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Relatos Ardientes

La siesta con mi hermana terminó con mi esposa

Volvíamos del río con la piel caliente de sol y un secreto entre los dientes. Mi hermana Lucía y yo habíamos cruzado una línea esa mañana, en una orilla apartada, con el agua hasta la cintura y los demás demasiado lejos para escucharnos. Cuando nos reincorporamos al grupo familiar, ninguno de los dos miró al otro durante un buen rato.

Mi cuñado contaba chistes viejos. Mi suegra se quejaba del calor. Los niños corrían adelante levantando polvo. Carolina, mi esposa, caminaba a mi lado y me apretaba la mano de vez en cuando con ese gesto distraído que le sale cuando está cansada. Yo le devolvía el gesto y trataba de no pensar.

—El sol del río ya me pegó suficiente —dijo Carolina, secándose la nuca.

—A mí también —contesté.

Compartimos el almuerzo en la cabaña de mis padres como si nada hubiera pasado. Hasta que Lucía propuso que volviéramos al pueblo a pasar la tarde en la piscina del hotel donde nos alojábamos las dos familias. Nadie objetó. Yo asentí sin levantar la vista del plato.

Llegamos al hotel pasada la una. Pedimos sándwiches y cervezas en la barra de la pileta y nos quedamos un rato largo hablando de todo y de nada. Los niños chapoteaban en la parte baja. Mi cuñado se durmió en una reposera con la boca abierta. Lucía no me miraba, pero cada vez que se levantaba a buscar algo se aseguraba de pasar lo bastante cerca como para que su pierna rozara la mía. Yo seguía conversando con Carolina y trataba de mantener la voz firme.

—Caro, vení conmigo a la farmacia —dijo Lucía a media tarde, secándose con una toalla—. Necesito comprar un par de cosas.

Mi esposa se levantó sin sospechar. Se puso un vestido liviano sobre la malla y siguió a mi hermana hasta la calle. Mi cuñado y yo nos quedamos con los chicos en el agua. Yo me concentraba en no pensar en el río ni en los muslos de mi hermana ni en lo que iba a pasar al día siguiente, cuando todos volviéramos a la rutina y tuviéramos que mirarnos a los ojos en el almuerzo del domingo.

Casi caía el sol cuando volvieron. Carolina tenía las mejillas un poco más rojas que cuando se había ido y una sonrisa rara, como si hubiera escuchado un chiste que no quería contarme. Recogimos las cosas, subimos cada familia a su cuarto y todo parecía haber regresado a la normalidad.

***

Carolina se metió a la ducha apenas entramos. Yo me tiré en la cama mirando el techo, todavía con el sabor del río en la boca. A los pocos minutos golpearon la puerta. Era mi cuñado. Había decidido llevar a los chicos al parque de diversiones que armaron en la plaza del pueblo.

—Voy con ustedes —dijo Carolina desde el baño, con el pelo mojado—. Necesito caminar un poco.

—Quedate vos a descansar —me dijo después, mientras se ponía un vestido fresco y se ataba las sandalias—. Estás agotado.

Le di un beso, agarró la cartera, se llevó a los chicos de la mano y la puerta se cerró. La habitación quedó en silencio absoluto. Solo el zumbido del aire acondicionado y el ruido distante de la pileta al otro lado de la ventana. Cerré las cortinas, me saqué la remera y me dejé caer en la cama. Me quedé dormido más rápido de lo que esperaba.

***

No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí la puerta. Pensé que era Carolina, que había olvidado algo. No abrí los ojos del todo. Sentí pasos suaves en la alfombra, el roce de una tela al caer, y enseguida el colchón se hundió a mi lado.

Cuando me quise dar cuenta, Lucía ya estaba acostada contra mí. Su mano subió por mi pecho, su cara se pegó a mi cuello, y me besó debajo de la oreja como si tuviera todo el derecho del mundo.

—Pensé que nunca te ibas a dormir —susurró.

Me giré con el corazón latiendo en la garganta. Quise decirle que no, que estábamos en el hotel, que Carolina podía volver en cualquier momento. No dije nada. Mi hermana ya tenía la boca contra la mía y yo le estaba devolviendo el beso con una urgencia que no reconocí.

Llevaba un short holgado color crema y una camiseta sin nada debajo. Bajé las manos hasta su cintura y, cuando se las metí debajo del short, descubrí que tampoco llevaba ropa interior. Esa preparación, ese plan que había trazado mientras yo dormía, me terminó de encender por completo.

Está acá, vino directo a esto.

Me incorporé en la cama, le saqué la camiseta y por un segundo me quedé mirándola. Tenía los pezones erizados antes de que la tocara. Le besé el cuello, los hombros, bajé hasta uno de sus pechos y me lo metí en la boca con calma, sin apuro, como queriendo aprenderlo de memoria. Lucía empezó a retorcerse y a soltar pequeños quejidos contra mi pelo.

—Vine caliente desde el río —dijo, agarrándome la nuca—. Pensé en vos toda la mañana.

Mientras le besaba el otro pecho, deslicé una mano hasta su entrepierna. Estaba mojada antes de que la tocara. Empecé a moverla en círculos lentos, dejando que se abriera, dejando que respirara. Mi hermana echó la cabeza hacia atrás y la boca se le entreabrió sin que saliera ningún sonido.

Bajé entre sus piernas. Me tomé mi tiempo. Le pasé la lengua por la cara interna del muslo, por el hueso de la cadera, le mordí apenas la piel del abdomen, y recién entonces le acerqué la boca a la concha. Lucía me apretó el pelo con las dos manos. Sus muslos temblaban a los costados de mi cara.

—Ya no aguanto —dijo casi sin voz—. Por favor.

Se giró sin que se lo pidiera, se puso en cuatro patas mirando hacia la puerta y arqueó la espalda. Le agarré las caderas y me hundí en ella de un solo movimiento. Mi hermana ahogó un sonido contra la almohada. Empecé a moverme con un ritmo lento, profundo, sintiendo cómo cada embestida le sacaba un quejido nuevo.

Estaba tan metido en lo que hacía que no escuché la llave en la puerta hasta que ya era tarde. Quise frenar, quise salir de adentro de ella, pero Lucía me clavó las uñas en el antebrazo.

—No pares —susurró—. No pares.

***

La puerta se abrió. Levanté la cabeza y vi a Carolina parada en el umbral, todavía con el vestido liviano y la cartera al hombro. Por una fracción de segundo no respiré.

Pero Carolina no gritó. No se fue. No dijo una sola palabra de las que yo había imaginado mil veces durante esos minutos. Cerró la puerta con cuidado, pasó el cerrojo y empezó a desabotonarse el vestido sin sacarme los ojos de encima. Sonreía. Una sonrisa pícara, casi orgullosa, como si me hubiera atrapado haciendo exactamente lo que esperaba.

Mi hermana tampoco se inmutó. Apoyada en codos y rodillas, con mi verga dentro de ella, giró la cabeza y le dijo:

—Caro, apurate, que este hombre está realmente divino.

—Algo me dejás, espero —contestó Carolina, dejando caer el vestido al piso.

No entendí nada y entendí todo al mismo tiempo. Las dos lo habían planeado. La salida a la farmacia. Las cosas que nunca trajeron en bolsas. La sonrisa de Carolina al volver del paseo, como si compartiera un secreto conmigo sin que yo supiera que existía. Apreté las caderas de Lucía con más fuerza y empecé a moverme más rápido. Mi hermana lanzó un quejido ronco y se arqueó como un gato.

Carolina se acercó completamente desnuda. Lucía se incorporó lo justo para tomarla de los pechos y empezó a chuparle los pezones con la misma calma con la que yo se los había chupado a ella minutos antes. Mi esposa le agarró la cara, le inclinó la cabeza hacia arriba, y se besaron. Era un beso largo, hambriento, el beso de dos mujeres que llevaban tiempo esperando ese momento. Verlas así, mientras yo seguía adentro de mi hermana, me empujó al borde más rápido de lo que quería.

Carolina se separó del beso, se giró hacia mí y se inclinó para besarme también. En ese instante Lucía se desprendió de mí, dejándome al borde y respirando como si hubiera corrido kilómetros. Mi esposa bajó por mi pecho, por mi abdomen, y me tomó con la boca con esa destreza que conocía de memoria. Cerré los ojos y traté de contenerme.

Cuando los abrí, mi hermana había sacado algo del bolso. Un consolador color piel atado a un arnés. Se lo ajustó a la cadera con la naturalidad de quien lo había hecho antes, se posicionó detrás de Carolina, le acomodó las caderas, la lubricó con saliva y los dedos, y entró despacio. Mi esposa soltó un quejido contra mi piel sin dejar de chuparme. Cada vez que Lucía empujaba, la boca de Carolina me bajaba un poco más.

***

Después no sé en qué orden pasaron las cosas. Me tumbaron en la cama y se acostaron a mis lados. Empezaron a besarse encima de mí, a tocarse, a pasarse las manos por todo el cuerpo como si yo no estuviera. Bajé entre las piernas de Carolina y empecé a comerle la concha. Lucía, al lado mío, se metió el consolador en la suya y soltó un suspiro largo.

—Vení —me dijo después, levantándose—. Montate sobre Caro.

Le hice caso sin pensar. Mi esposa me recibió entre sus piernas y me hundí en ella sintiendo que nunca había estado tan caliente. Mi hermana se acomodó detrás de mí, lubricó el consolador y se lo presentó a Carolina por el otro lado. Mi esposa se tensó, soltó un quejido que era mitad sorpresa y mitad placer, y enseguida se relajó. Empezamos a movernos los tres en una coordinación rara, torpe al principio, perfecta después. Carolina, atrapada entre nosotros dos, gemía con la cabeza para atrás y los ojos cerrados.

No aguanté mucho más. Acabé adentro de ella con un sonido que no reconocí como mío. Carolina me clavó las uñas en la espalda y dijo mi nombre como si lo descubriera por primera vez.

Apenas terminé, Lucía me apartó y bajó la cara entre las piernas de mi esposa, donde yo acababa de venirme. Empezó a chuparle todo lo que encontraba con una intensidad que me dejó sin aliento. Carolina apretó las piernas alrededor de la cabeza de mi hermana, soltó un grito y se arqueó entera. Después se quedó temblando, riéndose con los ojos llenos de lágrimas.

Lucía subió hasta mí y me limpió con la lengua sin decir una palabra. Después se acomodó al otro lado de la cama, dejándome justo en el medio.

Abrí la boca. Iba a decir algo, no sé qué. Las dos me la taparon al mismo tiempo, Carolina con la mano y Lucía con un beso.

—Callate —susurró mi esposa contra mi oreja—. Disfrutalo y callate.

Cerré los ojos. Afuera, la tarde se moría en naranja contra las cortinas. Adentro, mis dos mujeres respiraban al mismo ritmo a los costados de mi cuerpo, todavía sudadas, todavía calientes. Pensé en lo que íbamos a tener que vivir a partir de ese día, en lo difícil que iba a ser sostener algo así sin que nadie de la familia se enterara, en todo lo que íbamos a tener que callar.

Después dejé de pensar. Era más fácil quedarse en silencio, en el medio de las dos, y dejar que la habitación se llenara despacio de un secreto nuevo.

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Comentarios (6)

ManuelOK

muy bueno!!! de los mejores que lei por aca

TatoRosario

segunda parte porfa, no puede quedar asi jaja

Charly_84

tremendo relato, me tuvo enganchado hasta el ultimo parrafo. sigue asi!

DiegoBA_85

el final me mato jajaja, no me lo esperaba para nada

RafaelCcba

bien escrito, la tension que genera desde el inicio es perfecta

Celeste

y como termino todo despues? hay continuacion?

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