La mañana que Sofía le propuso un trío
La relación con Sofía llevaba varias semanas siguiendo el mismo ritual: Marcos llegaba los viernes con cervezas y algo de comer, ella le hacía la sesión de masaje que necesitaba para terminar de recuperar el cuádriceps izquierdo, y casi siempre terminaban en su cama. Sofía era una fisioterapeuta extraordinaria. Tenía las manos más precisas que Marcos había conocido en sus cinco años jugando al rugby profesional en España.
Pero Sofía tenía sus reglas. Nunca salían juntos a ningún sitio. Nunca le dejaba dormir allí. Y nunca, hasta aquella noche, permitió que las cosas se complicaran más allá del sexo y la conversación.
Aquella noche se quedaron dormidos viendo una película. Cuando Marcos abrió los ojos, el reloj de la cocina marcaba las cuatro y cuarto de la mañana.
—Son casi las cuatro y media —dijo Sofía sin consultar ningún reloj, como si hubiera estado despierta todo el tiempo—. Quédate. No tiene sentido que te vayas a estas horas.
Le cogió la mano y lo llevó por el pasillo hasta el dormitorio. No hubo más sexo esa noche. Se metieron desnudos bajo las sábanas en la postura de la cucharita, la espalda de ella contra el pecho de él, y se quedaron dormidos así.
Por la mañana fue diferente.
***
Sofía se despertó primero. Permaneció inmóvil durante varios minutos, disfrutando del calor de los brazos de Marcos rodeándola desde atrás, de la presión de su pecho ancho sobre su espalda, del peso del brazo de él cruzado sobre su torso y sujetando uno de sus pechos con una mano enorme y oscura. El otro brazo servía de almohada. En la nuca sentía el ritmo acompasado de su respiración.
Cuando decidió que necesitaba más, deslizó su propia mano entre las dos piernas con mucho cuidado y encontró el miembro de Marcos, todavía dormido. Lo colocó convenientemente sobre su sexo, aún por fuera, y volvió a cerrar las piernas despacio. Marcos hizo un sonido pastoso, la atrajo aún más hacia sí y siguió roncando. Sofía sonrió en silencio.
Se dedicó entonces a sí misma durante un buen rato. Acarició su clítoris con calma, rodeándolo una y otra vez sin llegar a rozarlo directamente, dejando que la excitación creciera a su ritmo. Los dedos bajaron poco a poco por la hendidura de sus labios hasta que pudo introducir primero uno y luego dos, comprobando con satisfacción que ya estaba bastante mojada. Se los llevó a la boca, saboreó, y repitió la operación.
Cuando consideró que era el momento, llevó los dedos húmedos hasta el glande de Marcos y lo acarició con suavidad. No hubo reacción inmediata. Repitió la operación dos veces más, asegurándose de que el lubricante llegara bien, y tal como había previsto, la flacidez comenzó a desaparecer al mismo tiempo que los ronquidos desaparecían de su nuca.
Marcos estaba despertando.
Sofía aprovechó ese momento de incertidumbre para empezar a hacer pequeños movimientos pélvicos hacia atrás. Él aún no estaba del todo despierto, pero su cuerpo ya respondía con claridad. Apretó el pecho de ella con la mano que lo sujetaba y la atrajo hacia sí con el otro brazo. Sofía enloqueció al sentir esa fuerza. La capacidad de Marcos para manejarla sin el menor esfuerzo aparente la ponía más que cualquier otra cosa.
—Buenos días —murmuró él con la voz todavía espesa.
Sofía no contestó. Se giró sobre su estómago, metió las manos bajo la almohada y abrió las piernas hasta casi los bordes de la cama. Era una declaración de intenciones que no admitía interpretaciones.
Marcos lo entendió a la primera. Se colocó sobre ella con cuidado, consciente de la diferencia de peso entre los dos, apoyando los codos en el colchón para que la mayor parte de su masa descansara sobre el colchón y no sobre ella. Su pecho sí se apoyó sobre la parte alta de la espalda de Sofía, y comenzó a darle besos en el cuello y en la nuca. A Sofía se le erizó el vello de todo el cuerpo.
Cuando entró en ella fue de una sola embestida. Sofía emitió un sonido entre la sorpresa y el alivio, y empezó a mover el trasero en pequeños círculos. Marcos le agarró las muñecas por debajo de la almohada y puso sus pies sobre los tobillos de ella para abrirle aún más las piernas. Sofía se sintió inmovilizada, sin poder cerrar los brazos ni las piernas aunque quisiera. Esa sensación de estar a su merced, completamente entregada, era exactamente lo que necesitaba.
Marcos empujó fuerte, con ritmo, golpeando una y otra vez. La penetración no era muy profunda en esa postura, pero el ángulo hacía que él incidiera con precisión en la zona del clítoris en cada embestida, y eso a Sofía le bastaba. Se relajó por completo y dejó que él terminara.
Cuando Marcos llegó al orgasmo lo hizo con todo el cuerpo. Se vació dentro de ella entre empujones violentos y gritos que probablemente escucharon los vecinos del piso de arriba. Luego cayó derrengado sobre su espalda.
—No se te ocurra sacarla —dijo Sofía entre jadeos—. Yo también quiero.
Él no tenía fuerzas para nada de todas formas. Se quedó tumbado encima de ella, jadeando. Sofía aprovechó para zafarse de la muñeca derecha, ahuecar la zona pélvica y llevar la mano a su entrepierna. Se acarició el clítoris con sus propios dedos mientras movía el trasero todo lo que el peso de Marcos le permitía. Cuando metió dos dedos junto al miembro de él, que aún conservaba cierto vigor, lo que encontró dentro era tan apretado y tan cálido que tardó menos de un minuto en correrse.
Convulsionó bajo él. Marcos se sorprendió de que fuera capaz casi de levantarle.
Cuando terminó, Sofía le pidió que se hiciera a un lado. Él rodó hacia el costado y ella se abrazó a su pecho enorme, pasando una pierna sobre las suyas. Así se quedaron, en silencio, hasta que el frío los obligó a buscar las sábanas.
***
Sofía se levantó primero. Marcos la oyó ir al baño y escuchó correr el agua de la ducha. Esperó unos minutos calculando el tiempo, y cuando imaginó que ya estaría enjabonada, se levantó.
Abrió la mampara sin llamar. Sofía estaba de espaldas con el pelo mojado pegado al cuello. Se giró, le miró de arriba abajo y volvió a su posición.
—¿Todavía quieres más? —preguntó.
Marcos cerró la mampara y la abrazó bajo el agua sin decir nada. Sofía tomó el bote de gel, lo empujó contra la pared y empezó a esparcir el jabón por sus hombros, su pecho, su abdomen. Sus manos fueron bajando despacio hasta sus caderas y luego más abajo, y cuando rodeó su miembro con los dedos enjabonados e inició un movimiento lento y deliberado sin apartar los ojos de los de él, Marcos sintió que las rodillas le pesaban el doble.
Sofía abrió el grifo y lo aclaró despacio, siguiendo la espuma con las palmas. Cuando no quedó ningún resto, se fue agachando poco a poco, dejando una línea de besos por el torso oscuro de Marcos.
Cuando llegó al suelo de la ducha y levantó los ojos, se lo metió en la boca directamente, sin preámbulos. Acompañaba los movimientos de su cabeza con la mano derecha, y con la izquierda le sujetaba con una firmeza que rozaba el límite y que, sin embargo, hacía que él quisiera que no parara nunca. Marcos posó las manos en los lados de su cabeza sin pensarlo, y empezó a hacer movimientos pélvicos para ir a su encuentro.
Cuando se corrió fue con un grito que llenó todo el cuarto de baño. Sofía escupió, se enjuagó la boca con el agua de la ducha, se puso de pie y le dio un beso en los labios.
—Te espero en la cocina —dijo—. Tengo hambre.
***
Prepararon el desayuno juntos. Sofía hizo los huevos y el beicon mientras Marcos exprimía naranjas y servía el café. Había algo extrañamente cómodo en todo aquello que, al mismo tiempo, lo confundía.
Se sentaron a la mesa del salón con las bandejas. Sonaba un disco de soul antiguo que Sofía había puesto antes de salir del dormitorio.
—Gracias por dejarme quedarme —dijo Marcos.
—No te acostumbres —respondió ella sin levantar la vista del plato—. No es algo habitual. Me gusta vivir sola y soy muy celosa de mi espacio.
Hubo una pausa. Marcos se armó de valor.
—¿Esto qué es para ti? Nosotros dos, quiero decir.
Sofía dejó el tenedor y lo miró directamente.
—No es una relación —dijo—. No quiero que te hagas ilusiones que no corresponden. Esto es sexo, buena compañía, y nada más. No quiero novio. No quiero atarme a nadie. Llevo mucho tiempo así y me va bien.
Marcos bajó la vista al plato.
—¿Crees que soy egoísta? —preguntó ella.
—No. Solo que a veces parece que solo me quieres por el sexo.
—Y puede que tengas razón —dijo Sofía sin disculparse—. Pero el sexo contigo es increíble. Eres guapo, eres educado, eres divertido. Simplemente no quiero más que eso. El primer día que me reclames por haber salido con mis amigas o por haber mirado a otro, se acaba. Así funciono yo.
Marcos no contestó. Jugó con el tenedor en el plato vacío.
—¿Te estás enamorando de mí? —preguntó Sofía a bocajarro.
—No lo sé —respondió él—. Nunca he tenido novia de verdad.
Sofía se levantó de su silla, rodeó la mesa y se sentó a horcajadas sobre las piernas de Marcos. Lo rodeó por el cuello y le llenó la cara de besos cortos. Él no le devolvió el abrazo.
—¿Sabes una cosa? —dijo ella separándose un poco—. No quería que esta conversación terminara así. De hecho, tenía previsto hacerte una propuesta, pero ahora no sé si es el momento.
—Dime.
Sofía lo estudió un instante.
—Esta mañana te has puesto muy interesante jugando con mi parte de atrás —dijo sin rodeos—. Y yo me he puesto muy interesante también. Eso me ha dado ideas.
Marcos la miró sin entender del todo.
—Quiero probar una doble penetración —dijo—. Un hombre por delante y otro por detrás al mismo tiempo. Es algo que llevo tiempo pensando y que nunca he hecho. Y desde que te conozco, cuando lo imagino, tú eres el de atrás.
El silencio que siguió duró varios segundos.
—¿Has hecho tríos antes? —preguntó Marcos.
—Sí. Con dos hombres y con una mujer y un hombre. Pero en ninguna ocasión llegamos a la penetración simultánea. Siempre surgió otra cosa.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué el de atrás?
Sofía sonrió por primera vez desde que habían empezado a hablar de eso.
—Porque esta mañana casi lo hiciste sin que te lo pidiera —dijo—. Y porque me puso mucho.
Marcos pensó en Diego. Era su mejor amigo desde que llegó a España con la beca para jugar al rugby. Diego fue el único que se ocupó de ayudarle con los papeles, con el piso, con todo. Habían convivido varios meses en su apartamento y tenían esa clase de confianza que no se construye con el tiempo sino con las circunstancias. Se habían visto desnudos decenas de veces en los vestuarios y en casa sin que eso supusiera ningún problema. Habían hablado de sexo, de miedos y de deudas con la misma naturalidad. Incluso habían bromeado más de una vez sobre las diferencias entre sus cuerpos.
Además, Diego acababa de salir de una relación. Lo había pasado mal. La pilló besándose con otro en la calle y se le rompió algo por dentro. Llevaba semanas con cara de no haber dormido. Probablemente no pondría muchos reparos en olvidarla.
Si alguien iba a decir que sí a algo así, era él.
—Tengo a alguien en mente —dijo Marcos.
Sofía se iluminó.
—No tienes que decidir ahora. Piénsalo.
—Ya lo he pensado.
Ella le besó despacio y se levantó de sus piernas. Fue hasta la estantería y volvió con tres libros.
—Llévatelos —dijo—. Con la excusa de devolvérmelos, me traes a tu amigo un viernes. No le digas para qué. Solo que viene a devolver unos libros. Yo me encargo del resto.
—¿Y si no funciona?
—Entonces nos tomamos las cervezas que traigáis y les cuento lo que tenía en mente. A veces la explicación es suficiente para convencer a alguien.
Marcos se rió. Era la primera vez que lo hacía desde que habían empezado la conversación del desayuno.
Se vistieron en el dormitorio en silencio. Sofía lo acompañó hasta la puerta y le dio un beso rápido en los labios, apoyada en el marco con los brazos cruzados mientras él esperaba el ascensor.
—Un viernes —dijo ella.
—Un viernes —confirmó él.
Bajó con los libros bajo el brazo y salió a la calle. El sol de la mañana era más intenso de lo que esperaba. Se detuvo un momento en la acera, procesando todo lo que había ocurrido desde la noche anterior: la cama, la ducha, el desayuno, y esa propuesta que ahora le ocupaba todos los pensamientos.
Sacó el teléfono y le escribió a Diego: «¿Tienes planes el viernes?»
La respuesta llegó en menos de un minuto: «Ninguno. ¿Qué tienes en mente?»
Marcos guardó el teléfono en el bolsillo y siguió caminando.