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Relatos Ardientes

Lo que pasó con los padres de mi ex en Nerja

Ernesto y Valeria llevaban juntos desde que eran adolescentes, y se notaba. No porque hubieran envejecido mal —todo lo contrario—, sino por esa complicidad que solo se construye con décadas de convivencia. Ernesto tenía cincuenta y seis años, exbombero retirado, metro ochenta, espalda ancha, pelo gris cortado al ras. Un hombre de pocas palabras y mucha presencia, de esos que no necesitan levantar la voz para que se note que están en la habitación.

Valeria tenía cincuenta y uno. Instructora de pilates desde hacía más de veinte años, y el cuerpo lo contaba sin disimulo: metro setenta y tres, piernas largas, cintura definida, pechos generosos que desmentían la gravedad y un trasero que en su día había sido causa de más de una distracción entre los padres del colegio. Pelo rubio ceniza, corto, con esa textura levemente despeinada que da un aire desenfadado. Ojos claros que miraban siempre con demasiada calma.

Eran los padres de Nuria, mi primera novia. Teníamos trece años cuando empezamos y catorce cuando terminamos, como terminan esas cosas de críos, sin drama. Vivíamos en la misma calle. Ernesto me imponía respeto. Valeria, cuando pasaba por los pasillos del colegio con su ropa de deporte, hacía que los adolescentes olvidáramos que existíamos.

Los encontré en Torremolinos una noche de julio, en una terraza frente al paseo marítimo. Yo tenía treinta y dos. Ellos no habían cambiado tanto como esperaba. Nos llevamos los tres una sorpresa genuina y nos sentamos a tomar algo juntos.

Desde el principio, Valeria estaba inquieta. Tenía la mano apoyada en su propia muñeca, ese gesto de quien preferiría estar en otro sitio y no sabe cómo decirlo. Ernesto, en cambio, estaba expansivo, contento de verdad, con ese buen humor que da la satisfacción de algo bien planeado.

—Marcos, chaval. Ya pintabas buena planta, pero es que ahora estás hecho un animal —dijo, mirándome de arriba abajo sin ningún pudor—. ¿Cuánto tiempo llevas machacándote?

Le dije que menos que antes, que no había encontrado un gimnasio que me convenciera en el nuevo barrio. Él señaló a su mujer con el pulgar.

—Esta no para. Se pasa el día dando clases y encima la pagan por ello. La envidio.

Valeria esbozó una sonrisa sin levantar la vista de su copa.

Me contaron que Nuria se había casado, que vivía en el norte, que estaba preparando unas oposiciones. La conversación fluyó con la naturalidad de quien tiene un pasado común sin demasiados nudos. En algún momento, sin haberlo planeado, mencioné que ese fin de semana pensaba irme a Nerja, a un apartamento familiar que llevaba años cerrado.

—Nerja nos encanta —dijo Ernesto de inmediato—. Mucho más tranquilo que todo esto.

—Pues si quieren acompañarme... Son dos horas y media. Si salimos el viernes a las ocho llegamos para cenar, y llamo para reservar sitio.

Valeria dijo algo suave sobre no querer molestar, sobre ser mucha molestia para mí. Ernesto ya estaba diciendo que le parecía una idea estupenda.

***

El viernes conduje yo. Ernesto de copiloto, Valeria detrás con gafas de sol y poco que decir. Durante el viaje solo hablamos su marido y yo. Ella respondía cuando le preguntaban directamente, con esa voz suave y pausada que no había cambiado nada desde que era la madre de mi novia de catorce años. Intuía que me miraba desde el asiento trasero, pero no podía asegurarlo.

El apartamento tenía terraza con vistas al mar. Cuando Valeria las vio, algo se relajó en su cara, aunque no mucho.

Por la tarde, Ernesto y yo bajamos a la playa. Una playa nudista, le dije en el camino. Se encogió de hombros y se quitó el bañador sin drama. Otra señal de alguien acostumbrado a cosas que otros considerarían incómodas.

Había dos hombres con constituciones que llamaban la atención. Ernesto los vio y murmuró algo sobre que traer a la mujer a ciertos sitios era arriesgado. Luego me vio quitarme el bañador y se quedó un momento sin hablar.

—Marcos, por Dios. Con eso en el lago Ness serías tú el monstruo de las aguas.

Subimos. Valeria estaba en la terraza en bikini, tomando el sol. En cuanto nos oyó llegar se levantó y se puso un vestido de playa encima. Tuve el tiempo justo para ver lo que había debajo: ese trasero que hacía veinte años había ocupado los sueños de media generación de adolescentes seguía siendo exactamente lo que prometía.

***

Esa noche Ernesto no quiso salir. Dijo que prefería quedarse en el apartamento, que estaba más tranquilo. Abrimos vino. Valeria fue al baño y volvió con una camiseta fina encima del bikini. Se sentó en el sillón de la esquina, lejos de nosotros, con la copa en la mano.

La conversación fue tomando su propia dirección con la lentitud de algo que tiene un destino decidido. Ernesto empezó con comentarios de doble filo, casi inocentes. Valeria los ignoraba. Hasta que él dejó de ser sutil.

—Marcos, ¿cuál es tu postura favorita?

El silencio que siguió fue denso, casi sólido.

Valeria lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Ernesto. ¿Qué te pasa?

—Nada, cariño. Solo tengo curiosidad. Marcos es un hombre adulto, seguro que tiene criterio.

Miré a Valeria. Debajo del pánico había algo más. Un brillo que no supe definir del todo, pero que estaba ahí, inconfundible.

—Depende de la mujer —dije al final—. Cada una tiene sus preferencias.

—¡Exacto! —golpeó suavemente el brazo del sofá—. Por eso te pregunto. ¿Qué es lo que más te funciona? ¿Que se entregue por completo? ¿Que tú tengas el control?

Valeria dejó la copa en la mesa y salió a la terraza.

Ernesto y yo nos quedamos solos. Se recostó en el sofá con la expresión de quien lleva mucho tiempo esperando este momento preciso.

—La tienes asustada —me dijo—. Pero también excitada. Lleva años pidiendo algo que yo ya no le doy como antes. No me hagas el tonto, Marcos: te ha mirado desde que llegaste. Tiene el coño empapado desde que te vio en la puerta.

—¿Por qué haces esto?

—Porque te vi en la playa —respondió, sin más—. Con esa polla, chaval, mi mujer se va a volver loca. Y yo llevo años esperando ver cómo se vuelve loca.

Valeria volvió a entrar. Tenía el pelo un poco revuelto por el viento. Se sentó, nos miró a los dos y pidió que cambiáramos de tema.

—Claro —dijo Ernesto—. En cuanto Marcos responda.

Respondí. Hablé de control, de presencia, del sexo que se da con ganas frente al que se da por costumbre. Mientras hablaba, Valeria se frotó los muslos sin darse cuenta del todo. Ernesto lo vio. Yo también.

—¿Y a ti qué te gusta, Valeria? —preguntó él, devolviéndole la copa—. ¿Que te dominen? ¿Que no tengas escapatoria? ¿Que te follen como se merece una mujer con tu cuerpo?

Ella tardó varios segundos.

—A veces —dijo, con una voz que no era la suya de siempre—. A veces sí me gusta.

Ernesto se levantó, le dio la vuelta y le quitó la camiseta antes de que ella pudiera reaccionar. Valeria se resistió, pero el movimiento fue rápido y decidido. Quedó con el top del bikini, y entonces él soltó también eso.

Fue como encender un interruptor. Valeria se puso de pie, miró a su marido a los ojos y le dijo:

—Imbécil. Tú lo has querido.

Luego me miró a mí. Sus pezones oscuros apuntaban hacia arriba, gruesos, tan duros que parecían dolerle. Su respiración se había vuelto más rápida y ya no había rastro de la señora discreta del colegio.

—¿Y tú, Marcos? ¿Vas a hacerme esperar toda la noche o quieres demostrar si lo que dice Ernesto es verdad?

***

Se acercó despacio, con esa forma de moverse que tienen las mujeres que conocen bien su propio cuerpo. Me rodeó con los brazos, apretó sus tetas desnudas contra mi pecho y me besó con una urgencia que llevaba años acumulada. Su lengua no preguntó permiso: entró en mi boca buscando, mordiendo, chupando, con un hambre que le temblaba en la garganta. Sentí sus pezones clavarse en mí a través de la camiseta, dos puntas duras que se movían con cada respiración.

—Sácala —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo, con la voz ronca y baja—. Sácala ya, Marcos. Quiero verla.

Me abrí el pantalón. Cuando la polla saltó fuera, ya hinchada, gruesa y con la punta brillando, ella retrocedió un paso para mirar y sus ojos dijeron lo mismo que Ernesto en la playa. Se llevó una mano a la boca. Con la otra se agarró un pecho, apretándoselo sin darse cuenta.

—Dios mío —murmuró—. No exagerabas nada, Ernesto. Es… es enorme. Joder.

Ernesto, sentado al fondo del sofá, se había sacado la suya y había empezado a masturbarse en silencio, con los ojos fijos en nosotros y una gota transparente ya asomándole en la punta.

—Chúpasela, cariño —le dijo a su mujer, con la voz rota—. Métetela entera. Enséñale a ese chaval cómo maman las mujeres de verdad.

—Tú cállate y mira —respondió ella sin volverse.

Se arrodilló frente a mí y se tomó su tiempo. No con la prisa de quien quiere terminar, sino con la calma de quien sabe que la anticipación vale más que cualquier otra cosa. Me cogió la base con las dos manos, como midiéndola, sopesándola. Sacó la lengua y pasó la punta muy despacio desde los cojones hasta el glande, sin llegar a metérsela en la boca. Repitió el mismo camino tres veces, cada vez más lento, hasta que se me escapó un gemido que le sacó una sonrisa.

—Así, sí. Que sufras un poco. Tú también.

Escupió sobre la punta y esparció la saliva con la palma, masturbándome con una habilidad que desmontaba por completo la imagen de la señora discreta que yo había guardado durante veinte años. Luego se la metió en la boca hasta la mitad, sacó, la volvió a meter un poco más, sacó, hasta que en la cuarta o quinta vez la tragó entera y sentí la garganta cerrarse alrededor del glande. Me miró desde abajo con los ojos llorosos, sin retirarse, aguantando ahí varios segundos antes de retirarse con una hebra larga de saliva colgando de la barbilla.

—Joder, cariño —murmuró Ernesto—. Nunca me la has hecho así a mí.

—Porque a ti nunca te ha hecho falta —contestó ella, sin dejar de masturbarme con la mano mientras hablaba—. A este chaval sí. Con lo que le cuelga, se lo tiene ganado.

Volvió a agacharse y esta vez me la comió sin piedad. Me chupaba los cojones uno a uno, se los metía enteros en la boca, subía por el tronco con la lengua plana, cerraba los labios en el glande y succionaba con un ruido húmedo que llenaba el salón. Yo le agarré la nuca y ella me dejó marcarle el ritmo, follándole la boca despacio primero, más rápido después. La saliva se le escurría por la barbilla, le caía sobre los pechos, y cuando la solté para respirar tuvo que apartarse tosiendo, con toda la cara brillante.

—Basta —dijo, jadeando—. Basta o me corres en la boca y quiero eso dentro. Ahora.

Me empujó hacia el sofá. Se quitó lo que le quedaba del bikini con un movimiento rápido y se quedó de pie delante de nosotros: monte de venus rubio, recortado, y entre sus piernas, los labios hinchados y brillantes, tan mojados que se le veía el hilo colgar desde el clítoris.

—¿Ves lo que me has hecho? —me preguntó, llevándose dos dedos entre las piernas y separándose los labios para que lo viéramos bien—. Mira cómo estoy. Está chorreando. Se me cae por los muslos. Eso es tuyo si lo quieres.

Se subió a horcajadas encima de mí. Se cogió la polla con la mano y la frotó despacio contra los labios, arriba y abajo, empapando el glande en su propio flujo, riéndose con la boca abierta cada vez que la punta rozaba el clítoris.

—Espera —le dijo Ernesto desde el sofá—. Métetela despacio. Quiero verlo todo.

Ella obedeció por una vez. Colocó la punta en la entrada y bajó milímetro a milímetro, apretando los dientes, gimiendo de una manera larga y grave conforme se iba llenando. La sentí abrirse a la fuerza, resistirse, ceder, apretarse de nuevo. Cuando llegó abajo del todo, con las nalgas apoyadas en mis muslos, los dos nos quedamos quietos un momento, acostumbrándonos.

—Joder —dijo con la voz rota—. Joder, joder. Llenas hasta el fondo. Me llegas al útero, cabrón. Nunca había tenido una así de dentro.

Empezó a moverse. Despacio al principio, subiendo y bajando la cadera con los ojos cerrados, sintiendo cada centímetro. Luego con más energía, apoyando las manos en mis hombros para tener palanca, y por último con una rabia y una fuerza que no esperaba de alguien a quien yo había conocido hablando suave en los pasillos del colegio. Se me montaba con toda su cadera, se dejaba caer con el peso entero, y cada vez que aterrizaba se le escapaba un gemido gutural, casi animal.

Sus tetas rebotaban con cada movimiento, gordas, llenas, con los pezones apuntando cada vez a un sitio distinto. Se las agarré con las dos manos y se las apreté, pellizcando los pezones, y ella echó la cabeza atrás y gritó.

—Sí, sí, así, más fuerte, hazme daño, coño, sigue.

Ernesto gemía en voz baja al fondo, la polla brillándole en el puño, la boca abierta.

—Mírala, Marcos —jadeó—. Mira cómo se la come. Mi mujer, chaval. Follándose una polla de treinta años. Tan guarra que se sale sola. Sigue, cariño, córrete para él.

—Cállate —le espetó ella, sin dejar de rebotar—. Cállate o te callo yo. Esto es mío ahora.

Le agarré el culo con las dos manos, lo abrí, y empecé a empujar desde abajo yendo al encuentro de sus embestidas. La entrada del sofá empezó a chirriar. Los muslos de Valeria golpeaban los míos con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Le pasé la lengua por un pezón, se lo mordí, tiré, y ella se convulsionó entera.

El orgasmo de Valeria fue largo y ruidoso. Gritó sin importarle nada, con las caderas apretadas contra las mías, con el coño cerrándose sobre la polla en espasmos que sentía uno a uno, temblando de arriba abajo. Se me clavó las uñas en los hombros y siguió gritando hasta quedarse ronca. Cuando terminó no se detuvo. Se movió aún más rápido, con más urgencia, como si el primero solo hubiera sido el calentamiento.

—Otra vez, otra vez, ya casi, no pares, córrete dentro, córrete dentro conmigo, quiero notarlo caliente, joder joder joder…

La agarré por las caderas y la clavé sobre mí, tirándola hacia abajo mientras yo empujaba desde el fondo. Me corrí dentro de ella con una descarga larga que me dejó vacío, sintiendo cómo el coño se contraía a la vez, exprimiéndomelo, robándome hasta la última gota. Ella se dejó caer sobre mi pecho, jadeando en mi cuello, con el sudor pegándole el pelo a la frente.

Nos quedamos un momento abrazados, sin movernos, hasta que las respiraciones volvieron a algo parecido a la normalidad. Cuando se levantó, un hilo blanco y espeso empezó a caerle por la cara interna del muslo.

Ernesto también se había corrido. Tenía el vientre y la mano llenos, la polla todavía dura, y nos miraba con una expresión de satisfacción completa.

—Eso era lo que quería ver —dijo, con la voz ronca—. Justo eso. Gracias, cariño.

***

Valeria se levantó, fue hacia su marido y, con una sonrisa que no tenía nada de dulce, le indicó lo que se esperaba de él. Se abrió de piernas de pie, con una mano apoyada en el respaldo del sofá y la otra apartándose los labios, y le señaló el semen que empezaba a escurrírsele.

—Límpialo. Con la lengua. Todo.

Ernesto obedeció con una devoción que delataba años de práctica. Se arrodilló, le pasó la lengua por dentro del muslo recogiendo el hilo, subió, hundió la cara en su coño y se puso a mamar con los ojos cerrados. Ella le sujetó la cabeza y le fue guiando, apretándole la nariz contra el clítoris, apartándolo cuando le convenía.

—Trágatelo todo. Chúpame bien. Que no quede nada de él dentro de mí. Eso es. Buen chico.

Se encargó de limpiar el desastre que habían hecho juntos mientras Valeria lo observaba con una mano en su propia teta y una expresión satisfecha.

Cuando terminó, sin que nadie se lo pidiera, Ernesto se volvió hacia mí y se puso de rodillas entre mis piernas. Miré a Valeria. Ella levantó una ceja.

—Desde que te vio en la playa estaba loco con esto —dijo, como si lo explicara todo—. Déjale. Se ha ganado un premio.

Lo dejé hacer. Me cogió la polla, todavía manchada de ella y de mí, y se la metió en la boca sin dudarlo, chupándola con la misma concentración con que había limpiado a su mujer. La situación no tenía nombre en ningún manual, pero tenía su propia coherencia interna. Valeria lo miraba de pie, cruzada de brazos, dándole instrucciones cortas.

—Más abajo. Los huevos también. Métetelos en la boca. Eso es. Mira cómo se le pone otra vez para mí. Mira lo que sabes hacer cuando te dejo.

Cuando la tuvo dura de nuevo, ella le apartó la cara con la mano abierta.

—Basta. Ahora yo.

Valeria se puso a cuatro patas sobre la alfombra, arqueó la espalda y me miró por encima del hombro. Tenía el culo levantado, redondo, todavía firme a pesar de los años, y el coño abierto entre los muslos, brillando bajo la luz baja.

—Ahora yo. Sin piedad. Quiero notarlo mañana cuando me siente. Fóllame como si tuvieras veinte años y me quisieras romper. Como si no hubiera un mañana.

Me arrodillé detrás de ella y la cogí por las caderas. No entré despacio. Le clavé la polla de un solo golpe, hasta el fondo, y ella lanzó un grito ahogado que se convirtió en risa y en gemido a la vez. La follé tal como pedía, sin guardarme nada. Le agarré el pelo corto en un puño, tiré hacia atrás para arquearla más, y empecé a bombear con toda la cadera, escuchando el chasquido húmedo cada vez que mis muslos golpeaban su culo.

Cada vez que mi mano caía sobre sus nalgas, gemía más fuerte y pedía más. La palma se me quedaba marcada en la piel blanca, y ella movía el culo pidiendo el siguiente golpe. Los insultos que lanzaba a su marido se volvían más crudos con cada embestida.

—¿Ves esto, Ernesto? —jadeaba, con la cara apoyada en la alfombra y el culo bien alto—. ¿Ves cómo me folla? Así se folla a una mujer. Así. Duro. Toma nota, cabrón. Aprende.

Ernesto, arrodillado a un lado, se la meneaba otra vez con los ojos muy abiertos, mirándonos.

—Sí, cariño, sí, se lo estoy viendo.

—Métetela en la boca. La mía. Métetela mientras me folla. Vamos.

Ernesto se colocó frente a ella y le acercó la polla a la boca. Valeria la abrió sin dudar y empezó a mamársela mientras yo la seguía embistiendo por detrás. Cada empujón mío la clavaba más adentro sobre la de él. Los dos la teníamos, uno por delante y otro por detrás, y ella gemía con la boca llena, ahogada, sin poder cerrar los ojos de puro placer.

La solté un momento, le abrí las nalgas con los dos pulgares y le escupí encima del culo, entre las rajas. Vi cómo se le contraía el ojete al notar la saliva. Le pasé el pulgar por encima, apretando ligeramente, y ella respondió con un gemido nuevo, más agudo.

—Ahí no —dijo, escupiendo la polla de Ernesto—. Todavía no. Mañana. Hoy es sólo el coño. Fóllame más fuerte, cabrón, más fuerte, que quiero correrme otra vez.

Le solté las nalgas, la agarré por las caderas y aceleré. La alfombra se le corría bajo las rodillas. Sus tetas colgaban debajo, meciéndose con cada embestida. Me incliné sobre ella, le pasé una mano por debajo y le agarré una teta, tirándole del pezón mientras seguía metiéndosela hasta el fondo.

—Ya, ya, ya, ya —empezó a jadear—, córrete conmigo otra vez, dentro, no salgas, dentro, dentro…

Me corrí por segunda vez, con menos volumen pero con la misma fuerza, apretándome contra su culo mientras el coño le vibraba en un orgasmo que le hizo temblar los muslos. Valeria quedó tumbada de golpe en la alfombra, sin fuerza, con las marcas rojas de mis dedos en sus caderas, las manchas rojas de mis palmas en sus nalgas y una sonrisa que no le cabía en la cara. Un charco pequeño y blanco se le formó entre los muslos.

Ernesto la cogió en brazos con todo el cuidado del mundo, la llevó a la cama y la tapó con la sábana. Le dio un beso en la frente. Luego se acostó a su lado y le acarició el pelo hasta que los dos se durmieron.

***

A la mañana siguiente abrí los ojos con Ernesto arrodillado junto a la cama, trabajando con una concentración casi religiosa. Me tenía la polla en la boca hasta el fondo y subía y bajaba despacio, con los labios apretados y una mano acariciándome los cojones. Me había despertado ya duro, y él llevaba lo suyo con la naturalidad de quien no espera nada a cambio.

Valeria apareció desde la cocina con dos cafés, ya vestida con una camiseta larga sin nada debajo, y se sentó en el borde del colchón con la sonrisa de quien ha dormido mejor que en mucho tiempo. Miró la escena, se rio bajito y dejó los cafés en la mesilla.

—Quita de ahí —le dijo a su marido, con esa mezcla de ternura y autoridad—. Eso es mío. Tú ya has tenido tu ración. Aparta.

Ernesto se sacó la polla de la boca despacio, con un chasquido, y se echó a un lado sin protestar. Valeria se arrodilló a su lado y los dos trabajaron en equipo durante un buen rato, sus lenguas a veces encontrándose en la punta del glande, otras veces dividiéndose el trabajo sin necesitar coordinarse. Uno chupaba mientras el otro se ocupaba de los cojones. Se pasaban la polla del uno al otro con hilos de saliva entre las bocas, se besaban con ella en medio, la envolvían con las dos lenguas a la vez.

Valeria se la tragaba entera hasta la garganta, se retiraba con arcadas suaves y una sonrisa, y se la pasaba a Ernesto, que la recibía sin ceremonias y volvía a metérsela hasta el fondo. Ella le agarraba la cabeza y le marcaba el ritmo, mirándome a mí mientras lo hacía.

—¿Te gusta ver a mi marido chupártela, Marcos? Di que sí. Dilo.

—Sí —conseguí decir.

—Buen chico. A él también le gusta. Mira cómo se le pone.

La imagen era tan fuera de cualquier escala conocida que no me dejó pensar en nada más. Valeria me abrió las piernas, me lamió los cojones desde abajo mientras Ernesto se ocupaba del glande, y cuando sentí que ya no aguantaba más, se lo dije.

—Aquí, aquí, en la cara —jadeó ella—. Los dos. Juntos.

Se pegó a Ernesto mejilla contra mejilla, los dos con la boca abierta y la lengua fuera, y yo me terminé de correr con la mano encima de ellos. Los llené a los dos, la barbilla de él, la mejilla de ella, la comisura, la lengua. Cuando quedó la última gota, Valeria giró la cara, besó a su marido en la boca y se pasaron el semen del uno al otro, mezclándolo, tragándoselo a medias mientras me miraban de reojo.

***

En la playa, con el agua hasta el pecho y el ruido amortiguado de los bañistas llegando desde lejos, Valeria se pegó a mí y me habló al oído. Debajo del agua me buscó la polla con la mano y me la agarró con firmeza.

—Antes de subir necesitamos hacer una parada. Si quieres darme por detrás esta tarde, que supongo que querrás, ¿me equivoco?

No lo negué. Le pasé la mano bajo la parte de abajo del bikini y le metí dos dedos de golpe. Estaba caliente y apretada incluso ahí, en el agua fría.

—Me lo vas a partir en dos, ya lo sé —siguió, moviéndose contra mi mano sin cambiar la cara—. Pero llevo años pensando en algo así y hoy es el día. Nunca lo he hecho con algo tan grande. Que Ernesto mire. Que se muera de envidia.

Cuando volvimos a la orilla, Ernesto estaba tumbado en la toalla. Dije en voz alta, sin bajarla, que necesitábamos ir a la farmacia a comprar lubricante. Ernesto bajó la revista que estaba hojeando, nos miró a los dos, asintió despacio y se levantó. Se alejó por la arena con una erección evidente bajo el bañador.

Valeria se rio, un sonido limpio y libre, sin las ataduras de la noche anterior.

—Eres un cabrón, Marcos —dijo, apoyándose en mi hombro—. Pero me gusta.

***

Esa tarde en el apartamento: Valeria en la cama sobre manos y rodillas, yo detrás con el lubricante, Ernesto en la silla que le indiqué desde el principio.

Le eché lubricante en el culo, viendo cómo el líquido frío le corría entre las nalgas y se le escurría hasta el coño. Le pasé dos dedos por encima del ojete, dando círculos despacio, hasta que sentí que el músculo se relajaba. Metí uno. Ella exhaló largo, aguantándose. Metí el segundo y esperé. Los moví adentro y afuera, abriéndoselos, mientras con la otra mano le acariciaba el clítoris para distraerla.

—Ya —murmuró después de un rato—. Ya, mételo. Despacio. Muy despacio. Por favor.

Me embadurné la polla con más lubricante hasta que quedó reluciente. Coloqué la punta contra el ojete y empujé. Sentí la resistencia, aguanté ahí, y de repente el músculo cedió y el glande entró de golpe. Valeria soltó un grito corto, mordió la almohada, y yo me quedé absolutamente quieto.

—No te muevas —jadeó—. Un momento. Un momento solo.

Ernesto, desde la silla, se estaba masturbando con una lentitud reverente, sin decir palabra, con la boca abierta.

Empecé a empujar milímetro a milímetro, dándole tiempo a acostumbrarse. Cuando llegué hasta la mitad, ella movió el culo hacia atrás, tragándose el resto por su cuenta.

—Joder —dijo, con la cara aplastada contra la almohada—. Joder, joder. Todo entero. Lo tengo todo entero. Ay, madre.

La agarré por las caderas y empecé a moverme muy despacio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con cuidado, viendo cómo el ojete se abría y se cerraba alrededor de la polla. Ella empezó a gemir con una voz que no le había oído antes, más grave, más animal.

—Más. Más fuerte. Ya. Fóllame el culo bien fuerte, no te cortes, quiero notarlo mañana, quiero no poder sentarme.

Aceleré. La cama empezó a golpear la pared. Le pasé la mano por debajo y le metí dos dedos en el coño mientras seguía embistiendo por atrás. Ella se puso a temblar de inmediato, con las dos entradas llenas, apretándome los dedos y la polla a la vez.

Ella pidió más fuerte tres veces distintas. Las tres veces cumplí. Le solté las caderas, le agarré los hombros y tiré hacia atrás para clavarla en cada embestida. Sus tetas se balanceaban debajo con el ritmo. Le pasé el brazo por delante del cuello y la levanté hasta que quedó de rodillas, arqueada contra mí, y le pellizqué un pezón mientras seguía dándole por detrás.

—Voy, voy, voy —empezó a decir—, córrete dentro, en el culo, quiero notarlo caliente ahí también, córrete, córrete.

Se convulsionó entera, apretándome el culo alrededor de la polla en un espasmo largo, y yo me dejé ir por tercera vez en menos de veinticuatro horas, vaciándome dentro con una descarga que me hizo ver puntos negros. Cuando terminó, sus gemidos habían llenado el apartamento entero y Ernesto se había corrido desde la silla sin que nadie se ocupara de él, con el semen colgándole del puño.

Salí muy despacio. Un hilo blanco brotó del ojete todavía abierto y se le escurrió por el perineo hasta caer sobre la sábana. Valeria se derrumbó de lado, con una risa cansada, y se estiró como una gata.

Se giró y me besó despacio, con calma, sin la urgencia de la noche anterior.

—Gracias —susurró—. Hacía tiempo que no me sentía tan viva.

***

El domingo volvimos tarde. Yo conducía, Ernesto de copiloto, Valeria detrás.

En cuanto salimos de Nerja, su mano buscó mi muslo. La dejé. Metí la mía bajo su vestido y descubrí que no llevaba ropa interior. Estaba empapada. Le pasé dos dedos por los labios y los metí. Ella gimió bajito, mordiéndose el labio para no hacer ruido.

—¿Qué esperabas —murmuró—, después de todo el fin de semana?

Ernesto nos miraba por el retrovisor con una sonrisa tranquila, las dos manos en el volante.

Valeria se subió sobre mí en el asiento trasero, se levantó el vestido hasta la cintura y se sacó la polla ella misma, sin esperar a que yo hiciera nada. Se la puso en la entrada y bajó despacio, con la boca apretada para aguantarse el gemido, dejando que la penetrara centímetro a centímetro hasta que quedó sentada con todo el peso encima. Se movió despacio, sin prisa, como quien sabe que no hay ningún sitio al que llegar todavía, con las manos apoyadas en el techo del coche para no golpearse la cabeza.

—Sh —me susurró, poniéndome un dedo en los labios—. No hagas ruido. Deja que él conduzca.

Le agarré el culo con las dos manos por debajo del vestido y la ayudé a moverse, marcando un ritmo lento, profundo, hundiéndomela hasta el fondo cada vez. Le solté un tirante del vestido, le saqué una teta, me la metí en la boca. Ella cerró los ojos y siguió moviéndose sobre mí en el mismo silencio contenido, con la respiración cada vez más entrecortada.

Ernesto mantuvo los ojos en la carretera. La mayoría del tiempo. De vez en cuando levantaba la vista al retrovisor y ajustaba la posición de la mano sobre el volante.

—Cariño —dijo en voz baja, sin dejar de conducir—, tienes que llegar entera. Estamos en autovía.

Ella apretó los dientes y aceleró el ritmo. Se dejó caer de golpe encima de mí varias veces seguidas, aguantándose el gemido en la garganta. Me corrí dentro de ella casi al mismo tiempo que ella se venía, apretándose contra mí con un gemido ahogado que le tembló en toda la boca. Sentí el coño contraerse en espasmos alrededor de la polla, exprimiéndomela hasta la última gota.

Se quedó quieta encima de mí un buen rato, con la cara hundida en mi cuello, respirando hondo. Cuando se levantó, dejó una mancha húmeda enorme sobre mis pantalones. Luego se acomodó en el asiento como si nada, se estiró el vestido, y miró por la ventanilla el paisaje oscuro con una sonrisa distraída.

Llegamos a Torremolinos poco antes de medianoche. En el ascensor, Valeria se ajustó el vestido. Ernesto pulsó el botón de su planta.

—Ha sido un buen fin de semana —dijo, como si comentara el tiempo.

Valeria y yo nos miramos un segundo.

—Sí —dije—. Ha sido un buen fin de semana.

***

Quedamos a comer al día siguiente en su piso. Llegué pensando que sería algo tranquilo, íntimo.

Cuando entré al salón, Nuria estaba sentada en el sofá.

Me quedé parado en la puerta.

—¿Marcos? —dijo, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí?

—Yo podría preguntarte lo mismo.

Ernesto reaccionó antes que nadie. Presentó la situación con la fluidez de alguien acostumbrado a improvisar: un antiguo vecino de la calle, compañero de colegio de Nuria, lo habían encontrado por casualidad en Torremolinos y lo habían invitado a comer. Su yerno Sergio, un hombre de aspecto correcto y expresión de quien no espera que pase nada interesante, asintió sin demasiada curiosidad.

Valeria me miró desde la cocina. Sin culpa. Sin miedo. Con la misma calma de siempre.

Nuria había mejorado respecto a como la recordaba. El tiempo le había dado lo que de adolescente prometía: una presencia real, un cuerpo que llenaba el vestido de verano que llevaba. Su marido, en cambio, era exactamente el tipo de hombre al que nadie mira dos veces en una habitación.

La comida fue tensa de una manera que solo nosotros tres podíamos detectar. Nuria preguntaba, recordaba cosas del colegio, sonreía con esa mezcla de nostalgia y curiosidad de quien revisa un capítulo viejo. En un momento dado me miró con algo que no era solo cortesía.

—¿Te acuerdas de cuando corríamos por los pasillos? —preguntó, con un tono que hizo que Sergio levantara la vista un segundo.

—Me acuerdo de todo —dije, lo bastante bajo para que solo ella lo oyera.

Sus mejillas se encendieron. Sergio volvió a hablar de su trabajo.

Valeria, desde el otro extremo de la mesa, levantó su copa y me miró por encima del borde. Sin decir nada. Sin necesitar decirlo.

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Comentarios(9)

Jorgito_BA

buenisimo!!! de los mejores que lei en esta categoria

Fede1993

Por favor que haya segunda parte, se cortó justo cuando se ponia bueno. Quede con ganas de mas!

Pampa_Sur55

Me recordó a unas vacaciones en la costa que tuve hace años jaja, aunque la mia no termino tan bien como esta. Muy buen relato.

Costera22

La ambientación en Nerja quedó genial, se siente real. No me esperaba ese giro, muy disfrutable.

martin_rr

Y despues los volviste a ver o quedó solo en ese verano? Quiero saber como siguio esto jaja

NocturnoK

Muy bien escrito, se lee de un tirón. De lo mejor que encontré ultimamente por acá.

Roci_lectora

increible!! sigue escribiendo asi

Marto_99

jajaja el titulo me intrigó desde el principio y no defraudó para nada. Tremendo

Silvia_RN

Se me hizo corto, quede con ganas de mas detalle en algunas partes. Igual muy buen relato, gracias por compartirlo!

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