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Relatos Ardientes

La confesión de mi mujer que lo cambió todo

Llevábamos año y medio casados cuando me di cuenta de que algo faltaba. No era que nuestra vida sexual fuera mala —nunca lo había sido—, pero el trabajo, los horarios y el cansancio acumulado habían ido apagando esa llama que teníamos al principio. Yo tenía veintisiete años; ella, veintidós. Nos habíamos conocido en la facultad y desde el primer día supe que quería estar con ella.

Camila tiene una cara que desconcierta: angelical a primera vista, intensa cuando la mirás de cerca. No es alta, tiene un cuerpo equilibrado, y una forma de caminar que obliga a girar la cabeza. Cuando usa ciertos pantalones de tela liviana, las curvas de sus caderas dibujan algo difícil de describir sin sonar exagerado. La cuestión es que yo la deseaba, siempre, pero habíamos caído en la rutina sin darnos cuenta.

Para salir de ese bache empecé a pedirle que me contara historias de su pasado. Con quién había estado, qué había hecho, qué la había marcado. A ella al principio le daba vergüenza, pero poco a poco fue abriéndose. Ya conocía la mayoría de sus historias, hasta que una noche me sorprendió con una que nunca me había mencionado.

—Tenía veinte años —empezó, con esa calma que usa cuando algo le pesa un poco—. Salía con un chico de mi ciudad, Martín, que era encantador pero una decepción en la cama. Siempre acababa antes de tiempo y yo me quedaba con ganas. Fue entonces cuando apareció Federico.

***

Federico tenía treinta y dos años y trabajaba como encargado en una distribuidora. Venía al quiosco donde ella trabajaba, correcto, sin excesos, con esa seriedad que a veces resulta más atractiva que cualquier línea ensayada. Un día la cruzó en la parada del colectivo y le ofreció llevarla. Ella aceptó sin pensarlo demasiado.

—Me dejó en casa, me guiñó el ojo al despedirse y me gustó —contó Camila—. Al día siguiente vino a comprar como siempre y me invitó a tomar algo esa noche. Le dije que sí, por curiosidad, porque me sentía cómoda con él. Le pedí que no me pasara a buscar, por mis padres, y nos encontramos en un bar del centro.

Tomaron cervezas durante horas. Él la hacía reír. Cuando se hizo tarde, él le propuso ir a su casa. Ella se hizo de rogar un buen rato, pero terminó cediendo.

—Me dio uno de los besos más lindos de mi vida —dijo, y yo sentí algo raro mezclarse con la excitación—. Me abrazaba fuerte, me agarraba bien de la cintura. Empezó a tocarme la cola, que es lo que más me enloquece, y me fue llevando hacia la cama. Las manos, la boca, el cuello... supo dónde ir en cada momento.

Me lo fue describiendo con detalle pausado. Las manos de Federico recorriendo su espalda, la boca moviéndose desde el cuello hacia abajo, la forma en que la hizo acabar dos veces antes de siquiera penetrarla. Mientras hablaba, Camila me acariciaba despacio, midiendo mi reacción, con esa sonrisa que no es del todo inocente.

—Todos terminan queriendo jugar con mi cola —dijo, con cierta resignación que no era tal—. Federico no fue la excepción. Empezó con un dedo, después con dos. Me preguntó si podía entrar por ahí y le dije que lo quería adelante primero. Así que lo tuve adelante un buen rato, bien adentro, hasta que yo le pedí lo otro. Y cuando lo hizo, fue despacio, con cuidado, y yo acabé casi enseguida.

Yo tenía la respiración cortada. Ella siguió.

***

—Empezamos a vernos tres veces por semana —continuó—. Le conté a algunas amigas y no me creían. Con Martín corté enseguida; fue incómodo pero él lo entendió. Era de Federico entonces, y eso me gustaba.

La historia se complicó cuando él la empezó a llevar a salidas con su grupo de amigos. Entre ellos estaban Andrés, un tipo de cara difícil pero simpático, y Valeria, su mujer, que miraba a Camila de una manera que ella no terminaba de descifrar.

Una noche salieron todos a bailar. Camila sacó a Federico a la pista, que era tímido pero accedió. En algún momento intercambiaron parejas: ella bailó con Andrés, Federico con Valeria. En ese instante, Camila vio cómo Valeria le susurraba algo al oído a Federico. Él sonrió. Andrés la abrazó con más fuerza de lo que correspondía y la situación quedó flotando en el aire, sin resolverse.

—Lo ignoré esa noche —dijo Camila—. Pero no se me fue de la cabeza.

Unas semanas después, Andrés festejó su cumpleaños en su casa. Eran diez o doce personas. Federico le regaló a Camila un vestido que a ella le pareció corto, pero él insistió y ella se lo puso.

La fiesta fue tranquila al principio: tragos, música, charlas. La gente se fue yendo de a poco. Al final quedaron solo ellos, Andrés y Valeria, y dos amigos de Andrés que Camila no conocía. Se relajaron en los sillones del living, riéndose de nada, hasta que se fue la luz.

—Federico empezó a acariciarme en la oscuridad —dijo ella, y su voz bajó un tono—. Le quité la mano varias veces porque no quería que nos descubrieran. Pero él siguió. Me besaba el cuello, metía la mano por debajo del vestido. Y en la oscuridad empecé a escuchar gemidos. No eran míos.

Eran de Valeria. Y nadie los interrumpió.

Federico la puso boca abajo en el sofá y le levantó el vestido. Otras manos —no las suyas— aparecieron desde algún lado en la oscuridad. Camila intentó incorporarse, dijo que no con la voz, pero la volvieron a acostar. Eran tres los que la sujetaban. Cuando volvió la luz, pudo ver por encima del hombro: Federico, Andrés, y uno de los dos amigos.

—Me volteé para protestar —contó— y Federico me habló al oído, despacio, calmándome. No recuerdo exactamente qué me dijo, pero algo en mí se relajó. En el sillón de enfrente, el otro chico estaba con Valeria, que no protestaba para nada. A mí me costó más rendirme, pero cuando Federico entró, me olvidé de todo lo demás.

Acabó una vez con él adentro. Luego la pusieron boca abajo y en un balbuceo involuntario ella lo dijo. Él lo entendió y entró por atrás. Ella se tocó y acabó de nuevo, arrastrándolo. Las luces volvieron a apagarse y lo que vino después fue confuso: manos, bocas, voces bajas, calor. La llevaron al cuarto. Alguien entró y acabó muy rápido.

—¡No duraste nada, hijo de puta! —le dijo en la oscuridad, y se sorprendió de escucharse a sí misma.

Después ya no protestó. Esa noche todos los hombres la tuvieron, y Camila admitió sin demasiado drama que su cola había sido la gran protagonista.

***

Cuando terminó de contarme eso, yo estaba al límite. Ella me lo notó en la cara y aceleró el ritmo de su mano. Justo cuando me venía, me metió en su boca y se lo tragó todo. Después me miró con esa calma que tiene cuando sabe que ganó.

Esa historia me cambió algo por dentro. No supe si fue verla diferente a ella, o verme diferente a mí mismo, pero a los pocos días los dos teníamos ganas de hacer algo al respecto.

Lo primero fue llamar a un acompañante masculino. Lo recibimos en un hotel del centro, con tragos de por medio para aflojar los nervios. Lo que siguió fue extraño y excitante al mismo tiempo: verla con otro hombre, de cerca, sin el filtro de una historia del pasado. Participé y también observé. No supe qué era más intenso.

Después fue un club de parejas. Había gente de todo tipo, edades, cuerpos. Nos quedamos pegados uno al otro al principio, hasta que encontramos a una pareja que también estaba en su primera visita. Tomamos algo, bailamos. En algún momento el hombre la llevó a un rincón, le subió la falda que tenía y la penetró de parado, sin preámbulos. Su mujer me acariciaba mientras yo miraba sin poder apartar los ojos.

Tuvimos experiencias buenas y otras que no lo fueron tanto. Una vez, en una fiesta particular, Camila se encerró con tres tipos en una habitación durante más de dos horas. Cuando salió tenía esa expresión de alguien que acaba de correr un maratón. Yo me quedé afuera con los celos royéndome el pecho y algo más que no era solo celos.

***

La noche que más recuerdo fue en el cumpleaños de Matías, un amigo de los dos. Fiesta grande, mucha gente, demasiado alcohol. Camila estaba suelta esa noche, de esa manera específica que yo reconozco: gestos amplios, risa fácil, los ojos un poco brillantes.

En algún momento la perdí de vista en la pista de baile. La busqué y la vi subiendo las escaleras con Matías y otros dos tipos que yo conocía de nombre: Pablo y Tomás. Los cuatro iban hacia el primer piso. Los seguí.

Cuando llegué arriba, Camila giró la cabeza y me miró directo a los ojos, justo en el umbral de la habitación. Su expresión era rara: divertida, culpable, pidiéndome algo que yo no supe interpretar en ese segundo. Dio un paso adentro y desapareció detrás de la puerta.

Me acerqué. Estaba a punto de abrir cuando una mano me tomó de la cintura por atrás. Me giré.

Era Elena, la novia de Matías. Rubia, vestido negro, con una sonrisa tranquila que no encajaba del todo con la situación.

—Déjalos —me dijo—. Es su regalo de cumpleaños.

Yo no reaccioné. Ella esperó un segundo y después añadió que si quería, podíamos verlos desde la habitación de al lado. Que había una manera de hacerlo. Que a ella también le gustaba mirar.

La seguí sin decir nada.

***

La habitación de al lado tenía una pequeña apertura en la pared que daba a una biblioteca del cuarto contiguo. Elena deslizó una tablita de madera y corrió un par de libros. La apertura era pequeña —unos veinte centímetros de ancho, diez de alto— pero suficiente para ver con claridad.

Camila estaba sentada en la cama, desnuda, con Matías parado frente a ella. No dudó: abrió la boca y empezó. Con una mano lo sujetaba a él, con la otra buscaba a Pablo, que ya se había desvestido y esperaba su turno. Tomás se quedó atrás unos segundos, mirando, hasta que también se acercó.

Los tres se la turnaban. Ella iba de uno a otro sin apuro, como si hubiera hecho eso siempre. Pablo y Matías la tenían grande; Tomás era más parecido a mí. En algún momento Matías se recostó en la cama y Camila se montó encima mientras Tomás se colocó detrás de ella.

Los vi empezar a moverse los dos al mismo tiempo. Camila tenía la frente apoyada en el hombro de Matías y los ojos cerrados. Gemía, pero no de esa manera exagerada que a veces usan para complacer: era genuino. Lo supe porque conozco bien la diferencia.

Pablo le puso algo en la boca y tapó así el último espacio disponible.

Fue en ese momento exacto cuando sentí la mano de Elena en mi pantalón.

No dije nada. No hizo falta. Ella me bajó el cierre y me metió en su boca de un solo movimiento, sin dejar de mirar también ella por la apertura. Yo no aparté los ojos de Camila en ningún momento.

No duré mucho. Fue la combinación de lo que veía y lo que sentía, y cuando llegué, lo hice con todo. Elena se quedó hasta estar segura de que no quedaba nada, después se incorporó, me miró tranquilamente y volvió a mirar por la apertura como si nada hubiera pasado.

***

Nos quedamos mirando casi dos horas más, apoyados el uno contra el otro en silencio. Cuando nos cansamos de estar de pie, Elena me guió hasta una cama que había en el rincón y se quitó el vestido con esa misma calma directa con que había hecho todo lo demás. Me pidió que la complaciera yo a ella. Lo hice con gusto hasta que acabó, dos veces, y la segunda vez se mordió el antebrazo para no hacer ruido.

Bajamos a la fiesta casi vacía. Al rato llegaron Matías, Pablo y Tomás, con ese aire particular de quien acaba de hacer algo que no se cuenta. Camila no bajó. Me enteré después de que se había quedado dormida en la cama, rendida después de varios orgasmos. Esa noche dormimos ahí los dos.

A la mañana siguiente, de camino a casa, ella me habló sin mirarme, con la voz todavía un poco ronca.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Muy bien —dije.

—¿Seguro?

—Estuve con Elena —le dije—. Mirándote.

Ella giró la cabeza y me miró. Primero con sorpresa, después con algo que se parecía mucho a la satisfacción.

—Entonces estamos en paz —dijo, y se acomodó en el asiento.

No respondí. Pensé en lo que había visto, en lo que había sentido mirándola con otros, en esa mezcla extraña de deseo y algo que no era exactamente celos pero se le parecía bastante. Pensé que llevábamos más de un año abriendo puertas que no sabíamos que existían.

Y que el cumpleaños de Elena era en unas pocas semanas.

Pero esa es otra historia.

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Comentarios (5)

Ernesto68

Tremendo relato, de los mejores que lei ultimamente!!

SandraKV

Me tuvo enganchada de principio a fin. Por favor escribi una segunda parte, quede con ganas de saber como evoluciono todo.

RamiroPlata

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace tiempo. Esas confesiones lo cambian todo, es verdad. Muy bien escrito.

maricel_22

sigue asi!!! me encanto

Pato_LMR

Que buen planteo. Lo que mas me gusto es como muestra que la honestidad entre dos personas puede abrir cosas completamente inesperadas. Realista y morboso a la vez, sin ser burdo. Felicitaciones.

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