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Relatos Ardientes

La noche en Groenlandia que despertó nuestro deseo

Mariano y Camila bajaron del pequeño avión en Ilulissat con el viento clavándoles agujas en la cara. Eran dos turistas argentinos de poco más de treinta, casados desde hacía siete años, con la cabeza rota por la rutina de Buenos Aires y unas ganas tremendas de hacer algo distinto. Él, alto, moreno, con barba descuidada y hombros anchos de gimnasio. Ella, curvilínea, pechos firmes, caderas amplias y una sonrisa que solía meterla en problemas. Habían elegido Groenlandia por las fotos de icebergs y auroras boreales, pero más que nada por la promesa de aventura. Reservaron alojamiento en una casa de familia inuit a través de una página local: «Auténtica experiencia cultural». No imaginaron que la autenticidad incluía la tradición de compartir esposas como gesto de hospitalidad.

La casa estaba al borde del fiordo, sólida, de madera oscura y techo verde, con humo saliendo de la chimenea como en una postal. Los recibió Ataq, un inuit de unos cuarenta y siete años, ancho, con la piel curtida y una mirada serena que parecía ver más de lo que decía. Su mujer, Pipaluk, rondaba los treinta y nueve. Tenía la cara redonda, los ojos rasgados y un cuerpo robusto que se adivinaba bajo el anorak: pechos pesados, caderas anchas, una espalda fuerte. Sus dos hijos adolescentes ya dormían en el altillo. Hubo té caliente, carne seca de foca y sonrisas francas.

—Bienvenidos —dijo Ataq en un inglés básico de acento marcado—. En esta casa compartimos todo. La comida, el calor… y las esposas. Es nuestra forma de recibir. Los visitantes son familia.

Mariano miró a Camila. Ella levantó una ceja, no dijo nada. Durante la cena, mientras hablaban del viaje, de Buenos Aires y del invierno polar, Ataq fue explicando con calma. En la cultura inuit antigua, cuando un cazador recibía a otro, le ofrecía a su mujer para que no pasara la noche con frío. Era respeto. Era compartir el calor del cuerpo. Pipaluk asentía sonriendo y posó la mano sobre la de Mariano un instante de más.

—No es obligación —aclaró Ataq—. Pero si aceptan, esta noche compartimos. Vos con Pipaluk. Yo con Camila. Todos en la misma habitación, sin esconderse. Es más honesto así.

Camila sintió un cosquilleo entre las piernas que la incomodó y la encendió al mismo tiempo. Llevaban meses fantaseando con algo parecido en la cama, sin animarse a buscarlo. Mariano tragó saliva, miró un segundo de más el contorno de los pechos de Pipaluk bajo la lana y asintió.

—Aceptamos —dijo.

Ataq se recostó un poco y los miró con esa serenidad que tienen los que viven en el hielo desde siempre.

—Antes de que empecemos a compartir los cuerpos, quiero que entiendan de dónde viene esto. No es un juego de turistas. Es parte de nuestra forma de vivir, donde el frío te puede matar en una noche si no hay confianza.

Camila se inclinó hacia adelante, atenta. Mariano también.

—Hace mucho, cuando vivíamos en iglús y tiendas de piel, el invierno era eterno y la caza fallaba —siguió Ataq—. La gente moría de hambre, de frío o de soledad. Aprendimos a compartir todo: la comida, el aceite de las lámparas, el fuego… y el calor del cuerpo. Ofrecerle la esposa a un visitante no era diversión. Era la forma más fuerte de decir: «Confío en vos con lo que más quiero. Sos parte de mi familia ahora».

Pipaluk intervino con voz suave, mirando directamente a Camila.

—Las mujeres inuit no éramos objetos. Éramos fuertes. Cazábamos, cosíamos las pieles, criábamos a los hijos. Cuando un huésped llegaba después de días en el hielo, ofrecerle mi cuerpo era un honor. Significaba que mi marido confiaba en que ese hombre no iba a lastimarme. En las fiestas antiguas, cuando apagaban las lámparas en el corazón del invierno, todos compartíamos parejas en la misma casa. Era un pedido al espíritu del frío: dejanos vivir otro año más.

Ataq asintió.

—También servía para mezclar la sangre. En lugares tan aislados, con tan pocos, compartir esposas evitaba que las familias se debilitaran. Hoy ya casi no se hace en las ciudades. Pero en las casas de familia como ésta… mantenemos la tradición con los que vienen con el corazón abierto.

Camila se humedeció los labios. La explicación la había puesto más caliente de lo que esperaba. Imaginar el cuerpo de Ataq encima del suyo como parte de algo ancestral, no como una transgresión sino como un rito, le encendía algo que no sabía nombrar.

—O sea que esta noche —dijo, con la voz más ronca de lo que pretendía— no es solo placer. Es una bienvenida.

—La más profunda que existe —respondió Ataq, y los ojos se le bajaron un instante al pecho de ella—. Y cuando Mariano abrace a Pipaluk, va a estar aceptando esa misma confianza. Sudor, jugo, leche… sin vergüenza. Porque en el hielo, la vergüenza mata más rápido que el frío.

Pipaluk se rio bajito y deslizó la mano por su propio muslo.

—Además, a nosotras nos gusta —dijo—. Sentir un cuerpo nuevo, distinto. Y saber que tu marido está mirándote y disfrutando mientras otro te llena… eso une.

Mariano sintió que la pija le tensaba el pantalón. La mezcla de la historia con la crudeza de las palabras lo tenía al límite.

—Entonces vamos a honrar la tradición como se debe —dijo.

Ataq se puso de pie y empezó a apagar las luces, dejando solo el fuego de la chimenea y una lámpara de aceite. La habitación principal tenía dos camas grandes unidas, colchones gruesos de piel de reno, mantas pesadas. Se desvistieron sin apuro, como si la decisión ya hubiera quedado tomada hacía rato. Camila dejó caer el suéter y mostró sus pechos firmes, los pezones tensos por el frío y la anticipación. Mariano se sacó la ropa con la verga ya semidura, gruesa. Pipaluk se desnudó sin pudor: pechos pesados de pezones oscuros, vello negro y un culo redondo. Ataq era músculo seco de remar en kayak, la pija colgándole pesada y más larga que la de Mariano.

Se acostaron. Camila al lado de Ataq, Mariano junto a Pipaluk. Al principio fueron solo manos. Ataq pasó la palma callosa por el muslo de Camila y ella abrió las piernas sin pensarlo.

—Estás mojada —murmuró él, y un dedo grueso se hundió entre los labios de ella y encontró el clítoris hinchado.

Del otro lado, Pipaluk se había inclinado sobre Mariano y le había tomado la verga con la mano, acariciándosela despacio.

—Linda —dijo en un español torpe que había aprendido de otros viajeros—. Caliente.

Y bajó la cabeza. La saliva le corrió por el tronco mientras lo chupaba con un ruido húmedo, sin disimulo. Mariano gruñó y le hundió los dedos en el pelo.

Ataq ya tenía dos dedos dentro de Camila, lentos, profundos. Ella gemía bajito, los pechos moviéndose con cada respiración. Le pidió, con la voz quebrada, que la cogiera de una vez. Ataq se acomodó encima, le abrió las piernas con la rodilla y empujó. Camila lo recibió entero. Soltó un gemido largo que se mezcló con el crepitar del fuego.

Esto no me lo va a borrar nunca nadie, pensó ella mientras la verga le tocaba el fondo.

Mariano, mientras tanto, le había metido la cara entre las nalgas a Pipaluk. La lengua entraba y salía mientras los dedos le abrían la concha. Pipaluk se mordía el antebrazo para no despertar a los chicos del altillo. Cuando él se incorporó y se la metió de un solo empujón, ella arqueó la espalda y aceptó el ritmo.

Las dos camas se movían en paralelo. Camila se montó encima de Ataq y empezó a cabalgarlo con los pechos rebotando. Pipaluk pidió que Mariano la pusiera a cuatro patas. En un momento, Camila giró la cabeza y se cruzó la mirada con Pipaluk, las dos siendo tomadas a la vez. Sin pensarlo, se inclinaron una hacia la otra y se besaron por encima del colchón. Lenguas mezcladas, pechos rozándose, los maridos entrando desde atrás.

Ataq fue el primero en terminar. Sacó la verga y se descargó sobre el vientre y los pechos de Camila, que abrió la boca y recibió lo que pudo. Mariano apretó las caderas de Pipaluk y se vació adentro. Cuatro cuerpos quedaron desplomados, brillosos, respirando agitado.

Tomaron té caliente y volvieron a empezar. Esta vez fueron las mujeres las que se buscaron primero. Camila tendida, Pipaluk sentándosele en la cara, lamiéndose la una a la otra con ruido. Los hombres miraron un rato, las pijas duras de nuevo, y después se acomodaron detrás de ellas. Ataq entró en Pipaluk mientras Camila le seguía lamiendo el clítoris. Mariano hizo lo mismo con su mujer. Era un enredo de cuerpos que duró horas. Se durmieron todos juntos bajo las mantas pesadas, las pieles de reno todavía oliendo a sudor y a humo de chimenea.

A la mañana siguiente desayunaron como si no hubiera pasado nada extraordinario. Ataq sonrió.

—Buena noche. Si quieren, repetimos.

Camila miró a Mariano con la misma sonrisa pícara de cuando recién se conocieron.

—Vinimos a vivir la cultura inuit completa —dijo.

Y así, los diez días que duró la estadía, cada noche fue una variación del mismo rito. Volvieron a Argentina con los cuerpos cansados y las cabezas dadas vuelta.

***

La rutina de Buenos Aires les devolvió la oficina, los embotellamientos y las cenas con amigos donde no se podía hablar de Groenlandia. Pero el bichito había picado fuerte. Una noche, sobre el sillón del living, con una copa de vino y la luz baja, Camila se sentó a horcajadas sobre Mariano y le habló al oído con esa voz ronca que él ya conocía.

—Todavía me acuerdo de la verga de Ataq abriéndome el culo mientras vos le metías la pija a Pipaluk al lado. Me mojo de pensarlo.

Mariano sintió la tela del pantalón apretarse de golpe. Le agarró el culo con las dos manos y la apretó contra su cuerpo.

—Yo también. Me calienta verte cogida por otro mientras yo le meto la pija a otra mujer. ¿Querés probarlo acá?

Camila le mordió el lóbulo de la oreja.

—Quiero.

Esa misma semana abrieron un perfil en una app para parejas. Fotos discretas pero claras: ella en ropa interior negra de espaldas al espejo, él sin remera marcando los abdominales. En la bio escribieron: «Pareja argentina, treinta y pico, buscando experiencias reales. Discretos, sin dramas, con ganas». La primera cita llegó en menos de dos semanas: una pareja de Mendoza, Damián y Romina, ambos de poco más de treinta. Se vieron en un departamento alquilado en el centro de La Plata, neutral para los dos. Después de un par de copas para romper el hielo, fue Camila la que tomó la iniciativa. Se acercó a Romina, le subió la pollera y le metió la mano directo entre las piernas.

—Quiero conocerte —le dijo sin vueltas.

Romina dejó escapar un quejido cuando los dedos de Camila le rozaron el clítoris. Damián miró a Mariano y se rio.

—Parece que las chicas arrancaron solas.

No tardaron en estar los cuatro desnudos en la cama. Camila se puso a cuatro patas y le pidió a Damián que la cogiera para que Mariano viera bien. Damián entró de un empujón. Camila gimió largo. Mariano se acomodó delante y le ofreció la verga a Romina, que la recibió en la boca con ganas, mirándolo desde abajo. Después rotaron. Mariano se puso detrás de Romina y le abrió el culo con la pija, despacio, como había aprendido a hacerlo en Groenlandia. Damián seguía cogiendo a Camila, ahora más fuerte, agarrándola del pelo.

—Mirá cómo te cogen a tu mujer —le dijo Damián a Mariano, con una sonrisa.

—Mirá cómo le rompo el culo a la tuya —respondió Mariano sin perder el ritmo.

Las mujeres se cruzaron las miradas y se besaron en la boca, pechos rozándose, los maridos cogiéndolas desde atrás. Hubo otra ronda larga, otra en la que las dos quedaron una al lado de la otra recibiendo a los hombres en paralelo, y otra final en la que Camila le pidió a Damián que se descargara dentro mientras Mariano vaciaba a Romina sobre los pechos.

Quedaron tirados, riendo bajito, los cuerpos pegados de sudor. Romina abrió otra botella de vino.

Desde esa noche, el swinger se les volvió costumbre. Cada quince días aparecía una pareja nueva, a veces conocidos del ambiente, a veces extraños encontrados por la app. Hubo orgías de seis en la quinta de un amigo. Hubo clubes en zona norte. Hubo una noche con una pareja de uruguayos en la que Camila terminó doblemente penetrada mientras le comía la concha a la otra mujer, y Mariano se cogió una y otra concha sin parar.

Cada vez que volvían al departamento, después de bañarse y meterse bajo las sábanas, terminaban hablando de Groenlandia. Del frío. Del fuego. De las pieles de reno. De aquella primera noche en la que entendieron que el deseo, cuando se nombra, deja de ser un secreto que pesa.

Cuando alguna vez se quedan solos, en silencio, Camila suele susurrarle al oído mientras le acaricia la verga.

—Acordate de cómo Ataq me llenaba mientras vos mirabas. Quiero que me cojan delante tuyo otra vez.

Y Mariano, ya duro, contesta siempre lo mismo.

—Va a ser un placer, amor. Después de Groenlandia, ya nada es suficiente si no es con otros mirando.

Y así, el matrimonio que viajó a ver icebergs terminó descubriendo que el verdadero calor no estaba en el fuego de la chimenea inuit. Estaba en los cuerpos compartidos, en la confianza puesta sobre la mesa sin disfraz, en la decisión de no volver a callarse el deseo nunca más.

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Comentarios (7)

NochesBsAs

increible!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

CuriosaLectora34

Esa mirada entre los dos en silencio... ahi se dice todo sin decir nada. Muy bien narrado

IgnacioLP

es real esto? tiene demasiados detalles como para ser inventado jaja. buenisimo

lector777

por favor sigan contando, quiero saber como siguio la historia despues de esa noche

Rodrigo_Sur

No conocia esa costumbre de los inuit y me parecio fascinante como punto de partida. El relato te atrapa desde la primera linea, muy recomendable

Anahi77

jaja la tension del principio es lo mejor!! se hace corto

MarceloRN

Excelente. Eso de que el calor no vino del fuego... que buena frase para cerrar el intro

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