Lo que la familia inuit nos enseñó esa noche
Llegamos a Ilulissat con el sol clavado horizontalmente en el cielo aunque el reloj marcaba las diez de la noche. Ese es uno de los trucos del ártico en verano: la luz que no termina, que te hace perder el sentido del tiempo y convierte cada hora en algo ambiguo, casi irreal. Yo, Nicolás, cuarenta años, ingeniería, una empresa que sostener y un matrimonio de nueve años que seguía en pie por inercia y por algo más difícil de nombrar. Valeria caminaba a mi lado con la mochila al hombro, el pelo castaño revuelto por el viento polar, esa expresión que pone cuando algo la sorprende: ojos abiertos, labios separados, la barbilla levemente alzada. Le sentaba bien el asombro.
Habíamos elegido Groenlandia por un capricho más que por plan. Valeria había visto fotos de los icebergs de la bahía de Disko en un suplemento de viajes y dijo, sin mucho preámbulo: «Quiero ir ahí antes de que me arrepienta de no haberlo hecho». Yo reservé los vuelos esa misma noche. Ninguno de los dos había investigado mucho. No sabíamos, por ejemplo, que el alojamiento que habíamos reservado no era un hotel sino una casa de familia. Tampoco sabíamos lo que eso iba a implicar.
***
La casa de Nanuq estaba al borde del fiordo, separada de las otras construcciones por un camino de piedra. Madera oscura, techo de chapa verde, humo denso saliendo de la chimenea contra el cielo azul pálido. Nanuq nos abrió la puerta antes de que pudiéramos llamar, como si hubiera estado mirando por la ventana. Tendría unos cuarenta y cinco años, hombros anchos, manos grandes con nudillos marcados por el trabajo al aire libre, piel curtida por el viento y el frío permanente. La mirada directa, sin la incomodidad habitual de los primeros encuentros.
—Bienvenidos —dijo en inglés, con acento espeso y un tono que no necesitaba decir más.
Su mujer, Siku, apareció detrás de él. Rondaba los treinta y ocho. Cara redonda y serena, ojos negros con un brillo particular que no era exactamente alegría sino algo más profundo, algo parecido a la confianza tranquila de quien lleva años sabiendo quién es y cuánto vale. Era más baja que yo pero se movía con una autoridad silenciosa que llenaba el espacio. Sus hijos adolescentes ya dormían en el altillo.
Nos instalamos en la habitación del fondo y bajamos a cenar: sopa de reno, pan de centeno, té negro muy cargado. La conversación arrancó despacio, como siempre en idiomas que no son los propios. Nanuq hablaba un inglés funcional; nosotros también. Valeria preguntó por la pesca, por el invierno, por la oscuridad permanente de noviembre. Siku intervino poco al principio, pero cuando hablaba era con precisión.
Fue durante la segunda taza de té cuando Nanuq lo dijo, sin preámbulo ni incomodidad aparente:
—Hay algo que quiero explicarles. Acá, en las casas de familia inuit que reciben visitantes, existe una tradición antigua. Compartir esposas. No es obligación. Pero si están abiertos, esta noche compartimos parejas. Vos con Siku. Yo con Valeria.
Valeria no dijo nada. Yo tampoco. Nanuq continuó, con la calma de quien ya tuvo esta conversación antes:
—Cuando vivíamos en iglús, el invierno podía matar a cualquiera. La supervivencia dependía de la confianza entre familias. Ofrecerle la esposa a un visitante era la forma más alta de decir: confío en vos con lo más valioso que tengo. No era lujuria nomás. Era vínculo. Era calor compartido cuando el frío podía matarte afuera.
Siku puso su mano sobre la de Valeria, un segundo, dos.
—Las mujeres inuit no éramos pasivas en esto —dijo, mirándola directo—. Elegíamos también. Yo elijo participar cuando el huésped me parece alguien que va a tratar mi cuerpo con respeto. Ustedes me lo parecen.
Valeria miró la mano de Siku sobre la suya. Luego me buscó con los ojos a través de la mesa.
—¿Querés? —me preguntó.
—Si vos querés, yo quiero —respondí.
Era verdad. Y también era mentira: yo quería desde antes de que ella preguntara.
***
Nanuq apagó las luces principales y dejó solo la lámpara de aceite y las brasas de la chimenea. La habitación tenía dos colchones gruesos cubiertos con pieles de reno, uno junto al otro. La luz era naranja y parpadeante, como la de un fuego visto desde afuera. Nos desnudamos sin apuro, sin la torpeza habitual del primer contacto con desconocidos, porque algo en la manera en que Nanuq había explicado las cosas había disuelto buena parte de esa tensión inicial.
Valeria se sacó el suéter y quedó en ropa interior. La piel blanca brillaba en la luz anaranjada. Tenía las curvas que yo conocía de memoria pero que en ese contexto volvían a sorprenderme: las caderas anchas, los pechos firmes con los pezones ya endurecidos por el frío y por algo más. Siku se desnudó con sencillez total, sin exhibición ni pudor: senos grandes y pesados con pezones oscuros, caderas anchas, una firmeza muscular en los muslos que venía del trabajo y del frío permanente. Nanuq era puro músculo: brazos de remar en kayak, pecho ancho, una erección que Valeria observó un momento antes de apartar la vista y luego, involuntariamente, volver a ella.
Me acosté junto a Siku. Valeria se acomodó al lado de Nanuq. Al principio fue solo tacto. Las manos de Siku recorrieron mi torso con calma, sin prisa, como quien lee algo en braille. Yo hice lo mismo con ella, tomándome tiempo para conocer ese cuerpo desconocido, los contornos distintos, la temperatura de la piel que era más alta de lo que esperaba.
—¿Estás nervioso? —me preguntó en voz baja.
—Un poco.
—Bien —dijo—. Significa que te importa.
Del otro lado escuché a Valeria soltar un suspiro corto, el que hace cuando algo la sorprende de buena manera. Nanuq le hablaba en inglés, en voz baja. Ella asintió y le puso la mano en el pecho, deslizándola despacio hacia abajo.
Siku se inclinó y me besó. Labios gruesos, ritmo lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ese tiempo fuera exactamente el correcto. Bajó por mi cuello, por mi pecho, y cuando me tomó en la mano y empezó a acariciarme despacio, cerré los ojos.
—Abrí los ojos —dijo ella—. Quiero que mires.
Miré. Vi a Valeria a menos de un metro, acostada de espaldas, con las piernas abiertas y los ojos entornados mientras Nanuq le recorría el cuerpo con una mano paciente y lenta. La imagen me golpeó en el pecho con una fuerza que no esperaba: no eran celos, era algo mucho más caliente que los celos.
—¿La ves? —preguntó Siku—. Está bien. Las dos estamos bien.
Siku bajó la cabeza y me tomó en la boca. Lo hizo despacio, con intención, saboreando cada centímetro. Yo enredé los dedos en su pelo oscuro y dejé escapar un sonido que no planeé. Al lado, Nanuq había bajado entre las piernas de Valeria y la escuché gemir, un sonido que yo conocía bien pero que tenía un timbre diferente en ese contexto, más libre, como si la presencia de extraños le hubiera quitado la censura habitual.
—No pares —le dijo ella, en inglés.
Siku subió, se puso encima de mí y me guió para entrar en ella. Lo hizo despacio, centímetro a centímetro, con un control que me dejó sin respiración. Era caliente y apretada, distinta a todo lo que conocía: no mejor ni peor, sino simplemente otro cuerpo, otra historia en la piel, otra forma de encajar. Empecé a moverme y ella puso las manos en mis caderas para marcar el ritmo que quería.
—Despacio —dijo—. Sin apuro.
Obedecí. Me tomé el tiempo para sentirla, para prestar atención a cada cambio en su respiración, a la manera en que apretaba cuando encontraba lo que buscaba. Al lado, Valeria se había incorporado y se había puesto encima de Nanuq. La vi cabalgarlo con un ritmo que le conocía bien: los hombros hacia atrás, el cabello revuelto, los labios entreabiertos. Me buscó con los ojos y nos miramos.
—Estoy bien —me dijo, en español, para que solo yo entendiera.
—Yo también —respondí.
Siku apretó desde adentro, deliberadamente, y los dos nos reímos.
—Foco —dijo.
***
Cambiamos de posición después de un rato. Siku se puso a cuatro patas y yo la tomé desde atrás, con las manos en sus caderas anchas. Al lado, Nanuq había hecho lo mismo con Valeria. Los dos ritmos se mezclaron en el aire. Las cuatro respiraciones se confundieron. El calor de la chimenea, el olor a madera quemada y a otra cosa más difícil de nombrar.
Valeria giró la cabeza hacia mí desde su posición y me miró con los ojos entrecerrados, el pelo cayéndole por la cara.
—Te quiero —me dijo.
—Y yo a vos —respondí.
Fue la cosa más extraña y más natural del mundo: decirnos eso mientras otras personas nos tomaban, en una habitación al borde de un fiordo ártico, a miles de kilómetros de todo lo que conocíamos. Pero lo decíamos en serio. Quizás más en serio que en cualquier momento ordinario de nuestra vida ordinaria.
Siku soltó un gemido largo cuando llegó al orgasmo, apretando alrededor de mí con un ritmo sostenido, la frente hundida en la piel de reno. Yo seguí moviéndome hasta que ella me pidió que parara con una presión suave en mis muslos. Luego la giré, me puse encima y la besé en la boca.
—Bien —dijo, respirando fuerte—. Muy bien.
Valeria se corrió unos minutos después. Lo supe por el gemido cortado que le conocía de nueve años, y por cómo se quedó inmóvil un momento con los ojos cerrados y la boca abierta antes de que el cuerpo se le relajara por completo. Nanuq la sostuvo mientras se le pasaban los temblores.
Cuando yo llegué al orgasmo, Siku estaba mirándome directo a los ojos. No apartó la vista. Tampoco yo.
***
Los cuatro terminamos juntos bajo las pieles pesadas, agotados, los cuerpos brillando con el esfuerzo. La luz del ártico seguía filtrándose por la ventana a pesar de que el reloj marcaba las tres de la mañana. Siku tenía la cabeza apoyada en mi pecho. Nanuq y Valeria hablaban en voz baja en inglés, algo que no llegué a escuchar.
—¿Está bien? —le pregunté a Siku, en voz baja.
—Siempre está bien cuando hay respeto —respondió—. Esta noche hubo respeto.
Nos quedamos en silencio. Afuera, el viento movía algo de metal contra la madera. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas. Era el tipo de quietud que solo existe muy lejos de las ciudades.
***
A la mañana siguiente desayunamos los cuatro alrededor de la misma mesa: café cargado, pan de centeno, mermelada de arándanos silvestres del ártico. La conversación fue fácil, casi familiar. Nanuq preguntó por Mendoza, por el vino, por el calor del verano argentino. Siku le mostró a Valeria fotos de los icebergs de la bahía desde el kayak, señalando con el dedo los que ya no estaban.
—Se van cada año —dijo Siku—. Quedan menos.
—Por eso hay que venir ahora —respondió Valeria.
Antes de salir a caminar por el fiordo, Nanuq me dio la mano con firmeza.
—Ahora son familia —dijo—. Si alguna vez vuelven, esta casa es su casa.
Valeria lo abrazó. Yo también.
***
En el vuelo de regreso, con el sol ártico aplastado contra el vidrio de la ventanilla y Valeria dormida en mi hombro, estuve un rato largo mirando el hielo de allá abajo. Las formas blancas recortadas contra el mar oscuro. La escala de las cosas vistas desde arriba.
Pensaba en la calma de Nanuq al explicar la tradición esa primera noche, en las manos de Siku marcando el ritmo en mis caderas, en la mirada de Valeria cuando me dijo te quiero desde el otro lado de la cama con alguien más moviéndose dentro de ella. Pensaba en que ninguno de los dos había sentido que algo se rompía. Al contrario.
No habíamos ido a Groenlandia a buscar eso. Habíamos ido por los icebergs y las auroras, por las fotos de un suplemento de viajes y por las ganas de hacer algo distinto antes de que fuera demasiado tarde para querer hacer algo distinto. Pero lo que nos llevamos de vuelta era otra cosa: la certeza de que nueve años de matrimonio podían caber, sin romperse, en una noche compartida con desconocidos en el borde del mundo. Que el deseo no tiene que disminuir cuando se comparte. Que a veces, en el lugar menos esperado, aprendés algo fundamental sobre la persona que elegiste.
Valeria abrió los ojos.
—¿En qué pensás? —preguntó.
—En que me alegra que hayamos venido —dije.
Ella sonrió, apoyó la cabeza otra vez en mi hombro y cerró los ojos. El avión sobrevoló el hielo eterno hacia el sur.