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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cala al caer el sol

La cala estaba vacía cuando bajamos por el sendero. Carla había insistido en aquel rincón apartado desde que vio las fotos colgadas en la recepción del hostal, y el camino entre las rocas le daba la razón: una franja de arena escondida entre acantilados, sin vendedores, sin sombrillas, sin nadie. Solo el sol cayendo despacio sobre el horizonte y el rumor del agua metiéndose en las cuevas.

Habíamos extendido las toallas cerca de la orilla, donde la arena se mantenía fresca. Carla se quitó la parte de arriba del bikini al llegar y se tumbó boca abajo con un libro que no leía. Yo fingí leer el mío, pero llevaba cuarenta minutos mirando cómo el sudor le bajaba por la espalda hasta la curva de los riñones.

—Si sigues mirándome así, no va a hacer falta que llegue la noche —dijo sin levantar la vista.

—No te miro.

—Mientes fatal, Rodrigo.

Se giró sobre la espalda, los pechos al aire, y entornó los ojos hacia el cielo. Aquella sonrisa pequeña que me ponía nervioso desde el primer día.

Las dos chicas aparecieron por el lado oeste, caminando descalzas por la arena con un par de bolsas de tela y una botella de vino blanco. Una era alta, de pelo cobrizo recogido en un moño deshecho, con un bikini negro mínimo. La otra venía un paso por detrás, más baja, morena de mejillas, con un vestido fino que el viento le pegaba a las piernas.

—Hola —saludó la del moño cuando llegó a nuestra altura—. ¿Os molesta si nos quedamos por aquí cerca? Hemos venido buscando lo mismo que vosotros.

Carla se incorporó sobre los codos, sin ningún pudor, y les sonrió.

—Para nada. La cala es de quien la encuentra.

—Soy Lucía. Y ella es Sofía.

Sofía levantó la mano con un gesto tímido. Tenía los ojos claros y una forma de mirar de reojo que no terminaba de comprometerse.

Extendieron sus toallas a tres metros de las nuestras. Lucía se quitó el bikini sin más, primero la parte de arriba, después la de abajo, y se tumbó boca arriba con un suspiro de placer. Sofía dudó unos segundos, miró a Carla, miró el agua, y se quedó con el vestido puesto.

—¿Vino? —ofreció Lucía levantando la botella—. Está fresco.

Cruzamos los dos metros que nos separaban con un par de vasos de plástico que llevábamos en la nevera. Sofía sirvió, derramó un poco en la arena, se rió bajito. Lucía me miró un segundo más de la cuenta cuando me agaché para coger el mío.

Carla lo notó. Carla siempre lo notaba.

Hablamos del pueblo, del calor, de un bar al que había que ir si pasábamos por la plaza. Llevábamos tres días en la zona y Lucía vivía allí desde abril; Sofía estaba pasando una semana con ella. Eran amigas desde la universidad, dijeron, sin aclarar mucho más. Carla preguntó cosas concretas que sonaban inocentes y no lo eran: qué tipo de cosas hacían cuando Sofía venía de visita, si solían bajar a aquella cala muchas veces, si alguna vez se habían encontrado a otras parejas allí.

Lucía respondió a todo con una sonrisa que iba subiendo de temperatura.

—A veces nos encontramos a gente. A veces hablamos. A veces no nos quedamos solo en hablar.

El sol estaba justo encima del agua. La luz nos pegaba en la cara, naranja, dura, y todos entrecerrábamos los ojos. Carla apoyó la mano en mi muslo. Tenía los dedos fríos del vaso.

—¿Qué hacíais en la cala con esas otras parejas, Lucía? —preguntó, y su voz había cambiado. Más baja. Más despacio.

—Lo que apetecía —dijo Lucía.

Sofía bajó la vista al vaso y se mordió el labio.

Sentí un calor en la nuca que no era del sol. Carla me apretó el muslo un poco más arriba de la rodilla. Yo no dije nada. No supe qué decir.

—Rodrigo es muy mirón —dijo Carla mirándome a mí pero hablándoles a ellas—. Le pone más ver que tocar. ¿Os importa si le damos algo que mirar?

Lucía dejó el vaso en la arena. Su sonrisa se ensanchó.

Sofía levantó por fin los ojos del vaso y me miró directo a la cara. No había timidez ya, había curiosidad.

—Por mí no —dijo Lucía.

—Por mí tampoco —dijo Sofía bajito.

***

Carla se levantó de la toalla y se quitó la parte de abajo del bikini sin prisa. Quedó desnuda, con la piel dorada del sol y aquel tatuaje pequeño que tenía en la cadera, una línea fina que le daba la vuelta al hueso. Caminó los tres metros hasta la toalla de Lucía y se arrodilló al lado.

—¿Puedo? —preguntó.

Lucía no respondió con palabras. Se incorporó sobre los codos, separó las piernas un poco, y la miró fijo.

Carla se inclinó y le besó el interior del muslo. Despacio. Sin tocarle nada más.

Yo me quedé sentado en la toalla, con el vaso en la mano, sin saber qué hacer con la otra. La tenía apoyada en la rodilla. No podía mirar otra cosa. Sofía estaba a mi lado, sentada en cuclillas, los ojos clavados en lo mismo que yo.

Carla subió la boca lenta por la cara interior del muslo de Lucía. Llegó hasta donde acababa el muslo y empezaba otra cosa, y se quedó ahí dos segundos, respirando contra la piel. Lucía dejó escapar un sonido ronco, los dedos apretándose en la toalla.

Cuando Carla por fin abrió la boca y bajó del todo, Lucía arqueó la espalda.

—Joder…

Sofía a mi lado tragó saliva. La oí.

Carla comía como come ella: sin teatro, sin prisa, con la lengua plana y ancha primero, después con la punta, después con los labios alrededor del clítoris. Yo conocía aquella secuencia. La había sentido cien veces. Verla desde fuera era otra cosa, una cosa que me hizo darme cuenta de que llevaba diez minutos con el bañador apretado y no me había atrevido a moverme.

Sofía giró la cabeza hacia mí.

—¿Estás bien? —susurró.

—Sí.

—No tienes que mirar si no quieres.

—Es que… sí quiero.

Se rió, muy bajito.

—Yo también.

Lucía empezó a respirar más rápido. Pasó la mano por el pelo de Carla y la empujó suave, marcando el ritmo. Carla aceleró. Lucía cerró los ojos, abrió la boca, dijo algo que no llegamos a oír.

Cuando se corrió, lo hizo despacio, con un temblor que le subió desde los muslos hasta los hombros. Carla no paró hasta que ella le tiró un poco del pelo y le dijo «espera, espera». Entonces levantó la cabeza y se limpió la boca con el dorso de la mano.

Me miró. Tenía los labios brillantes y la piel salada y los ojos demasiado abiertos para parecer tranquila.

—Ven, Rodrigo —dijo.

No me moví. Quería ir. Quería quedarme donde estaba. Quería los dos verbos a la vez.

Sofía apoyó una mano en mi rodilla.

—¿Vamos? —dijo.

***

Caminamos los dos hasta la otra toalla. Lucía nos hizo sitio, todavía con la respiración entrecortada. Sofía se quitó el vestido por la cabeza despacio, sin teatralidad, como quien se quita la camisa antes de meterse en la ducha. Debajo no llevaba nada. Tenía el cuerpo más blanco que el de Lucía, las marcas del bañador todavía visibles, una constelación de pecas en los hombros.

Me senté entre las dos, en el borde de la toalla, los pies todavía en la arena. Carla se acercó y me besó sin preguntar. Tenía el sabor de Lucía en la boca: salado, ácido, vivo.

—¿Bien? —me preguntó al separarse.

—Bien.

—Túmbate.

Me tumbé. Carla me bajó el bañador despacio. Sofía y Lucía me observaban desde un lado, apoyadas la una en la otra. Carla envolvió la mano alrededor de mí y me miró desde arriba, con aquella sonrisa pequeña que ya conocía.

—Ellas quieren probar —dijo—. ¿Te parece bien?

—Sí.

Lucía fue la primera. Se inclinó, y la primera lengua que sentí no fue la de Carla. Fue distinta: más ancha, más caliente, sin la familiaridad que tenían los movimientos de mi novia. Pasó por toda la longitud, desde abajo hasta arriba, y se quedó un rato en la punta. Sofía se incorporó después, con cuidado, y lamió por el otro lado. Las dos lenguas se encontraron en el medio y se rieron contra mi piel, y el aire frío de la noche empezando a caer me hizo apretar los puños en la arena.

Carla se sentó sobre mí a horcajadas, mirándome a la cara, sin penetrarse todavía. Tenía las dos manos apoyadas en mi pecho y movía la pelvis muy despacio, dejando que yo le tocara con la punta sin entrar.

—Mira a Sofía —me dijo.

Sofía levantó la cabeza desde donde estaba. Lucía la besó en la mejilla y luego en la boca, y Sofía cerró los ojos, y aquella timidez se le cayó al suelo de una vez. Se besaron como se besan dos personas que llevaban tiempo queriendo besarse y no era la primera vez.

—¿Lo ves? —dijo Carla.

—Lo veo.

—Tú sigue mirando.

Bajó. Despacio. Se hundió hasta el final con un sonido pequeño que le salió del fondo de la garganta. Yo levanté las manos y le agarré las caderas, pero no la moví. La dejé moverse a ella.

A nuestro lado, Lucía se había tumbado boca arriba y Sofía estaba entre sus piernas, repitiendo lo que Carla le había hecho minutos antes. Lucía la guiaba con una mano en la nuca, despacio, susurrándole cosas que yo no llegaba a entender pero que las dos parecían entenderse.

Carla aceleró encima de mí. La luz ya no era naranja; era violeta. La cala se había quedado en penumbra y solo se distinguían los cuerpos por el reflejo de la luna apareciendo sobre el agua.

—Quiero que te corras dentro —me dijo.

—¿Seguro?

—Seguro.

Me corrí con ella encima, agarrándola fuerte de las caderas, viendo de reojo cómo Sofía hacía gemir a Lucía con la lengua. Carla se inclinó sobre mí y me besó mientras todavía me temblaban las piernas.

***

Después, los cuatro en silencio. Las olas, lejos. Lucía pasó la botella de vino, ya casi vacía, y bebimos cada uno un trago de pie, sin vasos, mirándonos. Sofía se había puesto el vestido y Carla seguía desnuda. Yo me había subido el bañador a medias.

—Volvemos mañana —dijo Lucía—. A esta misma hora, si os apetece.

Carla me miró.

—¿Qué dices?

Pensé un momento. Pensé en el camino de vuelta al hostal, en la ducha, en lo que íbamos a hablar Carla y yo cuando llegásemos. Pensé en Sofía mirándome de reojo en la cala, con el vaso de vino en la mano y la curiosidad encima de los hombros como una toalla.

—Mañana —dije.

Subimos el sendero los cuatro juntos. Sofía iba la última. Cuando llegamos al cruce donde se separaban los caminos, Carla se giró hacia mí y me dio un beso largo, apoyada contra una roca todavía caliente del sol del día.

Te dije que te iba a gustar mirar, decían sus ojos.

No le contesté.

Pero le apreté la mano hasta que llegamos al hostal, y no la solté en toda la noche.

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Comentarios (7)

BigP

tremendo relato!!! se me hizo muy corto

Pato_76

y ahi termina?? no puede ser jaja, queremos saber que paso despues de la cala

KronosLex

lo leí de un tirón, no pude soltar el teléfono. Muy bien escrito

Carlosito_MX

5 estrellas sin pensarlo, de lo mejor que encontre acá

Mariana_ok

me recordó a unas vacaciones en la playa... aunque la mia fue bastante mas aburrida jaja. Sigue escribiendo!

NicoTandil

segunda parte por favor!!!

LibretoNocturno

la imagen del atardecer con la que abre el relato ya te mete en ambiente desde el primer parrafo. Bien logrado

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