Mi madre cambió las reglas esa noche en la casa rural
Bajé a la piscina con la cabeza dándome vueltas. Mamá tomaba el sol en la hamaca, con esas gafas grandes que se compró el verano pasado y un bañador rojo que no recordaba haberle visto antes.
—Hola, mamá.
—Hola, Mateo. ¿Habéis terminado de recoger?
—Diego sigue con eso. Mamá, quería pedirte perdón. No sé cómo se nos fue de las manos. Eres una mujer guapísima y hasta hoy no me había dado cuenta. Empezó como una broma de Diego y se nos descontroló.
—Tranquilo, cariño. Dejémoslo donde está. Sé cómo tenéis las hormonas a vuestra edad. Estamos de vacaciones, ya hablaremos. Ven, acompáñame a refrescarnos.
Se incorporó, me cogió de la mano y, sin previo aviso, me empujó al agua.
—¡Mamá! ¿Qué haces?
—Que te despejes. Cógeme, que voy.
Empezamos a salpicarnos como dos críos hasta que ella nadó hasta mí, se subió encima y me rodeó con las piernas. Sentí su pubis contra mi estómago y noté cómo me apretaba los muslos a la cintura. No quería pensarlo de esa manera, pero después de todo lo que había pasado en la habitación con Diego, mi cabeza era un caos. Se me empezó a poner dura otra vez, ahí, contra mi propia madre.
Aflojó las piernas y dejó que su cuerpo bajara muy despacio. La sentí restregarse contra mí, los pechos pegándose al mío bajo el bikini mojado. Bajé las manos por su espalda, lentas, cobardes, hasta que se posaron sobre el inicio de su trasero.
—Mateo, llévame hacia las escaleras —murmuró.
Aflojé el agarre, sin retirar las manos, y la fui guiando. Ella seguía empujándose contra mí. Cuando llegamos al pasamanos de la piscina, se dejó caer hacia atrás agarrándose con las dos manos y se movió encima de mi entrepierna como si estuviéramos haciéndolo de verdad, los ojos cerrados, los dientes hundidos en el labio.
La tenía a punto de reventar. Le veía los pezones marcados a través del bikini. Le apreté el culo con las dos manos y la moví yo mismo, cada vez más rápido. Se le escapaban suspiros, gemidos pequeños que intentaba tragarse. Me atreví a meter los dedos por dentro del bikini, le abrí las nalgas y rocé con la yema de un dedo lo que no debía rozar.
—Ahhh, sí —dejó escapar, y se soltó del pasamanos para abrazarme por el cuello. Me miró, sonrió y me dio un beso largo en la boca.
—Salgo, cariño, tengo sed. ¿Te traigo algo?
—Una Coca-Cola, mamá.
Me quedé en mitad de la piscina sin entender nada. Si se había corrido o no, si me había besado o lo había imaginado. Salió como si tal cosa, secándose el pelo con una toalla, y volvió poco después con dos refrescos.
—Toma. Yo voy a aprovechar el sol un rato más, que estoy muy blanca.
***
Subí a la habitación con la cabeza embotada y una decisión clara: a Diego no le contaba ni una palabra. Llegué arriba y me lo encontré en la habitación de mi madre.
—¿Todavía estás aquí?
—Tienes que ver una cosa.
Abrió un cajón y empezó a sacar prendas: tangas finos, sujetadores de encaje, un liguero negro que yo no recordaba haberle visto colgado nunca.
—Mira la lencería que tiene tu madre. Es de locos.
Yo seguía cachondo desde la piscina. Verle aquellas prendas era ponérmela todavía más dura, imaginándomelas puestas sobre el cuerpo que acababa de tener encima.
—Y esto no es todo, Mateo.
Metió la mano hasta el fondo y sacó un neceser negro.
—Ábrelo tú.
Lo abrí. Lubricante y tres consoladores de tamaños distintos. Me quedé sin palabras.
—Joder, Diego, con mi madre. Nunca lo habría imaginado.
—Pues estando nosotros aquí podría ahorrarse las pilas.
Estábamos los dos como locos. Cogí un tanga rojo, me la saqué y me hice una paja encima de la tela hasta dejarla empapada. Diego me imitó con uno negro.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó.
—Lo dejamos todo como estaba.
—Mateo, va a ver los tangas manchados, se va a dar cuenta.
—Pues mejor. Ya he hablado con ella en la piscina y no le ha dado importancia. Si nos dice algo, le echamos la culpa a las hormonas, como dice ella.
—Tú verás. El problema es tuyo, que eres su hijo.
Bajamos a la piscina y nos metimos al agua mientras mamá seguía tostándose. Hablamos, pusimos música, nos bebimos tres cervezas como si nada. A media tarde se levantó de la hamaca.
—Chicos, os dejo. Voy a ducharme y a echarme un rato. A las nueve, en la cocina, para preparar la cena.
—Carmen, si necesitas ayuda, nos llamas —le soltó Diego, descarado.
—Tranquilo, ya sé que estáis aquí —contestó ella, sonriendo de lado.
Cuando subió, Diego se volvió hacia mí.
—Tía, está más simpática desde que has hablado con ella. ¿Qué le has dicho?
—Nada. Que nos vamos a portar bien.
***
Una hora después subimos a cambiarnos. Al pasar por el dormitorio de mamá vimos que había dejado la puerta entreabierta, cosa que no hacía nunca. Se oía la ducha. La puerta del baño también estaba abierta de par en par. Yo ya no tenía duda: mi madre quería juego, y estaba entrando en el nuestro. Pero a Diego no le dije nada.
Diego me señaló la cama. Encima estaba el tanga rojo con el que yo me había hecho la paja, y junto a él una camisa blanca de botones y una falda negra muy corta. Si quería jugar, había llegado el momento. Fui de puntillas hasta el cajón, saqué uno de los consoladores y lo coloqué dentro del tanga, encima de la mancha. Diego me miraba alucinado.
Asomamos la cabeza al baño. Tras la cortina translúcida se distinguía la silueta de mamá, las manos recorriéndole el cuerpo entero, los pechos, el vientre, los muslos. Estoy convencido de que sabía que la estábamos mirando. Cerró el grifo y salimos disparados.
—Mateo, ¿cómo le has dejado el consolador en el tanga? Nos mata.
—No, Diego. Mi madre no deja la puerta abierta jamás. Ha dejado el tanga manchado a la vista a propósito. Quiere jugar. No sé hasta dónde, pero quiere.
***
Bajamos a la cocina duchados y peinados. Carmen aún no había bajado. Empezamos a sacar cosas de la nevera y a montar una ensalada para matar el tiempo.
—Mateo, estoy nervioso.
—Y yo. Voy a buscarla.
Subí, llamé a la puerta.
—Mamá, te estamos esperando.
—Bajo en un minuto.
Al rato oímos los tacones golpeando los escalones. Nos quedamos los dos petrificados. Llevaba la camisa blanca con dos botones más de la cuenta abiertos, los pezones marcándose a través de la tela fina, el pelo recogido y una falda negra corta que dejaba ver, cuando movía las piernas, las ligas negras del liguero. Los tacones eran de los de salir a cenar a un restaurante, no de los de cocinar en una casa rural.
—Estás guapísima, Carmen —se aventuró Diego.
—Sí, mamá, guapísima.
—Gracias, chicos. Por cierto, esto creo que tendréis que lavarlo vosotros, porque yo lo traje limpio.
Y dejó los dos tangas sobre la mesa, doblados con una pulcritud burlona.
—¿No los recogéis? Cada uno el suyo. Mañana los quiero limpios.
Sin decir palabra, los cogimos.
—Mateo, ya veo que te gusta el rojo.
No me salieron las palabras. A Diego, con lo lanzado que era, tampoco. Estaba guapísima y provocadora, dejándolo todo a la imaginación. Llevamos los tangas al lavadero.
—De qué va tu madre, vaya corte. No puedo dejar de mirarle el escote, lleva la camisa de una manera que me vuelve loco.
—Vamos a hacer una cosa. Le seguimos la corriente, pero no provocamos. Cuanto antes nos vayamos a la cama, mejor.
Volvimos a la cocina.
—Vaya, sí que habéis tardado. Veo que está hecha la ensalada. Yo con eso tengo bastante. ¿Os parece si hago una sangría bien fresquita?
—Como tú quieras, mamá.
—Pon música, Mateo, que estáis muy apagados. Y tú, Diego, ayúdame con la fruta.
Mientras cortaba manzana y melocotón, se movía al ritmo de la canción. Cada vez que abría las piernas un poco para alcanzar un cuchillo o un cazo, se le veían las tiras del liguero. No le quitábamos los ojos de encima.
—Mateo, ya está, solo le falta hielo. Trae de la otra nevera.
Bajé al garaje. Cuando volví con la bolsa de hielo en la mano, oí la música mucho más fuerte. Entré y vi a mamá bailando una bachata con Diego pegado a su espalda, intentando frotarse contra ella con cualquier excusa.
—Mamá, ya está.
Se acercaron a mí sin dejar de moverse. Carmen cogió las manos de Diego, que estaban en su cintura, dejó la bolsa de hielo en el fregadero y enseguida me rodeó el cuello con los brazos. Bailamos los tres muy pegados. Yo bajaba la mirada y veía sus pechos moviéndose bajo la camisa, y las manos de Diego subiendo despacio, intentando capturarlos sin atreverse del todo.
Yo estaba completamente fuera de mí. No pensaba en otra cosa que en esos pechos saliendo de la camisa. Bajé las manos por su espalda hasta el culo y se lo acaricié con descaro. Entonces noté algo duro presionando contra el dorso de mi mano: la polla de Diego, marcadísima dentro del bañador, restregándose contra el culo de mi madre.
Subí las manos y las puse bajo sus pechos, sin tocarlos del todo, dejando que el pulgar fuera ganando milímetros con cada compás. Cuando estaba a un suspiro de rozar el pezón, la canción se acabó.
—Uff, qué calor. Vamos a cenar. Mateo, saca el hielo.
Echamos el hielo a la sangría como dos sonámbulos.
—Carmen, ¿otro baile mientras se enfría? —probó Diego.
—Me parece que el que tiene que enfriarse eres tú. Llena las copas, Mateo.
***
Cenamos con la sangría subiendo el tono. Cuando terminamos, mamá se levantó la primera, todavía bailando al ritmo de la cadena, y sacó del armario una baraja. La dejó sobre la mesita de centro y sirvió tres cafés en el sofá.
—Aquí estamos más cómodos. ¿Os apetece una partida?
—Vale, Carmen. Quien pierda se quita una prenda.
—Eso vosotros. Yo no me quito nada.
—Mamá, así no tiene gracia.
—¿Es que te gustaría verme desnuda?
—Mamá, llevamos todas las vacaciones intentándolo. No te hagas la sorprendida.
—Por eso os vais a quedar con las ganas. Si pierdo yo, contesto a una pregunta. Si perdéis vosotros, hacéis lo que yo diga.
—No es justo, Carmen.
—¿Qué propones, Diego?
—Si pierdes tú, dos preguntas. Si perdemos nosotros, una pregunta y lo que digas.
—Aceptado. Reparte.
Repartió y perdí yo.
—A ver, Mateo. Primero la pregunta. ¿Eres virgen?
—Sí, mamá.
—Quítate la camiseta.
La siguiente ronda perdió ella. Empecé yo.
—¿Eres virgen, mamá?
—Nooo —rió.
—¿Has estado alguna vez con dos hombres a la vez?
—Muchas veces. Ahora mismo estoy con dos. Bueno, si se os puede llamar hombres.
—No te he preguntado eso.
—Pues haber preguntado mejor. Te toca, Diego.
—¿Has follado con dos hombres a la vez?
—No.
—¿Te masturbas con consoladores?
—Sabéis que sí. Esta tarde me lo habéis dejado bastante claro. Da, Mateo.
Volví a perder.
—¿Desde cuándo te pone espiarme y verme?
—Desde hoy, mamá. Te juro que nunca.
—Quítate los pantalones.
—Me quedo sin nada debajo.
—Si queréis dejamos de jugar.
—No, está bien.
Me levanté, me los bajé y mi polla saltó hacia ella como un mástil. Mamá la miró un segundo, luego me miró a la cara y sonrió.
—Ya te puedes sentar. Tira tú, Diego.
Tiró y perdió Diego.
—Tú primero, igual que Mateo. Sin ropa.
Diego se levantó de un salto, se desnudó en dos segundos y se quedó de pie con la suya apuntando hacia ella.
—La pregunta. ¿Qué es lo que más te gustaría hacerle a una mujer?
—Comerle el coño. Nunca lo he hecho.
—Vale. Reparto yo.
Tiró las cartas y perdió. Diego y yo, sentados, cada uno con la mano en la propia, empezamos a movernos con disimulo, despacio, sin dejar de mirarla.
—Empiezo yo, mamá. ¿Te has corrido hoy alguna vez?
—Sí.
—¿Dónde?
—Dos veces. ¿La primera o la segunda?
Oír eso me obligó a frenar la mano para no acabar de inmediato.
—La primera.
Sonrió.
—En la piscina. Pregunta tú, Diego. Y como no paréis los dos de tocaros, esto va a terminar antes de empezar.
Pero no parábamos.
—Carmen, ¿te has puesto cachonda esta tarde al vernos las pollas en la habitación?
—Sí.
—¿Y ahora?
Tardó en contestar, mirando fijamente cómo nuestras manos subían y bajaban.
—Sí. Y mucho. Por eso vamos a cambiar de juego. El primero que se corra sube a su habitación. El otro se queda. Y no podéis dejar de tocaros. Podéis variar el ritmo, pero no soltarla. El que la suelte, pierde.
Estuve a punto de correrme solo de oírlo. Diego seguro que también. Mamá se levantó del sofá y dejó de ser mi madre. Era la mujer más caliente y más perversa que había visto en mi vida.
Se levantó la falda delante de Diego.
—¿Te comerías este coñito, Diego? Mira bien, ¿es lo que te gustaría? —y se acariciaba por encima del tanga sin dejar de mirarle la polla. Se arrodilló, apoyó los codos en sus rodillas y llevó las manos a los botones de la camisa—. ¿Te gusta lo que ves? ¿Quieres que me la desabroche para ti?
—¡Sííí, Carmen, sí!
Se la fue desabrochando sin dejar de mirarme a mí, sabiendo perfectamente que era lo que más deseaba en el mundo. Cuando por fin abrió la camisa y aparecieron los pezones rosados que llevaba todo el día imaginándome, no pude más. Aflojé la mano sin querer, y casi al mismo tiempo oí el grito ahogado de Diego soltando un chorro sobre los pechos de mi madre.
—Nooo, yo no quería —protestó él.
—Pero te has corrido. Norma es norma.
—Carmen, mira, no se baja, sigo igual.
—No estás igual, está más pequeña. Pero si quieres quedarte, vas a tener que limpiarme con la lengua todo lo que me has echado encima.
Se quitó la camisa entera, se subió a horcajadas sobre Diego y le llevó la cabeza a sus pechos. Diego chupaba, lamía y mordía sin importarle estar tragando lo suyo, mientras ella, con la otra mano, le agarraba la polla y se la frotaba contra el coño por encima del tanga.
El espectáculo me destrozaba: por celos de no ser yo, y por el morbo brutal de ver a mi madre disfrutando como una loca encima de mi mejor amigo. Me miró, bajó la vista a mi mano lentísima, estiró un brazo y yo lo cogí sin pensar.
Se soltó de Diego y se arrodilló en el suelo entre los dos. Su mano vino a la mía, me cogió la polla con suavidad y empezó a moverla, lenta, midiendo. Sabía que yo estaba a punto, y por eso bajaba el ritmo. Sin soltarme, se inclinó hacia Diego y vi cómo su boca lo tragaba poco a poco hasta el fondo.
Diego gemía como un crío. Mamá aceleró. «¡No puedo más, sí!», y noté que le salía algo por la comisura de los labios, pero no separó la boca ni un segundo. Cuando estuvo segura de que había terminado, se llevó los dedos a los labios y recogió lo poco que se le había escapado.
—Diego, sube. Date una ducha. Prepárate uno de tus cigarrillos para volver al juego. Espéranos en mi habitación.
—Carmen, lo que tú digas. Es el día más feliz de mi vida.
***
Diego subió. Carmen se giró hacia mí, todavía arrodillada.
—Madre e hijo solos. No te imaginas el morbo que me da. Estaba sufriendo pensando que te ibas a correr, pero veo que eres un campeón. Ven, cómele las tetas a mamá, que llevas todo el día deseándolas.
Se tumbó en el sofá. Me lancé sobre sus pechos como un animal, mordiendo los pezones, duros como piedras. Me cogió la mano y la deslizó por debajo del tanga hasta su sexo empapado. Me guió ella misma, dedo a dedo, enseñándome cómo, hasta que sin darme cuenta tenía tres dentro y tres suyos sobre los míos.
—Ohhh, sí, mi niño, así, así, no pares, muerde sin miedo, así, ohhh… Deja las tetas y ponme esa polla en la boca, que la estoy deseando desde la piscina.
Le metí la polla en la boca mientras seguía moviendo la mano dentro de ella. Se pellizcaba los pezones con la suya. Se la tragaba con cada empujón mío, sin respirar apenas, y de pronto me apretó la mano contra su sexo con fuerza. Se estaba corriendo. Su cuerpo entero temblaba en pequeños espasmos mientras yo soltaba todo lo que tenía dentro de su boca, y ella tragaba sin soltar, sin perder una gota, hasta dejarme vacío.
Quedamos los dos tumbados en el sofá, recuperando el aire.
—Te ha gustado, hijo.
—Me ha encantado.
—¿Alguna vez te la habían comido así?
—Nunca, mamá. Ni así ni de ninguna otra forma. Has sido la primera.
Se acercó y me lamió la polla con la lengua, despacio.
—Pues te digo lo mismo que a Diego. Sube a ducharte. En media hora te quiero en mi habitación. La noche todavía es larga.