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Relatos Ardientes

Lo que pasó con los padres de mi ex en Nerja

Ernesto y Valeria llevaban juntos desde que eran adolescentes, y se notaba. No porque hubieran envejecido mal —todo lo contrario—, sino por esa complicidad que solo se construye con décadas de convivencia. Ernesto tenía cincuenta y seis años, exbombero retirado, metro ochenta, espalda ancha, pelo gris cortado al ras. Un hombre de pocas palabras y mucha presencia, de esos que no necesitan levantar la voz para que se note que están en la habitación.

Valeria tenía cincuenta y uno. Instructora de pilates desde hacía más de veinte años, y el cuerpo lo contaba sin disimulo: metro setenta y tres, piernas largas, cintura definida, pechos generosos que desmentían la gravedad y un trasero que en su día había sido causa de más de una distracción entre los padres del colegio. Pelo rubio ceniza, corto, con esa textura levemente despeinada que da un aire desenfadado. Ojos claros que miraban siempre con demasiada calma.

Eran los padres de Nuria, mi primera novia. Teníamos trece años cuando empezamos y catorce cuando terminamos, como terminan esas cosas de críos, sin drama. Vivíamos en la misma calle. Ernesto me imponía respeto. Valeria, cuando pasaba por los pasillos del colegio con su ropa de deporte, hacía que los adolescentes olvidáramos que existíamos.

Los encontré en Torremolinos una noche de julio, en una terraza frente al paseo marítimo. Yo tenía treinta y dos. Ellos no habían cambiado tanto como esperaba. Nos llevamos los tres una sorpresa genuina y nos sentamos a tomar algo juntos.

Desde el principio, Valeria estaba inquieta. Tenía la mano apoyada en su propia muñeca, ese gesto de quien preferiría estar en otro sitio y no sabe cómo decirlo. Ernesto, en cambio, estaba expansivo, contento de verdad, con ese buen humor que da la satisfacción de algo bien planeado.

—Marcos, chaval. Ya pintabas buena planta, pero es que ahora estás hecho un animal —dijo, mirándome de arriba abajo sin ningún pudor—. ¿Cuánto tiempo llevas machacándote?

Le dije que menos que antes, que no había encontrado un gimnasio que me convenciera en el nuevo barrio. Él señaló a su mujer con el pulgar.

—Esta no para. Se pasa el día dando clases y encima la pagan por ello. La envidio.

Valeria esbozó una sonrisa sin levantar la vista de su copa.

Me contaron que Nuria se había casado, que vivía en el norte, que estaba preparando unas oposiciones. La conversación fluyó con la naturalidad de quien tiene un pasado común sin demasiados nudos. En algún momento, sin haberlo planeado, mencioné que ese fin de semana pensaba irme a Nerja, a un apartamento familiar que llevaba años cerrado.

—Nerja nos encanta —dijo Ernesto de inmediato—. Mucho más tranquilo que todo esto.

—Pues si quieren acompañarme... Son dos horas y media. Si salimos el viernes a las ocho llegamos para cenar, y llamo para reservar sitio.

Valeria dijo algo suave sobre no querer molestar, sobre ser mucha molestia para mí. Ernesto ya estaba diciendo que le parecía una idea estupenda.

***

El viernes conduje yo. Ernesto de copiloto, Valeria detrás con gafas de sol y poco que decir. Durante el viaje solo hablamos su marido y yo. Ella respondía cuando le preguntaban directamente, con esa voz suave y pausada que no había cambiado nada desde que era la madre de mi novia de catorce años. Intuía que me miraba desde el asiento trasero, pero no podía asegurarlo.

El apartamento tenía terraza con vistas al mar. Cuando Valeria las vio, algo se relajó en su cara, aunque no mucho.

Por la tarde, Ernesto y yo bajamos a la playa. Una playa nudista, le dije en el camino. Se encogió de hombros y se quitó el bañador sin drama. Otra señal de alguien acostumbrado a cosas que otros considerarían incómodas.

Había dos hombres con constituciones que llamaban la atención. Ernesto los vio y murmuró algo sobre que traer a la mujer a ciertos sitios era arriesgado. Luego me vio quitarme el bañador y se quedó un momento sin hablar.

—Marcos, por Dios. Con eso en el lago Ness serías tú el monstruo de las aguas.

Subimos. Valeria estaba en la terraza en bikini, tomando el sol. En cuanto nos oyó llegar se levantó y se puso un vestido de playa encima. Tuve el tiempo justo para ver lo que había debajo: ese trasero que hacía veinte años había ocupado los sueños de media generación de adolescentes seguía siendo exactamente lo que prometía.

***

Esa noche Ernesto no quiso salir. Dijo que prefería quedarse en el apartamento, que estaba más tranquilo. Abrimos vino. Valeria fue al baño y volvió con una camiseta fina encima del bikini. Se sentó en el sillón de la esquina, lejos de nosotros, con la copa en la mano.

La conversación fue tomando su propia dirección con la lentitud de algo que tiene un destino decidido. Ernesto empezó con comentarios de doble filo, casi inocentes. Valeria los ignoraba. Hasta que él dejó de ser sutil.

—Marcos, ¿cuál es tu postura favorita?

El silencio que siguió fue denso, casi sólido.

Valeria lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Ernesto. ¿Qué te pasa?

—Nada, cariño. Solo tengo curiosidad. Marcos es un hombre adulto, seguro que tiene criterio.

Miré a Valeria. Debajo del pánico había algo más. Un brillo que no supe definir del todo, pero que estaba ahí, inconfundible.

—Depende de la mujer —dije al final—. Cada una tiene sus preferencias.

—¡Exacto! —golpeó suavemente el brazo del sofá—. Por eso te pregunto. ¿Qué es lo que más te funciona? ¿Que se entregue por completo? ¿Que tú tengas el control?

Valeria dejó la copa en la mesa y salió a la terraza.

Ernesto y yo nos quedamos solos. Se recostó en el sofá con la expresión de quien lleva mucho tiempo esperando este momento preciso.

—La tienes asustada —me dijo—. Pero también excitada. Lleva años pidiendo algo que yo ya no le doy como antes. No me hagas el tonto, Marcos: te ha mirado desde que llegaste.

—¿Por qué haces esto?

—Porque te vi en la playa —respondió, sin más.

Valeria volvió a entrar. Tenía el pelo un poco revuelto por el viento. Se sentó, nos miró a los dos y pidió que cambiáramos de tema.

—Claro —dijo Ernesto—. En cuanto Marcos responda.

Respondí. Hablé de control, de presencia, del sexo que se da con ganas frente al que se da por costumbre. Mientras hablaba, Valeria se frotó los muslos sin darse cuenta del todo. Ernesto lo vio. Yo también.

—¿Y a ti qué te gusta, Valeria? —preguntó él, devolviéndole la copa—. ¿Que te dominen? ¿Que no tengas escapatoria?

Ella tardó varios segundos.

—A veces —dijo, con una voz que no era la suya de siempre—. A veces sí me gusta.

Ernesto se levantó, le dio la vuelta y le quitó la camiseta antes de que ella pudiera reaccionar. Valeria se resistió, pero el movimiento fue rápido y decidido. Quedó con el top del bikini, y entonces él soltó también eso.

Fue como encender un interruptor. Valeria se puso de pie, miró a su marido a los ojos y le dijo:

—Imbécil. Tú lo has querido.

Luego me miró a mí. Sus pezones oscuros apuntaban hacia arriba, su respiración se había vuelto más rápida y ya no había rastro de la señora discreta del colegio.

—¿Y tú, Marcos? ¿Vas a hacerme esperar toda la noche o quieres demostrar si lo que dice Ernesto es verdad?

***

Se acercó despacio, con esa forma de moverse que tienen las mujeres que conocen bien su propio cuerpo. Me rodeó con los brazos, presionó sus pechos contra mi pecho y me besó con una urgencia que llevaba años acumulada. Su lengua no preguntó permiso.

—Sácala —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo.

Me abrí el pantalón. Ella retrocedió un paso para mirar y sus ojos dijeron lo mismo que Ernesto en la playa.

—Dios mío —murmuró—. No exagerabas nada, Ernesto.

Ernesto, sentado al fondo del sofá, había empezado a masturbarse en silencio, con los ojos fijos en nosotros.

—Tómala entera —le dijo a su mujer.

—Tú cállate y mira —respondió ella sin volverse.

Se arrodilló frente a mí y se tomó su tiempo. No con la prisa de quien quiere terminar, sino con la calma de quien sabe que la anticipación vale más que cualquier otra cosa. Pasó la lengua despacio, me miró desde abajo y comenzó a trabajar con una habilidad que desmontaba por completo la imagen de la señora discreta que yo había guardado durante veinte años.

Me empujó hacia el sofá. Se quitó lo que le quedaba del bikini con un movimiento rápido y se quedó de pie delante de nosotros: monte de venus rubio, recortado, y entre sus piernas, todo lo que quedaba de su compostura.

—¿Ves lo que me has hecho? —me preguntó, llevándose una mano entre las piernas de manera deliberada—. Eso es tuyo si lo quieres.

Se colocó sobre mí y bajó despacio, dejando que la penetrara por completo. Los dos nos quedamos quietos un momento, acostumbrándonos.

—Joder —dijo con la voz rota—. Llenas hasta el fondo.

Empezó a moverse. Despacio al principio, luego con más energía y más rabia, con una fuerza que no esperaba de alguien a quien yo había conocido hablando suave en los pasillos del colegio. Sus pechos rebotaban con cada movimiento. Ernesto gemía en voz baja y se masturbaba con más fuerza.

El orgasmo de Valeria fue largo y ruidoso. Gritó sin importarle nada, con las caderas apretadas contra las mías, temblando de arriba abajo. Cuando terminó no se detuvo. Se movió aún más rápido, con más urgencia, como si el primero solo hubiera sido el calentamiento.

Me corrí dentro de ella. Nos quedamos un momento abrazados, sin movernos, hasta que las respiraciones volvieron a algo parecido a la normalidad.

Ernesto también se había corrido. Nos miraba con una expresión de satisfacción completa.

—Eso era lo que quería ver —dijo, con la voz ronca.

***

Valeria se levantó, fue hacia su marido y, con una sonrisa que no tenía nada de dulce, le indicó lo que se esperaba de él. Ernesto obedeció con una devoción que delataba años de práctica. Se encargó de limpiar el desastre que habían hecho juntos mientras Valeria lo observaba con los brazos cruzados y una expresión satisfecha.

Cuando terminó, sin que nadie se lo pidiera, Ernesto se volvió hacia mí. Miré a Valeria. Ella levantó una ceja.

—Desde que te vio en la playa estaba loco con esto —dijo, como si lo explicara todo.

Lo dejé hacer. La situación no tenía nombre en ningún manual, pero tenía su propia coherencia interna.

Valeria se puso a cuatro patas sobre la alfombra, arqueó la espalda y me miró por encima del hombro.

—Ahora yo. Sin piedad. Quiero notarlo mañana cuando me siente.

La cogí por las caderas y la follé tal como pedía, sin guardarme nada. Cada vez que mi mano caía sobre sus nalgas, gemía más fuerte y pedía más. Los insultos que lanzaba a su marido se volvían más crudos con cada embestida. Ernesto, arrodillado a un lado, miraba con los ojos muy abiertos.

Me corrí por segunda vez. Valeria quedó tumbada en la alfombra, sin fuerza, con las marcas rojas de mis dedos en sus caderas y una sonrisa que no le cabía en la cara.

Ernesto la cogió en brazos con todo el cuidado del mundo, la llevó a la cama y la tapó con la sábana. Le dio un beso en la frente. Luego se acostó a su lado y le acarició el pelo hasta que los dos se durmieron.

***

A la mañana siguiente abrí los ojos con Ernesto arrodillado junto a la cama, trabajando con una concentración casi religiosa. Valeria apareció desde la cocina con dos cafés, ya vestida con una camiseta larga, y se sentó en el borde del colchón con la sonrisa de quien ha dormido mejor que en mucho tiempo.

—Quita de ahí —le dijo a su marido, con esa mezcla de ternura y autoridad—. Eso es mío.

Se arrodilló a su lado y los dos trabajaron en equipo durante un buen rato, sus lenguas a veces encontrándose, otras veces dividiéndose el trabajo sin necesitar coordinarse. La imagen era tan fuera de cualquier escala conocida que no me dejó pensar en nada más hasta que me corrí entre los dos.

***

En la playa, con el agua hasta el pecho y el ruido amortiguado de los bañistas llegando desde lejos, Valeria se pegó a mí y me habló al oído.

—Antes de subir necesitamos hacer una parada. Si quieres darme por detrás esta tarde, que supongo que querrás, ¿me equivoco?

No lo negué.

Cuando volvimos a la orilla, Ernesto estaba tumbado en la toalla. Dije en voz alta, sin bajarla, que necesitábamos ir a la farmacia a comprar lubricante. Ernesto bajó la revista que estaba hojeando, nos miró a los dos, asintió despacio y se levantó. Se alejó por la arena con una erección evidente bajo el bañador.

Valeria se rio, un sonido limpio y libre, sin las ataduras de la noche anterior.

—Eres un cabrón, Marcos —dijo, apoyándose en mi hombro—. Pero me gusta.

***

Esa tarde en el apartamento: Valeria en la cama sobre manos y rodillas, yo detrás con el lubricante, Ernesto en la silla que le indiqué desde el principio. Ella pidió más fuerte tres veces distintas. Las tres veces cumplí. Cuando terminó, sus gemidos habían llenado el apartamento entero y Ernesto se había corrido desde la silla sin que nadie se ocupara de él.

Valeria se giró y me besó despacio, con calma, sin la urgencia de la noche anterior.

—Gracias —susurró—. Hacía tiempo que no me sentía tan viva.

***

El domingo volvimos tarde. Yo conducía, Ernesto de copiloto, Valeria detrás.

En cuanto salimos de Nerja, su mano buscó mi muslo. La dejé. Metí la mía bajo su vestido y descubrí que no llevaba ropa interior. Estaba empapada.

—¿Qué esperabas —murmuró—, después de todo el fin de semana?

Ernesto nos miraba por el retrovisor con una sonrisa tranquila, las dos manos en el volante.

Valeria se subió sobre mí en el asiento trasero y se movió despacio, sin prisa, como quien sabe que no hay ningún sitio al que llegar todavía. Ernesto mantuvo los ojos en la carretera. La mayoría del tiempo.

Me corrí dentro de ella casi al mismo tiempo que ella se venía, apretándose contra mí con un gemido ahogado. Luego se acomodó en el asiento como si nada y miró por la ventanilla el paisaje oscuro.

Llegamos a Torremolinos poco antes de medianoche. En el ascensor, Valeria se ajustó el vestido. Ernesto pulsó el botón de su planta.

—Ha sido un buen fin de semana —dijo, como si comentara el tiempo.

Valeria y yo nos miramos un segundo.

—Sí —dije—. Ha sido un buen fin de semana.

***

Quedamos a comer al día siguiente en su piso. Llegué pensando que sería algo tranquilo, íntimo.

Cuando entré al salón, Nuria estaba sentada en el sofá.

Me quedé parado en la puerta.

—¿Marcos? —dijo, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué haces aquí?

—Yo podría preguntarte lo mismo.

Ernesto reaccionó antes que nadie. Presentó la situación con la fluidez de alguien acostumbrado a improvisar: un antiguo vecino de la calle, compañero de colegio de Nuria, lo habían encontrado por casualidad en Torremolinos y lo habían invitado a comer. Su yerno Sergio, un hombre de aspecto correcto y expresión de quien no espera que pase nada interesante, asintió sin demasiada curiosidad.

Valeria me miró desde la cocina. Sin culpa. Sin miedo. Con la misma calma de siempre.

Nuria había mejorado respecto a como la recordaba. El tiempo le había dado lo que de adolescente prometía: una presencia real, un cuerpo que llenaba el vestido de verano que llevaba. Su marido, en cambio, era exactamente el tipo de hombre al que nadie mira dos veces en una habitación.

La comida fue tensa de una manera que solo nosotros tres podíamos detectar. Nuria preguntaba, recordaba cosas del colegio, sonreía con esa mezcla de nostalgia y curiosidad de quien revisa un capítulo viejo. En un momento dado me miró con algo que no era solo cortesía.

—¿Te acuerdas de cuando corríamos por los pasillos? —preguntó, con un tono que hizo que Sergio levantara la vista un segundo.

—Me acuerdo de todo —dije, lo bastante bajo para que solo ella lo oyera.

Sus mejillas se encendieron. Sergio volvió a hablar de su trabajo.

Valeria, desde el otro extremo de la mesa, levantó su copa y me miró por encima del borde. Sin decir nada. Sin necesitar decirlo.

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Comentarios (5)

Jorgito_BA

buenisimo!!! de los mejores que lei en esta categoria

Fede1993

Por favor que haya segunda parte, se cortó justo cuando se ponia bueno. Quede con ganas de mas!

Pampa_Sur55

Me recordó a unas vacaciones en la costa que tuve hace años jaja, aunque la mia no termino tan bien como esta. Muy buen relato.

Costera22

La ambientación en Nerja quedó genial, se siente real. No me esperaba ese giro, muy disfrutable.

martin_rr

Y despues los volviste a ver o quedó solo en ese verano? Quiero saber como siguio esto jaja

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