decíamos en serio. O al menos yo lo decía, y conozco a Sofía lo suficiente como para saber que ella también. La fantasía de las noches de martes había adquirido caras, voces, un contexto. Y también la certeza de que, si algún día llamábamos a su puerta con una botella de vino, no nos iban a cerrar la puerta.

Lo que haríamos con eso era, de momento, otra conversación pendiente.

Valora este relato

4.3 (3)

Comentarios (7)

rodrigo_baires

jajaja eso mismo estuvo a punto de pasarme en mi edificio, pero me acobardé en el último momento. Tremendo relato.

LauraM22

Necesito saber si despues se hicieron amigos los cuatro o fue solo esa noche... segunda parte porfavor!!!

Andres66

excelente!!! corto pero perfecto

Curioso77

La parte donde solo escuchan sin hacer nada es lo que mas me gusto. La tension que se va armando es increible, muy bien narrado.

Carlita_BA

se hizo muy corto, quería muchísimo mas. Sigue escribiendo!

Lucas_Dpto

Nunca pensé que la pared de un departamento pudiera ser tan inspiradora jajaja. Buenisimo el planteo.

danny52

Y al dia siguiente en el pasillo, ¿se miraron y no dijeron nada? eso me mata de curiosidad

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.