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Relatos Ardientes

La noche de máscaras en la mansión de Cartagena

Me llamo Camila, tengo treinta y cinco años y llevo años cargando una curiosidad que nunca me atreví a contarle a nadie hasta esta noche. Lo que voy a escribir aquí pasó hace dos veranos, en Cartagena, en una mansión colonial restaurada de la que ya ni recuerdo si era de un amigo de un amigo o de alguien todavía más lejano. Lo que sí recuerdo, con un detalle que casi da miedo, es cada sensación.

La invitación llegó por un mensaje breve. Una pareja con la que había compartido cenas y ron en otro viaje organizaba un baile privado en una casa a las afueras de la ciudad. Una sola regla: máscara obligatoria, identidad prohibida. Nadie podía reconocer a nadie, y nadie podía decir quién era. Lo leí dos veces antes de responder que sí.

Pasé semanas pensando qué iba a ponerme. Al final compré una máscara veneciana negra que me cubría desde la frente hasta la mitad de la nariz, dejando libres los labios y los ojos. Encontré una capa larga de terciopelo rojo en una tienda de disfraces del centro. Y debajo decidí no llevar nada. Ni ropa interior, ni vestido, ni medias. Solo la piel, expuesta debajo de la tela, sensible de antemano al roce, como si la noche ya me estuviera tocando antes de empezar.

La noche de la fiesta, mientras me miraba en el espejo del taxi, pensé que todavía estaba a tiempo de pedirle al chofer que me llevara de regreso. No lo hice.

—¿Es aquí, señora? —preguntó él al detenerse frente a una verja iluminada por antorchas.

—Sí —dije, y le pagué sin mirarlo a los ojos.

Crucé el patio interior con la capa cerrada hasta el cuello. El aire del Caribe estaba pesado y olía a jazmín, a ron añejo y a algo que tardé en reconocer y que después entendí que era el sudor de cuerpos que llevaban horas allí. La música era una salsa lenta, casi perezosa, y cada nota parecía empujar mis caderas en una dirección distinta.

Una mujer con máscara de plumas doradas me recibió en la entrada del salón principal. No hablamos. Me señaló un pasillo lateral, una especie de antesala con un perchero de hierro, y entendí lo que me pedía sin necesidad de palabras. Dejé caer la capa. El terciopelo resbaló por mis hombros y por la espalda, y por un segundo me quedé inmóvil, escuchando mi propia respiración por encima de la música, sintiendo el aire húmedo rozándome los pechos desnudos, el vientre, el pubis completamente expuesto. Entrar así, sin tela debajo, me dejó la piel erizada de una excitación casi ofensiva.

Cuando entré al salón, sentí las miradas antes que cualquier otra cosa.

Había hombres y mujeres bailando, semidesnudos, otros completamente desnudos, otros con prendas mínimas. Las luces eran tenues, todo en rojo y oro. Algunas parejas ya se besaban en los rincones, otras se acariciaban sin ningún apuro, como si tuvieran toda la noche por delante. En el fondo, varios cuerpos formaban un grupo confuso sobre una alfombra grande. No me detuve a mirarlos. Avancé hasta el centro y empecé a moverme sola, dejando que la capa abierta me golpeara los muslos, dejando que todos vieran lo que había debajo cuando giraba.

No bailé mucho tiempo. Un hombre alto se acercó por detrás. Llevaba una máscara de cuero negro y un pantalón ajustado, sin camisa. Tenía el torso ancho y la piel oscura y brillante por el calor. No dijo su nombre. Yo no lo hubiera querido saber.

—¿Puedo? —preguntó solo eso, en voz baja, con acento costeño.

Le contesté empujando la espalda contra su pecho.

Sus manos me sujetaron las caderas y dejó que sintiera lo que ya tenía duro contra mí. Bailamos así, dándome cuenta de que el resto del salón también nos miraba a nosotros. Una mano subió hasta uno de mis pechos, lo apretó sin delicadeza, y el pulgar rozó el pezón hasta ponerlo duro de un golpe. La otra bajó por el vientre, despacio, como si me estuviera pidiendo permiso paso a paso. Cuando llegó entre mis piernas y comprobó cómo estaba, no se quedó solo afuera: separó mis labios con dos dedos, sintió mi humedad y hundió la mano un poco más, hasta encontrarme resbalosa y palpitante. Soltó un sonido bajo cerca de mi oído que no era una palabra.

—Llevas toda la noche así —dijo después. No era una pregunta.

—Llevo semanas así —contesté yo.

Sus dedos no fueron tímidos. Volvieron a buscarme entre las piernas, ahora sin rodeos, presionando mi entrada con la punta de dos dedos mientras el pulgar me frotaba el clítoris con un vaivén lento que me hizo arquear la espalda contra él. Yo seguía moviéndome contra su cuerpo, sin dejar de bailar, sintiendo el roce áspero del pantalón contra mis nalgas y de sus dedos contra el lugar exacto donde lo necesitaba. Cuando me apartó apenas para mirarme la cara, tenía la mano brillante de mí.

No fui la única que se dio cuenta de lo que pasaba. La mujer de las plumas doradas se acercó por delante. Llevaba un top transparente y una tanga que casi no existía. Me besó en la boca sin avisar, con la lengua entera, y supe en ese mismo instante que la noche iba a ir mucho más lejos de lo que había imaginado. Su boca sabía a ron y a menta, y sus dedos se metieron entre mi muslo y la cadera con la misma naturalidad con la que se habría saludado a una vieja amiga.

—Vengan —murmuró ella separándose un poco—. Aquí estorbamos.

Nos guió hasta una sala lateral donde había sofás bajos, alfombras gruesas y cojines en el suelo. Había otras parejas, otros tríos, ya entregados a lo suyo. Nadie nos miró cuando entramos. Nadie miraba a nadie en particular y, al mismo tiempo, todos miraban a todos.

Me dejaron tumbada sobre uno de los sofás. La mujer se arrodilló entre mis piernas y abrió mis muslos con ambas manos, sin prisa pero sin pedir más permiso porque ya lo había tenido todo en mi cuerpo desde el momento en que me besó. El hombre se sentó detrás de mi cabeza y me ofreció su boca antes que cualquier otra cosa. Me besó al revés, con su mentón contra mi frente, mientras ella me separaba los labios con los dedos y empezaba a recorrerme con una calma que no esperaba en una fiesta así. Sentí primero el aire húmedo, luego el calor de su lengua, y después la presión exacta de la punta contra mi clítoris.

Su lengua era paciente. Subía por la cara interior de los muslos sin tocarme todavía, después rodeaba sin entrar, después se detenía justo donde yo necesitaba que se quedara. Cuando finalmente se concentró, lo hizo despacio, lamiéndome con una presión firme, aplastando la lengua contra mí y dibujando círculos que me arrancaron un gemido áspero. El hombre, mientras tanto, había bajado a uno de mis pechos y había empezado a chuparlo con la misma calma. Me tomó el pezón entre los labios, lo jaló apenas con los dientes y luego lo succionó hasta hacerme doler bonito, mientras su mano libre me sujetaba la nuca para que no me moviera demasiado.

—Despacio —le dije, no porque fuera demasiado, sino porque quería sentirlo todo.

Ella obedeció. Se inclinó más, metió dos dedos en mi coño mientras seguía con la lengua arriba, abriéndome por dentro con un movimiento lento, buscando ese punto húmedo y profundo que me hizo gemir sin vergüenza. Sus dedos entraban y salían con una precisión obscena, y cada vez que regresaban rozaban el borde de mi entrada, el pulso de mi cuerpo entero apretándose alrededor de ellos. El hombre seguía chupándome el pecho, y yo tenía la sensación de estar siendo comida por ambos lados, abierta, tomada, usada con una dulzura brutal. Entonces, sin avisar, ella empujó dos dedos más dentro de mí mientras seguía con la lengua arriba, y yo me corrí por primera vez con el mentón del hombre contra mi sien y los dedos de ella todavía dentro, temblando alrededor de su mano como si algo dentro de mí se hubiera roto para dar paso a otra cosa.

—Esa fue solo la primera —dijo él riéndose contra mi oído.

***

Lo que pasó después es más difícil de ordenar.

Recuerdo que el hombre se desnudó completamente y que la mujer me ayudó a darme la vuelta. Recuerdo la dureza de su polla rozándome antes de entrar, el calor de su punta presionando mi entrada, y cómo se tomó un instante para empujar apenas, lo justo para hacerme sentirlo toda la longitud. Entró en mí despacio la primera vez y rápido la segunda, primero llenándome con una embestida profunda, después sacándosela casi por completo para volver a hundirse con más fuerza, arrancándome un jadeo que me dejó sin aire. La mujer se colocó delante de mí, sentada contra los cojines, abierta de piernas, ofreciéndose para que yo hiciera lo que ella había hecho conmigo. Y eso hice. Me incliné entre sus muslos y la probé entera, lamiéndola desde la hendidura del coño hasta el clítoris, metiéndole la lengua entre los labios húmedos mientras mi propia respiración se cortaba por las embestidas que él me daba por detrás. Cada golpe suyo me movía la cara contra ella, y esa mezcla de dolorcito, placer y vértigo me volvió más voraz.

—Mírala —decía él—, mira cómo te mira ella.

Y yo levantaba la vista y me encontraba con sus ojos detrás de las plumas doradas, brillantes, fijos en los míos, y entonces volvía a bajar la cabeza y la besaba con más fuerza, chupando, lamiendo, hundiéndome en su humedad hasta que ella se arqueaba y me apretaba la nuca con las dos manos. El hombre detrás de mí no aflojó ni un segundo; me agarró por las caderas, me abrió bien para tomarme más hondo y empezó a follarme con golpes secos, cada vez más profundos, hasta que su pelvis me sonaba contra el culo y mi coño se apretaba alrededor de él como si quisiera tragárselo entero.

En algún momento llegaron otros. Una pareja se quedó mirando desde el sofá de enfrente y después se sumó. Otro hombre, con máscara plateada, se colocó cerca de mi cara y yo le hice un gesto para que no estuviera tan lejos. Lo recibí en la boca con una mano, agarrándole la polla y llevándomela a los labios sin rodeos, mientras la otra seguía sujeta al muslo de la mujer de las plumas, mientras el primero seguía detrás de mí, mientras alguien más me acariciaba la espalda baja con una palma abierta y firme. El de la máscara plateada me metió la verga entre los labios y yo la chupé con hambre, sintiendo el sabor salado de su piel y la dureza viva contra mi lengua. Cada vez que me hundía más en él, la mujer gemía delante de mí, y el hombre detrás aumentaba la fuerza de sus embestidas como si quisiera empujarme todo el aire del cuerpo.

Hubo un momento en que me di cuenta de que ya no sabía cuántas manos había sobre mi cuerpo. Una me sostenía un pecho, otra me abría el culo con dos dedos, otra me masajeaba el monte de Venus, otra me sujetaba la mandíbula para que no dejara de chupar. No me asusté. Al contrario, me dejé llevar como si flotara sobre todo aquello, con la vagina ardiéndome, la boca llena de carne y el cuerpo entero convertido en una sola superficie sensible.

Recuerdo a una chica de máscara blanca, muy joven, que se acercó solo para besarme en la boca y se fue después, sin decirme nada y sin dejarme decirle nada. Recuerdo a un hombre mayor, con máscara dorada y barba corta, que no me tocó pero se sentó a un metro a mirarnos y a tocarse a sí mismo, despacio, con una expresión de concentración casi religiosa que me pareció más excitante que muchas otras cosas de la noche. Tenía la polla en la mano, dura y brillante, y se acariciaba el glande con el pulgar como si estuviera rezando con el cuerpo. Recuerdo a la mujer de las plumas acomodándome de nuevo, abriéndome con los dedos para que no me cerrara, metiéndome la lengua otra vez cuando ya casi no podía más, haciéndome llorar de puro exceso.

Recuerdo, sobre todo, un instante en que terminé sentada sobre el primer hombre, dándole la espalda, con la mujer de las plumas frente a mí besándome con las manos en mi cara, y otro hombre detrás besándome la nuca, mientras él me sujetaba las caderas para que rebotara sobre su polla hasta encontrar el ritmo exacto. Yo me movía arriba y abajo, sintiendo cada centímetro entrando y saliendo, el roce de sus caderas contra mis nalgas, el calor de mi sexo abierto y húmedo alrededor de él, y pensé muy claramente: nunca voy a contarle esto a nadie y, por eso mismo, va a ser solo mío para siempre.

Después me hicieron tumbar en una mesa baja del centro de la sala. Cuatro personas se ocuparon de mí al mismo tiempo, no recuerdo exactamente quiénes ni en qué orden. Lo que sí recuerdo es que me abrieron las piernas sin ceremonias, que una lengua me volvió loca entre los muslos, que otra boca me chupó los pezones hasta dejármelos ardiendo, que una mano me metió dos dedos y luego tres, encontrándome por dentro mientras otra me acariciaba el ano con una insistencia lenta que me hizo estremecer. Me corrí dos veces más, una con la lengua de ella entre mis piernas y otra contra los dedos del hombre de la máscara plateada, y en algún momento empecé a llorar sin tristeza, solo de exceso, de vibración, de tener el cuerpo entero convertido en una herida deliciosa. Alguien me secó las mejillas con un pañuelo de tela antes de besarme otra vez.

***

Cuando empecé a notar los primeros ruidos del amanecer detrás de los postigos, la música ya había bajado de volumen. La mansión olía a sudor, a perfume gastado, a sexo. Los cuerpos estaban tendidos en sofás, en alfombras, abrazados de cualquier manera. Algunos dormían, otros conversaban en voz baja. Nadie se había quitado la máscara. Esa fue, creo, la regla más sagrada de todas.

Me levanté con cuidado. Las piernas me temblaban. Sentía el cuerpo deliciosamente gastado, con esa pesadez exacta que solo deja un placer largo y compartido. Caminé descalza hasta la antesala, recogí mi capa de terciopelo rojo del perchero de hierro y me la cerré contra la piel todavía húmeda.

En el patio interior, dos mujeres con máscaras a juego fumaban junto a una fuente apagada. Una me sonrió, levantó dos dedos como un saludo silencioso. Le devolví el gesto. No nos dijimos nada.

Salí a la calle y el aire de la mañana me golpeó con un olor a mar que no había notado al llegar. Caminé un par de cuadras hasta encontrar un taxi. El chofer me miró por el espejo, vio la máscara todavía en mi cara y no preguntó nada.

—A la zona vieja —le dije.

Asintió y arrancó.

Apoyé la frente contra la ventanilla. El cielo estaba pasando de gris a rosa muy lentamente, como si tampoco él tuviera prisa por nada. Pensé en mi cama, en la ducha que me iba a dar, en el café que me iba a hacer después. Pensé también, y esto es lo que más recuerdo, que durante toda la noche no había sabido el nombre de ninguna de las personas que me habían tocado y, sin embargo, sentía que algunas me conocían mejor que personas con las que había convivido años.

Han pasado dos veranos desde aquella noche. No he vuelto a Cartagena. La pareja que organizó la fiesta me ha vuelto a invitar dos veces y las dos veces he dicho que no, no por miedo ni por arrepentimiento, sino porque entiendo que algunas cosas se vuelven menos cuando se repiten.

Todavía guardo la máscara veneciana en una caja, debajo de unos suéteres que no uso casi nunca. A veces, cuando la casa está vacía, la abro y la miro. No me la pongo. No hace falta. Con verla ya vuelvo allí. Vuelvo al pasillo oscuro, a la primera mano sobre mi cadera, a los ojos detrás de las plumas doradas, al hombre mayor que me miraba sin tocarme, al pañuelo de tela contra mis mejillas.

Y entonces cierro la caja, vuelvo a tapar los suéteres y sigo con mi vida, sabiendo que tengo, escondida ahí dentro, una noche entera que no le pertenece a nadie más que a mí.

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Comentarios(9)

Pili_Nocturna

Dios mio que relato!!! me quede sin palabras

Valeria_Salta

Habra segunda parte? me quede con ganas de saber mas...

Julia_BA

Me encanto como lo contaste, se siente real. Esa ambientacion con las mascaras le da un toque muy especial.

NocheFelina

Esto te paso de verdad?? jaja ojalá, suena increible

DiegoK22

que envidia sana!!! jajaja tremendo

lectorx77

Muy bueno, uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

MascaraRoja77

Habia leido algo parecido pero este le gana por goleada. Bravo!

RobertoK

Me recordo a una fiesta de disfraces que fui hace años... la mia no fue tan interesante jajaja. Buenisimo

LauraM85

Sigue escribiendo por favor, tenes muy buen estilo :)

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