El vaso, la apuesta y el trío que no planeamos
Esa tarde de enero hacía demasiado frío para estar fuera. Marcos me llamó a mediodía para decirme que Rodrigo, Nico y Bruno habían quedado en su piso y que si me apetecía pasarme. Siempre me apetecía. Su apartamento era pequeño y olía a tabaco frío, pero era de los pocos sitios donde podíamos estar tranquilos y sin que nadie nos molestara.
Llegué sobre las cuatro. Ya estaban los cinco: los tres chicos del piso, Marcos y yo. Abrimos unas cervezas, pusimos música y alguien propuso sacar los juegos de mesa, pero nadie tuvo energía para montar nada. Al final nos sentamos frente al televisor a ver lo que hubiera. Marcos y yo llevábamos saliendo poco más de un año, teníamos poco más de veinte, y sin casa ni coche propios los fines de semana los buscábamos donde pudiéramos.
Bruno se levantó a buscar algo para poner. Tenían una caja de discos grabados, la mayoría sin etiquetar. Le dio al play en uno de ellos al azar y lo que apareció en pantalla no era ninguna serie.
Era una intro de pocos segundos, con varios hombres de tamaño considerable en primer plano. Bruno le dio a parar casi de inmediato, pero el daño ya estaba hecho.
—Oye, Bruno, ¿qué clase de colección tienes aquí?
Bruno no dijo nada y se puso colorado. Rodrigo y Nico se pusieron a meterse con él, que si para qué guardaba eso, que si no tenía nada con chicas. Marcos dijo que se cortaran un poco, que yo estaba delante, pero yo dije que no pasaba nada.
La verdad es que no me pasaba nada. Me había quedado pensando en las imágenes del disco y ya estaba calculando cuánto tardaríamos en llegar a casa después.
Siguieron hablando del tema un rato. Que si los actores tenían tamaños que no eran reales, que si eso no podía ser normal en ningún hombre. En algún momento me preguntaron a mí directamente.
—Yo no puedo comparar mucho —dije—. Solo he estado con Marcos, y para mí está muy bien.
—Podemos poner el vídeo y así tienes referencia —dijo Rodrigo, con esa sonrisa suya.
—No, gracias. Estoy muy contenta con lo que tengo.
—¿Nunca has visto una película porno de verdad? —preguntó Nico.
—La verdad es que no.
—Pues algo aprenderías.
—Ya tenemos nuestras propias ideas —dijo Marcos.
Hubo una votación, medio en broma. Rodrigo y Nico votaron que sí. Marcos y Bruno que no. Todos me miraron a mí, que todavía no había levantado la mano. No sé muy bien qué me pasó en ese momento, pero dije que le dieran al play.
Marcos me miró raro, pero no dijo nada. Supongo que pensó lo mismo que yo: que aquello me calentaría y que de camino a casa tendríamos una excusa perfecta.
Nos colocamos en los sitios de siempre. En el sofá grande estábamos Marcos, yo y Bruno, con Marcos en el extremo izquierdo y yo en el centro. Rodrigo y Nico ocuparon los sillones individuales. Hacía frío, así que Marcos, Bruno y yo compartíamos una manta grande. Rodrigo tenía una de viaje para él solo. Nico se quedó sin nada.
La primera historia era un hombre que iba a darse un masaje. Lo de siempre, salvo por el detalle de que cuando el cliente se daba la vuelta en la camilla, la toalla que le cubría se tensaba de una forma bastante evidente. La masajista fue subiendo las manos por sus muslos hasta que metió los dedos por debajo de la tela. Lo que siguió fue una escena de sexo oral en la que ella apenas podía abarcar la punta entre sus labios. El resto del tiempo se dedicó a lamerle el tronco con los ojos entrecerrados, y después intentó montarse encima con considerable dificultad.
No sé en qué momento le cogí la entrepierna a Marcos. Me di cuenta cuando él me miró, arqueando una ceja. Había olvidado completamente que estábamos rodeados de gente. No la solté. Le llevé la mano hacia mí, por debajo de la manta, y él entendió.
Nadie se dio cuenta. Estaban todos mirando la pantalla.
Eché un vistazo rápido alrededor. Nico, sin manta, había subido un pie al sillón y cruzado la rodilla para tapar algo. Rodrigo no se había movido, pero tenía la mandíbula apretada. Bruno seguía callado, como siempre.
Cuando terminó la primera escena me levanté para ir al baño. Al salir, tomé una decisión pequeña y bastante tonta: me quité la ropa interior y la guardé en el bolsillo. Para que Marcos pudiera llegar mejor.
Cuando volví, Marcos y Rodrigo habían ido a la cocina a servir unas copas. Al sentarse, Marcos ocupó el extremo del sofá, así que yo quedé en el centro, al lado de Bruno. Le puse las bragas en la mano a Marcos cuando se acercó a darme la copa. Las miró un segundo, las metió en su bolsillo sin decir nada y sonrió.
La segunda historia empezó. Una chica en una casa de verano con dos amigos. Playa, sol, crema solar aplicada con demasiada calma y demasiada mano. Marcos me buscó por debajo de la manta y esta vez llegó exactamente adonde yo quería. Los chicos seguían comentando la película, que si los actores eran demasiado grandes para ser reales, que eso no podía ser normal. Bruno no decía nada, como siempre.
—Con eso la partes en dos —dijo Nico.
—Serás animal —dijo Marcos.
—Imagino que habrá chicas para todo —dije yo—. Algunas no tendrán ningún problema.
—Pues deben ser pocas. ¿Tú te imaginas que Marcos te mete algo así?
—Oye, ¿y tú qué sabrás qué me mete?
—Andarías escocida todo el día.
—Qué brutos sois.
Bruno murmuró algo que no escuché bien. Rodrigo le pidió que lo repitiera.
—He dicho que no tiene por qué —repitió Bruno, más claro.
Los otros dos se miraron.
—Oye, Bruno, que llevabas un rato sin decir nada.
Empezaron a meterse con él. Que si la tendría enorme, que si por eso nunca hablaba del tema, que si habría que apodarle de otra manera. Bruno aguantó un rato antes de responder.
—No la tengo pequeña.
Lo dijo con una seriedad que hizo que todos nos calláramos un segundo. Después nos echamos a reír, sobre todo porque se había puesto completamente colorado.
—Perdona, Bruno —dije—. No me río de ti. Es que lo has dicho muy en serio.
—Porque es la verdad.
—¿Más grande que los del vídeo? Eso es mucho decir.
—¿Qué te apuestas?
Rodrigo se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de tubo, de los que se usan para copas en los bares. Lo dejó sobre la mesa de centro.
—Si no le entra aquí —dijo—, en una boca tampoco. Eso es lo que yo digo.
Lo cogí un momento. Lo acerqué a mis labios para calibrar el tamaño. Era imposible abarcar el borde con la boca abierta. Pensé en Marcos, que no es pequeño, y en cuánto más grande tendría que ser para no caber en ese vaso. Entonces solté lo primero que se me ocurrió.
—Mejor que cincuenta euros. Si no le entra, os vais todos y nos dejáis la casa sola.
—¿Y si le entra? —preguntó Nico.
—Pagamos cincuenta entre los dos.
—Eso no es suficiente —dijo Rodrigo—. Si gana Bruno, os masturbáis aquí, sin manta.
—Pero si no estábamos haciendo nada.
—Se oían gemidos y no era la película.
Marcos dijo que ni hablar. Que si perdíamos, él se lo hacía por dentro del pantalón.
—Con el pantalón bajado —insistió Nico—. Al menos que se vea algo. Bruno tiene que bajarse los suyos también, es justo.
Me giré hacia Marcos. Le dije en voz baja que era imposible que la tuviera tan grande, que no se preocupara. Se encogió de hombros, pero al final no dijo que no.
—Está bien —dije—. Pero nadie se mueve de su sitio durante la apuesta.
***
Bruno se puso de pie y se bajó el pantalón.
Lo que apareció no era lo que yo esperaba. Era grande, eso estaba claro desde el primer segundo, pero todavía estaba flácido. Aun así ya tenía un tamaño considerable. Cogió el vaso, lo acercó y metió la polla dentro. Entró. Rozando las paredes del vaso, pero entró.
—Toma —dijo Marcos—. Ha entrado. La casa es nuestra.
—Todavía no está dura —dijo Rodrigo—. No vale.
—Es que con todos mirando me da corte —dijo Bruno.
—Siéntate. Ponemos la película y cuando estés listo, repites.
Bruno se sentó a mi derecha y pusieron la tercera historia. Esta vez era una pareja que había invitado a unos amigos a cenar. Después de unas copas, la mujer hacía un pequeño striptease y acababa arrodillada frente a tres hombres sentados en un sofá, mientras el marido observaba desde una silla.
Me pareció que alguien había preparado aquello adrede.
Bruno tardó unos minutos. Después dijo que estaba listo. Se puso de pie y cogió el vaso de nuevo. Ahora estaba completamente erecto, y no necesité que lo acercara para saber cuál sería el resultado. Lo intentó igual. Su glande no entraba por la boca del vaso.
Rodrigo y Nico se levantaron a chocar las manos. Marcos le pidió varias veces que lo intentara de nuevo, que tenía que caber de alguna manera. No hubo forma. Aquello no cabía y punto.
Tardamos un par de minutos en ceder, pero al final cedimos. Bruno se sentó de nuevo a mi derecha y se dejó la polla fuera. Rodrigo le dio al play. Marcos y yo nos miramos un segundo y empezamos a tocarnos.
Al principio por debajo de la ropa. Después me puse de pie, me bajé los pantalones hasta los tobillos y me senté de nuevo. Marcos hizo lo mismo. Rodrigo comentó algo sobre el tamaño de Marcos, que tampoco estaba nada mal, pero que Bruno le ganaba claramente. Cuando giré la cabeza a la derecha, vi a Bruno con la mano sobre su polla, moviéndola despacio.
Era difícil no mirar. Lo intentaba, pero cada vez que giraba la cabeza terminaba ahí.
Marcos me susurró al oído si tardaba mucho. Le dije que con tres pares de ojos encima me costaba concentrarme. Me preguntó si quería subirme a él.
Dije que no al principio. Pero después de un par de minutos, con el cuerpo completamente encendido y sin llegar a ningún lado, cambié de idea. Me coloqué encima de él, ajusté la posición y fui bajando despacio. Marcos me agarró por las caderas y empezó a ayudarme.
Rodrigo tenía el mejor ángulo desde su sillón. Vi por el rabillo del ojo cómo se bajaba los pantalones para estar más cómodo. Nico se levantó de su sillón y se sentó en el borde de la mesa del salón para ver mejor. Bruno se acercó al hueco que yo había dejado libre en el sofá.
Me apoyé hacia adelante, con la espalda arqueada. Sus comentarios sobre lo que veían solo conseguían que me excitara más. Yo prácticamente ya estaba tumbada sobre el pecho de Marcos, con las caderas levantadas, y él tiraba de ellas hacia sí mismo con fuerza.
***
Después de un rato, Marcos me cambió de posición. Me puso de rodillas en el sofá y se colocó detrás de mí. La velocidad y la fuerza de sus embestidas me decían que no le quedaba mucho. Yo cerré los ojos un momento y me dejé llevar, sintiendo cómo llegaba hasta el fondo una y otra vez.
Cuando los abrí, la polla de Bruno estaba a pocos centímetros de mi cara.
La miraba moverse despacio en su mano. El glande, cuando él echaba la piel hacia atrás, era algo más estrecho que el resto del tronco, y después el grosor iba aumentando. Tenía las venas marcadas y la piel tensa y brillante.
—Marcos —dije.
—¿Qué?
—Creo que me cabe en la boca.
Silencio. Una embestida más fuerte que las anteriores.
—¿Cómo te va a caber eso?
No respondí. Abrí la boca despacio, mirando a Bruno fijamente, sin apartar los ojos. Bruno lo interpretó como lo que era. Acercó la punta hasta que rozó mis labios. Saqué la lengua y la pasé por su glande.
Empujó hacia adelante, suave, y metió la punta entre mis labios.
Justo en ese momento Marcos se corrió dentro de mí con fuerza, empujándome hacia adelante. En lugar de sacar la boca, la metí un poco más. Cada embestida de Marcos me empujaba hacia Bruno, y en cada una yo abarcaba un poco más de lo que creía posible.
El orgasmo me llegó en medio de todo eso: los últimos impulsos de Marcos por detrás, la polla de Bruno entre mis labios, las voces de los otros dos en algún punto de la habitación. Agarré la base de la polla de Bruno con ambas manos para no perder el equilibrio.
Noté que palpitaba antes de que pudiera hacer nada. La saqué de golpe y aparté la cara. El chorro fue a parar en parte a mis pechos, en parte al cojín del sofá.
Me incorporé despacio. Vi a Rodrigo terminando en su sillón, con la mano mojada y una expresión de satisfacción absoluta. Di un paso hacia el baño, pero los pantalones todavía en los tobillos me jugaron una mala pasada: tropecé y caí encima de Bruno, que seguía sentado en el sofá.
Noté su polla contra mi estómago, todavía caliente. Antes de que pudiera levantarme, sentí caer algo sobre mi espalda y mis nalgas. Nico, completamente, sin avisar y sin pedir permiso, había descargado sobre mí.
—Eres un cerdo —le dije.
—Lo sé —respondió él, con una sonrisa de oreja a oreja.
Marcos y Bruno se pusieron a insultarle mientras yo me metía en el baño a ducharme. Cuando salí, los cuatro seguían discutiendo con los pantalones ya subidos. Eso era algo, al menos.
Antes de que pudieran decir nada más, les recordé que habíamos ganado la apuesta y que ya tardaban en marcharse. A Nico se le borró la sonrisa en el acto.
Si esa misma tarde ocurriera hoy, no tengo ninguna duda de que solo habría echado a dos de ellos. De hecho, Marcos y yo llevamos un tiempo hablando de quedar algún día con Bruno. Solo con Bruno.