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Relatos Ardientes

La cena con nuestro profesor terminó en un trío

Lucía y Diego salieron del centro comercial con el corazón acelerado. Llevaban media hora caminando por el estacionamiento sin hablar, las llaves del coche todavía en la mano de Diego, los dos rumiando el encuentro fortuito que acababa de pasar.

—¿Viste cómo te miró, Lucía? —dijo Diego al fin, con una sonrisa torcida—. Esos ojos profundos siguen igual. No ha cambiado nada.

Lucía se mordió el labio inferior. Era un gesto pequeño, casi imperceptible, pero Diego ya lo conocía: significaba que estaba más nerviosa de lo que admitía. Esteban Aldana había sido su profesor en la maestría tres años atrás, y desde entonces aparecía a veces en sus conversaciones de cama, como un fantasma compartido al que ninguno se atrevía a darle nombre del todo.

—Diego, ¿estás seguro de invitarlo a cenar? —preguntó ella en voz baja—. Una cosa es fantasear, otra muy distinta tenerlo en nuestra casa. ¿Y si se da cuenta? ¿Y si nos juzga?

Diego se detuvo bajo la sombra de un árbol y le tomó la mano. La miró con esa mezcla de ternura y picardía que siempre lograba calmarla.

—Mi amor, no le vamos a contar todo apenas entre. Cenamos, conversamos, vemos cómo fluye. Si surge algo, surge. Si no, fue una buena noche con un viejo amigo. Tú misma lo dijiste mil veces: Esteban tiene esa voz que te derrite.

Lucía rio bajito, sintiendo el calor subir por el cuello. Sí lo había dicho. Lo había repetido en madrugadas largas, después del sexo, mientras Diego le acariciaba la espalda y la animaba a poner palabras a lo que jamás se atrevía a confesar de día.

La semana se les fue en un torbellino. Mensajes durante el horario de la universidad: «hoy pensé en él durante la clase de las once, ¿tú?». Respuestas con emojis, promesas de noches largas, planes culinarios. Cuando llegó el viernes, Lucía se había probado cuatro vestidos antes de quedarse con uno negro, ceñido pero discreto. Diego eligió un cabernet generoso y unas velas que llevaban guardadas desde el aniversario.

A las nueve sonó el timbre. Esteban entró con una botella en la mano y la misma sonrisa de hace tres años.

***

La cena empezó como una conversación de exalumnos. Anécdotas de la maestría, qué fue de fulano, dónde terminó mengano, cómo iba la facultad. Esteban contestaba con la elegancia de siempre, pero Lucía notó pronto que sus ojos pequeños y oscuros se demoraban en ella un segundo más de lo necesario.

Cuando se inclinó para servirle más vino, su mano rozó el antebrazo del profesor. Fue un toque mínimo, pero Esteban no se apartó. Diego, sentado al otro lado de la mesa, captó cada detalle: la rodilla del invitado contra la de su esposa, el dedo de Esteban demorándose en el borde de la copa, la forma en que ella inhalaba antes de hablar.

Cuando Lucía se levantó para llevar los platos a la cocina, Esteban siguió con la mirada el contorno de sus caderas. Diego lo notó. Esteban notó que Diego lo había notado. El profesor bajó la vista al plato y su rostro se tiñó de un rubor que no le habían visto ni en los exámenes orales más complicados.

—Disculpa, Diego —murmuró—. No fue mi intención ser tan obvio.

Diego soltó una risa baja y levantó su copa.

—Tranquilo, Esteban. Lucía produce ese efecto. Lo sé porque me pasa todos los días.

***

El vino fluyó. Las luces bajaron. Pasaron al sofá con copas nuevas. Lucía se sentó entre los dos hombres y sintió el calor de ambos cuerpos a través de la tela del vestido. La conversación viró hacia los años de Esteban en Lisboa.

—Tuve una pareja allá durante dos años —contó él, con la copa apoyada en la rodilla—. Una relación abierta, sin ataduras. Aprendí que el deseo no entra en moldes pequeños. Cada uno traía a alguien a casa y el otro miraba, o participaba, o salía a caminar. Era… liberador.

Diego y Lucía se miraron. Una mirada de las suyas, de las que llevaban dos años practicando.

—Algo así hemos explorado nosotros, profesor —dijo Diego, sin desviar los ojos de su esposa—. Lucía es curiosa. A mí me gusta verla curiosa.

Esteban entendió todo en ese instante. Lo entendió como entiende alguien que ha dado clases durante veinte años: sin sobresaltos, sin necesidad de explicaciones extra. Su mano se posó en la rodilla de Lucía y subió tres centímetros con una lentitud calculada.

—¿Hasta dónde? —preguntó él, mirándola.

Lucía tragó saliva. Diego la miraba desde el otro extremo del sofá, esperando su respuesta.

—Hasta donde queramos los tres —dijo ella, y le sostuvo la mirada al profesor.

***

Esteban se inclinó y la besó. Sin prisa, como si estuviera leyendo la primera página de un libro nuevo. Lucía respondió enredando los dedos en su nuca y, sin separarse, tendió la otra mano hacia atrás, buscando a Diego. Su marido entrelazó los dedos con los suyos y le besó el hombro desnudo.

—Déjate llevar, mi amor —le susurró Diego al oído—. Esto es lo que tantas veces hablamos.

Las manos de Esteban encontraron el cierre del vestido y lo bajaron despacio. Lucía sintió el aire fresco en la espalda, el peso de dos miradas encima, el escalofrío de saberse observada por su marido y deseada por su antiguo profesor a la vez.

Esteban se arrodilló frente a ella en la alfombra. Le separó las rodillas con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Diego, desde el sillón de al lado, había aflojado el cinturón y la observaba sin tocarse, prefiriendo el espectáculo a la prisa. La boca del profesor descendió por el muslo interno de Lucía con paciencia académica, como si cada centímetro de piel mereciera una lección aparte. Cuando llegó al centro, ella ya estaba temblando.

—Dios… —se le escapó.

Esteban la sostuvo por las caderas y la mantuvo allí, lamiendo despacio, alternando la lengua con la presión del pulgar. Lucía hundió los dedos en su pelo y le habló en susurros que ni ella misma se reconocía. Diego se acercó por detrás del sofá, le besó la nuca, la oreja, le mordió el lóbulo.

—Mírame mientras te termina —le ordenó Diego en voz baja.

Lucía abrió los ojos y los clavó en los de su marido cuando la primera ola la cruzó de arriba abajo.

***

Lo que vino después fue un baile que ninguno había ensayado. Esteban se desnudó sin prisa. Diego le pasó un preservativo sin decir palabra y se reclinó de nuevo en el sillón, cumpliendo el papel que habían acordado en silencio. Lucía empujó al profesor de espaldas contra los cojines y se sentó a horcajadas sobre él, sosteniéndole las muñecas por encima de la cabeza.

—Ahora me toca a mí —dijo ella.

Esteban, que había entrado a la sala como el cazador, se descubrió de pronto del otro lado de la mesa. Lucía se movía con una lentitud cruel, descendiendo solo para volver a subir, contrayéndose alrededor de él hasta arrancarle gemidos que en clase jamás habría dejado escapar. Diego sonreía desde el sillón, una mano apoyada en la suya y los ojos fijos en su esposa.

—Ríndete —le susurró Lucía al profesor.

—Me rindo —contestó él.

Cuando Esteban explotó, lo hizo bajo ella, temblando, con la cabeza echada hacia atrás. Lucía se inclinó y le besó la frente sudada, casi con dulzura, antes de buscar con los ojos a Diego. Su marido le devolvió la sonrisa cómplice de quien acaba de ver una obra que conocía de memoria pero nunca había visto en escena.

***

Más tarde, ya en la cama, Esteban se incorporó sobre un codo. Su mano descansaba en la cadera de Lucía, amasándola despacio. Miró a Diego con la misma franqueza con la que años atrás corregía exámenes.

—Si ustedes me lo permiten, me gustaría seguir un rato más con ella. A solas. No quiero abusar de la noche, solo prolongarla.

Diego miró a Lucía. Lucía le devolvió la mirada con una sonrisa apenas insinuada.

—Ve al cuarto de huéspedes, mi amor —le dijo ella—. Descansa. O imagina. Sabes que después te cuento todo.

Diego se levantó, le besó los labios, le pasó una mano por el pelo y le dio a Esteban una palmada en el hombro al salir. Cerró la puerta sin hacer ruido. La casa quedó en silencio salvo por el aire acondicionado, y Lucía se volvió hacia el profesor con los ojos brillando.

***

A la mañana siguiente, el sol entraba en franjas a través de las cortinas. Diego apareció con una bandeja: café, fruta, tostadas. Esteban, despeinado y todavía algo dormido, se incorporó contra el cabecero y aceptó la taza con un gesto agradecido.

—Eres un anfitrión peligrosamente impecable —dijo.

Lucía rio mordiendo una fresa. Conversaron media hora sobre la noche, sobre lo que había funcionado, sobre lo que cada uno había sentido. Diego era riguroso con esas conversaciones; las llamaba «balance del día siguiente» y nunca se las saltaban.

Cuando Esteban se levantó para ducharse, Diego miró a Lucía con un guiño.

—Ve. Yo limpio.

Ella se deslizó de la cama y siguió al profesor al baño. El vapor empezaba a empañar el espejo. Esteban se volvió bajo el chorro de agua y le tendió la mano.

—Ven.

Lucía dejó caer la lencería y entró. Los cuerpos se encontraron bajo el agua caliente, jabón resbalando entre los dedos. Esteban la besó largamente, le acarició la espalda, bajó hasta sus nalgas y se demoró allí.

—Quiero algo más antes de irme —dijo él contra su oído—. Quiero entrar por atrás. Si me dejas.

Lucía lo miró con esa picardía felina que Diego conocía tan bien.

—Sí. Pero con tiempo. Sin apuro.

Esteban asintió. Tenía paciencia. Sus dedos enjabonados trazaron círculos primero, luego presionaron despacio, luego cedieron paso a otro dedo, mientras su otra mano la mantenía estimulada por delante para que el cuerpo se rindiera por gusto y no por esfuerzo. Lucía se apoyó contra los azulejos, la frente contra el brazo, jadeando bajo el agua caliente.

—Así —susurró ella—. Despacio.

Cuando él entró, lo hizo centímetro a centímetro. Lucía empujó hacia atrás cuando estuvo lista, retomando el control como la noche anterior. Esteban la sostuvo por las caderas y siguió el ritmo que ella imponía. Terminaron juntos, las frentes pegadas a los azulejos, el agua cayendo sobre los dos.

***

El mediodía los encontró en un restaurante de mariscos cerca del mar. Diego había reservado una mesa apartada, en un rincón medio escondido por unas palmeras en macetas. Pidieron cervezas frías y un ceviche picante que ardía como una broma privada.

Esteban levantó la botella.

—Por las noches inolvidables y las mañanas refrescantes.

Lucía rio escupiendo casi un trozo de camarón. Diego brindó también, fingiendo un puchero.

—¿Celoso yo? Por favor. Si anoche me dormí escuchando los gemidos por la pared. Fue una clase magistral, profesor. ¿Le enseñaste el punto G o fueron directo al doctorado?

—Doctorado —respondió Esteban con una solemnidad burlesca—. Con honores.

Lucía les tiró una rodaja de limón a cada uno.

—Si siguen así, vamos a necesitar la mesa más apartada del local. O directamente un hotel.

—No descartemos el hotel —dijo Esteban, y le sostuvo la mirada por encima del borde de la cerveza.

Las risas siguieron entre platos picantes, la mano de Diego apoyada en la rodilla de su esposa, la de Esteban subiendo distraída por el muslo de ella desde el otro lado. Tres cuerpos, un secreto compartido y una promesa implícita de que aquello no había sido un final.

***

De regreso a casa, en el coche con el aire acondicionado a tope, Lucía giró la cabeza hacia su marido. Tenía esa luz en los ojos que Diego conocía: la de las confesiones nocturnas, la de las fantasías que terminaban siempre haciéndoles el amor sobre cualquier mueble cercano.

—Lo disfruté todo —dijo ella, apoyando la mano en el muslo de Diego—. La cena. La noche. La ducha. Pero sobre todo el almuerzo. Esos comentarios morbosos me encendieron de nuevo.

Diego sonrió sin apartar los ojos del camino.

—Lo sé. A mí también. ¿Te imaginas si todo esto hubiera pasado durante la maestría? Tú entrando a su oficina con esa falda que tenías, fingiendo dudas sobre el examen. Él cerrando la puerta con llave. Yo esperándote afuera del edificio, sabiendo todo.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Sigue.

—Ahora no —dijo Diego, doblando hacia la entrada del garaje—. Ahora apenas estacionemos.

Apagó el motor. La acorraló contra el asiento antes de que ella terminara de soltar el cinturón. La tarde se les fue entera reviviendo en sus propios cuerpos lo que la noche anterior habían vivido entre tres.

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Comentarios (7)

MarianaK_99

que buenisimo!!! me quede con ganas de mas, necesito la segunda parte ya

ProfeFantasma

La tension desde el principio es increible. Sabes que algo va a pasar pero no sabes exactamente como... muy bien logrado. Ojala haya continuacion

Lucho_mdq

me recordo a ciertas cenas en la facu jajaja, aunque la mia no termino igual para nada. Buenisimo, segui así

RubiaPicara

el titulo ya te da una idea pero igual sorprende lo bien que esta narrado!!

Carmen_R

cortisimo pero contundente. mas por favor!!

MiguelViajero

Esas situaciones tan cotidianas que de repente se convierten en otra cosa completamente distinta... muy bien escrito. Gracias por compartir

DiegoK22

jaja la maestria como excusa, clasico. Muy entretenido el relato

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