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Relatos Ardientes

Mis tres compañeros descubrieron lo que escondía

Eran las diez y trece minutos cuando por fin apagué la pantalla de la recepción. El edificio estaba casi muerto: solo zumbaban los fluorescentes encima de los cubículos vacíos y, de vez en cuando, el chasquido lejano de un ascensor que subía sin nadie dentro. Los tacones de aguja me apretaban los pies como si llevaran horas castigándome por algo. Cada paso era una punzada que trepaba por las pantorrillas y se enroscaba en mis caderas.

Debajo de la falda lápiz gris, pegada a la piel como una venda, el malestar me apretaba el pecho. Sentía el bulto de mi sexo semierecto contra la tela del tanga, el sudor pegándose a la ingle, el recordatorio constante de que mi cuerpo no encajaba del todo en la imagen que yo entregaba al mundo cada mañana al cruzar esa puerta giratoria.

Pero los hombres lo sabían. O lo sospechaban. Y esa sospecha los ponía a temblar.

Andrés fue el primero. Alto, con el traje arrugado por las doce horas que llevaba puestas, una barba de tres días y esa voz ronca de fumador que siempre me hacía cruzar las piernas debajo del mostrador.

—Camila, ¿te vas ya? —preguntó, apoyando la cadera contra el granito de la recepción. Sus ojos bajaron un instante a mis tetas, luego más abajo, sin disimulo—. La noche es joven. Mateo, Iván y yo pensábamos quedarnos un rato en la sala de juntas. Cervezas, algo de música. Fuera del horario, ya sabes.

Detrás de él aparecieron los otros dos, como si hubieran estado esperando una señal. Mateo, el de marketing, con esa sonrisa de cabrón que sabía exactamente cómo mirar a una mujer hasta dejarla incómoda y caliente al mismo tiempo. Iván, el de sistemas, más callado, con los ojos negros clavados en mi blusa como si me estuviera desnudando con la mente.

Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas. No era una invitación inocente. Era la invitación a cruzar la línea. Lo habían comentado en los baños, en los chats privados del trabajo. La recepcionista tiene algo distinto. Y esa diferencia los tenía cachondos desde hacía meses.

—Estoy muerta —respondí, pero la voz me salió más grave de lo que pretendía, ronca por el cansancio y por algo más—. Los tacones me están matando y la espalda no me responde.

Andrés se inclinó un poco más. Su aliento olía a café reciente y a deseo crudo.

—Pues quítatelos. Aquí no hay nadie para juzgarte. Y si quieres, puedes quitarte todo.

El silencio que siguió fue espeso. Mateo soltó una risita baja, casi de complicidad.

—Vamos, Camila. Sabemos que no eres como las demás. Y nos encanta. Déjanos verte de verdad.

Que me lo dijeran tan claro me cortó el aire por un segundo.

Los miré uno a uno. El corazón me latía en la garganta. Aquel malestar seguía ahí, pulsando entre mis piernas, pero al lado había nacido otra cosa: un calor húmedo, una rabia dulce, un deseo de mandar. De dejar de ser la chica que sonreía detrás del mostrador, la que servía cafés y ordenaba agendas, para convertirme en la que decidía quién se arrodillaba primero.

—Está bien —dije al fin, y la voz me salió firme—. Pero las reglas las pongo yo. ¿Queda claro?

Los tres asintieron como perros bien adiestrados.

***

La sala de juntas olía a papel viejo, a café rancio y, ahora, a testosterona. Habían cerrado las persianas antes de buscarme. Solo quedaba la luz baja de emergencia y el brillo azulado de un par de móviles olvidados sobre la mesa de reuniones. Me senté en el borde de esa mesa, crucé las piernas despacio y me quité un tacón. El sonido del cuero contra la moqueta sonó seco, casi obsceno.

—Primero quiero veros a vosotros —ordené.

Los tres se miraron entre sí. Andrés fue el primero en aflojarse la corbata. Mateo ya se estaba desabrochando la camisa con dedos torpes. Iván, sin paciencia, se bajó los pantalones de un tirón. Tres pollas duras saltaron al aire al mismo tiempo: gruesa la de Andrés, venosa y curvada la de Mateo, oscura y compacta la de Iván. Las tres goteaban ya un hilo transparente que se les acumulaba en la punta.

Me mordí el labio inferior. Mi propio sexo, atrapado bajo el tanga negro, empezó a hincharse contra la tela.

—Acércate, Andrés —ordené—. De rodillas.

El hombre que esa misma mañana había repartido órdenes en una reunión de directivos se dejó caer entre mis muslos abiertos sin protestar. El olor de su excitación llenó el aire: sudor masculino, colonia barata y ese aroma almizclado de polla muy dura.

—Levántame la falda —dije.

Andrés obedeció. La tela subió con un susurro contra mis medias. Ahí estaba: el tanga negro empapado, el bulto evidente, la cabeza rosada asomando por encima del elástico, un hilo brillante bajándome por el muslo.

—Joder… —susurró él, casi reverente.

—Chúpamela —ordené, y la voz me tembló solo un segundo—. Pero despacio. Quiero sentir cada lametazo.

Andrés abrió la boca y se la tragó entera. La lengua caliente me rodeó la cabeza, bajó por el tronco, recorrió mis huevos depilados con paciencia de hombre hambriento. Eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido gutural.

—Así, cabrón. Más profundo.

Mateo y Iván se acercaron, acariciándose lentamente mientras miraban. Mateo se inclinó sobre mí y me mordió el cuello. Sus dientes me rasparon la piel mientras me desabrochaba la blusa con la otra mano. Mis tetas, pequeñas, firmes, con pezones que ya estaban duros como piedras, quedaron al aire. Iván se inclinó sobre uno y succionó con fuerza, gimiendo contra mi pezón como si llevara meses esperando ese momento.

—Quiero que me follen —dije entre jadeos, con la voz rota—. Pero yo decido cómo. Andrés, tú te vas a sentar en esa silla. Mateo, tú me vas a comer el culo mientras yo me follo a Andrés. Iván, tú me chupas los huevos hasta que yo te diga lo contrario.

Los tres obedecieron como si les hubiera entregado el guion del mejor momento de sus vidas.

***

Me subí encima de Andrés, que ya estaba sentado con la polla apuntando al techo. Me bajé el tanga del todo y dejé que mi sexo, ahora completamente erguido y brillante de saliva, se balanceara libre. Me agarré la verga gruesa con una mano, la coloqué en posición y bajé despacio. No la quería en ningún otro sitio. La quería ahí: la invasión cruda, la fricción que me recordaba exactamente quién era yo y de qué estaba hecha.

—Joder, qué gorda… —gruñí cuando la cabeza me abrió.

Bajé centímetro a centímetro, sintiendo cómo la verga me iba ganando terreno, cómo me quemaba por dentro de un modo que ningún ansiolítico me había podido apagar nunca. El sudor me corrió entre las tetas. Mateo se arrodilló detrás de mí, me separó las nalgas con las dos manos y hundió la lengua donde la polla de Andrés entraba y salía. La sensación me hizo gemir tan fuerte que me asusté de mi propia voz.

Iván se metió debajo de la silla, boca arriba, y me tragó los huevos con esa devoción de hombre que se rinde. Su lengua subía y bajaba, su saliva me chorreaba por los muslos.

Empecé a cabalgar. Fuerte. Sin compasión. Mis tetas rebotaban con cada bajada, mi sexo golpeaba el abdomen de Andrés y dejaba un rastro pegajoso en su camisa abierta.

—Más duro —pedí, y la voz ya no sonaba ni femenina ni masculina, sonaba hambrienta—. Más duro, hostia. Quiero que me llenes mientras yo me corro encima tuyo.

El ritmo se volvió frenético. La mesa crujía cada vez que apoyaba una mano para impulsarme. Los sonidos llenaban la sala: piel contra piel, gemidos ahogados, saliva chorreando, el chapoteo húmedo de la polla entrando y saliendo de mí.

Sentí el orgasmo subir como un incendio que arrancaba en la base de la columna. Me agarré con la mano libre, empecé a masturbarme con furia, la piel encendida, las venas hinchadas.

—Me corro —avisé—. Me corro, joder…

El primer chorro salió potente y le pintó la cara a Andrés: la boca, la barbilla, una mejilla. Chorros largos, espesos, que le marcaron las pestañas y la lengua abierta. Al mismo tiempo Andrés gruñó como un animal y se descargó dentro de mí: un calor pulsante que me llenó hasta empezar a chorrear por la cara interna del muslo.

Mateo y Iván no aguantaron. Se levantaron, se masturbaron a centímetros de mi cara y me descargaron encima: uno entre las tetas, el otro directamente en la boca abierta. Tragué con ansia, gimiendo, mientras el semen caliente me bajaba por la garganta.

Cuando todo terminó, seguía sentada sobre Andrés, con su verga aún dentro, el cuerpo cubierto de sudor y semen, respirando por la boca como una atleta después de una carrera. El temblor me llegaba a los dedos.

Ya no había malestar. Ya no había esa cosa apretándome el pecho desde por la mañana. Solo había deseo. Solo había poder.

Y fuera del horario, en esa sala de juntas que ahora olía a sexo y a victoria, sonreí con los labios manchados.

—Mañana repetimos —dije, lamiéndome una gota del semen de la comisura—. Pero esta vez traéis juguetes. Quiero que me veáis correrme hasta que no pueda ni caminar.

Los tres asintieron, exhaustos, devotos.

Por fin sabían quién mandaba de verdad en esta oficina.

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Comentarios (7)

NocheRoja7

Buenisimo!!! Me dejo con ganas de mas, espero la continuacion

Romi_2312

La tension del principio me engancho al toque. Por favor seguí escribiendo, esto pide segunda parte si o si

LucioRo

increible, de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

FedericoPza

Lo que mas me gusto es que no se siente forzado para nada. Se lee fluido y eso no es facil de lograr

ElisaBaires

No esperaba que me gustara tanto la verdad, pero esa tension desde el primer momento me tuvo pegada hasta el final. Se nota que tenés ojo para los detalles. Esperando el proximo!!

Tomas_46

Vas a hacer continuacion? Quede muy intrigado con como sigue todo esto jaja

pampero_73

tremendo!!! felicitaciones, de verdad

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