La primera vez que invitamos a otro hombre a la cama
A Lucía la conocí en un congreso de logística en Bilbao, hace ya cuatro años. Yo coordinaba operaciones para una distribuidora con sede en Barcelona; ella dirigía la planta de una empresa parecida en una capital de provincia, a dos horas de allí. Yo tenía treinta y ocho años, ella treinta y cuatro. Los dos veníamos de divorcios recientes y los dos llegamos al hotel con la misma cara de no querer hacer amigos.
Acabamos compartiendo cena, vino, una conversación que se alargó más de la cuenta y, dos meses después, una relación que ninguno de los dos había planeado. Por nuestros trabajos no podíamos vivir en la misma ciudad, así que adoptamos la única rutina posible: de lunes a viernes cada uno en su sitio, y los fines de semana míos o suyos según tocara.
Vernos solo cuarenta y ocho horas a la semana convirtió el sexo en algo casi voraz. Llegábamos el viernes con la maleta a medio cerrar y la ropa nos duraba el tiempo justo de cruzar el pasillo. Lo hicimos en el coche, en los baños de un restaurante, en un ascensor que no recuerdo en qué hotel. Una noche, en la barra de un bar de copas, le metí dos dedos por debajo del vestido mientras la abrazaba como si bailáramos. Nadie se enteró. Ella terminó mordiéndose el labio para no gemir y pidiendo otra ginebra como si nada.
Con el tiempo, en la cama empezamos a hablar. Yo le contaba mis experiencias previas y ella me las pedía con detalle. Había tenido varios tríos antes de conocerla; durante un par de años fui asiduo a un local llamado «Vértice», en la zona alta de Barcelona, donde se conocía gente del ambiente y donde una conversación podía acabar de muchas formas. Le hablé de parejas, de chicas solas, de un viaje que hice una vez a Cuenca para conocer a una pareja muy concreta. Esa última historia se convirtió en su favorita. Me la pedía una y otra vez, con variaciones que ella misma iba añadiendo.
—Cuéntame otra vez lo del salón con la chimenea —decía, montada encima de mí, sin apenas dejarme respirar.
Acabábamos los dos derrumbados, sudando, rodeados de imágenes que solo existían en su cabeza y en la mía.
Un domingo por la tarde, sentados en el sofá con un café frío, lo dijo en voz baja, casi sin mirarme.
—Quiero hacerlo. Pero quiero hacerlo bien.
***
Abrimos un perfil en una de esas páginas. Ella se ocupaba de los mensajes; yo me limitaba a leer por encima cuando me lo enseñaba. La mayoría no merecían respuesta. Otros nos arrancaban la ropa antes incluso de cerrar la pantalla: leer las propuestas, mirarnos, dejar el portátil en la mesilla y terminar entre las sábanas como dos adolescentes.
Una tarde de marzo, Lucía me pasó el teléfono.
—Mira a este. Mira cómo escribe.
El perfil era de un tal Diego. Treinta y siete años, vivía en Barcelona, sin foto en la portada pero con varias en privado. Lo que la había enganchado no eran las fotos. Era la forma en que respondía: sin prisa, sin chistes obvios, sin esa urgencia patética que llevaban casi todos los demás. Hablaba como alguien que no necesitaba demostrar nada.
—¿Lo conocemos? —preguntó.
—Si tú quieres, lo conocemos.
—Quiero. Pero encárgate tú de cómo. Yo no soy capaz.
***
Lo planeé despacio. Le escribí explicando lo que queríamos: una primera cita normal, sin compromiso de nada. Una copa, un sitio neutro, hablar como adultos. Si después había química, se vería. Si no, cada uno a su casa y un saludo cordial. Diego respondió con dos líneas que me gustaron mucho: estaba de acuerdo y, además, agradecía que se hicieran las cosas así.
Quedamos un viernes de finales de abril, con esa luz tibia de Barcelona en primavera, en una terraza de la calle Aribau. Lucía había bajado el viernes por la mañana en tren. Cuando salió del baño con un vestido cruzado, color crema, escote en uve y sandalias planas, supe que aquella noche iba a ser distinta a cualquier otra que hubiéramos vivido juntos.
—¿Estoy bien? —me preguntó delante del espejo, sin mirarme.
—Estás peligrosa.
Se rió bajito y se pintó los labios.
***
Diego llegó cinco minutos antes que nosotros. Lo reconocí enseguida: alto, delgado, con poco pelo y una sonrisa tranquila. Vestía una camisa azul claro y unos vaqueros sin presunciones. Se levantó cuando nos acercamos, le dio dos besos a Lucía, me dio la mano sin apretar de más, sin mirar de menos.
La primera media hora fue la más rara. Tres adultos haciendo como si aquello fuera un encuentro casual, hablando de trabajo, del precio absurdo del alquiler, de un viaje que él había hecho a Lisboa. Yo veía a Lucía relajarse poco a poco, descruzar las piernas, descansar la espalda en la silla. Diego sabía escuchar y eso, en una situación así, vale más que cualquier flirteo.
La copa se convirtió en cena. Caminamos hasta «La Lonja», un sitio pequeño cerca del paseo de Gracia donde hacen unas almejas que merecen un viaje. Pedimos pescado, marisco y un albariño que ya había probado antes y que sabía que iba a entrar bien. Lucía se sentó frente a Diego y yo de lado. En algún punto del segundo plato, su pierna empezó a cruzarse con la suya por debajo de la mesa y los dos hicieron como que no pasaba nada.
Cuando nos trajeron la cuenta, Lucía dijo lo que yo ya sospechaba que iba a decir.
—¿Os apetece una última en casa? —y enseguida, mirando a Diego con cara seria—: Solo una copa, ¿eh? No te pienses nada raro. Solo es que no quiero que se acabe la noche todavía.
Diego asintió como si aquello fuera lo más razonable del mundo.
—Solo una copa.
***
El piso estaba a quince minutos andando. Subimos en silencio en el ascensor, los tres mirando los números del display, conscientes de que cualquier cosa que dijéramos iba a sonar a guion. Saqué tres copas de balón, hielo, una botella de ron añejo que guardaba para ocasiones que nunca llegaban.
Nos sentamos en el sofá. Lucía, en el medio. Cualquiera que nos viera habría dicho que no pasaba nada, que estábamos hablando de la cena, del restaurante, del barrio. Pero la conversación llevaba tres minutos sosteniéndose con alfileres y se notaba.
—Estoy nerviosa —dijo ella, de pronto, como si confesara algo grave.
Diego dejó la copa en la mesa baja.
—No tiene que pasar nada que no quieras. Si quieres, te doy un masaje en el cuello y nos quedamos así. Estás muy tensa.
Lucía asintió. Diego le pidió que se girara hacia mí, le retiró el pelo y le puso las dos manos en los hombros. Empezó a apretar despacio, sin pretensiones, como quien sabe lo que hace porque lo ha hecho otras veces.
Y entonces ella me besó.
***
Fue un beso largo, distinto al de cualquier otro día. Mientras Diego seguía con las manos en su cuello, mi mano se metió por debajo de la falda del vestido y subió por la cara interior de su muslo. Cuando la alcancé, las bragas estaban completamente empapadas. Aparté la tela y la encontré tan abierta y caliente que tuve que respirar hondo para no precipitarlo todo. La miré. Sonrió y, sin decir nada, me preguntó con los ojos. Yo asentí.
Se giró hacia Diego y lo besó a él. Despacio. Sin urgencia. Como si llevara toda la noche pensando en cómo iba a saber.
A partir de ahí todo fue ocurriendo solo. Le bajé la cremallera del vestido por la espalda y se lo deslicé hasta la cintura. Diego le retiró el sostén con una delicadeza que me sorprendió. Sus pezones, duros, se le pusieron casi negros bajo la luz tibia de la lámpara de pie. Las manos de los dos empezaron a recorrerla a la vez, sin pisarse, repartiéndosela como si lo hubiéramos ensayado antes.
Diego se arrodilló en el suelo, frente al sofá. Lucía levantó las caderas para que le quitara las bragas y abrió las piernas. No fue tímido. Hundió la cara en ella y empezó a comerle el sexo con calma, lamiéndola entera primero, deteniéndose después en el clítoris, alternando lengua y dedos. Lucía me agarró la mano izquierda con la suya, fuerte, y con la derecha sujetaba a Diego por la nuca para apretarlo contra ella. Gemía bajito, casi quejándose, pidiendo más sin palabras.
Cuando se corrió, gritó. Gritó de verdad. Estoy seguro de que la mitad del rellano se enteró.
Diego levantó la cabeza, brillante. La miró a ella y luego me miró a mí. Lucía, todavía temblando, también me miró. Yo no tenía ninguna duda.
—Fóllala —dije.
***
Lucía se dejó caer un poco más en el sofá y abrió las piernas. Sin soltarme la mano, me la apretó tan fuerte que los nudillos se me pusieron blancos. Diego se desabrochó el cinturón sin teatro, se quitó los pantalones, sacó un preservativo del bolsillo y se lo puso sin perder la calma. Esa naturalidad fue una de las cosas que más me gustaron de él aquella noche.
Cuando entró, ella soltó un gemido grave que no le había oído nunca. Empezó despacio, midiendo, esperando a que su cuerpo se acomodara. Yo seguía a su lado, todavía vestido, con la mano de ella en la mía y la otra metida debajo de su nuca para sostenerla. Nunca me había visto tan excitado mirando, sin tocar.
Diego fue subiendo el ritmo. Le levantó las piernas y se las apoyó en los hombros. Le agarró las caderas. La folló despacio primero, después más fuerte, alternando como quien sabe que el final no es lo importante. Lucía es multiorgásmica desde que la conozco; encadena un orgasmo con otro hasta agotarse. Aquella noche encadenó tres seguidos solo con él dentro, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar otra vez tan alto.
En algún momento se incorporó, lo apartó con suavidad, me miró y se acercó a mí. Me desabrochó el pantalón y me la sacó. Me la metió en la boca despacio, sin dejar de mirarme, y fue entonces cuando entendí del todo lo que estaba pasando. No éramos un marido y una mujer jugando a algo. Éramos tres adultos haciéndose cargo cada uno de su parte. Diego se acomodó detrás de ella, le levantó las caderas y volvió a entrar. Y así, conmigo en su boca y él dentro, Lucía tomó el mando del resto de la noche.
Folló como si llevara años imaginándolo. Nos cambió de postura cuando le dio la gana. Se subió encima de Diego de espaldas a él para poder mirarme mientras se movía. Me llamó cuando me alejé un momento a por agua. Se rió, se quejó, se quedó callada. Se corrió tantas veces que perdí la cuenta a la cuarta.
***
Diego se fue a las cinco y media de la mañana. Se vistió en silencio, le dio un beso en la sien a Lucía, otro a mí en el hombro, y se marchó como había llegado: sin aspavientos. Nos quedamos los dos solos, desnudos, sobre las sábanas revueltas, con esa luz azul que tienen las habitaciones justo antes del amanecer.
—Tenías un plan —me dijo, riéndose con la voz tomada—. Algo gradual, dijiste. Pasos. Nada de precipitarse.
—El plan no funcionó —reconocí.
—Funcionó mejor.
Y así fue. Nuestra primera vez con un tercero terminó siendo más fácil, más natural y mucho más larga de lo que yo había imaginado. Lo que vino después con Diego, las posturas, los detalles, las veces que nos volvimos a ver, lo dejaré para otro día.
Hoy solo quería contar cómo empezó.