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Relatos Ardientes

El experimento que Mateo me propuso aquella noche

La conversación llevaba casi dos horas dando vueltas alrededor de lo mismo: la teoría del deseo, la diferencia entre lo que una imagina y lo que una sería capaz de hacer. Mateo bebía despacio su gin tonic y me miraba como quien espera que el otro acabe de leer un libro para poder discutirlo.

—Está bien lo que dices —murmuró al fin, dejando el vaso sobre la mesa—, pero todo esto sigue siendo teoría. Y la teoría aburre.

—¿Qué propones? ¿Que dejemos de hablar?

—Que pasemos a otro terreno.

Sonreí con cierta sospecha. Llevábamos ocho meses juntos y conocía esa cara suya, la del que ya tenía la idea armada antes de abrir la boca.

—Suéltalo.

—Quiero que vayas a la barra a pedir una copa.

—¿Esa es la propuesta?

—Déjame terminar. Quiero que vayas a la barra, pero antes te desabrochas un par de botones y te subes la falda un poco. No mucho. Lo justo. Y pides algo. Yo me quedo aquí, vigilando. Si pasa algo que no te guste, me haces una seña, me acerco y te presento como tu novio. Pero si no, observamos qué ocurre.

Qué ocurre. Como si fuera un experimento de laboratorio.

Lo miré un buen rato. Mateo tenía la rara habilidad de proponer cosas extrañas como si fueran obvias. Me molestaba y a la vez me intrigaba; esa fue siempre nuestra dinámica.

—¿Por qué te interesa que pase algo?

—Porque tú llevas años diciéndome que ningún hombre se te insinúa. Y yo llevo años diciéndote que es mentira. Quiero que lo veas. Que sientas la diferencia entre lo que pasa cuando te escondes y lo que pasa cuando no.

Bebí lo que me quedaba de vino. No respondí enseguida. Miré alrededor. El bar estaba lleno; era viernes y la gente se acumulaba contra la barra de mármol esperando que el chico de los tirantes le preparara la copa. Olía a perfume y a limones cortados.

—Lo hago —dije, sorprendiéndome a mí misma.

Me desabroché tres botones, no dos. La falda no la toqué; me dio vergüenza hacerlo delante de él. Me levanté. Sentí que las piernas no me pesaban, pero tampoco eran del todo mías.

***

Caminé hasta la barra mirando al frente. No quise contar a cuántos hombres había en el sitio, ni cuántos giraron la cabeza. Me senté en uno de los taburetes altos, crucé las piernas, y la falda subió sola unos centímetros. No me la bajé. Ese fue el momento exacto en que entendí que estaba haciéndolo de verdad.

—Un Cosmopolitan, por favor.

El barman asintió sin mirarme demasiado. Era profesional. Los demás no lo eran.

El primero apareció en menos de un minuto. Treinta y pocos, camisa azul, una sonrisa demasiado entrenada.

—Perdona, no he oído bien lo que pediste. Quería pedir lo mismo.

—Un Cosmopolitan —contesté, manteniéndole la mirada el segundo justo para que entendiera que lo había escuchado y aun así se lo decía.

—Tienes pinta de saber elegir bebidas.

—Y tú pinta de probar cualquier cosa.

Se rió. No esperaba esa respuesta. Yo tampoco esperaba dármela a mí misma. Sentía algo extraño en el pecho, una mezcla de adrenalina y vergüenza, y por debajo, algo más. Algo que no quería nombrar todavía.

El segundo llegó por el otro lado mientras el primero se distraía con sus amigos. Más joven, pelo oscuro, una colonia que olía demasiado.

—No quería interrumpir, pero llevo un rato preguntándome de qué color son tus ojos.

—Verdes.

—Eso pensaba. Por eso quería confirmarlo.

Me reí sin querer. Era una frase mala, pero la decía con tanta seguridad que casi funcionaba. Miré por el rabillo del ojo hacia la mesa donde estaba Mateo. No me hizo ninguna seña. Estaba bebiendo, tranquilo, observándome como quien mira un partido por televisión.

El barman me dejó la copa delante. El primero volvió a girarse hacia mí justo cuando el segundo me preguntaba mi nombre.

—Camila.

—Bonito nombre.

—¿Brindamos? —dijo el primero, levantando su copa que también acababa de llegar.

—¿Y yo no? —añadió el segundo.

Me quedé un instante bloqueada. Tenía a un hombre a cada lado, ambos sonriendo, ambos esperando algo de mí, y ninguno daba señales de irse a ningún lado. Brindamos los tres. El cristal sonó tres veces. Algo dentro de mí sonó al mismo tiempo, pero no sabría decir qué.

Cuando dejé la copa, una mano se apoyó en mi hombro. La del primero. Casi al instante, el segundo me rodeó la cintura con el brazo, como si los dos hubieran ensayado el gesto.

—Un momento —dije, intentando que la voz sonara firme—. Esto va demasiado rápido.

Conseguí zafarme del primero, pero al girarme me encontré directamente con la mirada del segundo, los rostros más cerca de lo que esperaba.

—Ya sabía yo que te girarías hacia mí —murmuró.

Y entonces apareció Mateo.

***

—Hola, mi amor —dije con una sonrisa que pretendía ser de alivio y salió más bien de súplica—. Mira, te presento. Han sido muy amables conmigo.

Esperaba que Mateo me cogiera del brazo, pagara la copa y me sacara de allí. En vez de eso, sonrió a los dos chicos como si fueran viejos conocidos.

—Encantado. ¿Os apetece pasar a una mesa?

Lo miré con incredulidad. Él no me devolvió la mirada.

Nos sentamos los cuatro en una mesa al fondo. Yo en medio, casi sin darme cuenta. El primero a mi izquierda, el segundo a mi derecha, Mateo enfrente. El segundo se levantó a por bebidas. Mateo le pidió una cerveza con una naturalidad que no entendí.

—Mateo —susurré cuando el otro se alejó—, esto se nos está yendo de las manos.

—Tranquila. Estamos en un sitio público. No va a pasar nada que tú no quieras.

El primero acercó su muslo al mío bajo la mesa. Lo sentí caliente a través de la falda. El segundo volvió y, al sentarse, su mano rozó mi espalda como sin querer. Pero el roce duró demasiado para ser casual.

Mateo se levantó, se colocó detrás de mí y me apoyó las manos en el cuello. Empezó a masajearme.

—Relájate, Camila. Disfruta. Cuando quieras parar, paras.

Sus dedos eran cálidos. Conocía esa presión, esa forma exacta de hundir los pulgares justo bajo la nuca. Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, la mano del primero ya estaba sobre mi cintura, por debajo de la blusa, tocándome la piel directa. La del segundo dibujaba círculos en la cara interna de mi rodilla, subiendo despacio.

Esto no debería estar pasando. Esto no puede estar pasando.

Pero estaba pasando. Y mi cuerpo, traidor absoluto, no se rebelaba como yo esperaba. Se quedaba quieto. Esperando.

—Mateo —dije muy bajo—, ¿hasta dónde quieres que llegue esto?

—Hasta donde tú decidas. Yo no decido por ti.

Me lo dijo al oído, sin dejar de masajearme. Yo sentía la mano del primero ya por encima del ombligo, ascendiendo, levantando la tela de la blusa lo justo para dejar al aire la piel húmeda y tibia de mi vientre. La del segundo había llegado al borde de la falda y se metía debajo, despacio, como quien pide permiso sin pedirlo. Nadie en la mesa hablaba. Solo se oía el bajo del local y mi propia respiración, que cada vez era más ruidosa que el resto.

Sentí los dedos del segundo rozar la tela de la ropa interior. Apenas un toque. Apenas una sugerencia. Pero bastó para que mi espalda se arqueara medio centímetro, sin mi permiso. Me mordí el labio. El roce subió un grado cuando el primero, desde el otro lado, deslizó la palma por mi costado y me tomó un pecho con descaro, cubriéndolo entero, apretando el pezón a través de la blusa y el sostén hasta hacerme soltar el aire por la nariz.

—Mírala —murmuró el primero, con una sonrisa torcida—. Ya está temblando.

—Y eso que apenas la hemos empezado a tocar —dijo el segundo, y su mano se hundió un poco más entre mis muslos, empujando la tela contra el calor que ya me ardía ahí abajo.

Mateo apretó suavemente mi cuello con una mano y con la otra empezó a recorrerme los hombros desnudos. Cuando se inclinó, su boca rozó mi oreja, y su voz me atravesó con una calma obscena.

—Dime si quieres que pare.

No respondí. No porque no quisiera, sino porque ya sentía la humedad extendiéndose en mi entrepierna con una rapidez humillante. El segundo me tocó por encima de la ropa interior, sin meterse del todo, presionando apenas, como si quisiera medir el borde exacto de mi deseo. El primero, entretanto, había abierto un botón más de mi blusa y me besaba el cuello con la boca abierta, húmeda, dejando un camino de saliva que me hizo estremecerme.

Tres hombres. Tres pares de manos. Y yo en medio, con los ojos cerrados, sintiendo cómo mi cuerpo recibía cada estímulo y devolvía algo que no quería devolver.

—Te está mojando la ropa, joder —dijo el segundo, y noté cómo sonreía al decirlo, porque su voz me vibró justo en el costado.

—Déjala —respondió Mateo, firme, detrás de mí—. Quiero verla así.

Mi respiración ya era pura desobediencia. El primero bajó la mano por mi vientre hasta la cinturilla de la falda, la metió por dentro y deslizó dos dedos hasta la raya de la ropa interior. No empujó enseguida. Primero acarició la curva de mi pelvis, después siguió el borde de la tela hasta encontrar la zona más blanda y caliente. Cuando por fin me tocó donde de verdad estaba mojada, se le escapó un suspiro.

—Hostia —dijo—. Sí que estabas esperando, ¿eh?

El segundo se inclinó tanto que casi me rozó la boca con la suya. No me besó; me habló encima de los labios.

—¿Te gusta que te miren así? ¿Te gusta que te toquen delante de tu novio?

Sentí un latigazo en el pecho. Quise decir que no. Quise decir que esto era una locura. Pero el cuerpo me traicionó otra vez: abrí más las piernas y les dejé sitio. La falda ya no cubría casi nada; se había subido en mi regazo, arrugada, empujada por las manos que no dejaban de buscarme.

—Basta —susurré.

Nadie me oyó. O fingieron no oírme.

El primero metió los dedos bajo mi ropa interior y frotó despacio, encontrando por fin el punto exacto de mi sexo. El contacto directo me hizo jalar aire de golpe. Era un círculo lento, pesado, humedecido en mi propia excitación, y sentí que se me aflojaban las piernas. Mateo, detrás de mí, deslizó una mano por el centro de mi escote, apartó la tela y me masajeó el otro pecho con precisión, pellizcando el pezón entre dos dedos hasta que se me nubló la vista.

—Así —susurró él—. Eso es, Camila. Déjate.

El segundo me besó al fin, no en la boca, sino en la mandíbula, y luego bajó al cuello otra vez, mordiendo con poca fuerza, como si supiera que no necesitaba más para desarmarme. Sus dedos encontraron la otra cara de mi intimidad, separando mi vulva con cuidado y luego con menos cuidado, extendiendo la humedad por todo el pliegue.

—Está ardiendo —dijo—. Mira cómo se abre.

Me incorporé medio centímetro y gemí sin querer. El sonido me avergonzó tanto como el hecho de producirlo. El primero apretó con más ritmo, ya sin sutileza, frotándome sobre la tela hasta que mi cadera empezó a moverse sola contra su mano. El segundo bajó aún más y, con la punta de la lengua, lamió la piel del borde de mi oreja como si estuviera probando sal.

—Mateo —dije muy bajo—, ¿hasta dónde quieres que llegue esto?

—Hasta donde tú decidas —repitió él—. Yo no decido por ti.

Pero los tres me estaban llevando al borde de una manera tan metódica que la frase sonaba a mentira piadosa. El primero hundió dos dedos dentro de mí, de golpe, y sentí el espasmo inmediato, brutal, que me dobló sobre la mesa. No eran solo dedos: era la presión espesa de mi propio deseo abriéndose paso, el ruido húmedo de mi sexo tragándoselos, el calor que me corría por dentro y me hacía querer más a pesar de mí misma.

—Joder —murmuró el primero, moviéndolos dentro y fuera con una cadencia firme—. Estás empapada.

El segundo me sostuvo la cara con una mano y me obligó a mirarlo.

—Dime que quieres que siga.

Tragué saliva. No pude.

Mateo tiró de mi barbilla hacia atrás, obligándome a arquear el cuello. Su otra mano seguía trabajando en mi pecho, y la del segundo entró un poco más entre mis piernas, ayudando al primero a abrirme por completo. Me sentí utilizada y atendida al mismo tiempo, deshecha y sostenida, y esa mezcla me arrasó por dentro con una violencia que no sabía que pudiera excitarme tanto.

—Quiero —dije al fin, apenas un hilo de voz—. Quiero que sigas.

El primero soltó una risa ahogada y aumentó el ritmo, y el segundo me metió dos dedos más por detrás de la sensación, rozando el borde de mi entrada con una presión lenta, casi cruel, hasta que el placer se volvió insoportable. Mi respiración ya no parecía mía. Mateo me besó en la nuca, y el calor de su boca acabó de romper la última resistencia que me quedaba.

—Eso es —susurró—. Así te quería ver.

No sé cuánto tiempo duró. Perdí la cuenta en algún momento, entre el sonido de las sillas, la música baja, el pulso en las sienes y el tirón eléctrico que me recorría toda la pelvis. Lo único que recuerdo con claridad es el instante en que todo se me concentró en el vientre y, de golpe, el primer espasmo me hizo contraerme alrededor de los dedos del primero. Después vino otro, más fuerte, y otro más, con mi sexo latiendo, húmedo, abierto, mientras los tres seguían tocándome como si quisieran ordeñarme el cuerpo hasta vaciarme.

—Basta —susurré otra vez, ya rota.

Esta vez sí me oyó Mateo.

—Para —dijo él, seco.

Las tres manos se retiraron al mismo tiempo. El silencio que quedó fue tan grande que me zumbaban los oídos. Me levanté de golpe, con las piernas flojas y la falda pegada al muslo por mi propia humedad. Mateo me cogió del brazo con suavidad y me llevó hacia la salida sin decir una palabra.

***

El aire de la calle me golpeó la cara. Caminé unos metros sin mirarlo. Mateo respetó el silencio. Cuando finalmente lo encaré, sentí que la voz me salía rota.

—¿Cómo pudiste dejar que pasara eso?

—Te dije que podías parar cuando quisieras. Y paraste. Cuando quisiste de verdad.

—Sabías que estaba asustada.

—Estabas asustada y curiosa al mismo tiempo. ¿Quién soy yo para decidir cuál de las dos cosas pesa más en ti? Si te hubiera sacado antes, habrías pensado siempre qué habría pasado. Ahora ya lo sabes.

Lo odié durante exactamente cuarenta segundos. Después dejé de odiarlo, porque entendí que tenía razón aunque no quisiera dársela. Caminamos las cuatro manzanas hasta mi portal sin volver a hablar.

—Entra y descansa —dijo cuando llegamos—. Y haz una cosa por mí.

—¿Cuál?

—Escríbelo. Todo. Lo que pasó y lo que sentiste mientras pasaba. No para mí. Para ti. Y cuando lo tengas, hablamos.

Asentí sin mirarlo. Subí las escaleras escuchando mis tacones contra el mármol. Me senté en el escritorio sin quitarme la ropa. Saqué un cuaderno y empecé a escribir.

***

Quedamos cuatro días después en una cafetería tranquila. Le ofrecí el cuaderno cerrado.

—No, no quiero leerlo. Quiero que tú me lo cuentes.

Respiré. Llevaba ensayándolo desde que me había sentado.

—El primer momento en que algo cambió fue cuando el segundo me tocó el muslo bajo la mesa. Hasta entonces tenía miedo, solo miedo. Pero ese roce fue distinto. Sentí una corriente subir por la pierna y aposentarse en algún sitio que no quiero nombrar. Y me asusté más, porque no esperaba sentirla.

—Sigue.

—Después fue la mano del primero por la espalda, debajo de la blusa. Eso fue piel contra piel. No tela, no rozar. Piel. Y mis poros respondieron sin preguntarme. Como si llevaran años esperando algo así y no hubieran sido invitados nunca.

Mateo no decía nada. Esperaba.

—Y luego fueron tus manos en mi cuello. Esas no me sorprendieron, esas las conocía. Pero combinadas con las otras dos, fueron lo que terminó de descomponerme. Era como si tres personas distintas estuvieran descubriendo el mismo cuerpo al mismo tiempo y ese cuerpo fuera el mío y yo no terminara de creérmelo.

—¿Y qué decidiste, al final?

—Decidí que paraba porque la idea de no parar me daba vértigo. No porque no me gustara. Me gustaba. Y eso era lo peor.

Se quedó mirándome largo rato. Luego sonrió, no con burla, sino con algo parecido al respeto.

—Ahora ya conoces algo de ti que antes era teoría.

Asentí. Bebí el café que se había enfriado. Por la ventana entraba un sol pálido de febrero.

—Mateo.

—¿Sí?

—La próxima vez que propongas un experimento, avísame de cuántas variables tiene.

—¿Va a haber próxima vez?

No le contesté. No del todo. Pero le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que él entendiera, y el tiempo suficiente para no comprometerme yo. Y eso, esa noche en aquel bar, era exactamente lo que no había sido capaz de hacer.

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Comentarios(9)

Caro_lee

diosss que final tan inesperado!!! me dejo sin palabras

MarcelaRo

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que pasa despues con Mateo jaja

SilviaMdp

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... esa tension entre el miedo y las ganas esta perfectamente capturada. Muy bueno!

Ricardo

La pregunta que me queda es si ese silencio fue intencional o no. Me dejo pensando todo el camino al trabajo jaja

NachoPe

tremendo, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

Tino_lecturas

el giro ese del final me mato jaja, no me lo esperaba para nada

LucianoR77

Lo que mas me gusto es como manejaste la incertidumbre a lo largo de todo el relato. Se siente real sin pasarse de la raya. Seguí subiendo cosas!

Paula_reads

Me encanto!! sigue asi :)

dantralo

quede con ganas de mas, espero el proximo relato

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