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Relatos Ardientes

El trío que no planeamos en aquel resort de verano

3.3 (3)

Llevábamos un año juntos, Claudia y yo, cuando mi madre nos regaló una semana entera en un resort de la costa. Trabajaba en una empresa de seguros y tenía acceso a tarifas especiales en determinados hoteles. No lo dudé: el año había sido brutal entre exámenes, trabajos de grupo y las primeras peleas serias de pareja. Necesitábamos desconectar los dos.

Tenía veinte años cuando ocurrió todo esto. Claudia también. Nos habíamos conocido el primer año de facultad, aunque estudiábamos carreras distintas; teníamos amigos en común y empezamos así, entre cafeterías y pasillos compartidos. Era alta, de mi misma estatura, con unas curvas que llamaban la atención nada más entrar a cualquier sitio. Pechos grandes y redondos, cintura marcada, piernas largas. Una sonrisa que te dejaba sin argumentos. Yo era del montón: estatura normal, complexión normal, sin nada especial que ofrecer físicamente. Lo mío era la facilidad para hablar, para hacerla reír, para saber cuándo callar. A veces es lo que más cuenta.

Nuestra vida sexual era satisfactoria para ser tan jóvenes e inexpertos. Ella no había estado con nadie antes de mí. Yo apenas. Tardamos cuatro meses en dar el paso, sin apresurarnos. Con el tiempo aprendimos lo que le gustaba a cada uno, aunque seguíamos siendo bastante previsibles en la cama. Nos funcionaba.

El día de la salida madrugamos. Eran casi seis horas de carretera y yo quería aprovechar cada hora de sol. La recogí a las siete de la mañana. Llevaba un vestido de tirantes corto, color blanco roto, unas sandalias blancas y el pelo recogido en coleta alta. Sin sujetador. Lo noté en cuanto abrió la puerta de su portal y bajó las escaleras.

—Buenos días —me dijo antes de besarme.

Me costó arrancar el coche.

Cuando llevábamos unos cuarenta minutos de autopista, Claudia se quedó dormida con el asiento algo reclinado. El vestido no era el mejor aliado para mantener la discreción mientras dormía: con cada curva del trazado o cada frenada leve, el tejido se desplazaba un poco más hacia cualquier dirección menos la correcta. Para cuando vi la señal de la gasolinera y decidí parar, la estampa era bastante elocuente.

El empleado era un hombre de unos sesenta años con las manos encallecidas y un uniforme gris manchado de aceite. Salió del interior limpiándose con un trapo. Llenó el depósito y luego cogió una esponja del cubo para limpiar el parabrisas, con una lentitud que no tenía ninguna justificación. La miraba sin disimulo. Me dio rabia.

Y luego, sin entender del todo por qué, me puse duro.

Era la primera vez que me pasaba algo así: ver cómo otro hombre miraba a Claudia con esa hambre tranquila y sentir una mezcla de celos y excitación que no supe cómo clasificar. Lo guardé para mí, pagué y arranqué. Pero la imagen no se fue del todo.

***

El resort era mejor de lo que esperábamos. Un complejo enorme frente al mar, con spa, piscina exterior, tres restaurantes y una barra de cócteles que abría a mediodía. La recepción tenía ese olor a flores artificiales y aire frío de los hoteles caros. El aparcamiento era enorme y encontrar sitio no fue ningún problema.

Cuando subimos a la habitación y Claudia empezó a deshacer la maleta, vi que sacaba tres bikinis. Dos eran bastante convencionales. El tercero era otra cosa: tres triángulos de tela color carne que cubrían lo mínimo imprescindible.

—¿Y ese? —pregunté.

—Me lo compré con mi hermana Patricia la semana pasada —dijo guardándolo enseguida—. Ella me convenció. Es para aquí contigo en privado, no pienso ponérmelo en la piscina.

—Yo creo que podrías ponértelo en la playa —dije mientras me cambiaba de ropa.

—Primero baja eso —señaló mi bañador—, y luego bajamos.

La piscina del hotel era amplia, bordeada de tumbonas de madera. La clientela era muy concreta: parejas de mediana edad, algún jubilado con libro, nadie por debajo de los cuarenta salvo nosotros. Cuando Claudia se quitó el pareo y se echó crema por el cuerpo —desde los pies hasta los hombros, sin prisa—, noté que varias cabezas giraban hacia ella. Ella lo ignoró con esa elegancia que tienen algunas mujeres de no inmutarse cuando las miran.

La pareja de la tumbona de al lado era la que más me llamó la atención. Él tendría unos sesenta años: cabeza afeitada, barriga cervecera y unas manos grandes con los nudillos marcados. Ella era morena, de estatura media, con el cuerpo bien cuidado para su edad. Piel tostada, caderas redondas, pechos redondos que no intentaba esconder. Estaba en topless. Sus areolas eran muy oscuras por el sol y el pezón pronunciado.

Fui a la barra a buscar algo de beber y el hombre llegó al mismo tiempo.

—Roberto —me dijo tendiéndome la mano. Apretón firme, dedos gruesos.

—Adrián.

—¿Primera vez aquí? Se nota.

No lo dijo con mala intención. Tenía razón.

—Mi madre nos ha regalado unos días. Necesitábamos desconectar después del año que llevamos en la facultad.

—Nosotros venimos al menos dos veces por temporada. El spa lo vale. Y a Fernanda le encanta esta playa en invierno. Cuando no hay nadie, dice que se pone como quiere al sol.

Lo dijo con una sonrisa de quien no tiene ningún reparo en contarlo. Me quedé pensando en esa frase.

Pasamos la tarde charlando los cuatro en las tumbonas. Roberto era un hombre de conversación fácil y sentido del humor. Pero había algo más: no dejaba pasar un momento sin que sus ojos se posaran en Claudia. No era grosero. Era metódico. Atento al escote cuando ella se inclinaba hacia delante, a las piernas cuando cruzaba los tobillos, a la curva de la cadera cuando se giraba de lado. Fernanda me miraba a mí de manera parecida, aunque con más disimulo.

Roberto fue a buscar bebidas y volvió con unos vasos altos de algo transparente con rodaja de limón. Claudia frunció el ceño al primer sorbo.

—¿Esto lleva alcohol?

—Un poco —dijo Roberto con una inocencia demasiado perfecta.

Claudia me miró. Yo me encogí de hombros.

Para cuando Fernanda propuso que cenáramos juntos esa noche, Claudia llevaba dos vasos encima y estaba más habladora de lo habitual. Yo me di cuenta de que eso me venía bien.

Subimos a la habitación antes de la cena. Claudia se sentó en el borde de la cama para quitarse las sandalias y yo me acerqué a ella. Le aparté el pelo, le besé el cuello. Ella giró la cabeza y me besó en la boca con una urgencia que no era la de siempre.

No tardamos mucho.

Ella llegó rápido y fuerte, con la espalda arqueada y los dientes apretados para no hacer ruido. Yo tardé un poco más, con la cabeza llena de imágenes mezcladas: los pechos de Fernanda tomando el sol, la manera en que Roberto había seguido a Claudia con los ojos durante toda la tarde. No lo analicé. Simplemente lo dejé estar.

***

La cena fue larga y buena. Cuatro platos, vino de la zona, una sobremesa que nadie tenía prisa por terminar. Roberto mantuvo la copa de Claudia llena sin que ella midiera demasiado lo que bebía. Fernanda me preguntó por mis estudios, por mis planes, con esa habilidad de quien sabe exactamente qué preguntas hacen que uno se sienta bien consigo mismo.

Después de los postres, ella propuso ir a la zona de baile del hotel.

El espacio era tranquilo: una pareja tocaba bossa nova en un rincón, mesas pequeñas alrededor de una pista de madera, luz muy baja. Pedimos una ronda más y empezamos a bailar. Roberto invitó a Claudia. Fernanda me miró.

—¿Bailas?

—Muy mal —admití.

—No importa.

Se levantó, me tomó de la mano y me llevó a la pista. Pegó su cuerpo al mío con una naturalidad que no dejaba espacio para la incomodidad. Olía a algo suave y caro. Sentí el calor de su piel a través del top fino. Noté que no llevaba sujetador, y noté que ella notaba lo que empezó a pasarme a mí.

—Veo que sigo causando efecto —me dijo al oído, con la boca rozando mi sien.

—Lo siento —respondí sin saber adónde mirar.

—No te disculpes. Es un cumplido. Con los años uno empieza a creer que ya no despierta nada en nadie. Y equivocarse se agradece.

Miré por encima de su hombro hacia la pista. Roberto tenía la mano en la parte baja de la espalda de Claudia. Ella lo dejaba. Se movían bien juntos, demasiado bien para ser la primera vez.

Sobre la una de la madrugada, nos despedimos en el pasillo de la planta. Nuestras habitaciones quedaban en extremos opuestos.

—Mañana tenemos pensado ir a una cala que hay a veinte minutos de aquí —dijo Fernanda—. El agua es increíble y no suele haber nadie. ¿Os apuntáis?

Claudia me miró buscando mi aprobación.

—Claro —dije yo.

***

En la habitación, Claudia se quitó el vestido y se tumbó en la cama sin más preámbulos. Hacía calor. La luz de la mesilla la iluminaba desde un ángulo bajo y yo me quedé un momento parado mirándola.

Entre las piernas, brillaba.

—Parece que Roberto sabe bailar —dije.

—Sí que sabe. —Una pausa corta.— Fernanda tampoco se quedó atrás contigo. Os he visto muy pegados.

—Baila bien.

—Ya. —Sonrió con esa sonrisa de quien ha bebido suficiente para decir la verdad sin filtros.— El tipo se empalmó bailando conmigo. Se le notaba una barbaridad.

Lo soltó como si fuera un detalle sin más importancia.

No sé qué me pasó exactamente. Me desnudé, me lancé encima de ella y entré de un solo golpe. Estaba tan mojada que no hubo ninguna resistencia. Solo ese sonido húmedo y ella abriendo la boca sin emitir ningún sonido, como si el placer la hubiera dejado sin aire.

Lo que siguió fue diferente a todo lo que habíamos hecho hasta entonces.

Claudia perdió el control por completo. Me arañaba la espalda, me mordía el cuello, me pedía más con una voz que yo no le conocía. Me preguntaba cosas al oído mientras yo seguía dentro de ella, me decía cosas, y cada respuesta que yo le daba la llevaba un escalón más arriba. No era la Claudia cauta y previsible de siempre. Era una versión suya que yo no había visto nunca.

Cuando llegué al límite, le pregunté dónde quería que terminara.

—En la boca —respondió sin dudarlo.

Me incorporé. Ella se sentó en el borde de la cama, me tomó con la mano, y cuando llegó el momento no cerró los ojos ni apartó la cara. Cuando terminé me miró un instante, luego se tumbó despacio a mi lado.

El aire acondicionado zumbaba. El techo blanco encima de los dos.

Pensé en la cala del día siguiente. En Fernanda tendida en la arena. En la manera en que Roberto miraba a Claudia como si ya supiera cómo iba a terminar todo aquello. Algo había cambiado esa noche, y yo todavía no sabía si quería que siguiera cambiando.

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3.3 (3)

Comentarios (7)

Antonio

Excelente!!! me lo leí de un tirón sin parar

Vero_relatos

pero como termino todo?? necesito la segunda parte ya jaja, no me dejes con esa intriga

MaterosBA

jajaj algo parecido me pasó en un viaje hace unos años... las vacaciones a veces tienen su propia agenda y no avisan

kruspel

tremendo relato, muy bien narrado

Kastiliovich

Me gustó como lo fuiste contando de a poco, sin apuro. Eso lo hace mas creible que otros que lei por aca

MarcosTP

y Claudia sabia lo que estaba pasando o fue sin querer? esa duda me quedo dando vueltas despues de leerlo

MartinBaires

Sigue escribiendo, tenes un estilo muy natural que engancha desde la primera linea. Esperando la continuacion!

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