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Relatos Ardientes

Mi mujer despertó cubierta en una cala nudista perdida

El plan del cabo de Gata había sido idea de Marina. Mi mujer llevaba semanas hablando de un apartamento que una compañera del trabajo nos prestaba en San José, y de unas calas naturistas a las que solo se llegaba por un sendero pedregoso, lejos de las sombrillas y los chiringuitos. La idea de bañarnos desnudos sin que nos viera nadie fue suya. La de probar algo más allá fue mía, aunque tardé días en confesarlo.

Nuestras fantasías de pareja eran de las que solo se pronuncian con las luces apagadas. Marina las disfrutaba al mismo nivel que yo, pero exigía un guion claro. «Si lo hacemos, lo hacemos juntos —solía decirme—. Que no se te ocurra decidir tú solo qué hago yo con mi cuerpo». Y, sin embargo, aquella tarde de agosto, en una cala que parecía un secreto del Mediterráneo, me dejé llevar por una mezcla de excitación, calor y oportunidad.

El sol caía a plomo sobre la arena fina. Marina se había quedado dormida boca arriba, con los brazos extendidos y el pelo revuelto sobre la toalla. La piel dorada le brillaba con el aceite que le había extendido yo mismo media hora antes. No había nadie alrededor: solo el ruido del oleaje y, a unos veinte metros, un grupo de seis chicos jóvenes que habían llegado en silencio, dejando las mochilas bajo unas rocas, y que ahora la miraban con la boca medio abierta.

No me decidí enseguida. Me quedé un buen rato sentado a su lado, observándola, oyendo su respiración pausada. Marina dormía profundo, siempre lo había hecho. En casa podía sonarle el despertador media hora antes de que abriera los ojos. Esa cualidad, en aquel lugar, equivalía a una llave.

Hice un gesto discreto con la mano, levantando el mentón hacia uno de los chicos. El más alto entendió enseguida y vino caminando despacio, con la curiosidad pintada en la cara. Detrás de él, los otros cinco se arrastraron como si pisaran cristal.

—Silencio —les dije bajito, sin dejar de mirar a Marina—. No la despertéis. Está agotada del sol y del vino de la comida. Si os portáis bien, podéis acercaros a verla.

Hubo risas nerviosas, codazos. Uno de ellos, más bajito, susurró un «joder, tío» que casi me hace soltar una carcajada. Yo seguí hablando bajo, con el tono de quien negocia un favor.

—Si queréis algo más que mirar, podéis pajearos sobre ella y correros encima. Pero ni una palabra. Ni un movimiento que la roce. ¿Estamos?

Asintieron como si les hubiera ofrecido un milagro. Y entonces empezó la escena más extraña que había vivido nunca.

Los seis se sacaron las pollas allí mismo, formando un círculo alrededor de la toalla. Era irreal: el cuerpo desnudo de Marina, el sudor brillando en su vientre, su pecho subiendo y bajando con calma; y aquellos seis desconocidos, en cuclillas, en silencio, con los ojos fuera de las órbitas y las manos moviéndose con una urgencia que les hacía temblar las rodillas.

El primero descargó sobre su barriga morena. Un chorro espeso que la hizo fruncir el ceño apenas. No se despertó. Animados, los demás siguieron, intercambiando miradas como si no terminaran de creerse lo que estaba pasando. Uno apuntó a sus pechos, otro al cuello, otro al pubis. El más joven se atrevió con la cara, y solo cuando vi cómo le caía aquella gota cerca del labio sentí un latido de pánico que duró un segundo antes de transformarse, otra vez, en deseo.

Cuando terminaron, se retiraron sin decir nada. Caminaban hacia el agua medio aturdidos, mirando hacia atrás como si necesitaran confirmar que no lo habían soñado. Marina seguía dormida, cubierta por una capa irregular que empezaba a brillar bajo el sol. Yo me senté a su lado, con el pulso desbocado, y pensé que tenía dos opciones: limpiarla y callar, o esperar.

Esperé. Y, como siempre, el cuerpo de Marina decidió por mí. Un hilo más pesado le resbaló por la mejilla hasta la comisura del labio. Frunció la nariz, se pasó la mano por la cara, y al notar la viscosidad abrió los ojos de golpe.

Se incorporó como si hubiera sentido un calambre. Se miró el cuerpo. Se miró las manos. Me miró a mí.

—¿Qué cojones es esto, Daniel? —dijo con la voz ronca, todavía pegada al sueño—. ¿De quién es todo esto?

—De unos chicos que pasaban por aquí, cariño —respondí, intentando que la voz no me saliera rota—. Te veían tan a gusto que no han podido evitarlo.

Se tocó la mejilla, miró el rastro en sus dedos y los olió como si necesitara confirmar lo que ya sabía. Después clavó en mí una mirada que conocía bien: el cabreo de Marina cuando algo no ha salido como ella lo habría organizado.

—¿Y me has dejado aquí durmiendo mientras seis tíos se pajeaban encima de mí? —preguntó—. ¿En serio has sido capaz de quedarte sentado mirando, sin despertarme?

—Eran muchos —empecé—. No sabía qué iban a hacer. Me acojoné un poco, Marina. Pensé que si te despertabas de golpe…

—Pensaste mal —me cortó—. Tendrías que haberme avisado antes de que se sacaran nada. Habría dejado que se corrieran en mi boca, donde a mí me hubiera dado la gana, no así, como si fuera una estatua. Eres un imbécil, Daniel.

Lo dijo sin gritar. Eso fue lo peor. Lo dijo con la voz baja de cuando algo le ha gustado y no quiere que se note demasiado. Después se tumbó otra vez, abrió las piernas con una calma deliberada y se señaló el cuerpo con un dedo.

—Ahora, como castigo, me lo vas a limpiar todo con la lengua. No quiero que se desperdicie nada de esos chavales. Ni una gota.

Me incliné sobre ella sin discutir. Tenía la piel salada por el sudor y el mar, el sol había empezado a cuajarle aquellos hilos sobre el vientre, y bajo todo eso, en la mezcla, el sabor de seis desconocidos. Lamí cada centímetro despacio, recorriendo sus pechos, el cuello, la barriga, el pubis. Marina respiraba con la boca entreabierta, mirándome con una intensidad nueva, como si estuviera redescubriendo algo de mí.

—Están en el agua —le dije entre lametón y lametón—. Si quieres, los llamo. Que vuelvan, si quieres decirles algo.

Se quedó muy quieta. Miró hacia la orilla, donde los chicos chapoteaban, todavía mirando hacia nuestra toalla con la curiosidad de quien no sabe si volverá a permitirse algo así. Después me miró a mí, y vi en su sonrisa que ya había decidido.

—¿Que si quiero decirles algo? —repitió, y se rio bajito—. Daniel, lo que quiero es que entiendan que tu mujer no es un blanco para que ellos practiquen su puntería. Quiero que les quede claro.

Se incorporó, ignorando los hilos que aún le caían por los pechos. Se puso de pie sobre la toalla, desnuda y brillante bajo el sol, con esa postura suya de cuando entra en una reunión sabiendo que va a ganar. Levantó el brazo y los llamó con un gesto seco.

—¡Eh, vosotros! —gritó por encima del oleaje—. Venid aquí. Ahora.

Los seis se quedaron petrificados. Se miraron entre ellos. El más alto dio un paso atrás, como si calculara la distancia hasta sus mochilas. Marina no les dio tregua.

—¡He dicho que vengáis! —insistió—. Habéis empezado un trabajo y lo vais a terminar como hombres, no como críos.

Salieron del agua despacio, escurriéndose el pelo, mirando al suelo. Cuando llegaron a la altura de la toalla, formaron una hilera torpe, como soldaditos. Marina se cruzó de brazos. Yo estaba sentado en la arena, a un par de metros, sin atreverme a moverme. Era espectador y testigo, exactamente donde ella quería que estuviera.

—¿Os parece muy gracioso pajearos sobre una mujer dormida? —les preguntó, recorriendo con la mirada los seis cuerpos jóvenes que ya empezaban a reaccionar otra vez—. Pues ahora que estoy despierta vamos a ver si servís para algo más que para vaciaros sin permiso.

Se volvió hacia mí. Tenía los ojos brillantes, encendidos, esa expresión suya de cuando la vida le da exactamente la oportunidad que estaba esperando.

—Daniel, tú quédate ahí. Mira y aprende. Y la próxima vez que decidas algo así sin avisarme, te juro que duermes en el sofá un mes.

Se arrodilló en la arena frente al primero de los chicos. Le agarró el sexo con firmeza, sin prisa, con esa autoridad suya, y antes de empezar me lanzó una última mirada, una mezcla de cariño y de aviso.

—Mira bien, churri. Que de hoy no te olvidas.

***

A partir de ahí, perdí la noción del tiempo. Marina se los fue chupando uno a uno, en orden, como quien revisa una lista. Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor, la espalda dorada bajo el sol del cabo, las rodillas hundidas en la arena. A cada uno le dedicó atención propia, cambiando el ritmo, mirándolos a los ojos, hasta que sintió que estaban al borde. Entonces se apartaba, sonreía, y pasaba al siguiente.

Cuando los tuvo a los seis al límite, se tumbó otra vez sobre la toalla, abriéndose despacio. La arena se le pegaba a la espalda, a los muslos, al sudor.

—Ahora sí —dijo—. Os turnáis. Tres dentro, tres en la boca. Y Daniel cuenta.

No conté nada. Solo miré. El primero se hundió en ella con una embestida que le arrancó un gemido seco. Los otros se acomodaron alrededor, las manos en sus pechos, en su cuello, en su pelo. La cala entera, vacía y luminosa, parecía un escenario montado para ellos. El sonido del mar tapaba apenas las respiraciones agitadas, la voz ronca de Marina ordenando «más fuerte», «ahora tú», «no pares».

Cuando llegó el momento, lo dirigió ella. Levantó la mano.

—Ahora —dijo—. Como acordamos. Tres dentro, tres en la boca.

Fue una coreografía sucia y precisa. El primero se la sacó y le llenó la boca; ella tragó sin pestañear. El segundo y el tercero la siguieron, dejándola con los labios brillantes y el mentón empapado. Sin pausa, los otros tres se hundieron por turnos hasta vaciarse en lo más hondo. Marina jadeaba con los ojos cerrados, sonreía, abría y cerraba las manos sobre la toalla como si necesitara aferrarse a algo.

Cuando terminaron, los seis se quedaron mirándola un instante largo, casi reverencial. Después, sin decir palabra, recogieron sus cosas, se fueron al agua a enjuagarse y, en pocos minutos, desaparecieron por el sendero por donde habían llegado. Como si nunca hubieran existido.

Me acerqué a ella despacio. Le aparté el pelo de la frente, le pasé los dedos por el cuello.

—¿Satisfecha, churri? —le susurré.

Marina abrió los ojos. Tenía la sonrisa más sucia y más feliz que le había visto nunca.

—Mucho mejor que estar dormida, Daniel —dijo, todavía recuperando el aliento—. Mucho mejor. Pero la próxima vez no decides tú solo. La próxima vez, los buscamos juntos.

Asentí sin decir nada. Ya no había vuelta atrás.

Aquella tarde en la cala fue la primera de muchas conversaciones nocturnas, de muchas fantasías susurradas en voz baja, de muchas vacaciones que ya nunca volverían a ser solo nuestras. Y, sobre todo, supe que la próxima vez sería ella quien decidiría.

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Comentarios (7)

Pampa_Sur55

Que comienzo!!! me dejo con ganas de mas

LectorNocturno22

Por favor seguí contando, no puede quedarse asi!! quiero saber como termino todo

JorgeDelSur

Me recordo a unas vacaciones con mi mujer en la costa hace unos años, aunque en nuestro caso fue mucho mas aburrido jajaja. Buen relato!

ChicoBA_99

Y vos como te quedaste? eso es lo que me pregunto todo el tiempo leyendo jaja

MikeCordoba

increible, uno de los mejores que lei por aca

Romi_84

El giro del final es lo que te mata. Me lo esperaba de otra forma y la sorpresa fue doble

Pablo_BCN

Tremendo 🔥 dale con la segunda parte

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