La noche que mi hermano y mi mujer no me esperaban
Después de varias semanas saboreando los recuerdos de lo que había pasado entre Marisa, mi mujer, y mi hermano Adrián —siempre con mi consentimiento, siempre con los tres dentro de la misma habitación—, tuve que aceptar un proyecto que me alejó de la ciudad seis meses largos.
Antes de irme le advertí a Marisa que cuidara cada paso. Si pensaban verse sin mí, tendrían que extremar la discreción: no estaría yo para tapar huellas, ni en la calle ni en la cama de matrimonio.
—Confío —le dije esa última noche—, pero no lo hagan más de lo necesario.
—Tonto —contestó ella, abrazándome—. Me gustas más cuando estás. Lo otro es postre, no plato fuerte.
Durante el medio año que estuve fuera, viajaba a casa cada cuatro o cinco semanas. Allá lejos imaginaba a Adrián metiéndose en mi cama cada vez que el cuerpo se lo pidiera, y la fantasía me corroía menos por celos que por exclusión: no era el sexo sin mí lo que me quemaba, era la idea de no estar mirando, no estar tocando, no formar parte del juego.
Marisa me confesó después que se vieron solo dos o tres veces sin mí. Cada vez que yo regresaba, en cambio, organizábamos una noche para los tres. Era nuestra forma de aprovechar mis llegadas. Antes de la cena ya teníamos las miradas calientes y los planes hechos en silencio.
Una vez, hablando por teléfono, le pedí a Marisa que lo citara un viernes a la noche, anunciándole que yo llegaría sobre la medianoche. Ella aceptó, él aceptó. La realidad, sin embargo, era otra: el ómnibus del trayecto —nueve horas desde la ciudad donde trabajaba— me dejaba en la terminal a las diez de la noche. Nadie sabía que iba a estar en casa dos horas antes.
Cuando metí la llave en la cerradura, la casa estaba a oscuras menos por una rendija de luz que se colaba bajo la puerta del dormitorio. Empujé sin hacer ruido. Al cerrar la puerta de calle, escuché el tipo de respiración que conocía bien: la de Marisa cuando estaba cerca de venirse.
No me atreví a entrar. En el pasillo había un banco alto que usábamos para alcanzar el estante de la alacena. Lo arrastré despacio hasta la puerta del dormitorio. Sobre la puerta hay una banderola fija, un vidrio rectangular por donde, parado en el banco, se ve casi todo.
Adrián estaba de rodillas sobre la cama, frente a Marisa, que descansaba boca arriba. Le sostenía los tobillos con las dos manos y le abría las piernas formando una uve perfecta. Desde mi posición, igual que él, podía ver a mi mujer entera: el sexo abierto, los labios enrojecidos, la verga de mi hermano entrando y saliendo como si el tiempo no existiera.
Esto sí que no me lo había imaginado nunca.
Saqué la mía, ya mojada de excitación. Llevaba un mes sin tocar a Marisa y bastó la primera embestida que vi para sentir que iba a aguantar poco. Me masturbé sin apuro, midiendo el ritmo con el de ellos. Adrián descargó dentro de mi mujer con un gemido grave, y ella, lejos de rechazarlo, levantó la cadera para recibirlo. Yo me terminé en la mano, mordiendo el dorso para no hacer ruido.
Cuando Adrián salió de Marisa, vi su sexo de cerca por primera vez con luz. Más corto que el mío, pero notablemente más grueso. Vi también el sexo de mi mujer, abierto, brillante, con esa marca que deja un cuerpo que acaba de salir de otro cuerpo. Bajé del banco como un ladrón. Me fui sin hacer ruido hasta el lavadero del fondo, esperé a que mi hermano se vistiera y se despidiera.
—Mejor andate antes de que llegue —le decía Marisa en el pasillo, con la voz más calmada del mundo.
Cuando la puerta de calle se cerró, salí de mi escondite. Marisa, en bata corta, dio un grito al verme aparecer detrás. Le tapé la boca con la mano y le susurré al oído lo que había visto. Su cara pasó del susto a la incredulidad y de la incredulidad a una excitación que no le había visto en meses. La llevé al dormitorio sin decir una palabra. La cama todavía estaba caliente.
—Tengo el sexo lleno de tu hermano —me dijo bajito, mientras yo la besaba en el cuello.
—Ya sé. Lo quiero así.
***
Tres semanas después dejé el proyecto y volví a casa de manera definitiva. La idea ya no era esperar la próxima visita: era organizar, planear, anticipar. Marisa había dejado caer una frase que a mí me daba vueltas como una avispa: «Me gustaría con los dos a la vez». Y a mí, en honor a la verdad, me daba más curiosidad que vergüenza.
La oportunidad se presentó por un viaje de Adrián. Tenía que volar el lunes y volver el jueves. Yo me ofrecí a llevarlo al aeropuerto y, durante el trayecto, se lo planteé. Adrián escuchó callado, las manos sobre las rodillas, hasta que me preguntó:
—¿Esto es idea tuya o de ella?
—De los dos —dije—. Es nuestra.
Asintió despacio, como quien firma un contrato sin papel. Antes de bajar del coche, acordamos los detalles: cuando volviera el jueves a las cuatro de la tarde, yo lo iba a buscar; Marisa nos esperaría en casa con una parrilla, cervezas y los chicos durmiendo en lo de mi suegra. Adrián avisaría a su mujer que llegaba al día siguiente en el primer vuelo de la mañana.
El jueves fuimos juntos, Marisa y yo, a recibirlo. Bajó con la maleta y una sonrisa que ya estaba en otro lado. Subimos a la camioneta: Marisa al medio. No sé quién empezó qué. Sé que ella le besó la mejilla, le puso una mano sobre el muslo, y que yo, casi por reflejo, hice lo mismo del otro lado. Llevaba una falda amplia, sin medias, y bajo la falda nada serio.
Mientras yo manejaba, sentí la mano de Adrián subir por la pierna izquierda de Marisa, y la mía subió por la derecha. Las dos se encontraron en el medio. Él esperó, con esa cortesía absurda de los hermanos, a que yo retirara la mía para ocupar el lugar. Marisa, en tanto, había liberado el sexo de Adrián por encima del pantalón y lo masturbaba lento, casi distraída.
—¿Nos extrañaste? —le preguntaba con la voz más inocente del mundo—. Los dos están muy buenos. Nunca me imaginé con los dos.
Yo bajé la velocidad, tomé el carril lento. No quería que aquel viaje terminara antes de tiempo. Lo último que necesitaba era frenar de golpe en una banquina. Cuando entramos a la ciudad, Marisa guardó la compostura con un gesto rápido, como quien cierra un libro a punto de ser descubierto.
***
En casa despedimos a la chica que cuidaba a los chicos —dormían profundo en lo de la abuela esa noche—, y prendí el carbón en el patiecito. Adrián abrió la maleta y sacó regalos: juguetes para los chicos, un par de aros para Marisa, una camiseta para mí. La normalidad de aquel ritual familiar, contrastando con lo que sabíamos los tres, era casi obscena.
Cenamos bajo la parra, con dos cervezas cada uno. Hablamos del viaje, del trabajo, del tiempo. Cuando Marisa salió un momento al baño, mi hermano y yo nos miramos sin sonreír. No hacía falta. Cuando volvió, traía solo una camiseta larga, suelta, sin nada debajo. Los pezones se marcaban contra la tela.
Adrián me miró.
—¿Se puede? —preguntó, ya rodeándole la cintura con un brazo.
—Adelante —dije, levantando la cerveza.
La besó largo, mientras le agarraba las nalgas por encima de la tela. Marisa se le pegaba con todo el cuerpo, una mano sobre su entrepierna. Cuando se separaron, ella me miró a mí con los ojos brillantes.
—¿Y vos qué traes ahí? —dijo, acercándose y bajándome el cierre.
Quedamos los tres parados en el patiecito, Marisa entre los dos, con una mano en cada uno. Llamó a Adrián y se puso en cuclillas para chuparlo. Me seguía masturbando con la otra mano. Yo me empecé a desvestir como pude, sin querer romper nada. Él se desabrochó el cinturón, dejó caer el pantalón, se sacó la camisa.
Cuando ella se puso de pie y se dio vuelta para mamarme, Adrián, viéndola inclinada, se acomodó detrás. La penetró de una sola vez. Yo me incliné y, con dos dedos, le encontré el clítoris. Sentí en mis dedos el roce de la verga de mi hermano entrando y saliendo de mi mujer. Esa imagen no se me ha borrado en cinco años.
Cambiamos. Me tocó a mí entrar mientras él la besaba en la boca. Marisa se vino al menos dos veces que yo le conté. Cuando los tres estuvimos quietos, los tres con la respiración rota, nos abrazamos. Adrián y yo, desnudos, agarrándonos de la cintura mientras con la otra mano acariciábamos a Marisa. No supe que un abrazo entre hermanos pudiera ser así, sin pudor, sin distancia, sin las bromas que disfrazan todo lo demás.
***
Apagamos las luces del patio y nos fuimos a la habitación. En la cama, Marisa quedó en el medio. Ella besaba a Adrián, lo masturbaba; yo, contra su espalda, acomodaba mi sexo entre sus nalgas y se lo frotaba sin meter. Después decidió montarme. Adrián se puso de pie al lado de la cama y ella, mientras se ensartaba en mí con un vaivén que no tenía nombre, le chupaba la verga a mi hermano.
Desde abajo yo veía el sexo de Adrián entrando y saliendo de la boca de mi mujer, y le veía la cara, y le veía las manos que se sostenían en su nuca. Aguanté lo que pude. Me terminé dentro de Marisa con un rugido que la hizo reír. Poco después, Adrián empezó a hincharse en su boca; ella tragó casi todo, pero algo se le escapó por la comisura y le bajó por el pecho.
Adrián se acostó al otro lado de Marisa. Yo me incorporé y le mamé los pezones, bajé hasta su sexo y la besé ahí también.
—¿Sabes qué? —le dije a mi hermano, mirándolo por encima del cuerpo de Marisa—. A mí me gusta mamarla justo después.
—A mí también me encanta cuando hace eso —agregó ella—. ¿Quieres probar?
Adrián sonrió como si aquella pregunta llevara horas pendiendo del aire. Se acomodó como yo me había acomodado y empezó a chuparle el sexo. Marisa lo agarró de la cadera y lo acercó hasta ponerse la verga de mi hermano otra vez en la boca. Hicieron un sesenta y nueve mientras yo, fuera del juego por primera vez en la noche, los acariciaba a los dos.
***
Cuando empezó a clarear, fuimos los tres a la ducha. El baño es pequeño y el espacio nos obligaba a estar pegados. La enjabonamos entre los dos. Mis manos se cruzaban con las de Adrián sobre el cuerpo de Marisa, y ya no había nada extraño en eso. Las vergas se nos endurecieron de nuevo. Marisa nos miró con esa cara que tiene de niña que descubre algo, y dijo, riendo:
—Quiero ponerlas juntas. Para ver la diferencia.
Nos acomodó hombro con hombro y nos agarró a los dos al mismo tiempo. Adrián me pasó el brazo por la cintura. Yo hice lo mismo. La mía, larga, con esa pequeña curva hacia la izquierda que me viene desde siempre. La de él, más corta, más gruesa, recta como un mástil. Marisa nos las acariciaba al unísono.
—Las dos están lindas —dijo, y nos besó a los dos en la boca, primero a uno, después al otro.
Hace ya casi cinco años de aquella primera noche. Nos vemos menos seguido —los chicos crecen, los trabajos cambian, las casas se llenan de gente—, pero cada cierto tiempo organizamos un asado familiar y, cuando todos los demás se han ido, nos quedamos los tres. Ya nadie pregunta. Ya nadie explica. Algunas cosas, una vez que empiezan, no se cierran: solo cambian de ritmo.