El masaje de aniversario que cruzó todas las líneas
Cuando Marcos entró al dormitorio con la bandeja del desayuno, lo primero que vi fue que llevaba un delantal de cocina y absolutamente nada más.
Eran las nueve de la mañana de nuestro décimo aniversario. La luz de mayo entraba oblicua por las ventanas y bañaba las sábanas blancas con esa tonalidad dorada que solo existe en primavera. Me incorporé contra el cabecero y lo observé maniobrar con la bandeja: café con leche, zumo de naranja recién exprimido, tostadas con queso fresco y mermelada de albaricoque. Pero mis ojos seguían pegados a la silueta del delantal y a lo que se intuía debajo: el bulto generoso de su polla colgando relajada contra la tela.
—Feliz aniversario —dijo, apoyando la bandeja sobre el colchón con esa sonrisa suya que me había desarmado el primer día y no había dejado de hacerlo en diez años.
Al lado del zumo había un sobre blanco. Lo abrí mientras mordía una tostada: un bono regalo para un circuito termal completo en los baños árabes del centro histórico, con masaje de sesenta minutos incluido.
—¿Un hammam? —Levanté la vista hacia él—. Marcos, es perfecto.
Desayunamos despacio, robándonos trozos de tostada y hablando de cosas sin importancia. Pero la visión de mi marido apoyado en el borde de la cama, con la tela del delantal tensándose cada vez más a la altura de la cadera, fue calentando el ambiente. Cuando mi mano comenzó a deslizarse hacia la piel desnuda de su muslo, palpé la base caliente de su polla ya medio dura. Apreté los dedos alrededor de ella un par de veces, sintiéndola engrosar de golpe en mi puño, antes de que él me atrapara la muñeca.
—Tenemos que salir en una hora —dijo con la voz ronca—. Y si me la sigues tocando así te voy a follar encima de las tostadas.
—Promesas —murmuré, lamiéndome la mermelada del pulgar.
***
El contraste entre la ciudad y el interior del hammam fue instantáneo. Cruzamos una puerta de madera tallada y el ruido de la calle desapareció. El aire de dentro era denso y especiado, cargado de sándalo y vapor. Una penumbra suave, salpicada por faroles de latón que proyectaban celosías de luz sobre los azulejos, sustituía a la claridad del exterior. La recepcionista nos dio la bienvenida en voz baja y nos guio hacia los vestuarios separados.
Me cambié sola en una cabina de madera oscura. Había elegido un bañador de una pieza negro con escote pronunciado y un entramado de tiras cruzadas sobre el torso. Me miré en el espejo mientras ajustaba las tiras: el tejido enmarcaba mis curvas sin apretar, sujetando mis tetas grandes con una firmeza que no necesitaba aros, y se hundía entre los labios de mi coño marcando una línea descarada que cualquier mirada captaría a primera vista.
Marcos me esperaba en el borde de la piscina termal. Estábamos solos. La alberca, bordeada de mármol y mosaicos, era nuestra. Bajamos las escalinatas y el agua nos recibió a unos cuarenta grados, un abrazo líquido que relajó cada músculo en cuestión de segundos.
Nos buscamos en la esquina más apartada. El vapor flotaba a ras del agua y la penumbra era casi total. Sus manos encontraron las mías bajo la superficie.
—Diez años —murmuró, apartándome un mechón húmedo de la mejilla—. Y todavía se me pone dura cada vez que te miro.
Como para confirmarlo, me cogió la mano y la apretó contra su entrepierna bajo el agua. La sentí ahí, gruesa y latiendo dentro del bañador, palpitando contra mi palma. Cerré los dedos sobre ella y empecé a frotarla por encima de la tela, sintiendo cómo se ponía cada vez más dura, cada vez más gorda, hasta que el glande hizo presión contra el elástico de la cintura como queriendo escaparse.
Sus dedos trazaron el recorrido de las tiras sobre mi vientre, colándose por los huecos del tejido para acariciar la piel de mis costillas. Subieron hasta mis pechos y los pellizcó con saña, atrapando mis pezones a través de la lycra y retorciéndolos hasta arrancarme un gemido sordo que ahogué contra su boca. Me atrajo hacia él por la cintura y su polla, ya completamente erecta, latía contra la tela tensa de mi entrepierna como un animal queriendo entrar.
Sus dedos abandonaron mis tetas y bajaron por el vientre hasta el filo del bañador. Apartó la tela hacia un lado, dejando mi coño expuesto bajo el agua, y dos dedos suyos resbalaron entre mis labios mojados con una facilidad obscena. Estaba empapada, y no era solo el agua termal: se me notaba el coño hinchado y abierto, pidiendo que me la metiera ya mismo. Sus dedos entraron sin esfuerzo, los dos a la vez, hasta el fondo, y un gemido se me escapó por la nariz cuando empezaron a follarme bajo el agua con un ritmo lento y profundo.
Tenía la otra mano a punto de bajarse el bañador para sentarme directamente sobre su polla cuando un empleado se acercó al borde de la piscina con una pequeña bandeja de frascos. Marcos sacó los dedos de mí en el último segundo y los escondió bajo el agua.
—Disculpen —dijo el empleado con una leve reverencia, presentándonos cuatro aceites para el masaje—. Argán, jazmín, eucalipto o azahar.
Marcos y yo cruzamos una mirada. La respuesta fue simultánea.
—Azahar.
El empleado asintió y se retiró en silencio. Me llevé las manos a las mejillas ardientes y ahogué una risa.
—Seguro que lo ha visto todo —susurré—. Te tenía los dedos hasta los nudillos dentro del coño.
—Probablemente —respondió Marcos, sin soltar mi cintura—. Y te aseguro que ahora mismo está en el cuarto de atrás con la polla en la mano pensando en cómo se te abría el coño alrededor de mis dedos. Como va a estar dentro de un rato el cabrón que te ponga las manos encima en esa camilla.
El comentario llegó directo al centro de mi cuerpo. Sentí cómo mi coño se contraía sobre el vacío que sus dedos habían dejado.
***
Una empleada nos guio hasta nuestra sala privada. Era una habitación pequeña, iluminada únicamente por velas colocadas en nichos de obra. El aroma a flor de azahar lo llenaba todo. En el centro, dos camillas de madera paralelas, separadas por poco más de un metro.
—Boca abajo, por favor —dijo la chica.
Me acomodé en la camilla de la izquierda. Con una profesionalidad exquisita, la empleada deshizo el nudo de la toalla que me cubría, me ayudó a acomodarme y la extendió sobre mi cuerpo antes de salir y cerrar la puerta. Hundí la cara en la abertura y cerré los ojos.
Escuché a Marcos instalarse en la camilla de al lado. Luego el clic de la puerta al abrirse de nuevo. Pasos dobles sobre la cerámica fría.
Miré hacia abajo a través del agujero de la camilla. Un par de pies con las uñas pintadas de burdeos se detuvo junto a Marcos. Otro par, notablemente más grande y de pisada más pesada, se detuvo junto a mí.
Un hombre. Mi masajista era un hombre.
Sus manos llegaron un segundo después. Anchas, firmes, calientes por el aceite que acababa de frotarse en las palmas. Agarró el borde superior de la toalla y lo dobló hasta dejar mis hombros al descubierto. Empezó por la base del cráneo: una presión rítmica y profunda que me obligó a soltar todo el aire de los pulmones. De ahí bajó a los trapecios y los hombros, usando el peso de su propio cuerpo para desanudar cada músculo con una precisión que dolía de forma placentera.
No tenía ninguna prisa.
Pasó a mis brazos. Sus manos empapadas en aceite resbalaron por mis tríceps, descendieron por el interior de mis antebrazos hasta llegar a mis muñecas. Tomó mis manos entre las suyas y amasó el centro de mis palmas con los pulgares. Entrelazó sus dedos con los míos, tirando de cada falange con una delicadeza exquisita.
A escaso metro de distancia, el sonido suave y húmedo de unas manos más delicadas trabajando la piel de mi marido me confirmó que Marcos recibía exactamente el mismo trato. La idea de que a él lo tocara una mujer mientras un desconocido iba descubriendo mi cuerpo por partes me disparó una electricidad espesa directamente al coño. Lo sentí hincharse contra la camilla, palpitando, mojando la sábana de algodón con un hilo de humedad que ya no podía controlar.
El masajista tomó el doblez de la toalla y tiró de ella hacia abajo hasta dejarla arrugada justo en la hendidura de mis lumbares. Al estar tumbada boca abajo, el peso y el volumen de mis tetas se aplastaba contra la camilla, desbordándose de forma natural por los laterales. Desde su posición, de pie a mi lado, aquel desconocido tenía una visión privilegiada de esa curva asomando bajo mi propio cuerpo.
Sus manos se asentaron a ambos lados de mi columna y comenzaron a descender vértebra a vértebra. En la zona lumbar, cambió el recorrido. Sus palmas se separaron hacia los flancos, trazando la línea ascendente de mis costillas. Al llegar a la altura de mis axilas y omóplatos para cerrar el movimiento, sus dedos rozaron, con una suavidad que me cortó la respiración, la curvatura exterior de mis tetas desbordadas. En la siguiente pasada, ya no fue un roce: sus dedos se hundieron de lleno en la carne, apretando y soltando como si me las estuviera ordeñando desde los lados. Mi pezón izquierdo asomó por la abertura entre el muslo y el borde de la camilla, durísimo, hinchado, y él lo vio. Lo sé porque la siguiente pasada se desvió un par de centímetros más para rozarlo con el canto de la mano. Un gemido se me escapó por la garganta antes de que pudiera tragármelo.
A continuación, sus pasos se desplazaron hacia los pies de la camilla. Agarró el dobladillo inferior de la tela y tiró hasta dejar mis piernas al descubierto, deteniéndose justo bajo el pliegue de mis glúteos. Cuando posó las manos sobre mis pies, mis terminaciones nerviosas colapsaron. Amasó cada arco, cada talón, con esa clase de presión dolorosamente placentera que solo alguien que conoce el cuerpo humano puede ejercer.
Para continuar ascendiendo, dio un paso al frente y se pegó al borde de la camilla. Mis pies descalzos chocaron contra él. A través del contacto pude sentir la textura de su bata y, debajo de ella, un bulto firme y caliente apoyado contra la planta de mi pie derecho. La polla del cabrón ya estaba dura. La sentí palpitar contra mi piel a través de la tela, y por instinto curvé los dedos del pie, rozándola, midiéndola. Era gorda. Larga. Mucho más larga que la bata podía disimular.
Sus manos envolvieron mis gemelos. Trabajó la pantorrilla, amasó la cara posterior de mis muslos, fue separando mis piernas poco a poco. Sus pulgares, gruesos y calientes, ascendían por la cara interna de mis piernas con una fluidez asombrosa, subiendo peligrosamente en cada pasada. Al final del recorrido se detuvieron y presionaron durante unos segundos eternos en la frontera misma de mi coño. No llegó a tocarme directamente, pero sus pulgares quedaron a milímetros de mis labios mojados, y desde esa distancia tenía que estar viendo perfectamente cómo se me había hinchado todo, cómo mi humedad le brillaba al chocar contra la luz de las velas, cómo mi entrada se contraía pidiendo más.
Entonces agarró la toalla y la deslizó por completo fuera de mi cuerpo. El sonido sordo de la tela cayendo sobre las baldosas me golpeó como un cubo de agua fría. Estaba completamente desnuda y abierta ante un hombre que no era mi marido, con el culo en pompa y el coño chorreando a la vista.
El masajista no me dio tregua. Sus manos regresaron cargadas de aceite y se posaron sobre mis nalgas. Amasó con una presión espectacular, hundiéndose en mi carne, separando ligeramente mis glúteos bajo la excusa clínica de liberar tensión muscular. Pero la excusa duró poco. Sus pulgares se hundieron en el surco entre mis nalgas y las abrieron del todo, exponiendo el ojete y el coño en la misma maniobra. Sentí su respiración descender unos centímetros sobre mi piel, oí cómo se le escapaba el aire por la nariz, y supe que estaba mirándome ahí abajo con la polla durísima dentro de la bata. Volvió a descender por los muslos, las pantorrillas, los pies. En su forma de tocarme había algo que había dejado de ser terapéutico hacía rato.
De pronto, el contacto cesó.
Agudicé el oído. Escuché su respiración, notablemente más agitada. Luego, el inconfundible sonido de una tela cayendo al suelo junto a mi toalla.
La revelación me golpeó con una claridad aplastante: Marcos lo había orquestado todo desde el principio. El bono regalo, la sala privada, la elección de un masajista de manos inmensas para mí y una mujer para él. Había pagado para que un desconocido me follara delante de él.
Esa certeza borró de un plumazo cualquier instinto de alarma. Lejos de escandalizarme, saber que era una fantasía diseñada y consentida por mi marido me inyectó una dosis de morbo tan brutal que apreté los muslos contra la camilla y noté cómo se me escapaba un nuevo chorro de humedad por la cara interna. Me rendí.
El masajista rodeó la camilla hasta situarse detrás de mi cabeza. Sus manos lubricadas ahuecaron mis mejillas con suavidad, obligándome a centrar el rostro hacia el techo. Levanté la mirada.
Era joven. Llevaba el pelo corto con un degradado a los lados, ligeramente desdibujado por la humedad del hammam. Sus ojos eran oscuros, casi negros, y me miraban desde arriba con una intensidad que me hizo contener el aliento. Al verlo por fin de cuerpo entero, comprendí que la bata había desaparecido. Y justo encima de mi cara, a un palmo escaso de mi boca, su polla colgaba completamente erecta, gruesa, con el glande brillante y la vena gorda marcada a lo largo del tronco. Era enorme. Tragué saliva sin querer.
Sus dedos impregnados en azahar aterrizaron en mi frente. Con movimientos lentos y circulares, comenzó a destensar mi rostro: las sienes, los párpados cerrados, los pómulos, la barbilla. Era un masaje facial que habría bastado para que suspirara de placer en circunstancias normales. Pero estas no eran circunstancias normales. Su polla seguía ahí, latiendo a un palmo de mis labios, y en cada pasada que sus manos hacían sobre mi rostro yo tenía que reprimir el impulso de sacar la lengua y darle un lametón.
Sus manos descendieron hacia mi cuello, mis clavículas, mis hombros. Al estar situado detrás de mi cabeza, las puntas de mi cabello rozaban la piel desnuda de su abdomen. Sus palmas resbalaron por mi esternón, bajando por el valle entre mis tetas hasta la frontera de mi ombligo. Para lograr ese alcance tuvo que inclinarse profundamente sobre mí, tanto que sentí el roce caliente de su polla rozando la coronilla, dejando un rastro pegajoso en mi pelo.
Fue un resorte automático, un instinto primitivo: mis brazos se cruzaron sobre mi estómago, intentando tapar mi exposición.
El masaje se detuvo en seco.
El chico no dijo una sola palabra. Con una suavidad infinita, sujetó mis muñecas y tiró de ellas con firmeza, devolviendo mis brazos a los lados. Entonces su rostro descendió y depositó un beso suave e invertido sobre mis labios.
Ese roce me desarmó por completo. No había ningún modo de que aquel servicio incluyera besar a la clienta en la boca a menos que fuera para hacerme sentir segura, para confirmarme sin palabras que mi cuerpo le ponía cachondo tal como era.
Con la confianza restaurada, sus manos se separaron a la altura de mi ombligo y se deslizaron hacia mis costados. Resbalaron por mis flancos hasta que, por fin, aterrizaron de lleno sobre mis tetas.
Empezó de manera controlada, trazando círculos amplios que esparcían el azahar sobre mis pechos. Pero mis pezones, duros por el frío de la sala y la excitación acumulada, arañaban la palma de sus manos a cada pasada. Ese roce constante rompió su fachada clínica. Los dedos se cerraron, apretando mi carne con una mezcla de curiosidad genuina y desesperación. Sus pulgares y los índices localizaron mis pezones y empezaron a pellizcarlos, a estirarlos, a hacerlos girar entre los dedos, tirando de ellos hacia arriba hasta que mis tetas se alargaban arrancadas por su agarre. Cada tirón me hacía contraer el coño en seco contra el aire.
Esta vez ya no hubo masaje terapéutico. Sus dedos se centraron de forma exclusiva en mis areolas, pinzando la dureza de mis pezones lubricados por el aceite hasta hacerme daño. Una corriente eléctrica me atravesó la columna. Incapaz de contenerme, dejé escapar un gemido sordo y largo que inundó el silencio perfumado de la habitación.
—Joder —gemí sin poder controlarlo—. No pares.
Giré la cabeza hacia la camilla de Marcos.
Lo que vi me robó el aliento. La masajista había abandonado cualquier pretensión profesional. Estaba desnuda, de pie junto a su camilla, con la polla de mi marido entrando y saliendo de su boca a un ritmo lento y obsceno. La veía hundir los labios hasta la base, sacarlo brillante de saliva, lamerlo de arriba a abajo y volver a tragárselo entero. Marcos tenía los ojos fuertemente cerrados, una mano enredada en el pelo de la chica marcándole el ritmo, y el pecho subiéndole y bajándole a un ritmo errático. Lo conocía demasiado bien: estaba a punto de correrse en la boca de aquella desconocida.
Y entonces, el masajista que me estaba adorando soltó mis tetas de forma abrupta, dio un paso lateral y se interpuso entre las dos camillas, cortándome la visión por completo.
Sus manos emprendieron un nuevo descenso por mi abdomen. Acariciaron la curva de mis caderas, rozaron la frontera de mi pubis. Me revolví sobre la camilla, apretando las piernas. Sus dedos sobrevolaron el epicentro de mi humedad sin llegar a tocarlo, bajaron directamente hacia mis muslos y tiraron de mis rodillas hacia arriba, obligándome a flexionar las piernas con las plantas apoyadas en el colchón.
Una vez que mis rodillas apuntaron hacia el techo, sus palmas se apoyaron en la cara interna de mis muslos y ejercieron una presión constante en direcciones opuestas. Mis piernas se abrieron de par en par. En esa posición de rendición, con el coño abierto y a la vista, apoyó la mano izquierda en mi muslo con un peso firme y territorial. Y entonces, su mano derecha se posó por completo encima de mi sexo.
El peso de su palma ardiente cubriendo mi coño fue el detonante. Sentí cómo la mojaba al instante, cómo mi humedad le manchaba la piel. Alargué mi mano hacia su cadera desnuda y deslicé los dedos por su espalda.
Sus dedos comenzaron a deslizarse impulsados por la inercia de una caricia larga y densa, trazando el recorrido completo de mi sexo. Resbalaban por los labios mayores, separaban los menores, frotaban el clítoris ya hinchado en cada pasada. En uno de esos descensos calculados, curvó ligeramente los dedos índice y corazón. Al llegar a mi entrada, sin encontrar el más mínimo impedimento, resbalaron hacia el interior de mi cuerpo, hundiéndose en la estrechez ardiente hasta la raíz de los nudillos.
El impacto me arrancó un grito libre y descarnado que rebotó contra las paredes de la sala.
—¡Ah, joder, joder! —solté con la voz quebrada—. Más adentro, más adentro.
El cabrón obedeció. Sacó los dedos hasta las puntas y los volvió a clavar hasta el fondo, ahora más rápido, follándome con la mano a un ritmo brutal mientras la base de su palma chocaba contra mi clítoris en cada embestida. El ruido era obsceno: chof, chof, chof. Mi coño chapoteaba alrededor de sus dedos, escupiendo más humedad cada vez que los retiraba.
Desbordada por la intensidad, mis manos volaron hacia las suyas. Pero él se zafó de mi agarre con facilidad, rodeó la camilla y se instaló a mi derecha. Al hacerlo, dejó la visión de la camilla contigua completamente despejada.
La masajista de Marcos se había reubicado. Estaba a horcajadas sobre mi marido, dándome un perfil perfecto de su figura atlética, con las manos apoyadas en su pecho para mantener el equilibrio mientras sus caderas descendían sobre él. La vi tragarse su polla centímetro a centímetro: la punta, la mitad, hasta el fondo, sus labios hundiéndose en el vello púbico de Marcos. Empezó a cabalgarlo con un ritmo lento al principio, las nalgas chocando contra los muslos de mi marido en cada bajada, su coño rosado abriéndose y cerrándose alrededor de la polla de él en una visión obscena que me iba a quedar grabada para siempre.
Ver a aquella mujer cabalgando a Marcos a dos metros de distancia, mientras yo misma tenía dos dedos de un desconocido hundiéndose de nuevo en mi interior, fue el golpe de gracia para mi cordura.
Alargué el brazo hacia el lateral de la camilla. Mis dedos tropezaron con la dureza ardiente del masajista. Sin dudarlo, envolví su polla con la mano y comencé a masturbarlo con la misma urgencia feroz con la que él me estaba destrozando a mí. Era gorda, casi no podía cerrar los dedos del todo alrededor del tronco. El glande estaba mojado de su propio precum, y lo extendí con el pulgar hacia abajo, lubricando toda su longitud, deslizando mi puño de arriba abajo a un ritmo cada vez más rápido.
Tener la polla de aquel desconocido latiendo en mi palma mientras sus dedos me saqueaban por dentro provocó un cortocircuito definitivo. Me sentí poderosa. Yo, con todas mis inseguridades desparramadas sobre la camilla, tenía a aquel hombre joven temblando bajo mi puño, con la polla a punto de reventarle entre los dedos.
Pero mis ojos le pertenecían únicamente a Marcos. No podía apartar la vista de la camilla contigua. La masajista cabalgaba a mi marido cada vez más rápido, con las tetas botando contra su pecho y los gemidos saliéndole agudos de la garganta. Los celos ardientes de ver a mi marido follándose a otra mujer se habían transformado en algo mucho más oscuro y adictivo. Aquella mujer no era más que el agujero a través del cual Marcos y yo nos follábamos.
El masajista añadió un tercer dedo. Sentí cómo mi coño se estiraba para acogerlo, cómo las paredes se contraían a su alrededor pidiendo más todavía. Su pulgar buscó mi clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos mientras sus tres dedos seguían martilleando dentro de mí. El orgasmo se me acumuló en la base del vientre, una bola de fuego que se expandía sin control.
—Me corro, me corro, joder, me corro —jadeé contra la camilla.
El orgasmo me arrolló con la fuerza de un impacto frontal. Las paredes de mi vagina se contrajeron violentamente alrededor de los dedos del chico en una sucesión de espasmos que me arqueó la espalda y me arrancó un grito largo, agudo y sin censura. Sentí cómo expulsaba un chorro caliente entre sus dedos, cómo mi propio fluido le resbalaba por la muñeca hasta el codo. Mi cuerpo entero tembló sobre el colchón, y mi mano se cerró involuntariamente sobre la polla del masajista con tanta fuerza que él soltó un quejido ronco.
Y justo en ese instante, escuché un gemido agudo cruzando la sala. La masajista tensaba el cuello hacia atrás y sus caderas chocaban contra Marcos por última vez antes de quedarse paralizada. Sus muslos temblaban mientras las contracciones de su propio orgasmo la devoraban exactamente al mismo tiempo que a mí. Vi a Marcos sujetarla por las caderas, clavado en lo más profundo de ella, conteniéndose para no correrse todavía.
***
Me quedé en cuclillas junto a la camilla mientras recuperaba el aliento, con los dedos del masajista todavía resbalando lentamente fuera de mí. La masajista fue la primera en moverse: se levantó de encima de Marcos con la polla de él escapándose brillante y goteando de su coño, tiró del brazo de mi marido para que se pusiera de pie y se acuclilló frente a él, envolviéndolo de nuevo con los labios con una devoción tranquila y metódica. La vi limpiarse a sí misma de la polla de él con la boca, tragándose sus propios jugos mezclados con los de él como si fuera lo más natural del mundo.
Observando aquella maniobra, apoyé las palmas en el pecho del masajista y ejercí un suave empujón hacia arriba. Me ofreció la mano para ayudarme a bajar de la camilla. Lo acepté con los dedos temblorosos. Al tocar el suelo, mis piernas amenazaron con ceder, pero me estabilicé y me dejé caer en cuclillas justo al lado de la chica. Su rodilla rozó la mía. Una conexión de piel, aceite y calor que me aceleró el pulso.
Alargué la mano, agarré la polla del masajista por la base y, por primera vez en toda la sesión, me la metí en la boca. El sabor dulce del aceite de azahar se mezcló al instante con el gusto almizclado y salado de su piel. La tragué entera de una sola vez, hasta sentirla golpear contra el fondo de mi garganta, y a partir de ahí empecé a chupársela a un ritmo voraz, sacándola brillante hasta el glande y volviéndola a hundir entera. Mi mano la masturbaba al unísono en la base, marcando un ritmo que le arrancó un gemido grave que resonó contra mis labios. Sentí cómo se le hinchaba todavía más entre la lengua y el paladar, cómo el glande engordaba contra mi mejilla cada vez que la atravesaba de un lado a otro.
Levanté la mirada hacia Marcos. Sus ojos no estaban mirando a la mujer que lo devoraba a escasos centímetros de distancia: estaban clavados de forma exclusiva en mí, en mi boca llena de la polla de otro hombre, en la baba que me caía por la barbilla, en mis tetas botando a cada cabezazo.
Aquella era la piedra angular de todo lo que había orquestado. Siempre le había vuelto loco verme así, sumisa y rebosante de lujuria, dándole igual si lo que me ahogaba era su propia polla o la de otro hombre. Saber que él me estaba viendo mamársela a un desconocido y ponerse cada vez más cachondo con eso me hizo redoblar el ritmo, tragando más profundo, gimiendo con la boca llena.
Sentí la contracción inminente del masajista contra mi paladar, cómo se le tensaban los muslos contra mis manos, cómo el tronco le palpitaba de forma errática contra mi lengua. Y vi en el rostro de Marcos la misma señal: las venas del cuello marcadas, la respiración convertida en gruñidos rotos, la mano apretada en el pelo de la masajista. Estaba al límite.
Con una lentitud deliberada, saqué la polla del masajista de mi boca con un chasquido húmedo. Busqué la barbilla de la masajista con los dedos aceitados, tiré de ella hacia mí y estampé mis labios contra los suyos en un beso voraz y urgente.
Fue un choque eléctrico. Su boca era febril. El sabor fue una bofetada de lujuria pura: mi paladar, impregnado de la esencia cruda del masajista, colisionó de lleno con la lengua de ella, que traía el gusto inconfundible de la polla de mi marido y de su propio coño mezclados. Nuestras lenguas se enredaron, intercambiando aquella mezcla obscena, y aquel cóctel, fundido con la dulzura de nuestra propia saliva y el rastro perfumado del azahar, me embriagó hasta el mareo.
Mientras nuestras bocas se devoraban, ambas mantuvimos las manos ocupadas con sus pollas, masturbándolas al unísono, dirigiéndolas hacia nosotras.
Aquella estampa fue el golpe de gracia para los dos hombres. Marcos se rompió primero. Con un jadeo ronco y gutural soltó una palabrota mientras el primer chorro le salía disparado y aterrizaba caliente en mi mejilla, deslizándose hasta la comisura del beso. El masajista siguió apenas un par de segundos después, gruñendo desde el fondo del pecho mientras su corrida me golpeaba en la frente, en los párpados, en los labios pegados a los de la chica. Nos vimos envueltas en un fuego cruzado de pura rendición masculina: chorro tras chorro de semen caliente impactando sobre nuestra piel, sobre nuestras mejillas, sobre el beso mismo que seguíamos compartiendo entre ambas. Sentí cómo nos pintaban la cara, cómo se mezclaba el semen de los dos hombres en el puente que formaban nuestras lenguas.
Bajo aquel diluvio, la masajista y yo nos aferramos la una a la otra. Seguimos besándonos, recogiendo con la lengua los restos de corrida que nos resbalaban hasta los labios, compartiendo el aliento y el sabor a sexo y a aceite de azahar, arrulladas por los suspiros exhaustos de los hombres sobre nuestras cabezas.
***
Cuando nos quedamos solos, caminé los dos pasos que me separaban de Marcos y lo besé larga y profundamente. Tenía todavía restos de su propia corrida en los labios, y se los pasé a él sin pudor con la punta de la lengua. Un beso que sabía a nosotros dos, a nuestra historia y a la confianza que nos permitía jugar en el filo sin cortarnos.
Apoyé la frente contra la suya.
—Feliz aniversario, mi vida —le susurré.
Soltó una carcajada ronca que me vibró en el pecho, y deslizó la mano manchada de aceite por mi cintura para pegarme más a él. Sentí su polla, todavía semierecta, palpitando contra mi vientre.
—Feliz aniversario —respondió, besándome la punta de la nariz—. Aunque acabo de ponerme las cosas muy difíciles para el año que viene.
Reí suavemente, acomodando mi cara en el hueco de su cuello. En medio de aquel hammam revuelto, oliendo a sexo y a azahar y a semen y a promesas cumplidas, supe que no importaba lo que viniera después. Esa mañana habíamos bajado juntos al infierno para tocar el cielo con las manos, y no había otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.
