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Relatos Ardientes

Lo que Nora le regalaba a mi novia no era amistad

Conocí a Carla en un taller de escritura creativa, hace dos años. Llegó tarde, con el pelo mojado por la lluvia y un cuaderno azul que dejaba marcas de tinta en sus dedos. Se sentó frente a mí, levantó la vista y pidió disculpas con una sonrisa que me obligó a olvidar lo que iba a leer en voz alta. Esa misma noche cenamos juntos, y desde entonces no nos hemos separado.

Tiene los ojos de un verde casi olivo, una risa que se le escapa por la nariz cuando bebe y una manera de cruzar las piernas en la cama que me desarma. Vivimos en un piso pequeño cerca del río, con demasiados libros y un gato que se llama Bach. Lo nuestro funciona porque no nos escondemos nada. O eso creía.

El problema empezó con Nora.

Nora es compañera de Carla en la editorial: correctora de estilo, lesbiana abierta, alta, pelo negro cortado a la altura de la oreja. La conocí en una fiesta de Navidad de la oficina y noté algo desde el primer apretón de manos. No era hostilidad ni curiosidad. Era la manera en la que miraba a mi novia. La miraba como se mira un libro que llevas años queriendo leer.

—Es intensa, ¿verdad? —me dijo Carla esa misma noche, mientras volvíamos en taxi.

—Te quiere —respondí yo, sin pensarlo.

Carla se rió, pero no me corrigió.

Empezaron los regalos a los pocos meses. Un libro de Wisława Szymborska con una dedicatoria en lápiz. Un té de jazmín importado. Una pulsera fina de plata sin pretexto. Y luego flores: rosas, lirios, peonías cuando estaban de temporada. Llegaban a la editorial los lunes por la mañana, a veces sin tarjeta, a veces con notas escuetas. «Para la mujer que ilumina mi semana». «Porque tu voz me cura los días grises».

Carla me lo contaba todo. O me lo contaba casi todo. Llegaba a casa con las flores envueltas y las dejaba sobre la mesa de la cocina como si fueran un objeto vagamente embarazoso. Ponía los ojos en blanco. Decía «Es Nora, otra vez». Y yo le servía vino, asentía y me preguntaba en silencio por qué nunca había rechazado un regalo, por qué nunca le había pedido a Nora que parara.

Lo curioso fue darme cuenta de que aquello, en lugar de provocarme celos, me encendía. La idea me sorprendía en sitios extraños: en el metro, lavándome los dientes, esperando un café. Imaginarme a Nora sentada frente a Carla en la oficina, con la mano metida bajo la mesa entre los muslos de mi novia, escribiéndole notas que ella leía mordiéndose el labio y apretando las piernas contra los dedos de otra mujer. Imaginarlas en el ascensor, la falda de Carla subida hasta la cintura, los dedos de Nora hundidos en su coño mojado mientras el número de las plantas subía. Yo siempre había sido un hombre tranquilo, sin grandes fantasías escondidas, pero esa imagen empezó a vivir conmigo como un huésped silencioso, y se me ponía la polla dura en los sitios más inoportunos.

Hubo otras señales. Carla cambió en la cama, en pequeños detalles casi imperceptibles. Me pedía que le lamiera el coño más despacio, con la lengua plana y ancha, justo sobre el clítoris, sin apuntar directamente al capullo sino dando pasadas largas de abajo hacia arriba que antes no señalaba con tanta precisión. Una noche, con mi boca pegada a sus labios mojados, me susurró «no muerdas, succiona» con una autoridad nueva, y me guió la cabeza para que le cerrara los labios alrededor del clítoris y tirara suave, chupándolo como si fuera un caramelo pequeñísimo. Yo obedecía, mientras su coño se le abría bajo mi lengua y le goteaba jugo hasta el ano, y pensaba: alguien le ha enseñado eso. Alguien que no soy yo. Alguien que tiene la boca hecha para chupar coños de mujer.

No le pregunté. Tenía miedo de la respuesta y, al mismo tiempo, miedo de que la respuesta no llegara nunca.

***

Un viernes por la noche, Carla volvió del trabajo con un ramo absurdo de rosas blancas. Las dejó en la encimera y se acercó a besarme antes de quitarse el abrigo. Sabía a vino, a cigarrillo ajeno, a algo que no podía nombrar.

—Me ha invitado a cenar mañana —dijo contra mi cuello—. Dice que quiere hablar conmigo. En serio.

—¿De qué?

—No lo sé. Creo que de ella.

La tomé por la cintura y la empujé contra la encimera, sin brusquedad, lo justo para que entendiera que estaba escuchándola con todo el cuerpo. Le subí la falda. Tenía las medias frías por la calle y la piel del muslo caliente. Le metí la mano entre las piernas por encima de las bragas y me encontré la tela empapada de arriba abajo.

—¿Te ha besado? —pregunté.

Se quedó callada un segundo de más.

—Hoy, al darme las flores. En la boca. Me metió la lengua un instante.

Ahí supe que era verdad lo que sospechaba. Y supe también, con una claridad rara, que no quería que dejara de pasar. Le aparté las bragas de un tirón lateral y le hundí dos dedos hasta los nudillos. El coño la chupó de golpe con un ruido húmedo.

—¿Y tú?

—No me aparté —admitió, con la frente contra mi hombro, mientras yo le follaba con los dedos ahí de pie contra la encimera—. No sé por qué. Se me mojó el coño en el ascensor.

Esa noche follamos sin hablar mucho más. La levanté en brazos hasta el sofá, le quité las bragas con los dientes y le abrí las piernas de par en par sobre los cojines. Tenía el coño hinchado, los labios abiertos, brillantes, el clítoris asomando como una perla pequeña y dura. Se lo besé entero primero, con la boca cerrada, un beso largo en los labios de abajo. Después le pasé la lengua plana de abajo hacia arriba, despacio, recogiendo todo lo que se le había juntado, hasta que llegué al clítoris y me detuve ahí. Se lo chupé con los labios cerrados, como me había enseñado. Ella dobló las manos contra mi pelo y empezó a levantar la pelvis contra mi cara.

—Así, Diego, así, no pares.

Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando el punto rugoso justo detrás del hueso, mientras seguía chupándole el clítoris. Se le tensaron los muslos alrededor de mi cabeza. Cuando la sentí a punto, me saqué los dedos y le clavé la lengua dentro del coño, todo lo profundo que pude, follándola con la lengua mientras le apretaba el clítoris con el pulgar. Se corrió gimiendo bajito, tirándome del pelo, y me llenó la boca de un chorro tibio y ácido que me tragué entero.

Todavía temblando, me subí encima. Le saqué la polla y se la restregué por los labios del coño, mojándome la punta con sus jugos y los míos.

—Métemela ya —me pidió—. Métemela hasta el fondo.

Empujé de una vez. Se la clavé entera y ella arqueó la espalda. Empecé a follarla despacio, hasta el fondo cada vez, sacándola casi entera y volviendo a hundirla. Se la metía tan adentro que le rebotaban las tetas contra el pecho cada vez que chocaba con su culo.

—Cuéntame qué te gusta de ella —le susurré al oído—. Cuéntamelo todo mientras te follo.

—Su boca —dijo, con los ojos cerrados—. Pienso en su boca. En cómo debe chupar coño. Pienso en ella arrodillada entre mis piernas, comiéndomelo.

—Sigue.

—En sus tetas. En cómo sería frotar mi coño contra su coño.

Aceleré. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a follármela más fuerte, chocando contra ella con todo mi peso. Me corrí escuchándola decirlo, vaciándome dentro de ella con tres, cuatro embestidas profundas que la hicieron gemir otra vez. Sentí la corrida saliéndose de su coño alrededor de mi polla mientras seguía metida hasta el fondo.

Después, tirados en el sofá, con la respiración todavía rota, con mi semen goteándole por el muslo, le pregunté si quería invitar a Nora a cenar a casa el sábado. Carla abrió los ojos despacio, me miró largo rato y dijo que sí.

***

Nora llegó a las nueve, puntual, con una botella de vino tinto y un vestido negro corto. Se había maquillado más de lo habitual. Olía a cuero y a bergamota. Cenamos pasta con almejas, hablamos de libros, de una novela italiana que estaban traduciendo, de la jefa que las dos detestaban. Yo bebí más de la cuenta a propósito. Quería los nervios despiertos.

A los postres, Nora dejó la cuchara en el plato y miró a Carla.

—Tengo que decirte algo y no quiero seguir disimulando. Llevo un año enamorada de ti.

Carla bajó la mirada. Se pasó la mano por la nuca como si le pesara algo. Yo no me moví.

—Lo sé —dijo Carla.

—Quería decírtelo aquí, delante de Diego, porque no quiero hacer las cosas a escondidas. Otra vez.

La palabra «otra» se quedó suspendida sobre la mesa.

—Otra vez —repetí yo, despacio.

Carla cerró los ojos.

—La semana pasada nos besamos en su casa —dijo—. Solo eso. Y me prometí contártelo y no lo hice.

Esperaba sentir un puñetazo en el pecho. Lo que sentí fue la respiración acelerándose, las manos calientes, la polla endureciéndoseme debajo de la mesa, una excitación absurda que me daba vergüenza y me empujaba al mismo tiempo.

Nora me miró. No con desafío, sino con una pregunta.

—¿Qué quieres hacer, Diego?

Tardé en responder. Me serví más vino sin que me temblara la mano, lo cual fue casi un milagro.

—Quiero que ella decida —dije—. Pero no me molesta. No del modo que pensaba que me molestaría. Se me está poniendo dura escuchándoos, por si os sirve el dato.

Nora sonrió. Fue la primera vez que la vi sonreír así.

—¿Y si quiero que se quede? —preguntó Carla, sin mirar a ninguno de los dos.

—Que se quede.

***

Lo que vino después no fue una cosa salvaje. Fue, casi, una cosa cuidadosa. Pasamos al salón con las copas. Nora se sentó al lado de Carla y le apartó el pelo de la oreja con un gesto que llevaba meses imaginándose. La besó despacio, con la lengua, con una entrega contenida que me dejó sin aire. Carla le respondió como si llevara la misma cantidad de meses esperando ese permiso, abriendo la boca, dejando que Nora le chupara la lengua entre los labios.

Yo me senté frente a ellas. No me acerqué de inmediato. Quería ver, primero. Quería entender qué les hacían sus bocas cuando se encontraban.

—¿Te molesta si miro? —pregunté, con la mano ya apretándome la polla por encima del pantalón.

—Quiero que mires —dijo Nora—. Quiero que te la saques y te la casques mirándonos.

Me bajé la cremallera. Me saqué la polla ya dura y empecé a acariciármela despacio, mirándolas.

Le bajó los dos tirantes del vestido a Carla y le dejó las tetas al aire. Carla las tiene pequeñas, con los pezones rosados y muy sensibles. Nora se agachó y le cerró la boca alrededor de uno, chupándoselo con la lengua girando. Carla soltó el aire de golpe. Nora le tomó la otra teta con la mano y le pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice, tirándoselo despacio mientras seguía chupando. La mano libre de Nora subía por la cara interna del muslo de mi novia, apartándole la falda del vestido, hasta llegarle a las bragas. Yo veía el contraste: el pelo claro de mi novia, la piel más oscura de Nora, la luz amarilla de la lámpara cayendo sobre las dos como un foco. Le apartó las bragas a un lado con dos dedos y le pasó la yema del pulgar por los labios del coño. Carla arqueó la espalda contra el respaldo del sofá.

—Estás empapada —murmuró Nora contra la teta—. Llevas todo el mes empapada por mí.

—Sí.

Cuando Carla giró la cabeza y me buscó con la mirada, me levanté. Me puse detrás del sofá, le besé la frente, le pasé la mano por el cuello.

—¿Estás bien?

—Mejor que bien —murmuró ella.

Nora la había deslizado hacia abajo, le había abierto las piernas sobre los cojines y se arrodillaba delante. Le arrancó las bragas por los lados sin pedir permiso. Le besó la cara interna de los muslos, despacio, marcándole la piel con los dientes. Le sopló despacio sobre el coño abierto. Después le pasó la lengua plana entre las piernas, de abajo hacia arriba, con una calma que reconocí: era exactamente la misma calma que Carla me había pedido en la cama hacía meses. Lo entendí todo en un instante y casi se me escapó la risa de la garganta.

—Eras tú —le dije a Nora—. Lo que ella me pedía era lo que tú le hacías. Le enseñaste con la boca.

Nora no apartó la boca del coño de mi novia, pero asintió con la mirada. Le abrió los labios del coño con dos dedos, dejando el clítoris al descubierto, hinchado, brillante, y se lo empezó a chupar succionando despacio, como se chupa una fruta madura. Carla se mordió el dorso de la mano para no gritar y se le escapó un sonido ronco que yo no le había oído antes.

Me arrodillé al lado del sofá y le aparté la mano de la boca.

—No te calles. Quiero oírte gritar cuando te la coma.

Nora le metió la lengua dentro del coño y empezó a follársela así, entrando y saliendo, mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Carla empezó a gemir alto, sin taparse. Le agarraba a Nora la cabeza con las dos manos y le apretaba la cara contra el coño. Yo me la seguía cascando lento, a un palmo de la escena, viendo cómo la barbilla de Nora brillaba con los jugos de mi novia.

—Métele los dedos —le pedí a Nora—. Mientras se lo chupas.

Nora obedeció. Le metió dos dedos y los curvó hacia arriba. Cerró la boca sobre el clítoris. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo, chapoteando, mientras la lengua se movía sin parar sobre el capullo. Carla se corrió a los dos minutos, gritando el nombre de Nora, con los muslos cerrándose sobre su cabeza y el coño chorreando alrededor de sus dedos.

***

Aquella noche no hubo prisa. Nos pasamos a la cama cuando a Carla le temblaban las piernas. Nora se desnudó despacio, sin coreografía, como alguien que está acostumbrada a su propio cuerpo. Tenía las tetas grandes, los pezones oscuros y anchos, un mechón de pelo negro entre las piernas recortado en triángulo. El coño se le abría rosado y brillante, ya mojado de tanto comerse a mi novia. Se tumbó boca arriba en la cama y llamó a Carla con dos dedos.

—Ven aquí. Siéntate en mi cara.

Carla se subió a la cama gateando y se puso a horcajadas sobre la cabeza de Nora, mirándome a mí. Bajó las caderas y le pegó el coño a la boca. Nora la agarró de las nalgas con las dos manos, abriéndole las cachas, y empezó a comerle el coño desde abajo, con la lengua metida entera. Carla se agarraba a la cabecera de la cama y bajaba y subía las caderas contra la boca de Nora, follándole la cara.

Yo me acerqué por detrás y le tomé las tetas a mi novia por debajo. Le mordí el cuello. Ella giró la cabeza y me besó, con la boca abierta y desesperada. Nora, debajo, tenía las piernas separadas y el coño abierto. Me colé entre sus muslos y le pasé la lengua por primera vez. Sabía a sal y a algo más limpio de lo que esperaba. Nora gimió con la boca llena del coño de mi novia y arqueó las caderas contra mi cara.

Me quedé un rato ahí, comiéndole el coño a Nora mientras ella se lo comía a Carla. Le busqué el clítoris con la lengua. Lo tenía más grueso que el de mi novia, más fácil de atrapar entre los labios. Se lo chupé despacio y le metí dos dedos hasta el fondo. Nora empezó a apretar los muslos contra mis orejas.

Cuando me incorporé, tenía la polla tan dura que me dolía. La penetré despacio, ahí mismo, mientras ella seguía comiéndole el coño a Carla. Nora se puso rígida un segundo y después me empezó a envolver la polla con el coño, apretándome con los músculos internos. Empecé a follármela con embestidas cortas, sin salir del todo, para no despegarle la cara del coño de mi novia.

—Me la está metiendo —le dijo Nora a Carla entre lametón y lametón—. Tu novio me está follando mientras te como.

—Follátela bien —jadeó Carla, mirándome a los ojos—. Follátela como me follas a mí.

Cambiamos de posición. Nora se puso a cuatro patas y le hundió la cara entre las piernas a Carla, que se había tumbado de espaldas. Yo me coloqué detrás de Nora y le metí la polla otra vez, ahora hasta el fondo, agarrándola de las caderas. Empecé a follármela fuerte, viendo cómo su cabeza subía y bajaba entre los muslos de mi novia con cada embestida. Cada empujón mío le clavaba la cara a Nora en el coño de Carla.

Le puse el pulgar mojado de mis dedos en el ojo del culo. Nora gimió y empujó hacia atrás, dejando claro que sí. Se lo fui abriendo despacio mientras le seguía metiendo la polla en el coño. Cuando se lo tuve abierto le metí el pulgar entero y sentí, a través de la pared, mi propia polla follándole el coño. Nora se volvió loca. Empezó a comerle el coño a Carla con la lengua fuera, jadeando contra el clítoris, y Carla se corrió por segunda vez agarrándole el pelo con las dos manos.

—No te vayas —me pidió Carla, con los ojos vidriosos, tendiéndome la mano.

—No me voy —respondí—. Solo estaba mirando cómo se la meto.

—No mires demasiado. Te quiero aquí.

Salí del coño de Nora y me tumbé al lado. Ellas dos se enredaron sobre mí, boca contra boca, tetas contra tetas. Se frotaban los coños una contra el muslo de la otra, sin dejar de besarse. Yo les fui pasando la mano por el culo, por la espalda, metiéndoles los dedos en los coños alternativamente. Estaban tan mojadas las dos que los dedos se me hundían solos.

Terminamos las tres en una postura absurda que no habíamos planeado. Carla montada encima de mí, con mi polla clavada en su coño, moviéndose despacio. Nora detrás de Carla, comiéndole el ojo del culo con la lengua mientras me tomaba los huevos con la mano. Yo veía las dos caras de mis mujeres pegadas sobre mí, mirándome desde arriba, con las mejillas rojas y las bocas mojadas.

Nos corrimos casi al mismo tiempo. Carla primero, mordiéndome el hombro, apretándome la polla con el coño en espasmos largos. Nora después, en silencio, frotándose contra mi muslo con los dedos clavados en mi nuca, dejándome el jugo caliente por toda la pierna. Yo aguanté hasta el final y me salí de dentro de Carla justo a tiempo. Terminé sobre el vientre de mi novia con tres chorros largos que le llegaron hasta las tetas, y fue Nora quien me limpió con la lengua la punta de la polla y después el vientre de Carla, recogiéndolo todo, tragándose lo que quedaba, sin teatralidad, como si fuera la última frase de una conversación que llevábamos meses teniendo a medias.

***

Han pasado varios meses desde aquella cena. No hemos hablado mucho de nombres ni de etiquetas. Nora sigue trabajando con Carla. Sigue mandando flores los lunes, pero ahora vienen para los tres, con notas firmadas. Cena con nosotros casi cada viernes. A veces se queda. A veces no. Hay noches en las que solo cenamos y vemos una película, y eso también es parte de lo que somos ahora.

Carla y yo seguimos siendo nosotros. Eso fue lo que más me sorprendió: que nada de lo importante se rompiera. Cuando estamos los dos solos, ella se acurruca igual que antes, hace el mismo silencio cuando lee, sigue siendo mi novia con todas las letras. Pero cuando Nora cruza la puerta, hay un tercer pulso en la casa, una luz distinta sobre la mesa, una manera nueva de mirarnos los tres.

Hace poco le pregunté a Carla si había imaginado que esto fuera posible. Estaba lavándose los dientes. Me miró por el espejo y me dijo:

—No lo imaginé. Pero tampoco me sorprende.

Yo tampoco. La obsesión de Nora era una pregunta que llevaba meses esperándonos a los dos. Lo único que tuvimos que hacer fue dejar de fingir que no la habíamos oído.

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Comentarios(8)

Rulo88

Que titulo!!! me engancho desde el primer parrafo y el relato cumple todo lo que promete. muy bueno.

Martina_RC

por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de mas. Nora es un personaje fascinante jaja

PabloVa7

increible!!! de los mejores que lei ultimamente en esta pagina

SantiagoLP

Lo que mas me gusto es como fuiste construyendo la tension de a poco, sin apurarte. Se nota que sabes contar una historia. Muy bien.

Olga

Las flores los lunes... ese detalle me mato jaja. Me recorde de algo parecido que vivi y senti un escalofrio. Muy bien contado.

Fercho22

Tremendo. Corto pero potente, se disfruta mucho.

YamiNoche

Buenisimo relato, con mucho morbo pero sin ser burdo. Lo lei de un tiron. Sigue asi!

RosarioNoche

Se hizo muy cortito, queria mas!!! Esperando la proxima historia con ansias

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