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Relatos Ardientes

Le prometí que me quedaría sentado mientras miraba

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Para cuando los invitados llegaron, llevábamos más de dos horas en casa sin hablar de otra cosa que no fuera el tiempo. Era nuestra manera de sobrevivir a la espera: hablar de cosas pequeñas, de la previsión del fin de semana, del café que se nos había terminado esa mañana. Cualquier cosa menos lo que iba a ocurrir en unas horas.

Habíamos elegido la medianoche sin ninguna razón demasiado concreta. Quizás era una analogía sin palabras: la hora en que un día termina y otro empieza, y esa noche queríamos creer que algo también empezaba. O terminaba. Todavía no sabíamos cuál de las dos.

Valeria llevaba encerrada en el baño casi una hora. Yo me duché en diez minutos, me puse una camisa oscura y un pantalón de vestir, y me senté en el sillón a esperarla. Pensé varias veces en ir a llamarla, en pasar esos últimos minutos con ella, pero algo me lo impidió: sabía que verla prepararse con esa deliberación —arreglándose para otros— me habría quebrado antes de tiempo.

Salió del dormitorio cuando faltaban cinco minutos para las doce.

Llevaba un vestido negro que la abrazaba desde los hombros hasta la mitad del muslo. Valeria siempre tuvo esa capacidad de llenar una habitación con su sola presencia: alta, de curvas pronunciadas, el cabello castaño oscuro cayéndole en ondas sobre los hombros. Pero esa noche había algo diferente en ella. Una tensión eléctrica que le brillaba en los ojos, que yo nunca le había visto antes.

—Estoy nerviosa —dijo, mirándome desde el pasillo.

—Yo también —dije.

Me sonrió. Era la misma sonrisa que le conocía de años, pero con algo nuevo detrás, una chispa que no supe nombrar en ese momento y que tardaría semanas en entender.

***

Habíamos llegado a esto después de muchas conversaciones. La idea la mencionó ella por primera vez una noche, casi en broma, después de unos vinos, cuando ya la charla tenía esa temperatura de las cosas que se dicen tarde. Yo la escuché, la dejé pasar. Pero la idea volvió, como suelen volver los pensamientos que nos inquietan de verdad. Hubo noches en que debatimos durante horas: los límites, las condiciones, lo que cada uno necesitaba que el otro entendiera. Hasta que acordamos que lo haríamos una vez, con reglas claras, y que yo elegiría si participar o solo mirar.

Elegí mirar.

Sonó el timbre a las doce y tres minutos.

Diego era exactamente como Valeria me lo había descrito: imponente, de hombros anchos, con el pelo y la barba completamente blancos a pesar de que no podía tener más de cuarenta y cinco años. Llevaba una campera de cuero negro y una cadena plateada al cuello. Era músico, lo habían conocido a través de contactos en común, y su presencia tenía esa energía contenida de quien está acostumbrado a que los demás le hagan lugar.

El otro era Rodrigo, amigo de Diego. Más alto, pelo oscuro peinado hacia atrás, camisa de lino. Tenía esa calma deliberada de quien sabe que en cualquier situación tiene el control y no necesita demostrarlo.

—Marcos —dijo Diego, tendiéndome la mano con una efusividad que me pareció exagerada pero genuina—. Gracias por recibirnos.

Rodrigo me saludó con menos palabras y más mirada.

Valeria estaba detrás de mí. Cuando se acercó a saludar, Diego la tomó de la cintura al besarla en la mejilla, un gesto que duró un segundo más de lo necesario. Ella enrojeció levemente. Los hice pasar al salón. Valeria ofreció algo de beber. Diego dijo que una cerveza estaría bien, y fue con ella a la cocina sin que nadie se lo pidiera.

Yo me quedé en el salón con Rodrigo, que se sentó en el sillón con la soltura de quien visita una casa conocida.

—¿A qué te dedicás? —preguntó.

—Arquitecto —contesté.

—Qué interesante —dijo, con el tono exacto de quien dice lo contrario.

Del fondo llegó la risa de Valeria, suelta y genuina, y algo en mi interior se encogió.

Cuando volvieron con las botellas, Valeria se sentó a mi lado. Pero ya había algo distinto en su postura: los hombros más relajados, la conversación de la cocina había hecho algo que yo no había conseguido en toda la noche. Hablamos de cosas sin importancia durante un rato. Rodrigo preguntó cuánto tiempo llevábamos viviendo allí. Diego comentó la colección de libros que teníamos contra la pared y miró a Valeria:

—No sabía que también compartíamos el gusto por la lectura. Qué bien.

—Una cosa más para que charlen —dijo Rodrigo, mirándome de reojo con una malicia que no trató de ocultar.

Tragué saliva y no dije nada.

—Diego me contó que no vas a participar esta noche, Marcos —dijo Rodrigo de repente, volviéndose hacia mí con una calma que me resultó más intimidante que cualquier provocación directa—. ¿Seguís pensando lo mismo?

Se hizo un silencio denso. Valeria exhaló despacio, con la vista fija en su vaso.

—Sí —dije—. Solo voy a mirar.

—Todo bien —dijo Rodrigo, y en esas dos palabras había una condescendencia suficiente para hacerme hervir la sangre.

Diego me miró con más amabilidad. —Si en algún momento querés parar, se para. Sin discusión.

Valeria me buscó la mirada. Yo se la sostuve. —Sigan —dije.

***

Fue Diego quien tomó la iniciativa. Estaban sentados en el sofá, la conversación había derivado hacia algo trivial, cuando él se giró hacia Valeria y, sin decir nada, le puso una mano en la mandíbula y la besó. Ella retrocedió un centímetro por instinto, pero no se alejó. Después cerró los ojos y correspondió.

Yo no pude articular una sola palabra.

El beso duró quizás veinte segundos. Cuando terminó, Valeria me miró con una expresión que no era culpa ni triunfo, sino algo más difícil de nombrar. Rodrigo se levantó del sillón, ajustándose el cinturón con una parsimonia que me resultó insultante.

—¿Dónde está la habitación? —preguntó, mirando hacia el pasillo.

—Arriba, al fondo —respondió Valeria con un hilo de voz.

Rodrigo le tendió la mano. Ella me miró primero, buscando en mí algún permiso que ya habíamos acordado semanas atrás. Al no encontrar resistencia, se levantó. Los vi alejarse hacia la escalera. Vi el vestido negro subir peldaño a peldaño hasta desaparecer en el piso de arriba.

Diego se quedó conmigo. Me sirvió lo que quedaba de cerveza, me dio una palmada en el hombro y se recostó en el sofá con una calma que no supe si admirar o detestar.

—Lo que estás haciendo es difícil —me dijo—. No cualquiera llega hasta acá.

—No sé si estoy llegando o hundiéndome —dije con honestidad.

Diego sonrió. —Probablemente las dos cosas a la vez. Y está bien.

Del piso de arriba llegaban sonidos amortiguados por el techo. El peso de dos personas sobre el suelo. El chirrido de algo. Mi corazón latía con una intensidad desproporcionada para alguien que seguía quieto en un sillón.

Unos minutos después, Valeria bajó sola. Tenía las mejillas encendidas y algo brillando en los ojos, esa mezcla de adrenalina y excitación que le cambiaba la cara de una manera que yo conocía bien. Me buscó la mirada en cuanto entró al salón.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja—. Podemos parar ahora mismo si querés.

Sentí el nudo en el estómago. Esa oscuridad extraña, esa mezcla de terror y de una curiosidad que ya no podía controlar. —No —contesté—. Seguí.

Ella asintió. Se inclinó y me dio un beso breve en la frente, suave, casi maternal. Fue ese gesto —más que cualquier otra cosa de esa noche— el que me rompió algo por dentro.

—Gracias —me susurró.

Fue a la cocina. Yo la seguí sin pensar, movido por esa necesidad irracional de prolongar los últimos segundos de normalidad. La vi abrir un cajón, sacar un blíster y tomar una pastilla directamente del caño, con la mirada perdida en los azulejos de la pared. El gesto era mecánico, premeditado. Su cuerpo ya se preparaba para lo que venía.

Dejó el blíster sobre la mesada y se giró. Me vio ahí parado y su expresión se suavizó un instante. Se acercó, me acomodó el cuello de la camisa con los dedos y apoyó la frente contra la mía.

—Vamos —dijo, con una claridad en la voz que me sorprendió.

***

Habían colocado la silla en el rincón. Era lo primero que vi al entrar al dormitorio: esa silla que normalmente estaba junto al escritorio, reubicada con precisión para que yo no me perdiera nada desde allí. Me senté. El aire era espeso, cargado de perfume y de algo que no tenía nombre.

Diego encendió la luz principal. La claridad cruda inundó el cuarto y eliminó cualquier posibilidad de esconder nada detrás de la penumbra.

Valeria se acercó al borde de la cama. La vi recorrer a los dos hombres con una mirada que nunca había dirigido hacia mí: sin la historia que cargaba conmigo, sin el peso de los años. Era fascinación pura, sin filtros.

—Son increíbles —susurró, casi para sí misma, pero lo suficientemente alto para que yo lo escuchara.

Diego se levantó y le desabrochó el vestido con calma. La tela negra cayó al suelo y Valeria quedó de pie en lencería blanca, iluminada por esa luz dura que no perdonaba nada. El contraste —ella así, en nuestro dormitorio— me produjo un vértigo físico.

Mis manos estaban cerradas en un puño sobre las rodillas. Las palmas me transpiraban.

Los tres subieron a la cama. Lo que siguió tenía su propia lógica, su propio ritmo, completamente ajeno a mí. Los besos se volvieron más urgentes. Las manos de Diego y Rodrigo recorrían el cuerpo de Valeria con una libertad que ella misma les había cedido, y ella correspondía con una entrega que me resultó extraña y poderosa al mismo tiempo. No era pasividad. Era una elección activa, tomada con los ojos abiertos.

Rodrigo le susurraba cosas al oído que yo no podía escuchar pero que la hacían arquear la espalda. Diego tenía las manos en su cintura con una posesión tranquila que me perturbó más que cualquier gesto brusco.

—Mirá, Marcos —dijo Rodrigo en algún momento, volviéndose hacia el rincón donde yo estaba sentado—. No te perdás nada.

No respondí. Pero no aparté la vista.

Valeria se entregó a ellos con una naturalidad que no esperaba. Los gemidos que salían de su boca eran genuinos, sin teatro, y en eso había algo que me golpeó con más fuerza que cualquier imagen concreta: era real. Ella estaba disfrutando de verdad, con una libertad que nunca había tenido del todo conmigo, quizás porque conmigo había demasiada historia, demasiado peso acumulado.

—¡Sí, Marcos, mirá! —gritó ella en un momento, buscándome con los ojos desde la cama, con una sonrisa salvaje que no le conocía—. ¡Mirá cómo me tocan!

La humillación y la excitación eran la misma cosa. No había manera de separar una de la otra.

Mis manos bajaron solas hacia el pantalón. No fue una decisión consciente. Fue algo que ocurrió mientras yo seguía mirando, incapaz de hacer otra cosa.

Los tres cuerpos sobre la cama encontraban posiciones con una coordinación que parecía natural. Valeria de rodillas, con Diego detrás sujetándola de la cintura, mientras Rodrigo le acariciaba el pelo con esa calma dominante que le era propia. Ella tenía la boca ocupada con Rodrigo y gemía a pesar de eso, un sonido que llenaba el cuarto y que yo nunca le había escuchado con esa intensidad.

—¿Te gusta que te veamos así? —preguntó Diego en un momento, con la boca en su cuello.

—Sí —dijo ella, y la sencillez de esa respuesta me golpeó en el pecho como un puño.

Rodrigo me miró desde la cama con una sonrisa lenta. —¿Se te para la pija viéndola así, Marcos? —preguntó, sin apartar los ojos de los míos.

No contesté. Pero él ya sabía la respuesta.

***

La doble penetración llegó al final de la noche, cuando ya todos estábamos al límite. Diego se recostó boca arriba y guió a Valeria para que se montara sobre él, mientras Rodrigo se posicionaba detrás. Ella respiró profundo, los ojos entrecerrados, y después se dejó ir completamente. Los gemidos que emitía ya no tenían forma de palabras. Tenía los ojos húmedos, no de dolor sino de una intensidad que la sobrepasaba, que la llenaba más de lo que podía procesar.

—¡Me rompen! —gritó, con las lágrimas corriendo por las mejillas—. ¡Dios mío, sí, más!

Diego me miró desde la cama. —¿La ves, Marcos? ¿Ves lo que quería?

No respondí. No podía. Seguía tocándome en la silla con las manos temblorosas, sintiendo que algo se desmoronaba dentro de mí, lentamente, sin posibilidad de frenar.

El final llegó rápido para todos. Los dos hombres se retiraron al mismo tiempo, se quitaron los preservativos y se deshicieron sobre ella: Rodrigo en el rostro de Valeria, Diego en el pecho. Ella quedó tendida boca arriba, cubierta de sudor y de ellos, con una expresión entre el agotamiento absoluto y algo que solo puedo describir como paz. Yo me rendí al mismo tiempo desde la silla, con un orgasmo que fue también un derrumbe.

El silencio que siguió fue el más extraño de mi vida.

***

Diego y Rodrigo se ducharon, se vistieron y se fueron sin prisa pero sin quedarse. Diego me estrechó la mano antes de salir. —Fue una noche especial, Marcos. Gracias. Rodrigo añadió algo sobre cuidar bien a mi mujer, con la misma ironía de toda la noche, pero ya no me dolió tanto.

Valeria los acompañó hasta la puerta. Cuando volvió al salón, el apartamento era otro: más silencioso, más nuestro, pero también irreversiblemente diferente de lo que había sido esa mañana.

No hablamos. Me levanté de la silla, crucé el salón y la tomé de la cintura. Ella me rodeó el cuello con los brazos. Nos besamos con una urgencia que era posesión y también necesidad, una manera de decir que seguíamos siendo nosotros aunque «nosotros» ya no significara lo mismo de antes.

Esa noche dormimos enredados como hacía tiempo que no lo hacíamos.

***

A la mañana siguiente, la luz del sol entraba oblicua por la ventana cuando bajé a la cocina. Valeria estaba de espaldas frente a la cafetera, con una remera mía que le quedaba enorme, canturreando algo entre dientes. Se movía con una ligereza que contrastaba brutalmente con todo lo que había ocurrido horas antes. No parecía arrepentida ni dañada. Parecía, extrañamente, liviana.

Me detuve en el umbral y la miré un buen rato sin que ella lo notara.

No supe entonces si lo que sentía era alivio o terror o las dos cosas a la vez. Solo supe que habíamos llegado al otro lado de esa noche, exactamente como habíamos acordado, y que todavía no sabía qué clase de pareja seríamos a partir de ahí. Eso estaba por verse. Pero ahí estábamos los dos, en nuestra cocina, un martes a la mañana, con el café haciéndose y el sol entrando por la ventana, y eso también era algo.

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Comentarios (8)

danny52

Ufff tremendo esto... no pude parar hasta el final. Que situacion jaja

Mariano_B

Se hizo corto!! Quiero saber que pasa despues, por favor una segunda parte

Curioso77

La tension desde el principio es increible. Muy bien escrito, sin dudas

GusJav30

Esto es real o ficcion? Porque si es verdad... chapeau jaja

NocheClara

Que nervios leer esto, me imagino la escena perfectamente. Buenisimo!

Roxana_Lee

Me gusto mucho como esta narrado, se siente la tension en cada parrafo. Esperando la continuacion!

Liberal45

Continuacion porfavor!!! quede con ganas de mas, excelente relato

HoracioLector

Excelente. Sin caer en lo burdo y con mucha intriga desde el arranque. Seguí asi

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