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Relatos Ardientes

Mi marido y yo invitamos al profesor a casa

Lucía y yo volvíamos caminando del centro comercial donde acabábamos de cruzarnos con Octavio, ese profesor que nos había marcado durante toda la maestría. El aire de la tarde olía a asfalto recién mojado y ninguno de los dos hablaba. Cinco minutos atrás le había dicho, mitad en broma, mitad en serio, que viniera a cenar a casa el viernes. Él había aceptado sin pestañear.

—¿Te fijaste cómo te miró? —le pregunté, pasándole el brazo por la cintura.

Lucía se mordió el labio, ese gesto suyo cuando algo la pone nerviosa.

—Andrés, ¿estás seguro de esto? Somos sus exalumnos. Profesores ahora, encima. ¿Qué va a pensar?

—Que somos adultos —dije, y la besé en la sien—. No le vamos a contar nada de entrada. Cenamos, hablamos de la maestría, vemos qué pasa. Si no fluye, no fluye. Pero llevas meses diciéndome al oído que querías saber cómo besaba.

Era cierto. Desde que abrimos la pareja, las charlas en la cama se habían vuelto un mapa de fantasías compartidas, y Octavio aparecía cada vez con más frecuencia. Esa voz grave que en clase nos hacía dudar hasta de nuestro propio nombre. Esos ojos chicos, oscuros, que parecían estar siempre dos pasos por delante. Lucía me había confesado más de una vez, jadeando, que pensaba en él cuando la tocaba.

La semana se nos hizo eterna. Mensajes durante el día, susurros antes de dormir, ensayos de qué se iba a poner. El viernes a las ocho ella estaba de vestido negro y tacones bajos, yo terminando de servir el vino, y el timbre sonó.

—Llegó —dijo, y respiró hondo.

Octavio entró con una sonrisa tranquila, una botella en la mano y la misma colonia de madera que recordábamos del aula. Nos saludó con un abrazo largo a cada uno, sin prisa, y se quedó mirando un segundo de más a Lucía cuando ella le dio la mejilla.

La cena empezó como tenía que empezar: charla universitaria, anécdotas, recuerdos de tesis. Pero la electricidad estaba ahí desde el primer brindis. Cuando ella se inclinó para servirle vino, el dorso de su mano le rozó el antebrazo a Octavio y ninguno de los dos se apuró por separarse. Yo lo vi y sonreí en silencio.

—¿Y tú cómo terminaste en la docencia? —le preguntó Octavio, apoyando la copa.

—Por culpa tuya, supongo —contestó ella con media sonrisa.

Los ojos de él se demoraron en sus labios un instante demasiado largo.

Cuando Lucía se levantó a llevar los platos a la cocina, caminó como camina ella cuando sabe que la miran: sin exagerar nada, pero con la espalda muy recta. Octavio siguió la curva del vestido por la espalda hasta que se dio cuenta de que yo lo había visto. Bajó la vista al plato y se rio de sí mismo.

—Disculpa, Andrés. No fue mi intención.

—No te disculpes —le contesté, y le serví más vino—. A mí me gusta que la miren así.

Le sostuve la mirada lo suficiente para que entendiera. Él pestañeó, asintió despacio. La conversación cambió de tono casi sin que nadie lo decidiera.

—¿Cómo fue tu tiempo en Lisboa? —le preguntó Lucía cuando volvió y se sentó.

—Liberador —dijo él, y la palabra quedó suspendida sobre la mesa—. Estuve con alguien que pensaba que el deseo no entraba en moldes. Aprendí mucho. ¿Ustedes han probado algo así?

Lucía me buscó con los ojos. Yo le acaricié el hombro.

—Hemos explorado, sí —dije—. No nos asusta el tema.

—Me intriga —respondió Octavio, inclinándose hacia adelante—. ¿Hasta dónde?

***

Pasamos al sillón con la última botella. Lucía se sentó entre los dos, descalza ya, con los pies recogidos. Octavio le apoyó una mano en la rodilla mientras contaba una anécdota y ella no la apartó. Yo le acaricié la nuca con el pulgar. Cuando ella giró la cara hacia él, no hizo falta decir nada más. Octavio la besó despacio, midiendo cada movimiento, y ella le respondió con la lengua apenas. Yo le bajé el cierre del vestido.

—¿Estamos los tres en la misma página? —preguntó él de pronto, separándose un milímetro.

Tenía la mano detenida en la cadera de Lucía. Me gustó que preguntara.

—Absolutamente —dije, y le besé el cuello a mi mujer—. Sigamos.

Ella le desabrochó la camisa con dedos muy lentos, como si estuviera resolviendo un problema. Le besó la clavícula. Octavio cerró los ojos.

Después de un rato me corrí al sillón individual. Crucé las piernas, me serví otra copa y los miré. No por celos, sino por lo contrario: porque verla a ella tomar lo que llevaba meses imaginando era parte de mi propio placer.

Octavio le bajó el vestido hasta los pies. Lucía quedó en lencería negra, esa que se había puesto pensando exactamente en este momento. Él la besó en el cuello, en el hombro, en el pecho por encima del encaje. La empujó suave contra el respaldo y se arrodilló entre sus piernas.

—Ya estás mojada —murmuró contra la tela.

—Hace una semana —respondió ella.

Él se rio bajo, corrió la tanga a un lado y la lamió sin pausa, sin alardes, con la misma precisión con la que en clase deshacía un argumento. Lucía le agarró el pelo con las dos manos, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo. Yo apreté la copa más fuerte de lo necesario.

Cuando estuvo a punto de terminar, lo atrajo hacia arriba.

—Ahora tú, siéntate —le dijo.

Octavio obedeció. Ella se sacó el sostén, se sentó sobre él a horcajadas y bajó despacio. Los dos respiraron al mismo tiempo. Empezó a moverse con un ritmo que era todo suyo, las manos apoyadas en el pecho de él, los ojos cerrados. Octavio le sostenía las caderas, pero no marcaba nada. Yo lo entendí enseguida: ella había tomado el control y él, el profesor sagaz, lo había aceptado sin discutir.

—Dime que te rindes —le susurró Lucía, contrayéndose alrededor de él.

—Me rindo —contestó él, con la voz quebrada.

Terminaron juntos, jadeando, con la frente apoyada uno contra el otro. Lucía giró la cara hacia mí y me sonrió, despeinada y empapada y triunfante.

***

Mucho después, cuando ya estábamos los tres en la cama grande, Octavio me miró por encima del hombro de Lucía. Le acariciaba una nalga con la palma abierta, despacio.

—¿Me dejas un rato más con ella, a solas? —preguntó, con una franqueza que no era impertinencia. Era pedido.

Lucía giró la cara hacia mí, con esa sonrisa traviesa que conozco de memoria.

—Vete al cuarto de huéspedes, amor. Imagínate lo que va a pasar.

La besé profundo, le toqué el hombro a Octavio y salí cerrando la puerta con cuidado. Desde el otro cuarto los escuché. No todo, pero lo suficiente. Ella montándolo de nuevo, él pidiéndole cosas en voz baja, los dos riendo entre gemidos como si compartieran un secreto al que yo había sido invitado a medias. Me dormí con la mano sobre el pecho y una sonrisa que no se me iba.

***

A la mañana les llevé desayuno a la cama. Café, fruta, tostadas. Estaban tapados hasta la cintura, los dos despeinados, los dos riéndose de algo que yo no había alcanzado a oír.

—Buen día, tortolitos —dije, dejando la bandeja entre los dos.

—Eres un anfitrión injusto —contestó Octavio, agarrando una fresa—. Nos malacostumbras.

Lucía me besó largo y me agradeció con la mirada. Comimos los tres charlando de cualquier cosa, como si lo de la noche fuera una cena entre viejos amigos y no lo que había sido.

Cuando Octavio se metió en la ducha, Lucía me miró desde la cama con un brillo en los ojos que ya conocía.

—Anda —le dije, riéndome—. Yo levanto esto.

Cerró la puerta del baño tras de sí. Al rato escuché el agua y, encima del agua, su risa.

Después ella me contó. Que él le pidió, despacio, si lo dejaba entrar por atrás. Que ella le dijo que sí, pero que la dilatara con tiempo, que no quería apurarse. Que él la preparó con los dedos enjabonados, sin ansiedad, mientras la otra mano la mantenía encendida. Que cuando la giró contra los azulejos y entró, fue lento, centímetro a centímetro, y que ella terminó empujándose hacia atrás hasta que los dos se vinieron bajo el chorro caliente.

—Me gustó —me dijo, secándose el pelo en el cuarto—. Pero más me gustó saber que tú estabas afuera esperándome.

***

Al mediodía nos llevó él a comer mariscos. Pidió una mesa apartada, contra la ventana, con vista al puerto. Hacía calor y la cerveza venía con la botella sudando. El ceviche picaba como una mordida.

—Por las noches inolvidables —brindó Octavio, levantando la cerveza— y por las mañanas refrescantes.

Lucía se atragantó de risa. Yo le puse la mano en el muslo bajo la mesa.

—Maestro, si sigues mirando así a mi mujer, voy a tener que hacerme el celoso —le dije, fingiendo solemnidad.

—Ya te tendría que haber pedido disculpas —contestó él, sin apartar los ojos de ella—. Pero la verdad, Andrés, no me arrepiento de nada.

—Yo tampoco —dijo ella, mojándose los labios con la cerveza.

—La próxima me anoto desde el principio —agregué, y le robé un camarón del plato—. No sea cosa que me dejen fuera del programa.

—Te aviso —dijo Lucía, con el dedo en el borde del vaso—. Pero no prometo nada.

Comimos despacio, con el rumor del puerto de fondo, y los tres nos rozamos las manos varias veces sin disimular. Cuando llegó la cuenta, Octavio insistió en pagarla. Nos despidió en el estacionamiento con un abrazo largo a cada uno, y me apretó la mano antes de subirse al auto.

—No sea la última, ¿eh? —dijo.

—No va a ser —contesté.

***

De vuelta en el coche, con el aire acondicionado golpeándole las piernas todavía calientes, Lucía empezó a hablar. Es lo que hace siempre después: contar, repetir, ordenar lo que pasó. Me contó cada cosa que él le había dicho al oído en la ducha, cada cosa que ella le había contestado, los celos juguetones que había leído en mi cara durante el almuerzo y cómo eso, sin que yo lo supiera, la había vuelto a encender.

—¿Te imaginas —me dijo, con la mano alta sobre mi muslo— que esto hubiera pasado durante la maestría?

—No —dije, riendo—. No me lo imagino.

—Yo sí. Sacar un diez con él. Ir a su oficina con la falda corta a «preguntarle dudas». Tú esperándome en el pasillo, sabiendo todo. O los tres en el aula vacía un viernes por la noche, con la puerta cerrada con llave.

Le subí la mano por el muslo. No llegamos a la cama. Estacioné en el garaje y la besé con la urgencia de alguien que llevaba doce horas mirándola con otro y todavía no había tenido su turno. Esa tarde nos quedamos en el sofá, recorriendo otra vez la noche entera, palabra por palabra, gemido por gemido, hasta que el sol bajó y nos quedamos dormidos con la promesa de Octavio flotando entre los dos.

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Comentarios (5)

Gonza_B

tremendo!!! justo lo que necesitaba leer hoy

Martina_RC

Me encanto como lo contaste, se siente tan real sin ser exagerado. De lo mejor que lei en la categoria.

TobiasPKT

el titulo ya te anticipa todo y aun asi sorprende jaja, bien jugado

SergioP_Pam

Fue la primera vez que hicieron algo asi? el relato transmite muy bien esa sensacion de novedad. Curioso

LuciaRosario

Mi pareja y yo lo hemos fantaseado mil veces pero nunca dimos el paso. Leer esto da muchas ganas jaja. Muy bueno

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