Les propuso un trato a los tres mecánicos del taller
Carolina llegó al taller a las cuatro de la tarde, cuando el sol todavía pegaba fuerte contra el asfalto y el aire olía a caucho caliente. Su camioneta llevaba semanas dando problemas: se apagaba en los semáforos, el motor tosía al arrancar y la última vez la dejó varada a tres cuadras de su casa.
Su tío Ernesto le había dado el nombre: un tal Don Ramiro, mecánico de toda la vida, serio y justo con los precios. Carolina anotó la dirección y fue sin pensarlo.
Estacionó frente a un portón metálico abierto de par en par. Adentro se veían dos autos sobre rampas, herramientas colgadas en las paredes y un calendario viejo de una marca de lubricantes. Bajó de la camioneta y se alisó la remera negra que se le pegaba al cuerpo por el calor. Llevaba también unos jeans claros ceñidos y sandalias bajas.
Don Ramiro apareció primero, limpiándose las manos con un trapo rojo. Tendría unos cincuenta y tantos: pelo canoso cortado al ras, hombros anchos, manos grandes y callosas de toda una vida girando tuercas. Detrás de él salieron Sergio y Andrés, sus dos empleados. Sergio era corpulento, de barba cerrada y mirada directa. Andrés, el más joven, delgado pero fibroso, con los antebrazos marcados por el esfuerzo diario.
Los tres la recorrieron con la mirada antes de que Don Ramiro abriera la boca.
—Tú debes ser la sobrina de Ernesto —dijo, y le tendió la mano sin ceremonias—. Déjame ver qué tiene esa camioneta.
Carolina asintió y les entregó las llaves. Los observó mientras levantaban el capó, desconectaban cables, arrancaban el motor y se hablaban entre ellos con un lenguaje técnico que ella no entendía. Los tres vestían overoles de trabajo abiertos hasta el pecho, y ella no pudo evitar notar los brazos cubiertos de grasa, los cuellos transpirados, el modo en que se movían con una seguridad que la distraía más de lo que quería admitir.
Cuando Sergio se agachó para revisar bajo el motor, el overol se le tensó en la espalda. Carolina se descubrió observándolo más tiempo del necesario y apartó la mirada, incómoda con lo que sentía.
Concéntrate, Carolina.
Después de cuarenta minutos, Don Ramiro se apoyó contra el guardabarros y le soltó el diagnóstico: bomba de combustible, alternador y una pieza electrónica que había que pedir. Le dijo el monto total y Carolina sintió que el estómago se le caía al piso.
Era casi el doble de lo que tenía ahorrado.
Negoció lo que pudo. Pagó la mitad en efectivo ese mismo día y acordó volver la semana siguiente con el resto. Don Ramiro aceptó con una condición: la camioneta se quedaba en el taller hasta que la deuda estuviera saldada.
Carolina volvió a su casa en autobús, convencida de que en siete días tendría el dinero.
***
La semana fue un desastre. Un error administrativo en su trabajo le recortó el sueldo. La tarjeta le rebotó dos veces. El alquiler venció y no podía postergarlo otra vez. Para el viernes, la plata que había reservado para el taller ya no existía.
El lunes siguiente se presentó con las manos vacías y un nudo en la garganta.
Los tres estaban ahí, como si el taller no cerrara nunca. El olor a aceite quemado se mezclaba con el del café recién hecho. Sergio fumaba junto a la puerta. Andrés organizaba herramientas en una caja metálica. Don Ramiro revisaba facturas en un escritorio improvisado.
Carolina se paró frente a él y se lo dijo sin rodeos: no tenía el dinero. Le pidió dos semanas más, le juró que conseguiría el resto.
Don Ramiro dejó las facturas y la miró con calma.
—Entiendo tu situación, pero yo también tengo gastos. Los repuestos ya los pagué de mi bolsillo.
—Lo sé. Y se los voy a devolver, se lo prometo.
—¿Y mientras tanto? ¿Qué me dejas como garantía?
El silencio que siguió fue largo. Carolina había repasado opciones durante todo el camino: vender algo, pedir un préstamo, pedirle a su tío. Ninguna funcionaba. Pero había una idea que le rondaba desde la noche anterior, una que se había formado casi sin permiso entre el insomnio y la desesperación. Una idea que, si era honesta consigo misma, no le generaba solo miedo.
También le generaba calor.
—Puedo ofrecerles otra forma de pago —dijo, bajando la voz—. A los tres. Pero tiene que quedar entre nosotros.
Don Ramiro arqueó las cejas. Sergio, que había entrado detrás de ella, dejó de fumar. Andrés soltó la llave que tenía en la mano y el metal repiqueteó contra el piso de cemento.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó Sergio.
—Completamente —respondió Carolina, y se sorprendió de lo firme que sonó su propia voz—. Solo les pido discreción. Que mi tío no se entere.
Los tres se miraron entre sí, buscando algo en los ojos del otro. Carolina los observaba con el pulso acelerado, sintiendo cómo su cuerpo respondía a la tensión del momento antes de que su cabeza pudiera procesarlo.
Don Ramiro fue el primero en hablar.
—Cierra el portón, Sergio.
El ruido metálico del portón deslizándose le erizó la piel. Don Ramiro señaló una puerta al fondo del taller, medio oculta detrás de un estante con bidones de aceite.
—Ahí hay más privacidad.
Carolina caminó primero. Empujó la puerta y encontró una oficina pequeña: un escritorio de metal gris, una silla con ruedas, un ventilador de pie que giraba sin fuerza y un perchero con un overol colgado. Olía a café viejo y a desengrasante.
Los tres entraron detrás. Andrés cerró la puerta.
Carolina respiró hondo. Se dio vuelta para quedar frente a ellos y, sin darle más tiempo a los nervios, se arrodilló sobre el piso de baldosas frías.
Miró a Andrés. Era el que parecía más tenso, el que no dejaba de tragar saliva ni de observarla con una mezcla de incredulidad y deseo. Le hizo una seña con la mano para que se acercara.
Le bajó el cierre del overol despacio. Cuando lo liberó, ya estaba duro, caliente contra su palma. Lo sostuvo un momento, sintiendo el peso y el pulso, y se lo llevó a los labios. Lo recorrió primero con la lengua, desde la base hasta la punta, antes de envolverlo con la boca. Empezó con un ritmo pausado, dejando que la saliva lo cubriera mientras subía y bajaba.
Andrés dejó escapar un suspiro largo. Le puso la mano en la nuca, sin empujar, solo apoyándola ahí como si necesitara sostenerse de algo.
Carolina sentía su propia excitación creciendo con cada movimiento. Cada vez que bajaba, un pulso caliente le respondía entre las piernas. La ropa interior le molestaba de tan húmeda, y apretó los muslos tratando de contener la necesidad que le crecía ahí abajo.
Sergio se acercó por detrás. Le levantó la remera, le desabrochó el corpiño con dos dedos rápidos y dejó que sus pechos cayeran libres. Los tomó con ambas manos, firmes y tibias, y le apretó los pezones con una presión justa que le arrancó un gemido ahogado alrededor de la carne de Andrés.
Don Ramiro se ubicó a un costado. Le acarició la espalda con la palma abierta, desde el cuello hasta la cintura, sin apuro. Luego bajó la mano hacia el frente, le desabrochó el botón del jean y deslizó los dedos bajo la tela. Cuando la tocó por encima de la ropa interior y encontró la humedad, no dijo nada. Presionó con el pulgar y empezó a frotarla en círculos lentos.
—Te gusta más de lo que querías admitir —le dijo cerca del oído.
Carolina no contestó. No podía. Tenía la boca ocupada y los ojos cerrados, y el placer le ganaba a cualquier pensamiento.
Andrés fue el primero en terminar. Le sostuvo la cabeza con suavidad, tensó el cuerpo entero y se vino con un quejido corto. Carolina lo recibió todo, tragó y dejó que un hilo le escurriera por la comisura cuando él se apartó.
No hubo pausa. Sergio la levantó del piso, la sentó en el borde del escritorio y le sacó los jeans y la ropa interior de un tirón. El metal estaba frío contra sus muslos desnudos y el contraste con el calor de su piel le sacó un escalofrío. Sergio se arrodilló entre sus piernas abiertas y le pasó la lengua, lenta y firme, de abajo hacia arriba. Carolina se arqueó entera, apretando el borde metálico del escritorio con ambas manos.
Don Ramiro se paró frente a ella. Ya se había bajado el overol hasta las rodillas. Le acercó su erección y Carolina la tomó con la boca sin que él tuviera que pedirlo. Don Ramiro le agarró el pelo con un puño y marcó el ritmo, llevándola hasta el fondo y sacándola despacio, una y otra vez.
Entonces Sergio se puso de pie, se alineó con ella y entró de una sola embestida, lenta pero completa. Carolina dejó escapar un quejido largo contra la carne de Don Ramiro. Sergio la llenaba entera, y cada empujón la abría un poco más, la hacía sentir cada centímetro mientras sus paredes se ajustaban y pulsaban alrededor de él.
El ritmo fue subiendo. Sergio la sostenía de las caderas y la embestía cada vez con más fuerza, mientras Don Ramiro seguía ocupando su boca con movimientos constantes. Las manos de Carolina no encontraban dónde agarrarse. Arrugó unos papeles, tiró una taza vacía que rodó por el escritorio sin caerse.
El primer orgasmo la tomó por sorpresa. Empezó como un temblor en los muslos que subió rápido y la hizo contraerse alrededor de Sergio con tanta fuerza que él tuvo que detenerse un segundo. Carolina soltó a Don Ramiro, echó la cabeza hacia atrás y dejó que el placer le sacudiera el cuerpo entero mientras un grito ronco se le escapaba de la garganta.
Apenas se le pasó el temblor, Don Ramiro la giró sobre el escritorio, dejándola con el pecho contra la superficie fría del metal. Entró en ella desde atrás con un empujón controlado que la hizo soltar el aire de golpe. Era más grueso que Sergio y avanzaba con una lentitud deliberada, abriéndose paso centímetro a centímetro hasta que la llenó por completo.
Sergio se colocó delante. Carolina abrió la boca y lo recibió, sintiendo todavía su propio sabor mezclado con el de él. Don Ramiro la tomaba de las caderas y la embestía con golpes profundos y rítmicos que daban en un punto exacto, uno que le hacía ver luces detrás de los párpados cerrados.
Andrés, ya recuperado, se acercó por un costado. Le acarició los pechos que rozaban el metal del escritorio, los apretó con ambas manos y le pellizcó los pezones mientras le pasaba los labios por el cuello y el hombro. Le tomó una mano y se la llevó abajo, guiándola hasta su erección recién recuperada.
Carolina ya no pensaba. El placer le llegaba de tres lados distintos y su cuerpo solo respondía: contraerse, empujar, gemir, apretar. Los sonidos que llenaban la oficina eran obscenos y a ninguno le importaba disimular.
El segundo orgasmo fue más intenso. La golpeó como una ola que no retrocede, haciéndola apretar alrededor de Don Ramiro hasta que él gruñó ronco y salió de ella justo a tiempo, derramándose en chorros largos sobre su espalda baja y sus nalgas.
Sergio terminó poco después. Se apartó de su boca y acabó sobre su cuello y sus pechos, dejando hilos tibios que le resbalaban despacio por la piel.
Andrés fue el último. La hizo sentarse en la silla, le abrió las piernas y entró en ella con una urgencia que contrastaba con su timidez de antes. Se movía con golpes cortos y rápidos, decidido a hacerla llegar una vez más. Le apretaba las caderas con las dos manos mientras la embestía sin aflojar.
Lo consiguió. El tercer orgasmo la hizo contraerse tan fuerte que lo expulsó, y Carolina se quedó temblando en la silla con espasmos que no podía controlar. Andrés se agarró con la mano y terminó sobre sus pechos, cubriéndolos con un calor espeso que le fue bajando lento por el abdomen.
***
Cuando todo acabó, los únicos sonidos eran las cuatro respiraciones y el ventilador girando inútil en su esquina. Carolina se quedó sentada, con el cuerpo brillante de sudor y marcado por los tres. No sentía vergüenza. Sentía una calma pesada, satisfecha, como después de una tormenta que necesitaba descargarse.
Don Ramiro le alcanzó una toalla limpia de un cajón del escritorio.
—Con esto estamos a mano —dijo con naturalidad—. Tu camioneta está lista.
Carolina aceptó la toalla con una media sonrisa y empezó a limpiarse. Los tres salieron de la oficina para darle privacidad. Ella se vistió despacio, sintiendo cada roce de la tela contra su piel todavía sensible, los restos de humedad que le marcaban el cuerpo bajo la ropa.
Salió de la oficina con las piernas flojas y una expresión que no revelaba nada. Sergio y Andrés atendían a un cliente que acababa de llegar. La miraron de reojo con una sonrisa apenas perceptible.
Don Ramiro la esperaba junto a la camioneta con las llaves en la mano. Cuando Carolina fue a tomarlas, él le sostuvo la muñeca un segundo y se le acercó al oído.
—Si algún día necesitas otro arreglo, ya sabes dónde encontrarnos.
Le dio una palmada suave en la espalda baja y se apartó. Carolina le devolvió una sonrisa, agarró las llaves y subió a la camioneta.
Se miró en el retrovisor antes de arrancar: tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas y una marca rojiza en el cuello que tardaría días en desaparecer. Sonrió para sí misma y puso primera.
Arrancó sin problemas por primera vez en semanas. Salió del taller sabiendo que jamás le contaría a nadie lo que había pasado en esa oficina. Pero también sabiendo que, si alguna vez volvía a necesitar un mecánico, no buscaría en otro lado.