La fiesta grupal de las maduras del club
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Mi vecina volvió al amanecer con las piernas temblando y una sonrisa indecente; cuando me contó lo del club, no pude dejar de imaginarlo.
Él llegó rogando por otra mujer y terminó de rodillas entre nosotras, sin entender cuándo dejó de suplicar y empezó a desear de verdad.
Fui a ese club pensando en unas copas y un encuentro pendiente, pero salí en un coche con dos hombres que ya habían decidido cómo me querían usar.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Después de correrme en la ducha, no imaginé que esa noche terminaría entre dos hombres dispuestos a hacerme vivir justo lo que más deseaba.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
Volvíamos a vernos un año después de aquel viaje, y esta vez Marina traía a un invitado que no sabía nada de lo que íbamos a hacer en esa casa junto al lago.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.
Cuando Lucía se quitó el bikini frente a mí en su habitación, entendí que aquel fin de semana en la playa ya no iba a tratarse solo de tomar el sol.
Cuando Diego me pidió que me sentara entre los dos asientos, supe que aquel viaje todavía no había terminado y que esa noche ninguno de los dos iba a irse temprano.
Le había dado mi palabra: esa noche yo solo miraría. Pero cuando él la besó contra la pared del cuarto, supe que no podría quedarme quieto en la silla.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Mi novio me apretó la mano cuando cruzamos esa puerta. Esa noche íbamos a aprender, juntos, lo que significaba dejar de tener miedo a desear.
Carla me confesó su fantasía más oscura en un susurro, y semanas después la vi de rodillas frente al hombre que los dos habíamos elegido sin decirlo en voz alta.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
«Llámala», le dije. «Quiero que venga, que sienta lo que perdió y que pague por el mensaje de anoche.» Él tragó saliva y marcó su número sin pensarlo dos veces.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.