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Relatos Ardientes

Mi esposa me convirtió en su esclavo aquella noche

Cuando creí que aquella noche había llegado a su límite, Lucía decidió que apenas estábamos comenzando. Mi mujer es así, no soporta dejar las cosas a medias, y aquella madrugada lo dejó muy en claro.

La primera vez que Martín, mi amigo de la infancia, había estado con ella había sido apenas unas horas antes. Lo había visto todo desde el sillón frente a la cama, masturbándome en silencio mientras él la llenaba como yo nunca había podido hacerlo. Pensé que con eso terminaba la velada. Me equivoqué.

Lucía volvió a nuestra habitación con el pelo revuelto y el camisón olvidado en algún rincón. Se acostó a mi lado, todavía desnuda, y me tomó la mano con una calma que daba miedo.

—¿Viste todo, mi amor? —me preguntó al oído.

—Vi todo —respondí—. Me encantó cómo te hizo gozar. Pero hay algo distinto en tu mirada esta noche.

Sonrió sin contestar y guió mi mano entre sus piernas. Sentí el calor, la humedad, y algo más: una espesura que no era suya.

—Tocá, cornudito —susurró—. Sentí todo lo que tu amigo me dejó adentro.

—Es un hijo de puta —murmuré—. Te llenó entera.

—Sé que esto te encanta —siguió ella—. Lo que no sé es hasta dónde estás dispuesto a llegar.

—No te entiendo, amor.

—Estoy llena de leche —dijo, despacio—. Y vos vas a ayudarme.

Mientras hablaba, su mano libre subió por mi nuca y empezó a empujar mi cabeza hacia abajo. Era el mismo gesto que él había usado con ella esa misma noche, cuando le pidió que se le arrodillara. Ahora soy yo la putita, pensé, y el solo pensamiento me cortó la respiración.

Dejé de resistirme. La presión de su mano dejó de ser presión y se convirtió en guía. Bajé por su cuello, por sus pechos todavía marcados por las manos de Martín, por el vientre, hasta donde ella quería que llegara.

Cuando mi boca quedó a la altura de su sexo, cambió el agarre. Ya no me empujaba: me sostenía con las dos manos, una a cada lado de la cabeza, y me apretaba contra ella sin dejarme respirar.

—Limpiame, mi amor. Tomate toda la leche que me dejó mi macho. Eso, así, así.

El sabor era inconfundible. La concha de mi esposa, esa que había probado mil veces, esta vez tenía otro gusto, otra textura, otra dueña. Por un momento dudé. Por otro entendí que ya no había vuelta atrás.

Empecé a hacer mi trabajo. Lento al principio, con la lengua plana y los labios apenas apoyados; después con más ganas, lamiendo de adentro hacia afuera, tragando todo lo que me quedaba pegado al paladar. Lucía gemía bajito, casi como si quisiera no despertar a nadie, aunque no había nadie en la casa que pudiera oírnos.

—Seguí, cornudito, dejala limpita. Me encanta cómo lo hacés.

Cuando creí que había terminado, ella levantó la cadera unos centímetros y me llevó la cabeza más abajo. Entendí. Martín también le había llenado el otro agujero. Me hundí allí, con la lengua estirada, todo lo profundo que pude. Un sabor nuevo, más fuerte, más sucio, mezclado con el suyo. Me sentí, por primera vez en mi vida, exactamente donde tenía que estar.

—Sí, papi, ahí. Comete todo. Ahhh, voy a acabar.

Y acabó. Otra vez. Pero esta vez fui yo, solo con la lengua y con las ganas de servirla, quien la llevó al borde.

***

Me desperté tarde. La cama estaba vacía y la luz entraba dorada por los costados de la cortina. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba y por qué. Después me acordé de Martín, de Lucía, de mi boca llena. Me incorporé despacio.

Lucía no estaba en el baño. Tampoco en la cocina. Caminé en puntas de pie por el pasillo y me detuve frente a la puerta de la habitación de huéspedes. Estaba entornada, no del todo cerrada. Por la rendija salían voces, risas bajas, un gemido que conocía de memoria.

Apoyé el ojo en la abertura y miré.

Lucía estaba boca abajo, con los brazos estirados hacia adelante y las piernas separadas. Martín, también boca abajo, encima de ella, le entraba con un movimiento lento, casi perezoso, como quien hace algo que ya tiene ganado.

—¿Estás segura de lo que me decís? —preguntó él, sin parar de moverse.

—Confiá en mí —respondió ella, con la mejilla apretada contra la almohada—. No tenés idea de las ganas que tenía de tomarse tu leche directamente de mi concha.

—No me lo hubiera imaginado nunca.

—Ahhh, sí. Yo tampoco lo imaginé al principio. Mirar cómo otro me cogía y verlo ahí, en el sillón, con la mano en la pija. Y sin embargo eso es lo que pasa. A tu amigo lo pone que un macho se coja a su esposa adelante de él.

—No se puede pedir mejor mujer —dijo Martín, y le mordió la nuca—. Damián tiene que ser el cornudo más feliz del mundo.

Sin darme cuenta, ya tenía la pija dura en la mano. Empecé a moverme despacio, mirándolos. Sin entrar todavía. Sin decidirme.

Hasta que Martín se incorporó de golpe, salió de adentro de Lucía y, al girar para cambiar de posición, me vio.

—Hola, Damián. ¿Hace mucho que estás ahí?

Lucía se dio vuelta también. No se cubrió. Sonrió.

—Vení, mi amor —me dijo—. Justamente le estaba contando lo que hiciste anoche.

Empujé la puerta y entré. La pija seguía afuera del pantalón del pijama. No tenía sentido fingir.

—No te pongas así, Damián —dijo Martín, con esa sonrisa medio torcida que siempre tuvo—. Es normal. Todos los cornudos terminan así. Primero quieren la leche, después quieren la pija que se las da.

Lucía estaba sentada al borde de la cama. Con una mano agarró la pija de Martín y se la llevó a la boca, despacio, sin dejar de mirarme. Con la otra mano me hizo una seña: vení.

Di un paso. Otro. Me senté a su lado, tan cerca de ella que podía sentir el calor de su piel. La pija de Martín, todavía húmeda de su boca, quedó a centímetros de la mía.

Lucía se la sacó. La sostuvo en el aire un segundo, midiéndome. Después empezó a darme golpecitos suaves con el glande sobre los labios cerrados.

—Dale, Damián. Sé que la querés. La estuviste mirando toda la noche.

—Abrí la boca, amor. Después de esto no hay vuelta atrás. Pero ya no la había desde anoche, ¿o sí?

Abrí los labios. La presión llegó enseguida, firme, sin apuro. Abrí más la boca y, sin que pudiera reaccionar, Martín ya me la había metido hasta la garganta. Tuve arcadas. Él no la sacó. Me sostuvo ahí unos segundos más de los necesarios. Disfrutaba, lo veía en los ojos.

—No seas malo, Martín —dijo Lucía, con una risa cómplice—. Es la primera vez que tiene una pija en la boca. Andá despacio.

—A mí también me hace eso a veces —agregó—. La tiene grande, no te deja respirar.

Mientras ella le pedía paciencia, yo ya había agarrado la base con las dos manos y empezaba a chuparla como me parecía a mí. Lengua plana subiendo por el tronco. Glande adentro, jugando con la punta. Bajada lenta hasta los huevos. Otra vez arriba.

—Mirá cómo aprende rápido tu marido —dijo Martín.

—Hijo de puta —rió Lucía—. Esto no lo aprendió hoy.

—Lo hacés muy bien, Damián. Seguí.

—Nunca pensé que te iba a calentar tanto, mi amor —me dijo ella al oído—. Pero te juro que ya no me imagino nada mejor que esto. Las dos somos las putitas de Martín. ¿Te gusta?

—Sí —contesté, con la pija salida apenas de la boca—. Me encanta.

Volví a hundir los labios. La seguí chupando como si la respuesta a una pregunta importante dependiera de eso.

***

En algún momento Martín me la sacó de la boca y caminó hacia el otro lado de la cama. Tan absorto estaba que ni había notado que Lucía ya no estaba a mi lado. Se había puesto en cuatro patas, con la cabeza apoyada sobre los antebrazos, ofreciéndose como si fuera la cosa más natural del mundo.

Martín se ubicó atrás de ella, le apoyó el glande en la entrada y entró de un solo movimiento, sin pausa, hasta el fondo. Lucía aulló.

—Damián —dijo él, sin mirarme—. Vení. Acostate abajo. Como un sesenta y nueve, pero al revés.

Obedecí sin pensar. Me deslicé en la cama hasta quedar boca arriba, con la cabeza justo debajo de las caderas de Lucía. Martín esperó a que yo estuviera bien colocado y entonces empezó a moverse.

La vista era irreal. A pocos centímetros de mi cara, la pija de mi amigo entraba y salía de la concha de mi mujer. Cada embestida me llegaba a la frente, a la nariz, a los labios. El olor era pesado, espeso, mezclado con el sudor de los dos.

Saqué la lengua y traté de alcanzarle el clítoris a Lucía. No siempre podía. Martín se movía rápido, y a veces lo único que conseguía era lamerle la base a él mientras él la cogía. No me importaba. Era parte de la misma cosa.

De vez en cuando, él la sacaba entera, brillante, y me la metía en la boca. Yo sentía el gusto de Lucía mezclado con el suyo, los dos a la vez, y juraría que nunca había probado nada igual. Después él la volvía a meter en ella. Después en mí. Después en ella otra vez.

En una de esas, sacó la pija de la concha, la apoyó en el otro agujero y empujó apenas, midiendo. Lucía contuvo el aire. Él hizo presión, cedió, retiró. Lo hizo dos o tres veces así, jugando.

Entendí el mensaje. Levanté la cabeza y empecé a trabajarle el culo a Lucía con la lengua y los dedos, ablandándolo, abriéndolo para que mi amigo pudiera entrar. Era el último servicio que me quedaba por aprender.

Cuando él consideró que estaba lista, sacó la pija de la concha, me la metió en la boca para que la dejara bien húmeda y la apoyó en el otro agujero. Vi, en primerísimo plano, cómo el glande empezaba a desaparecer adentro del culo de mi mujer, milímetro a milímetro.

—Ay, qué placer —gimió ella—. Me está rompiendo el culo, papi. Me encanta.

—Qué culo divino, hija de puta —respondió Martín—. Sos una puta divina.

—Sí, papi, dale duro. Llename de leche. Toda.

—Preparate. Ahí va.

—Sí, papi, sí, dámela toda.

Vi cómo la pija latía adentro del culo de Lucía. Cómo se quedaba clavada, vibrando, vaciándose. Cómo Martín se apoyaba en su espalda con todo el peso, dejando salir un gruñido ronco. Cómo Lucía tensaba las manos en la sábana, con los nudillos blancos.

Se quedaron quietos un buen rato. Yo, debajo, también. No quería moverme y romper el momento.

Después, despacio, Martín se retiró. Y atrás de la pija salió un hilo blanco, espeso, lento, deslizándose por el culo de Lucía hacia abajo, justo en dirección a mi cara. Estiré el cuello, saqué la lengua y guié ese hilo hacia mi boca. No perdí una sola gota.

—Qué cornudo divino sos, Damián —dijo Lucía, riendo entre jadeos—. Me vuelve loca verte hacer eso. Tomate todo. Es tu recompensa.

—Hacemos un buen equipo los tres, ¿no les parece? —dijo Martín, mientras se dejaba caer al lado de ella.

—A mí me encanta —contestó Lucía—. Tengo un macho que me coge bien y un marido que me limpia después. ¿Qué más puedo pedir?

Yo no contesté. No hacía falta.

Nos quedamos los tres en silencio un rato largo, cada uno con sus pensamientos. Yo escuchaba la respiración de los dos, sentía el peso del brazo de Lucía contra mi hombro, el calor de la habitación con el sol entrando entero por la ventana.

***

Las cosas no volvieron a ser como antes. No tenían por qué.

Martín viene a casa una o dos veces por semana. A veces participo y a veces no. Cuando él se queda a dormir, yo paso la noche en el cuarto de nuestro hijo. A Martín le gusta dormir solo con Lucía, y a mí ya no me molesta. Me gusta saber que están del otro lado del pasillo.

Más de una vez, mi mujer nos ha encontrado empezando sin ella. Yo arrodillado al lado de la cama, con la pija de Martín entera adentro de la boca, y él con una mano en mi nuca y la otra en su café. Lucía no se enoja. Se ríe. Se desnuda. Se suma.

—Yo tampoco me podría resistir —dice cada vez.

Y la verdad es que tiene razón.

¿Quién se resistiría a algo así?

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Comentarios (6)

Chucho85

tremendo!! me dejo con ganas de mas

NocheBA_22

Por favor seguila, esa escena del principio te atrapa desde el primer momento

PacodelNorte

Se siente real y sin ser exagerado. Eso se agradece, no todos los relatos tienen esa naturalidad. Muy bueno

JavierMdQ

jajaja lo de bajar por agua de madrugada es lo mas cotidiano del mundo y mira como termina jaja

Marko

excelente, seguí escribiendo!

lectoRapido77

no lo pude soltar hasta el final. Necesito la segunda parte urgente

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