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Relatos Ardientes

La cena con nuestro profesor terminó en un trío

Lucía y Diego salieron del centro comercial con el corazón acelerado. Llevaban media hora caminando por el estacionamiento sin hablar, las llaves del coche todavía en la mano de Diego, los dos rumiando el encuentro fortuito que acababa de pasar.

—¿Viste cómo te miró, Lucía? —dijo Diego al fin, con una sonrisa torcida—. Esos ojos profundos siguen igual. No ha cambiado nada. Te desnudó ahí mismo, entre la góndola de los perfumes y la escalera mecánica.

Lucía se mordió el labio inferior. Era un gesto pequeño, casi imperceptible, pero Diego ya lo conocía: significaba que estaba más nerviosa de lo que admitía. Esteban Aldana había sido su profesor en la maestría tres años atrás, y desde entonces aparecía a veces en sus conversaciones de cama, como un fantasma compartido al que ninguno se atrevía a darle nombre del todo.

—Diego, ¿estás seguro de invitarlo a cenar? —preguntó ella en voz baja—. Una cosa es fantasear cuando me tenés la mano metida entre las piernas a las tres de la mañana, otra muy distinta tenerlo en nuestra casa. ¿Y si se da cuenta? ¿Y si nos juzga?

Diego se detuvo bajo la sombra de un árbol y le tomó la mano. La miró con esa mezcla de ternura y picardía que siempre lograba calmarla.

—Mi amor, no le vamos a contar todo apenas entre. Cenamos, conversamos, vemos cómo fluye. Si surge algo, surge. Si no, fue una buena noche con un viejo amigo. Tú misma lo dijiste mil veces: Esteban tiene esa voz que te derrite. Y te mojás cada vez que lo nombramos, no me lo niegues.

Lucía rio bajito, sintiendo el calor subir por el cuello y también entre los muslos. Sí lo había dicho. Lo había repetido en madrugadas largas, después de que Diego le vaciara el coño de saliva y semen, mientras él le acariciaba la espalda y la animaba a poner palabras a lo que jamás se atrevía a confesar de día. «Me lo imaginé cogiéndome contra la pizarra», le había susurrado una vez, con la boca todavía llena del sabor de la polla de su marido. Y Diego, en vez de ofenderse, se había vuelto a poner duro.

La semana se les fue en un torbellino. Mensajes durante el horario de la universidad: «hoy pensé en él durante la clase de las once, ¿tú?», y una foto de sus bragas manchadas dentro del baño de profesores. Respuestas con emojis, promesas de noches largas, planes culinarios y una foto de Diego con la verga afuera del pantalón en el cubículo de la oficina. Cuando llegó el viernes, Lucía se había probado cuatro vestidos antes de quedarse con uno negro, ceñido pero discreto, sin bragas debajo. Diego eligió un cabernet generoso y unas velas que llevaban guardadas desde el aniversario.

A las nueve sonó el timbre. Esteban entró con una botella en la mano y la misma sonrisa de hace tres años.

***

La cena empezó como una conversación de exalumnos. Anécdotas de la maestría, qué fue de fulano, dónde terminó mengano, cómo iba la facultad. Esteban contestaba con la elegancia de siempre, pero Lucía notó pronto que sus ojos pequeños y oscuros se demoraban en ella un segundo más de lo necesario, sobre todo en la línea del escote, donde los pezones ya empezaban a marcarse contra la tela.

Cuando se inclinó para servirle más vino, su mano rozó el antebrazo del profesor. Fue un toque mínimo, pero Esteban no se apartó. Diego, sentado al otro lado de la mesa, captó cada detalle: la rodilla del invitado contra la de su esposa, el dedo de Esteban demorándose en el borde de la copa, la forma en que ella inhalaba antes de hablar. También notó, porque la conocía de memoria, cómo Lucía apretaba los muslos por debajo del mantel.

Cuando Lucía se levantó para llevar los platos a la cocina, Esteban siguió con la mirada el contorno de sus caderas y de ese culo redondo que el vestido negro dibujaba sin piedad. Diego lo notó. Esteban notó que Diego lo había notado. El profesor bajó la vista al plato y su rostro se tiñó de un rubor que no le habían visto ni en los exámenes orales más complicados.

—Disculpa, Diego —murmuró—. No fue mi intención ser tan obvio.

Diego soltó una risa baja y levantó su copa.

—Tranquilo, Esteban. Lucía produce ese efecto. Lo sé porque me pasa todos los días. Y te confieso una cosa: me pone verla mirada así.

***

El vino fluyó. Las luces bajaron. Pasaron al sofá con copas nuevas. Lucía se sentó entre los dos hombres y sintió el calor de ambos cuerpos a través de la tela del vestido. La conversación viró hacia los años de Esteban en Lisboa.

—Tuve una pareja allá durante dos años —contó él, con la copa apoyada en la rodilla—. Una relación abierta, sin ataduras. Aprendí que el deseo no entra en moldes pequeños. Cada uno traía a alguien a casa y el otro miraba, o participaba, o salía a caminar. Era… liberador. La primera vez que vi a mi novia con la polla de otro en la boca casi me corro solo de mirarla.

Diego y Lucía se miraron. Una mirada de las suyas, de las que llevaban dos años practicando.

—Algo así hemos explorado nosotros, profesor —dijo Diego, sin desviar los ojos de su esposa—. Lucía es curiosa. A mí me gusta verla curiosa. Me gusta ver cómo se la comen y ella se deja.

Esteban entendió todo en ese instante. Lo entendió como entiende alguien que ha dado clases durante veinte años: sin sobresaltos, sin necesidad de explicaciones extra. Su mano se posó en la rodilla de Lucía y subió tres centímetros con una lentitud calculada. Después cinco más. La palma tibia empujó la tela del vestido hacia arriba hasta descubrir el muslo desnudo. Los dedos siguieron subiendo hasta rozar la piel más íntima y encontrarla sin barrera de tela.

—Sin bragas —murmuró él, con una media sonrisa—. Vinieron preparados.

—¿Hasta dónde? —preguntó luego, mirándola a los ojos.

Lucía tragó saliva. Diego la miraba desde el otro extremo del sofá, esperando su respuesta, con una mano apoyada tranquilamente en el bulto que se le marcaba en el pantalón.

—Hasta donde queramos los tres —dijo ella, y le sostuvo la mirada al profesor mientras abría las piernas un poco más para que la mano de él terminara de acomodarse.

***

Esteban se inclinó y la besó. Sin prisa, como si estuviera leyendo la primera página de un libro nuevo. Lucía respondió enredando los dedos en su nuca y, sin separarse, tendió la otra mano hacia atrás, buscando a Diego. Su marido entrelazó los dedos con los suyos y le besó el hombro desnudo. Al mismo tiempo, los dedos del profesor se hundieron entre los pliegues empapados de Lucía y ella se abrió en un gemido contra la boca de él.

—Mierda, qué mojada estás —le susurró Esteban, y hundió dos dedos dentro de un solo empujón.

—Déjate llevar, mi amor —le susurró Diego al oído—. Esto es lo que tantas veces hablamos. Que te folle. Que te use. Yo miro.

Las manos de Esteban encontraron el cierre del vestido y lo bajaron despacio. Los pechos de Lucía saltaron libres, los pezones ya duros como piedras. El profesor no perdió el tiempo: se agachó y se llevó uno entero a la boca, chupándolo hasta hacerla arquearse, mientras seguía metiéndole los dedos con un ritmo lento y profundo. Lucía sintió el aire fresco en la espalda, el peso de dos miradas encima, el escalofrío de saberse observada por su marido y follada con los dedos por su antiguo profesor a la vez. Diego, sin dejar de mirar, se abrió el pantalón y sacó la polla, empezando a acariciársela despacio.

Esteban se arrodilló frente a ella en la alfombra. Le separó las rodillas con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus ojos. La empujó hasta que quedó tumbada de espaldas, con las piernas colgando por el borde del sofá y el coño abierto a la altura de su cara. Diego se acercó por detrás, se sentó en el respaldo y le ofreció a su mujer una vista de primera fila de su polla dura, a dos centímetros de sus labios.

—Abrí la boca —le ordenó él, y Lucía obedeció.

La boca del profesor descendió por el muslo interno de Lucía con paciencia académica, como si cada centímetro de piel mereciera una lección aparte. Le mordió la cara interna del muslo, le lamió el pliegue de la ingle, respiró contra el coño hinchado sin llegar a tocarlo. Cuando por fin arrastró la lengua entera desde la entrada hasta el clítoris, Lucía dio un grito ahogado con la polla de Diego atravesándole los labios.

—Dios… —se le escapó cuando pudo, con hilos de saliva colgándole de la boca.

Esteban la sostuvo por las caderas y la mantuvo allí, lamiendo despacio, alternando la lengua plana contra todo el sexo con círculos precisos sobre el capullo, y después con la presión del pulgar mientras la penetraba con dos dedos curvados hacia arriba, buscando ese punto que solo Diego le había encontrado antes. Lucía hundió los dedos en su pelo y le habló en susurros que ni ella misma se reconocía. Diego, arriba, deslizaba la polla dentro y fuera de su boca con calma, dejándole coger aire cuando la sentía a punto de perder el hilo.

—Chúpasela más despacio, mi amor —murmuró Diego, apartándole el pelo de la frente—. Y mírame mientras te termina.

Lucía abrió los ojos y los clavó en los de su marido cuando la primera ola la cruzó de arriba abajo. La lengua de Esteban no se detuvo mientras ella se corría; al contrario, aceleró, chupándole el clítoris con los labios cerrados hasta hacerla convulsionar, con la polla de Diego todavía a medias en la garganta. Sintió cómo el coño se le cerraba una y otra vez alrededor de los dedos del profesor, y cómo un chorro caliente le empapaba los muslos y la barbilla de Esteban.

—Se corrió como una perra —dijo Diego, satisfecho, sacándole la polla de la boca con un pequeño chasquido húmedo—. Mírala.

Esteban levantó la cara, la boca y la barbilla brillantes. Sonrió sin limpiarse.

—Deliciosa —dijo, y volvió a bajar la cabeza para lamerle todo lo que se había derramado.

***

Lo que vino después fue un baile que ninguno había ensayado. Esteban se desnudó sin prisa. Cuando la polla saltó fuera del pantalón, Lucía se relamió sin darse cuenta: era gruesa, un poco curvada hacia arriba, con las venas marcadas y el glande brillante de lo excitado que estaba. Diego le pasó un preservativo sin decir palabra y se reclinó de nuevo en el sillón, con su propia verga afuera, cumpliendo el papel que habían acordado en silencio. Antes de que Esteban se lo pusiera, sin embargo, Lucía se dejó caer de rodillas en la alfombra.

—Espera. Primero probártela.

Le agarró la polla con las dos manos y se la metió en la boca sin más preámbulo. Esteban dejó escapar un gemido gutural que en clase jamás habría dejado salir. Lucía lo chupó con hambre, entera, hasta la base, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y el profesor sintió la garganta apretándole el glande. La sacó con un plop y le lamió los huevos uno por uno, mirándolo desde abajo con los ojos maquillados corridos. Diego, desde el sillón, se acariciaba despacio, sin correrse todavía, disfrutando el espectáculo.

—Ponte el preservativo —le ordenó Lucía al fin, poniéndose de pie—. Ahora te toca aguantar tú.

Empujó al profesor de espaldas contra los cojines y se sentó a horcajadas sobre él, sosteniéndole las muñecas por encima de la cabeza. Se dejó caer despacio, con los ojos cerrados y la boca abierta, hasta que sintió cómo la polla del profesor le abría el coño centímetro a centímetro. Cuando lo tuvo todo dentro, se quedó inmóvil unos segundos, saboreando el llenado.

—Ahora me toca a mí —dijo ella.

Esteban, que había entrado a la sala como el cazador, se descubrió de pronto del otro lado de la mesa, atado por las muñecas de una mujer que apenas le pesaba y que sin embargo lo tenía clavado al sofá. Lucía se movía con una lentitud cruel, descendiendo solo para volver a subir, contrayéndose alrededor de él, apretándolo con los músculos internos como si quisiera ordeñarlo. Cada vez que él intentaba levantar las caderas, ella le mordía el labio y lo obligaba a quedarse quieto.

—No te muevas —le ordenó—. La que folla soy yo.

Le arrancó gemidos que en clase jamás habría dejado escapar. Diego sonreía desde el sillón, con una mano apoyada en la propia y los ojos fijos en su esposa. Vio cómo el culo de Lucía subía y bajaba, cómo el coño se estiraba alrededor de la verga del profesor cada vez que descendía, cómo los pechos rebotaban a cada golpe. Se pasó la mano por la polla con calma, sin urgencia, disfrutando de ver a su mujer follar a otro hombre como si fuera dueña del mundo.

—Ríndete —le susurró Lucía al profesor, apretando de nuevo.

—Me rindo —contestó él, con la voz rota.

—Córrete para mí. Ahora.

Cuando Esteban explotó, lo hizo bajo ella, temblando, con la cabeza echada hacia atrás y los tendones del cuello marcados. Lucía sintió los espasmos de la polla dentro del preservativo, uno tras otro, y siguió moviéndose lentamente para exprimirle hasta la última gota. Se inclinó y le besó la frente sudada, casi con dulzura, antes de buscar con los ojos a Diego. Su marido le devolvió la sonrisa cómplice de quien acaba de ver una obra que conocía de memoria pero nunca había visto en escena. Con la polla todavía tiesa en la mano.

—Vení —le dijo Lucía a su marido, sin bajarse todavía del profesor—. Terminá en mi boca.

Diego se puso de pie, cruzó los pasos que los separaban, y se metió la polla entre los labios de su esposa sentada aún encima de Esteban. Tres o cuatro empujones bastaron. Se corrió con un gruñido, llenándole la boca de semen espeso, mientras Esteban miraba desde abajo, todavía dentro de ella, cómo Lucía tragaba sin perder una gota y después le sonreía con los labios brillantes.

***

Más tarde, ya en la cama, Esteban se incorporó sobre un codo. Su mano descansaba en la cadera de Lucía, amasándola despacio, resbalando cada tanto hacia la curva del culo. Miró a Diego con la misma franqueza con la que años atrás corregía exámenes.

—Si ustedes me lo permiten, me gustaría seguir un rato más con ella. A solas. No quiero abusar de la noche, solo prolongarla. Todavía tengo hambre.

Diego miró a Lucía. Lucía le devolvió la mirada con una sonrisa apenas insinuada y un dedo distraído acariciando la polla dormida del profesor por encima de la sábana, sintiendo cómo volvía a la vida.

—Ve al cuarto de huéspedes, mi amor —le dijo ella—. Descansa. O imagina. Sabes que después te cuento todo. Con detalles. Como siempre.

Diego se levantó, le besó los labios, le pasó una mano por el pelo, le pellizcó un pezón todavía sensible y le dio a Esteban una palmada en el hombro al salir. Cerró la puerta sin hacer ruido. La casa quedó en silencio salvo por el aire acondicionado, y Lucía se volvió hacia el profesor con los ojos brillando.

Esteban no perdió tiempo. La empujó boca abajo sobre las almohadas, le levantó las caderas y le separó las nalgas con las dos manos. Le pasó la lengua desde el clítoris hasta el otro agujero, ida y vuelta, largas lamidas hambrientas que la hicieron gemir contra la sábana. Después la penetró de una sola vez, hasta el fondo, sujetándole las muñecas contra la cama. Follaron así una eternidad, en silencio, escuchando solo el ruido húmedo de los cuerpos y el aire acondicionado. Cuando la puso boca arriba y le puso las piernas sobre los hombros, Lucía le clavó los talones en la espalda y le pidió más fuerte, más profundo, más rápido, sin pudor, con la voz enronquecida. Se corrió dos veces más antes de que el profesor se derramara dentro del preservativo con un rugido ahogado contra su cuello.

A través de la pared, en el cuarto de huéspedes, Diego escuchaba con los ojos cerrados y la mano ocupada, sonriendo.

***

A la mañana siguiente, el sol entraba en franjas a través de las cortinas. Diego apareció con una bandeja: café, fruta, tostadas. Esteban, despeinado y todavía algo dormido, se incorporó contra el cabecero y aceptó la taza con un gesto agradecido. Debajo de la sábana, Lucía todavía tenía la mano cerrada alrededor de la polla del profesor.

—Eres un anfitrión peligrosamente impecable —dijo Esteban.

Lucía rio mordiendo una fresa. Conversaron media hora sobre la noche, sobre lo que había funcionado, sobre lo que cada uno había sentido. Diego era riguroso con esas conversaciones; las llamaba «balance del día siguiente» y nunca se las saltaban. Lucía contó, sin filtro, cómo se había corrido las tres veces, cómo la había cogido de espaldas, cómo se le había puesto de nuevo dura sin descanso. Diego escuchaba mordiendo una tostada, con la otra mano tranquilamente metida bajo la sábana, acariciándose despacio.

Cuando Esteban se levantó para ducharse, Diego miró a Lucía con un guiño.

—Ve. Yo limpio.

Ella se deslizó de la cama y siguió al profesor al baño. El vapor empezaba a empañar el espejo. Esteban se volvió bajo el chorro de agua y le tendió la mano.

—Ven.

Lucía dejó caer la lencería y entró. Los cuerpos se encontraron bajo el agua caliente, jabón resbalando entre los dedos. Esteban la besó largamente, le acarició la espalda, bajó hasta sus nalgas y se demoró allí, amasándolas, separándolas, dejando que el agua caliente le corriera por la raja. Lucía sintió la polla del profesor endurecerse otra vez contra su vientre.

—Quiero algo más antes de irme —dijo él contra su oído—. Quiero entrar por atrás. Si me dejas.

Lucía lo miró con esa picardía felina que Diego conocía tan bien.

—Sí. Pero con tiempo. Sin apuro.

Esteban asintió. Tenía paciencia. Le dio la vuelta despacio, la apoyó contra los azulejos con las manos abiertas sobre la pared, le arqueó la espalda tirándole suavemente de las caderas hacia atrás. Se arrodilló detrás de ella bajo el agua y le separó el culo con las dos manos. La lengua caliente del profesor entró justo ahí, un lametazo largo y descarado sobre el agujero apretado. Lucía se estremeció con la frente contra el azulejo, un gemido escapándosele entre los dientes. Esteban la lamió durante minutos, chupándola, empujando la lengua un poco más adentro cada vez, mientras con dos dedos le trabajaba el coño por delante para que se mojara aún más.

Se levantó de nuevo. Sus dedos enjabonados trazaron círculos primero sobre el agujero, luego presionaron despacio hasta hundir uno, luego cedieron paso a otro dedo, moviéndolos en tijera para prepararla, mientras su otra mano la mantenía estimulada por delante, apretándole el clítoris con el pulgar, para que el cuerpo se rindiera por gusto y no por esfuerzo. Lucía se apoyó contra los azulejos, la frente contra el brazo, jadeando bajo el agua caliente.

—Así —susurró ella—. Despacio. Un poco más.

—¿Lista?

—Ya.

Cuando él entró, lo hizo centímetro a centímetro. Lucía apretó los dientes con la primera invasión, sintiendo cómo el glande le abría el aro, forzándola despacio. Esteban se quedó quieto, respirando contra su nuca, dándole tiempo. Después empujó otro poco. Otro poco más. Hasta que la sintió abrirse del todo alrededor suyo y soltar un gemido largo, de rendición.

—Todo dentro —murmuró él, y Lucía empujó hacia atrás cuando estuvo lista, retomando el control como la noche anterior.

Esteban la sostuvo por las caderas y siguió el ritmo que ella imponía, primero lento, casi devoto, cada empuje una respiración, y después más rápido, dejándose ir a medida que ella se lo pedía con la voz y con el culo. Con una mano el profesor le buscó los pezones, con la otra le apretó el clítoris entre los dedos. Lucía se corrió con un grito ahogado, todo el cuerpo apretándose alrededor de la polla que le llenaba el culo, y esa presión fue demasiado para Esteban, que se derramó adentro con un gruñido ronco. Terminaron juntos, las frentes pegadas a los azulejos, el agua cayendo sobre los dos, temblando.

***

El mediodía los encontró en un restaurante de mariscos cerca del mar. Diego había reservado una mesa apartada, en un rincón medio escondido por unas palmeras en macetas. Pidieron cervezas frías y un ceviche picante que ardía como una broma privada.

Esteban levantó la botella.

—Por las noches inolvidables y las mañanas refrescantes.

Lucía rio escupiendo casi un trozo de camarón. Diego brindó también, fingiendo un puchero.

—¿Celoso yo? Por favor. Si anoche me dormí escuchando los gemidos por la pared, con la mano ocupada. Fue una clase magistral, profesor. ¿Le enseñaste el punto G o fueron directo al doctorado?

—Doctorado —respondió Esteban con una solemnidad burlesca—. Con honores. Y tesis anal esta mañana, para que conste en actas.

Lucía casi se atraganta con la cerveza. Les tiró una rodaja de limón a cada uno.

—Si siguen así, vamos a necesitar la mesa más apartada del local. O directamente un hotel. Ya me están mojando las bragas otra vez.

—No descartemos el hotel —dijo Esteban, y le sostuvo la mirada por encima del borde de la cerveza mientras la mano se le deslizaba por debajo del mantel hasta la cara interna del muslo de ella.

Las risas siguieron entre platos picantes, la mano de Diego apoyada en la rodilla de su esposa, la de Esteban subiendo distraída por el muslo de ella desde el otro lado, encontrándose las dos en el centro, sobre el coño hinchado y todavía sensible, sin bragas debajo del vestido de verano. Tres cuerpos, un secreto compartido y una promesa implícita de que aquello no había sido un final.

***

De regreso a casa, en el coche con el aire acondicionado a tope, Lucía giró la cabeza hacia su marido. Tenía esa luz en los ojos que Diego conocía: la de las confesiones nocturnas, la de las fantasías que terminaban siempre haciéndoles el amor sobre cualquier mueble cercano.

—Lo disfruté todo —dijo ella, apoyando la mano en el bulto de Diego—. La cena. La noche. La ducha. Pero sobre todo el almuerzo. Esos comentarios morbosos me encendieron de nuevo. Todavía tengo su semen dentro. Se me chorrea en las bragas mientras te hablo.

Diego apretó el volante y sonrió sin apartar los ojos del camino, sintiendo la mano de su mujer abriéndole la bragueta.

—Lo sé. A mí también. ¿Te imaginás si todo esto hubiera pasado durante la maestría? Tú entrando a su oficina con esa falda que tenías, fingiendo dudas sobre el examen. Él cerrando la puerta con llave. Poniéndote de rodillas frente al escritorio. Metiéndote la polla en la boca mientras te preguntaba si habías estudiado. Yo esperándote afuera del edificio, sabiendo todo. Viéndote salir con las rodillas rojas y una mancha en la comisura de los labios.

Lucía cerró los ojos un segundo mientras su mano se cerraba alrededor de la verga dura de su marido.

—Sigue.

—Ahora no —dijo Diego, doblando hacia la entrada del garaje—. Ahora apenas estacionemos.

Apagó el motor. La acorraló contra el asiento antes de que ella terminara de soltar el cinturón. Le levantó el vestido de un tirón, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos ahí mismo, en el asiento del copiloto, lamiéndole el coño lleno del profesor con una avidez que Lucía nunca le había visto. Después se subió a ella, en un ángulo imposible, con el volante clavándose en su espalda, y la penetró de golpe. Ella le clavó las uñas en la nuca y le mordió el labio hasta hacerlo sangrar.

La tarde se les fue entera, primero contra el capó caliente del coche en la penumbra del garaje, después subiendo por la escalera medio desnudos, después contra la mesa de la cocina y por último en la cama deshecha del cuarto principal. Reviviendo en sus propios cuerpos, en cada agujero, en cada gemido nuevo, en cada posición robada al recuerdo, lo que la noche anterior habían vivido entre tres.

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Comentarios(9)

MarianaK_99

que buenisimo!!! me quede con ganas de mas, necesito la segunda parte ya

ProfeFantasma

La tension desde el principio es increible. Sabes que algo va a pasar pero no sabes exactamente como... muy bien logrado. Ojala haya continuacion

Lucho_mdq

me recordo a ciertas cenas en la facu jajaja, aunque la mia no termino igual para nada. Buenisimo, segui así

RubiaPicara

el titulo ya te da una idea pero igual sorprende lo bien que esta narrado!!

Carmen_R

cortisimo pero contundente. mas por favor!!

MiguelViajero

Esas situaciones tan cotidianas que de repente se convierten en otra cosa completamente distinta... muy bien escrito. Gracias por compartir

DiegoK22

jaja la maestria como excusa, clasico. Muy entretenido el relato

Silvia_Ent

Se nota el cuidado en como fue armando la tension antes de que pasara todo. Espero que tengas mas historias en esta categoria!

Marcos_77

Muy buenoo!! uno de los mejores en el genero que lei ultimamente, recomendado

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