Mi prima descubrió lo que hago con mi hermano y mi novio
La llegada de Camila a Madrid fue como un viento caliente del Caribe que avivó algo que mi hermano Iván y yo llevábamos meses tratando de ignorar. Mi prima venía de Cartagena, con esa risa fácil y un cuerpo voluptuoso que no pasaba desapercibido para nadie. La sedujimos juntos, sin prisa pero sin pausa, y aquella primera tarde se entregó a un trío que nos dejó a los tres temblando, hambrientos y conscientes de que la cosa no podía quedar ahí.
Esa misma noche, después de cenar con mis padres y fingir normalidad, Camila y yo nos miramos a través de la mesa con una pregunta silenciosa que no necesitaba respuesta.
—No podemos repetir aquí —murmuré cuando subimos a mi habitación—. Mi madre tiene el sueño ligero.
—¿Y entonces?
Le propuse ir a casa de Mateo. Le expliqué, en voz baja y mientras revisaba el armario buscando algo que ponerme, que mi novio y yo manteníamos una relación abierta desde hacía dos años, que él sabía absolutamente todo lo que pasaba entre Iván y yo, y que tenía en el sótano de su chalé una pequeña mazmorra donde íbamos a pasar una noche que nadie iba a olvidar.
Camila se sentó en el borde de la cama y se mordió el labio inferior.
—¿En serio compartirías a tu novio conmigo?
—Camila, llevamos toda la tarde compartiendo a mi hermano. Mateo es solo el siguiente paso.
Ella cerró los ojos, respiró hondo y soltó una carcajada nerviosa. Cuando los abrió, brillaban con una mezcla de miedo y curiosidad que me encendió por completo.
Llamé a Mateo desde el pasillo. Le expliqué la situación en treinta segundos. Se rio con esa voz grave que siempre me deja flojas las rodillas y me dijo que ya estaba abriendo la verja. Cuando volví a la habitación, Iván esperaba en el umbral.
—Nos vamos los tres ahora —anuncié.
—Me da pena quitarle horas de sueño —comentó Camila.
—No te preocupes, primita. A Mateo el sueño le importa muy poco cuando hay una mujer como tú en juego.
***
Salimos en el coche de mi madre, las ventanillas bajadas y la radio sonando bajito. Camila iba en el asiento del copiloto, jugando con un mechón de pelo, y de vez en cuando me lanzaba miradas por el espejo retrovisor con una sonrisa nueva, algo más oscura que la que le había visto durante el día.
Mateo nos abrió la puerta descalzo, en pantalón de chándal y camiseta gris. No le dejó tiempo a Camila ni de saludar. La atrajo contra él con un brazo y le hundió la lengua en la boca como si llevara semanas esperando aquel beso. Sus manos bajaron directas hasta las nalgas de mi prima, las amasó por encima de la minifalda, las separó.
—Carolina no me había dicho que estuvieras tan rica —murmuró contra los labios de mi prima—. Voy a comerte entera.
—Veo que no te andas con rodeos —respondió Camila, palpándole con descaro el bulto del pantalón—. Y por lo que toco, parece que tampoco vas a tenerme paciencia.
Me acerqué por detrás de ella y le rodeé la cintura. Le subí la blusa hasta liberarle los pechos del sujetador y se los dejé en las manos de Mateo mientras yo le hundía la nariz en el cuello. Iván miraba la escena desde el recibidor, con esa media sonrisa que le conozco desde que éramos críos.
Mateo deslizó una mano bajo la falda de Camila y la encontró ya empapada. Mi prima soltó un gemido largo, ronco, y echó la cabeza hacia atrás contra mi hombro.
—Quiero que te la folles como me follas a mí —le susurré a Mateo al oído—. Quiero verla rota.
—Dejaos de charla —jadeó Camila—. Vámonos abajo de una vez.
***
El sótano olía a cuero y a madera vieja. Mateo había dejado encendidas las luces tenues que rodean la cruz de San Andrés y el potro del fondo. Camila se quedó parada en el centro, mirándolo todo con la boca entreabierta y los ojos brillantes.
—¿Por dónde quieres empezar? —le preguntó Mateo, con esa voz de propietario que pone en cuanto cruza el umbral de la mazmorra.
—Esos dos maderos cruzados me llaman la atención —dijo ella con fingida inocencia, señalando la cruz—. No tengo ni idea de para qué sirven.
Por supuesto que lo sabía. Cualquiera reconoce una cruz de San Andrés a la primera. La muy zorra se hacía la ingenua para provocarlos. Mateo sonrió y, sin decir nada, la llevó hasta allí. Entre Iván y él le alzaron los brazos y le ataron las muñecas con los amarres de cuero.
—Ahora vienen los latigazos, ¿no? —se rio Camila.
—Esta noche no toca látigo —murmuró mi hermano—. Esta noche te toca otra cosa.
Mateo se puso en cuclillas, le subió la falda hasta la cintura, le bajó las bragas y se las quitó del todo. Las dejó colgando de uno de sus tobillos. Entre los dos le abrieron las piernas y le ataron también los pies, dejándola completamente expuesta.
—Tiene un culo espectacular —comentó Mateo, pasándole la mano por las nalgas.
—Esta tarde me las he follado a las dos por ahí —contestó Iván—. Después de reventarles el coño.
—¿Y quién te ha dado permiso para tocarme a mi novia? —preguntó Mateo con falso enfado.
Los tres soltamos una carcajada. Camila nos miró con los ojos muy abiertos.
—No me digáis que vosotros tres ya…
Mateo no la dejó terminar. La agarró de las caderas, se sacó la verga del pantalón y se la metió de un solo empellón hasta el fondo. Camila gritó.
—Iván se la folla cuando quiere —gruñó mi novio mientras empezaba a moverse—. Yo también. Y los dos juntos cuando ella nos lo pide. A tu prima la usamos entre los dos, y a ti te vamos a usar igual.
***
Me senté en el banco que hay junto a la cruz, todavía vestida, y observé cómo Mateo hundía la cadera contra el culo de mi prima con embestidas profundas y rápidas. Conmigo sabe ser brutal, pero con Camila parecía poseído. Cada vez que entraba del todo, ella soltaba un gemido animal, largo, que rebotaba en las paredes del sótano.
Después de varios minutos, Mateo se apartó y le cedió el sitio a Iván, que ya estaba completamente desnudo. Mi hermano la penetró de un solo golpe y la folló con la misma rabia, agarrándole las caderas con fuerza, su pelvis chocando contra las nalgas de ella como un latigazo.
—Joder, primo, esta tarde no me follabas así —jadeó Camila con la voz rota.
No aguanté más. Me quité el vestido por la cabeza, me quedé en bragas y me acerqué por delante de ella. Le tomé la cara entre las manos. Tenía los labios hinchados, los ojos vidriosos, un hilo de saliva en la comisura.
—Mírame —le ordené, pegando mi frente a la suya—. Quiero verte mientras mi hermano te destroza.
La besé con fuerza, tragándome sus gemidos cada vez que Iván la empalaba. Le pellizqué un pezón, luego el otro. Camila tembló entera. Mateo se colocó detrás de mí, me bajó las bragas de un tirón y me clavó dos dedos hasta el fondo, follándome el coño al ritmo exacto de las embestidas de Iván.
—Estás chorreando, zorra —gruñó mi novio en mi oído—. Te pone ver cómo nos follamos a tu prima.
—No tienes ni idea de cuánto —gemí.
Bajé la cabeza hasta los pechos de Camila y se los chupé con hambre, mordiéndole los pezones mientras mi otra mano buscaba su clítoris hinchado y lo frotaba en círculos rápidos. Ella gritó.
—No pares, Carolina, que me corro.
Su cuerpo se tensó contra las correas. El orgasmo la sacudió de arriba abajo, y yo seguí frotándola sin tregua, alargándolo hasta que pareció que iba a desmayarse colgada de la cruz.
***
Mateo no le dio tiempo a recuperarse. Se colocó detrás de ella, le acarició las nalgas y le murmuró al oído que ahora tocaba probarle el culo, pero solo si le suplicaba como la zorra que era.
—Déjate de pendejadas, Mateo —jadeó Camila—. Métemela ya.
Mi novio escupió sobre su propio glande, presionó la punta contra el ano fruncido de mi prima y la empaló poco a poco. Empezó con un ritmo lento y profundo, saboreando cada centímetro. A Camila no le bastaba. Le exigió que la jodiera más fuerte y Mateo perdió el control. Le agarró las caderas, tiró de ellas hacia atrás y empezó a sodomizarla con embestidas brutales que le arrancaban gritos ahogados.
Yo me arrodillé frente a Iván. Me metí su verga en la boca y la lamí con devoción mientras lo masturbaba con la mano. Me moría de ganas de que me follara, pero quería esperar mi turno en la cruz. Quería sentirme tan usada como Camila.
Cuando Mateo se apartó, mi hermano ocupó su lugar y la enculó durante un buen rato. Los gritos de Camila se mezclaban con el crujido de las correas.
—Ha llegado tu hora, pequeña golfa —me dijo Mateo cuando Iván terminó.
***
No voy a contar todo lo que me hicieron en la cruz. Fue más de lo mismo: salvaje, intenso, delicioso. Solo diré que preferí que me follaran únicamente por el coño, porque quería correrme un par de veces y porque sabía perfectamente cómo quería terminar la noche.
Cuando me desataron, estaba hinchada, roja, chorreando. Pero no había tenido suficiente. Lo que de verdad quería era que me dieran por el culo en el potro, que es el aparato que más me pone de toda la mazmorra.
A Camila se le iluminaron los ojos.
Mateo e Iván colocaron el potro en el centro y nos tumbaron sobre él, una en cada extremo, con las caras casi rozándose. Nos ataron las muñecas juntas al frente y nos abrieron las piernas, asegurando los tobillos con correas a ambos lados. Quedamos completamente expuestas, mirándonos fijamente a los ojos.
Mateo se colocó detrás de mí. Iván detrás de Camila. Empujaron al mismo tiempo. Mateo se hundió en mi culo de un solo golpe firme, y yo grité contra la boca de Camila, que se tragó mi grito con un beso desesperado. Iván hizo lo mismo con ella. Empezaron a sodomizarnos con un ritmo sincronizado, embestidas largas y posesivas que nos sacudían enteras.
Gemíamos contra la boca de la otra. El potro crujía. El sonido obsceno de sus caderas chocando contra nuestras nalgas llenaba el sótano.
—Creo que aguantaría así toda la noche —me susurró Camila entre besos—. Solo espero que ellos también.
—Te garantizo que aguantan —reí—. Estos dos no se cansan nunca.
Cada cuatro o cinco minutos se intercambiaban. Mateo salía de mí y se metía en Camila, mientras Iván tomaba mi ano con la misma rabia. El cambio de polla, de ritmo, de grosor, nos volvía locas.
A veces se detenían a la altura de nuestras caras y nos ofrecían las vergas directamente a la boca. El sabor era intenso, sucio, prohibido. Nosotras abríamos la boca con avidez, lamíamos, babeábamos, nos mirábamos mientras lo hacíamos, compartiendo aquella humillación deliciosa. Después volvían a nuestros culos sin piedad.
***
Cuando el ardor del sexo anal se hizo demasiado intenso, pedimos clemencia. Mateo e Iván cedieron, complacientes y crueles a partes iguales, y empezaron a turnarse en nuestros coños. El cambio era un alivio: del fuego abrasador del culo a la humedad caliente del sexo.
Iván me clavó otra vez por delante con embestidas profundas. Sentí que su ritmo se volvía errático, desesperado.
—Joder, Carolina… me corro —gruñó contra mi oído.
Su verga palpitó dentro de mí y un orgasmo brutal me atravesó. Grité contra la boca de Camila mientras sentía el chorro caliente inundándome por dentro. Iván siguió empujando hasta vaciarse del todo. Mateo, al verlo, aceleró sus embestidas en mi prima, la agarró con fuerza y soltó un gruñido animal. Camila se corrió casi al instante, temblando contra el potro mientras él se derramaba dentro de ella.
Los cuatro nos quedamos en silencio unos segundos, jadeando, todavía atados.
***
Nos tomamos un respiro. Mateo e Iván fueron a la cocina por agua y Camila y yo subimos al baño de la planta de arriba. Cerré la puerta y nos miramos en el espejo: caras enrojecidas, pelos revueltos, piel sudorosa.
—Joder, prima, estoy destrozada —rio ella, sentándose en el inodoro.
Yo me senté en el bidé, dejando que el agua tibia me refrescara. El alivio fue inmediato.
—Cuando bajemos quiero que me follen los dos a la vez —dijo de pronto—. Doble penetración de verdad. Tengo que aprovechar.
Sonreí. Esa idea llevaba un rato rondándome la cabeza.
—Estaba pensando lo mismo. ¿No te lo han hecho nunca?
—Nunca. Y me muero de ganas. Quiero saber qué se siente cuando dos pollas me abren a la vez.
Aquella confesión me encendió todavía más. Nos lavamos, nos dimos un beso largo frente al espejo y bajamos.
***
Camila no se anduvo con rodeos. En cuanto cruzamos la puerta de la mazmorra, soltó la propuesta directamente.
—Queremos que nos folléis los dos a la vez. Doble penetración. Primero una, luego la otra.
Mateo e Iván se miraron un segundo, con esa cara entre sorprendida y complacida de niños que reciben un regalo que no han pedido. Después sonrieron de oreja a oreja.
—Os vamos a destrozar esta noche —prometió Mateo levantándose del sofá como un resorte.
Iván se recostó en el sofá de cuero con las piernas abiertas, la verga apuntando hacia arriba. Camila se subió a horcajadas sobre él, se la guio con la mano y se dejó caer hasta el fondo con un gemido largo. Mateo se colocó detrás, escupió sobre su ano todavía sensible y empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta hundirse del todo.
Los tres se quedaron quietos un momento. Después empezaron a moverse.
Camila tenía la cara contraída en una mueca de placer absoluto. Cada vez que ellos empujaban a la vez, su cuerpo se sacudía con violencia y soltaba un gemido gutural, casi animal.
—Dios mío —jadeaba—, nunca probé nada igual.
Sus dedos se clavaban en los hombros de mi hermano. La espalda se le arqueaba de forma exagerada. Empujaba el culo hacia atrás contra Mateo y se dejaba caer sobre Iván con desesperación.
—Carolina —gimió mirándome—, las siento rozarse dentro de mí. No paréis, cabrones, seguid.
Yo los observaba sentada en el suelo con las piernas abiertas, frotándome el clítoris. Ver a mi prima atrapada entre los dos, completamente partida en dos, era una de las imágenes más excitantes de mi vida. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio.
El orgasmo de Camila llegó como un terremoto. Su cuerpo se tensó entero entre ellos, dejó de respirar un instante y después soltó un grito largo, agudo, que reverberó en el sótano. Mateo e Iván siguieron empujando hasta que pequeños espasmos la recorrieron entera y se desplomó hacia adelante sobre mi hermano.
***
—Te toca, morbosa —me dijo Mateo cuando Camila se tumbó de lado en el sofá, jadeando con una sonrisa agotada.
Me acerqué. Iván volvió a recostarse, con la verga brillante todavía mojada por mi prima. Me subí a horcajadas, le sostuve la mirada y me empalé despacio. Mateo se colocó detrás y entró en mi culo con la misma calma cruel que había usado con Camila.
Tuve tres orgasmos. El primero llegó como una ola que me rompió por dentro. El segundo, más lento, mientras ellos bajaban el ritmo y me follaban con embestidas largas. El tercero, cuando ya estaba al límite, mientras Camila desde el sofá me llamaba zorra y les pedía que me dieran más fuerte.
Cuando me separé de ellos, empapada en sudor, me dejé caer al lado de mi prima.
Iván, que había estado debajo en las dos rondas, se incorporó con esa cara hambrienta que conozco demasiado bien.
—Quiero repetir. Pero esta vez quiero ser yo el que dé por detrás.
Yo negué con la cabeza, riéndome débil. Camila, en cambio, sonrió con picardía y se levantó con un esfuerzo evidente.
Desde el sofá vi cómo mi prima —a la que esa misma mañana acababa de descubrir en plan adulto— se transformaba en una zorra insaciable entre los dos. Empujaba el culo hacia atrás, exigía más fuerte, gemía sin pudor. Tuvo un último orgasmo brutal que la dejó gritando y convulsionando entre ellos. Solo entonces, cuando ella también llegó al límite, los cuatro nos derrumbamos juntos sobre el cuero del sofá.
***
Así terminó aquella noche. Descubrí dos cosas que no voy a olvidar. La primera, el morbo enorme que me provoca ver a mi novio follando con otra mujer mientras mi hermano me folla a mí. La segunda, que Camila es bastante más golfa que yo, lo cual resultó ser una buena noticia: las semanas que le quedaban en Madrid antes de volver a Cartagena las pasamos bajando a la mazmorra casi cada noche, y por una vez Iván y Mateo tuvieron que repartirse el trabajo entre las dos.