El trío que no planeamos en aquel resort de verano
Llevábamos un año juntos, Claudia y yo, cuando mi madre nos regaló una semana entera en un resort de la costa. Trabajaba en una empresa de seguros y tenía acceso a tarifas especiales en determinados hoteles. No lo dudé: el año había sido brutal entre exámenes, trabajos de grupo y las primeras peleas serias de pareja. Necesitábamos desconectar los dos.
Tenía veinte años cuando ocurrió todo esto. Claudia también. Nos habíamos conocido el primer año de facultad, aunque estudiábamos carreras distintas; teníamos amigos en común y empezamos así, entre cafeterías y pasillos compartidos. Era alta, de mi misma estatura, con unas curvas que llamaban la atención nada más entrar a cualquier sitio. Tetas grandes y redondas, cintura marcada, piernas largas y un culo que rellenaba cualquier pantalón. Una sonrisa que te dejaba sin argumentos. Yo era del montón: estatura normal, complexión normal, sin nada especial que ofrecer físicamente. Lo mío era la facilidad para hablar, para hacerla reír, para saber cuándo callar. A veces es lo que más cuenta.
Nuestra vida sexual era satisfactoria para ser tan jóvenes e inexpertos. Ella no había estado con nadie antes de mí. Yo apenas. Tardamos cuatro meses en dar el paso, sin apresurarnos. Con el tiempo aprendimos lo que le gustaba a cada uno, aunque seguíamos siendo bastante previsibles en la cama: yo se la metía casi siempre en la misma postura, ella me la chupaba de vez en cuando con más buena voluntad que técnica, y los dos nos corríamos sin demasiado ruido. Nos funcionaba.
El día de la salida madrugamos. Eran casi seis horas de carretera y yo quería aprovechar cada hora de sol. La recogí a las siete de la mañana. Llevaba un vestido de tirantes corto, color blanco roto, unas sandalias blancas y el pelo recogido en coleta alta. Sin sujetador. Lo noté en cuanto abrió la puerta de su portal y bajó las escaleras: los pezones marcados clavados contra la tela fina, moviéndose con cada paso.
—Buenos días —me dijo antes de besarme.
Me costó arrancar el coche.
Cuando llevábamos unos cuarenta minutos de autopista, Claudia se quedó dormida con el asiento algo reclinado. El vestido no era el mejor aliado para mantener la discreción mientras dormía: con cada curva del trazado o cada frenada leve, el tejido se desplazaba un poco más hacia cualquier dirección menos la correcta. La falda se le había subido hasta media cadera y desde mi asiento yo tenía una visión perfecta de las bragas blancas, tan pequeñas y tan ajustadas que se le marcaba el coño entero, con los labios prensados contra el algodón. Para cuando vi la señal de la gasolinera y decidí parar, la estampa era bastante elocuente.
El empleado era un hombre de unos sesenta años con las manos encallecidas y un uniforme gris manchado de aceite. Salió del interior limpiándose con un trapo. Llenó el depósito y luego cogió una esponja del cubo para limpiar el parabrisas, con una lentitud que no tenía ninguna justificación. La miraba sin disimulo: los pezones marcados, el vestido subido, el trozo de bragas blancas asomando entre los muslos. Le vi la lengua pasar por el labio de arriba mientras trabajaba la esponja con más lentitud todavía. Me dio rabia.
Y luego, sin entender del todo por qué, me puse duro. La polla se me hinchó dentro del pantalón hasta hacer bulto, y cambié de postura para que él no lo viera al agacharse a limpiar los faros. Me imaginé al viejo abriéndole las piernas a Claudia allí mismo, sobre el capó, y la polla me dio otro tirón.
Era la primera vez que me pasaba algo así: ver cómo otro hombre miraba a Claudia con esa hambre tranquila y sentir una mezcla de celos y excitación que no supe cómo clasificar. Lo guardé para mí, pagué y arranqué. Pero la imagen no se fue del todo.
***
El resort era mejor de lo que esperábamos. Un complejo enorme frente al mar, con spa, piscina exterior, tres restaurantes y una barra de cócteles que abría a mediodía. La recepción tenía ese olor a flores artificiales y aire frío de los hoteles caros. El aparcamiento era enorme y encontrar sitio no fue ningún problema.
Cuando subimos a la habitación y Claudia empezó a deshacer la maleta, vi que sacaba tres bikinis. Dos eran bastante convencionales. El tercero era otra cosa: tres triángulos de tela color carne que cubrían lo mínimo imprescindible.
—¿Y ese? —pregunté.
—Me lo compré con mi hermana Patricia la semana pasada —dijo guardándolo enseguida—. Ella me convenció. Es para aquí contigo en privado, no pienso ponérmelo en la piscina.
—Yo creo que podrías ponértelo en la playa —dije mientras me cambiaba de ropa.
—Primero baja eso —señaló mi bañador—, y luego bajamos.
La piscina del hotel era amplia, bordeada de tumbonas de madera. La clientela era muy concreta: parejas de mediana edad, algún jubilado con libro, nadie por debajo de los cuarenta salvo nosotros. Cuando Claudia se quitó el pareo y se echó crema por el cuerpo —desde los pies hasta los hombros, sin prisa—, noté que varias cabezas giraban hacia ella. Ella lo ignoró con esa elegancia que tienen algunas mujeres de no inmutarse cuando las miran.
La pareja de la tumbona de al lado era la que más me llamó la atención. Él tendría unos sesenta años: cabeza afeitada, barriga cervecera y unas manos grandes con los nudillos marcados. Ella era morena, de estatura media, con el cuerpo bien cuidado para su edad. Piel tostada, caderas redondas, tetas grandes y firmes que no intentaba esconder. Estaba en topless. Las areolas eran muy oscuras por el sol, del tamaño de una moneda grande, y los pezones se le paraban duros cada vez que corría un poco de aire. Se los untaba de crema con la palma abierta, sin ninguna prisa, como si supiera que yo la estaba mirando.
Fui a la barra a buscar algo de beber y el hombre llegó al mismo tiempo.
—Roberto —me dijo tendiéndome la mano. Apretón firme, dedos gruesos.
—Adrián.
—¿Primera vez aquí? Se nota.
No lo dijo con mala intención. Tenía razón.
—Mi madre nos ha regalado unos días. Necesitábamos desconectar después del año que llevamos en la facultad.
—Nosotros venimos al menos dos veces por temporada. El spa lo vale. Y a Fernanda le encanta esta playa en invierno. Cuando no hay nadie, dice que se pone como quiere al sol.
Lo dijo con una sonrisa de quien no tiene ningún reparo en contarlo. Me quedé pensando en esa frase.
Pasamos la tarde charlando los cuatro en las tumbonas. Roberto era un hombre de conversación fácil y sentido del humor. Pero había algo más: no dejaba pasar un momento sin que sus ojos se posaran en Claudia. No era grosero. Era metódico. Atento al escote cuando ella se inclinaba hacia delante, a las piernas cuando cruzaba los tobillos, a la curva de la cadera cuando se giraba de lado. Cada vez que Claudia se sentaba con las rodillas separadas, los ojos del hombre bajaban directos a la tela del bikini prensada contra el coño, y no volvían a subir hasta que ella cerraba las piernas. Fernanda me miraba a mí de manera parecida, aunque con más disimulo, y cuando cruzaba una pierna sobre la otra dejaba que la braga se le corriera lo suficiente como para adivinarle el borde de los labios.
Roberto fue a buscar bebidas y volvió con unos vasos altos de algo transparente con rodaja de limón. Claudia frunció el ceño al primer sorbo.
—¿Esto lleva alcohol?
—Un poco —dijo Roberto con una inocencia demasiado perfecta.
Claudia me miró. Yo me encogí de hombros.
Para cuando Fernanda propuso que cenáramos juntos esa noche, Claudia llevaba dos vasos encima y estaba más habladora de lo habitual. Yo me di cuenta de que eso me venía bien.
Subimos a la habitación antes de la cena. Claudia se sentó en el borde de la cama para quitarse las sandalias y yo me acerqué a ella. Le aparté el pelo, le besé el cuello. Ella giró la cabeza y me besó en la boca con una urgencia que no era la de siempre.
Le tiré del vestido hacia arriba de un tirón y se lo pasé por la cabeza. Debajo llevaba el bikini de la piscina todavía, húmedo, y se lo arranqué en dos movimientos. Las tetas le rebotaron sueltas y le mordí un pezón nada más quedar libre; el otro se lo apreté con la mano hasta hacerla arquearse. La empujé de espaldas contra la colcha y le abrí las piernas con las rodillas. El coño ya lo tenía brillando, con los labios hinchados y separados de puro caliente.
—Chúpamela primero —le dije, y era una orden más que una pregunta.
Ella asintió. Me bajé el bañador, la polla salió disparada hacia arriba, y Claudia se puso de rodillas en la alfombra sin protestar. Me la agarró por la base, la miró un segundo como si midiera algo, y se la metió entera de golpe. Sentí la garganta cerrándose alrededor del capullo y me tuve que agarrar al cabecero para no correrme ahí mismo. La chupaba lento, con la lengua girando por debajo, y me miraba desde abajo con los ojos brillando de alcohol. Le agarré la coleta y le marqué el ritmo, entrando y saliendo de esa boca caliente que se le llenaba de baba entre los dientes.
—Métetela hasta el fondo —le pedí.
Y me la metió. Se atragantó, escupió un hilo de saliva sobre el tronco, volvió a metérsela. Tenía la barbilla mojada y los ojos llorosos y no paraba.
La levanté y la tiré a la cama boca arriba. Le abrí las piernas de un manotazo, me arrodillé entre ellas y le clavé la lengua en el coño. Estaba empapado, sabía a sal y a caliente. Le chupé los labios, le mordí el clítoris, le metí dos dedos y se los curvé contra el punto de dentro. Ella se retorcía apretando la almohada contra la cara para no gritar. La lamí hasta que empezó a temblar y entonces me subí de un movimiento, le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se la metí de una embestida seca.
Estaba tan mojada que la polla entró hasta el fondo sin resistencia. Claudia soltó un gemido ahogado y se agarró a mis brazos.
—Fóllame fuerte —susurró—, no me trates bien hoy.
La follé fuerte. Le golpeaba el culo contra los muslos con cada envite, las tetas le saltaban en la cara, y ella me arañaba los antebrazos pidiendo más. La puse a cuatro patas, con la cabeza contra el cabecero, y le clavé la polla desde atrás mientras le apretaba una nalga con la palma abierta. Le miré el culo tragándose la verga entera cada vez que empujaba, y no aguanté mucho más.
Ella llegó rápido y fuerte, con la espalda arqueada y los dientes apretados para no hacer ruido. Le tembló todo el cuerpo y sentí el coño cerrándose alrededor de la polla en espasmos. Yo tardé un poco más, aguantando el clímax a base de morderme la lengua, con la cabeza llena de imágenes mezcladas: las tetas de Fernanda tomando el sol, la manera en que Roberto había seguido a Claudia con los ojos durante toda la tarde. No lo analicé. La saqué a tiempo, ella se giró y me pidió sin decir nada; le solté toda la corrida sobre las tetas y el cuello, hilos gruesos que le caían entre los pechos hasta el ombligo. Simplemente lo dejé estar.
***
La cena fue larga y buena. Cuatro platos, vino de la zona, una sobremesa que nadie tenía prisa por terminar. Roberto mantuvo la copa de Claudia llena sin que ella midiera demasiado lo que bebía. Fernanda me preguntó por mis estudios, por mis planes, con esa habilidad de quien sabe exactamente qué preguntas hacen que uno se sienta bien consigo mismo.
Después de los postres, ella propuso ir a la zona de baile del hotel.
El espacio era tranquilo: una pareja tocaba bossa nova en un rincón, mesas pequeñas alrededor de una pista de madera, luz muy baja. Pedimos una ronda más y empezamos a bailar. Roberto invitó a Claudia. Fernanda me miró.
—¿Bailas?
—Muy mal —admití.
—No importa.
Se levantó, me tomó de la mano y me llevó a la pista. Pegó su cuerpo al mío con una naturalidad que no dejaba espacio para la incomodidad. Olía a algo suave y caro. Sentí el calor de su piel a través del top fino, y las tetas grandes y firmes aplastadas contra mi pecho, con los pezones duros marcándose sin ninguna disimulación. La polla se me empezó a hinchar antes de que yo pudiera evitarlo, y ella lo notó de inmediato: bajó una mano por mi espalda hasta apoyarla en la parte alta del culo y se pegó todavía más, moviendo la pelvis en círculos cortos contra el bulto.
—Veo que sigo causando efecto —me dijo al oído, con la boca rozando mi sien.
—Lo siento —respondí sin saber adónde mirar.
—No te disculpes. Es un cumplido. Con los años uno empieza a creer que ya no despierta nada en nadie. Y equivocarse se agradece.
Miré por encima de su hombro hacia la pista. Roberto tenía la mano en la parte baja de la espalda de Claudia, muy baja, casi apoyada en el nacimiento del culo. Ella lo dejaba. Se movían bien juntos, demasiado bien para ser la primera vez, con las caderas encajadas y la pelvis de él claramente presionando contra el vientre de mi novia. Vi cómo Claudia bajaba un instante los ojos hacia la entrepierna del hombre y volvía a subirlos con la boca entreabierta.
Sobre la una de la madrugada, nos despedimos en el pasillo de la planta. Nuestras habitaciones quedaban en extremos opuestos.
—Mañana tenemos pensado ir a una cala que hay a veinte minutos de aquí —dijo Fernanda—. El agua es increíble y no suele haber nadie. ¿Os apuntáis?
Claudia me miró buscando mi aprobación.
—Claro —dije yo.
***
En la habitación, Claudia se quitó el vestido y se tumbó en la cama sin más preámbulos. Hacía calor. La luz de la mesilla la iluminaba desde un ángulo bajo y yo me quedé un momento parado mirándola. Se había quedado en bragas y nada más, con las piernas ligeramente abiertas.
Entre las piernas, brillaba. La tela blanca tenía una mancha oscura de humedad justo sobre el coño, tan grande que se le pegaba a los labios y le marcaba la raja entera.
—Parece que Roberto sabe bailar —dije.
—Sí que sabe. —Una pausa corta.— Fernanda tampoco se quedó atrás contigo. Os he visto muy pegados.
—Baila bien.
—Ya. —Sonrió con esa sonrisa de quien ha bebido suficiente para decir la verdad sin filtros.— El tipo se empalmó bailando conmigo. Se le notaba una barbaridad. La tenía dura contra mi tripa toda la canción, y no es pequeña, ¿eh? Se le marcaba entera contra el pantalón.
Lo soltó como si fuera un detalle sin más importancia.
No sé qué me pasó exactamente. Me desnudé de un tirón, le arranqué las bragas rasgándoselas por un lado, me lancé encima de ella y le clavé la polla de un solo golpe. Estaba tan mojada que no hubo ninguna resistencia. Solo ese sonido húmedo de la carne mojada tragándose la verga entera y ella abriendo la boca sin emitir ningún sonido, como si el placer la hubiera dejado sin aire.
Lo que siguió fue diferente a todo lo que habíamos hecho hasta entonces.
Claudia perdió el control por completo. Me arañaba la espalda, me mordía el cuello, me pedía más con una voz que yo no le conocía. La embestía con toda la fuerza que tenía, hasta el fondo, y cada empujón le arrancaba un gemido más ronco que el anterior. Le agarré las dos tetas con las manos abiertas y le apreté los pezones entre los dedos hasta que gimió más fuerte.
—¿La tenía más grande que yo? —le pregunté al oído.
Ella tembló entera al oír la pregunta. Los ojos se le pusieron en blanco un segundo.
—Sí —susurró—. Se le notaba mucho más grande.
Le clavé la polla más fuerte todavía.
—¿Te la querías comer?
—Sí…
—Dilo entero.
—Quería chupársela —dijo con la cara enterrada en mi cuello—. Ahí en la pista. Quería arrodillarme y sacársela y metérmela en la boca delante de todos.
Se me contrajo todo por dentro. La levanté sin salir de ella, la senté sobre mí, y la hice cabalgarme. Claudia se agarró a mis hombros y empezó a subir y bajar clavándose la polla ella misma, con el culo golpeando contra mis muslos y las tetas rebotando delante de mi cara. Se las mordí una a una, chupé los pezones hinchados, y ella me apretaba la cabeza contra su pecho.
—Sigue —jadeaba—, sigue preguntándome…
—¿Y Fernanda te miraba mientras se lo hacías?
—Sí, me miraba. Y te la chupaba a ti al lado. Los cuatro. Los cuatro juntos.
La tumbé boca abajo, le levanté el culo de un tirón, y se la volví a meter desde atrás. Con una mano le agarré la coleta y le eché la cabeza hacia atrás; con la otra le di una palmada en la nalga que dejó marca. Ella empujaba el culo contra mí, buscando la polla, gimiendo con la boca contra el colchón. Cada empujón hacía un ruido húmedo y obsceno, y yo veía el coño rojo abriéndose alrededor del tronco cada vez que me retiraba para volver a hundírsela hasta las bolas.
—Me estoy corriendo —avisó de repente—, no pares, no pares…
Se corrió con un grito que no llegó a soltar del todo, tapándoselo con la almohada, el coño cerrándose en oleadas alrededor de mi verga hasta que casi no podía seguir moviéndome de lo apretada que estaba.
No era la Claudia cauta y previsible de siempre. Era una versión suya que yo no había visto nunca.
Cuando llegué al límite, le pregunté dónde quería que terminara.
—En la boca —respondió sin dudarlo.
Me incorporé. Ella se sentó en el borde de la cama, me tomó con la mano y empezó a masturbarme con los dedos apretados y la muñeca girando en el capullo. Sacó la lengua y me lamió las bolas, luego subió por la vena de abajo hasta el glande, se lo metió en la boca y chupó fuerte mirándome a los ojos. Cuando llegó el momento no cerró los ojos ni apartó la cara: sacó la lengua plana, abrió la boca del todo, y yo le solté toda la corrida entre la lengua y el paladar. Fueron cuatro chorros gruesos que le llenaron la boca hasta desbordarse por la comisura. Ella tragó lo que pudo, sin dejar de masturbarme para sacar hasta la última gota, y luego se lamió el labio con calma. Cuando terminé me miró un instante, luego se tumbó despacio a mi lado.
El aire acondicionado zumbaba. El techo blanco encima de los dos.
Pensé en la cala del día siguiente. En Fernanda tendida en la arena. En la manera en que Roberto miraba a Claudia como si ya supiera cómo iba a terminar todo aquello. Algo había cambiado esa noche, y yo todavía no sabía si quería que siguiera cambiando.