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Relatos Ardientes

Mi mujer y mi hermana intercambiaron la lencería

Hacía cuatro meses que veía a Lucía en secreto. Cuatro meses desde aquella tarde de domingo en que crucé un umbral del que ya no se podía volver. Mi hermana y yo nos veíamos como dos amantes cualquiera: cines en barrios donde no nos conocía nadie, restaurantes elegidos por la oscuridad de la mesa, hoteles con nombres pretenciosos y sábanas demasiado almidonadas. Una vida paralela hecha de mensajes borrados y excusas pulidas hasta el cansancio.

Con Romina, mi mujer, todo se había enfriado de a poco. Después de aquella mañana en la que probamos cosas nuevas, ella había estado un par de días incómoda y luego distante. Que le dolía la espalda, que tenía sueño, que mañana tenía reuniones temprano. Yo no insistía. Tenía la cabeza —y el cuerpo— en otra parte, y supongo que en algún rincón de su intuición ella lo sabía.

Esa tarde llegué del trabajo con el cansancio del miércoles y la cabeza llena de números. Abrí la puerta esperando el silencio habitual y lo que escuché fue una risa. Dos risas, en realidad. Las reconocí enseguida y el estómago se me cerró.

—¿Hay alguien arriba? —pregunté en voz alta, sin que me importara demasiado la respuesta.

—En la habitación —contestó Romina.

Subí los escalones de a uno, intentando ordenar la cara. No habíamos dejado nada comprometedor a la vista. No podía haber pasado nada. O sí. Cuando llegué al rellano, la puerta del dormitorio estaba entreabierta. Empujé con cuidado.

Ahí estaban las dos. En ropa interior. Sentadas en el borde de la cama como dos amigas que se prueban modelitos antes de salir un sábado.

Pero algo no encajaba.

Lucía tenía un conjunto de lencería azul que jamás le había visto. El sostén era casi todo transparencia, con un encaje finísimo que apenas insinuaba sus pezones. Un porta ligas le rodeaba la cintura y bajaba en líneas tensas hasta unas medias que se interrumpían en la mitad del muslo. La tanga era una pieza mínima con una hilera de perlas que se le perdía entre las piernas. Era una visión pensada para detener el tráfico, una mujer fabricada para volver loco a cualquiera.

Romina, en cambio, llevaba una musculosa de algodón estirada por los lavados y una bombacha vedetina que le ceñía las nalgas con una crueldad amable. Era la ropa interior que usaba mi hermana para andar por su casa los domingos.

Tardé unos segundos en entender. Cuando lo hice, sentí que el aire se me iba.

Se habían cambiado la ropa. Lucía estaba con la lencería de Romina y Romina con la de Lucía.

—No sé cuál es cuál —dije, intentando salir del paso con una broma—. Voy a tener que probarlas a las dos para confirmar.

—Tomás, cuando éramos chicas —empezó Romina sin mirarme, como si estuviera contando una historia para sí misma—, uno de nuestros juegos era cambiarnos la bombacha. Nos parecía que así jugábamos a ser otra. Y, de paso, nos veíamos un poquito desnudas.

—Lo que no te contó —agregó Lucía con una sonrisa— es que ella se quedaba oliéndome la bombacha antes de ponérsela.

—¡Era verdad! Hasta que un día me dijiste, sin levantar la mirada de la revista: «¿por qué no la olés derecho de acá?».

Las dos rieron. Una risa cómplice, antigua, hecha de noches compartidas en la habitación de la casa de sus padres. Yo seguía clavado en la puerta, intentando descifrar dónde exactamente iba a aparecer la trampa.

—¿Y yo podría olerlas a las dos? —pregunté, porque no se me ocurrió nada mejor.

Eso pareció ser la señal.

Se levantaron casi al mismo tiempo y se acercaron, una por delante y otra por detrás. Empezaron a desvestirme con una lentitud teatral, casi coreografiada. Romina me sacó el saco mientras Lucía me desabotonaba la camisa. Cuatro manos pasearon por mi pecho, mi cintura, más abajo. Cuando me bajaron el bóxer, mi pene saltó hacia adelante con esa torpeza que tienen los hombres muy excitados.

Lucía se arrodilló sin avisar. Lo hizo con un hambre que nunca había mostrado en los hoteles donde nos veíamos, como si el público le diera permiso para ser otra. Se la metió hasta el fondo, se atragantó, se limpió la saliva de las comisuras con el dorso de la mano y volvió a empezar.

Romina, detrás de mí, me apretaba los pechos contra la espalda y deslizaba las manos por delante. Una me masturbaba el tronco, la otra me sostenía los testículos con una posesión nueva. Tiraba la piel hacia atrás, dejaba el glande expuesto y mi hermana lo recibía como si fuera la única cosa que le importara comer en su vida.

—Esta noche —me susurró Romina al oído— vamos a coger a tu hermana como si fuera yo. Y a mí me vas a hacer todo el amor que le hiciste a ella la última vez.

Sentí el frío subir por la espalda. Eso lo sabía. No sé cuánto, no sé desde cuándo, pero lo sabía. Giré la cara y la besé, despacio, intentando que el beso dijera más que las palabras que iba a tener que evitar el resto de la noche. Ella me devolvió un beso pesado, lento, casi triste.

Está bien, pensé, sin saber qué estaba aceptando exactamente.

***

Romina me tomó de la mano y nos llevó a la cama. Acostó a Lucía boca arriba, le besó el cuello, le bajó los breteles del sostén con una paciencia que parecía aprendida en otra vida. Mi hermana se dejaba hacer. La conocía gimiendo en hoteles de paso, no así, abierta y vulnerable bajo las manos de mi mujer.

Romina le sacó el conjunto pieza por pieza. Cuando Lucía quedó completamente desnuda, separó las piernas con una lentitud obscena y se abrió los labios con dos dedos.

—Vení —le dijo a Romina—. Nunca me lo hizo nadie como vos sabés hacerlo.

Mi mujer no contestó. Bajó la cabeza y se hundió de boca en el sexo de mi hermana. Yo escuchaba el sonido húmedo, el chasquido de la lengua, la respiración entrecortada de Lucía. Me acerqué porque no podía hacer otra cosa, y mi hermana levantó una mano y me llamó hacia su boca.

Se la metí. Me la mamó con desesperación, sin orden, mientras Romina le trabajaba el clítoris con la precisión de quien conoce un cuerpo desde la infancia. En un momento, Lucía tuvo que retirar la boca para gemir.

—Quiero las dos cosas —dijo, cuando recuperó el aire—. Quiero que me cojan los dos. Al mismo tiempo.

Romina se levantó, fue al cajón de la mesa de luz —ese cajón que yo creía conocer— y sacó un cinturón con un dildo. Un consolador grueso, oscuro, con arnés de cuero. Lo había comprado sin decirme. O con la idea de decírmelo cuando llegara el momento. Y el momento, evidentemente, era ese.

—Yo te voy a abrir esa cola que te tenés tan cuidada —dijo, mientras se ajustaba las correas a la cintura—. Mañana no te vas a poder sentar. Y va a ser por mí.

Lucía se mordió el labio y se rió. Era una risa pequeña, nerviosa, que reconocí: la misma que había puesto la primera vez que cruzamos el umbral.

***

Me acosté boca arriba en el medio de la cama. Mi hermana se subió encima, se acomodó sobre mis caderas y se metió ella sola la verga en la concha. Estaba tan empapada que no hubo resistencia. Romina le ofreció el dildo a la altura de la cara.

—Chupalo primero —le dijo—. Quiero que entre fácil.

Lucía obedeció. Se metió la pija de goma en la boca con una entrega que jamás había mostrado conmigo, y a mí me dio un morbo nuevo, raro, ver a mi hermana mamarle el dildo a mi mujer encima de mi cuerpo. La saliva le caía en finos hilos por el pecho. Me caía a mí también.

—Ya está, Tomás —me dijo mi hermana, mirándome a los ojos—. No quiero que acabes ahora. Quiero que me la metan en el culo primero.

Romina se ubicó detrás. Le dejó caer un hilo de saliva en la raya y guio el dildo con calma. Vi en los ojos de Lucía el cruce exacto entre el dolor y el placer.

—No pares —jadeó, agarrándose a mis hombros—. Métela toda. Cójanme. Me duele. Seguí.

—Sos una puta, hermana —dijo Romina, y la palabra sonó tierna, casi un cumplido—. Nunca te vi así.

—Llénenme. Quiero que los dos me llenen.

—Te abro toda la cola, Lu. Sentilo.

—Lo siento, lo siento. Voy a acabar. No paren.

Empecé a vaciarme dentro de ella sin haberlo decidido. Mi pene daba tirones, escupía, se vaciaba contra las paredes de su sexo mientras Romina seguía martillándole la cola con un ritmo cada vez más firme. Lucía se sostuvo en mí, los ojos cerrados, los dientes apretados, empujando hacia atrás contra el dildo en una búsqueda animal.

Tuvo un orgasmo larguísimo. Lo sentí bajar por mis piernas, mojarme la pelvis, hacer un charco pequeño en la sábana. Cuando finalmente se dejó caer sobre mí, era un peso muerto, una mujer descompuesta de placer. La giré con cuidado y la acosté de costado.

***

Romina seguía de pie al borde de la cama, con el arnés todavía puesto y la respiración agitada.

—Eso ya no lo necesitás —le dije.

Le desabroché el cinturón, le saqué el dildo, lo dejé caer al suelo. Le bajé la bombacha vedetina —la de Lucía, la que llevaba cambiada— y le pasé la lengua por la cara interna del muslo. Ella tembló. La conocía: cuando temblaba ahí, era porque la noche todavía no había empezado para ella.

Le besé los muslos hasta llegar al pliegue de la pelvis. Le abrí los labios con la lengua, despacio, de afuera hacia adentro, como hacía cuando éramos novios y todavía no sabíamos ni nuestros nombres. Encontré el clítoris ya despierto y lo lamí, lo rodeé, lo mordí apenas. Sentí cómo acababa por primera vez con un grito corto, ahogado, que dijo más de lo que decían sus silencios de los últimos meses.

Me tomó la cara y me hizo subir.

—Quiero sentir mi sabor en tu boca —pidió—. Metémela despacio. Y hablame al oído.

La penetré en posición de misionero clásica, sin adornos. Ella me cruzó las piernas en la cintura y me apretó. Mi pene, todavía cansado de la primera vez, se reanimó al sentir su humedad. Empecé a moverme despacio.

—Me encanta cómo te mojás cuando cogemos —le susurré—. Me encanta verte la cara y descubrir tu placer. Te amo.

—Sos el mejor —contestó—. Lograste que me olvidara de tu hermana. Lograste que te desee solo a vos.

Era mentira y era verdad al mismo tiempo. Las dos cosas pueden coexistir cuando una se está esforzando.

Lucía giró la cabeza y quedó frente a frente con Romina. Yo seguía penetrando, cada vez más profundo, cada vez más despacio.

—Romi —le dijo mi hermana, casi al oído—, sos hermosa. Quiero que disfrutes mucho. Pensá que soy yo quien te está cogiendo. Siempre me lo pediste. Bien profundo, como te gusta. Así. Otra vez.

Yo coordinaba mis empujones con las palabras de Lucía. Era una coreografía rara, un teatro a tres voces.

—Pero esta vez va a ser distinto —siguió mi hermana—. Esta vez te voy a llenar de leche. Lo deseás y lo voy a hacer. Sentí cómo te abro la concha.

La besó. Largo, profundo. Romina acabó con una sacudida violenta, una de esas pocas veces en que uno siente que le bajaron el orgasmo desde algún lugar antiguo. Yo no aguanté más. Me vacié dentro de ella mientras mi hermana le pasaba la lengua por los labios.

***

Me dejé caer entre las dos, boca arriba, mirando el techo. El ventilador giraba despacio. Nadie habló durante un rato largo.

Después Romina se acomodó contra mi pecho. Lucía se acomodó contra el otro. Era la postura más doméstica que se podía imaginar después de lo que acababa de pasar.

—¿Cuánto hace? —preguntó Romina, sin mirarme, sin levantar la cabeza de mi pecho.

No le contesté.

—No importa —agregó—. Hoy es lo que importa.

Lucía me apretó la mano por debajo de la sábana, fuerte, como cuando éramos chicos y un trueno nos despertaba en la misma habitación de los abuelos.

Y pensé, con una claridad que me asustó, que tal vez ese era el mejor momento de mi vida. Y que tal vez también iba a ser, exactamente, el peor.

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Comentarios (7)

toteo

Que escena!!! Me quede sin palabras en ese final. Exelente.

Marcos_77

Se hizo cortisimo... necesito la segunda parte ya jaja

LectorMDQ

Muy bien narrado, la tension se siente desde el principio. Uno de los mejores que lei aca ultimamente, de verdad.

RolandoMza

jajaja esa risa complice lo dice todo... tremendo momento para aparecer en la habitacion

curiosa88

Me recordo a una situacion rara que viví hace tiempo, aunque nada tan interesante jaja. Buenisimo

PedroSalta

Esperando ansioso la continuacion!!

CarlosNoc

Muy buen relato, bien escrito y sin pasarse. Sigue asi!

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