Preparamos otra cena para tres y todo se desbordó
El primer trío con Daniel había cambiado algo entre nosotros. No algo malo. Todo lo contrario. Durante las semanas siguientes, Lucía y yo no podíamos estar en la misma habitación sin terminar desnudos. Bastaba una mirada, una frase a medias, cualquier referencia velada a aquella noche, y los dos acabábamos contra la pared, en el sofá, sobre la mesa de la cocina. Follábamos con una intensidad que no habíamos tenido en años.
Así que la pregunta no era si íbamos a repetir. La pregunta era cuándo.
Lucía fue la primera en decirlo en voz alta. Estábamos en la cama, un domingo por la mañana, con las sábanas revueltas y el café enfriándose en la mesilla.
—Llámalo —dijo sin mirarme, con esa media sonrisa que ponía cuando sabía exactamente lo que quería.
No hizo falta que dijera nada más.
***
Quedamos un viernes. Preparé la cena yo mismo: algo sencillo pero que diera sensación de evento. Ibéricos, queso curado, pan crujiente, una ensalada con higos y rúcula. Dos botellas de tinto reserva. Lucía se encargó del escenario: velas en el salón, música suave desde el altavoz del mueble, y la iluminación justa para que todo pareciera más íntimo de lo que ya era.
La vi salir del dormitorio y me quedé mirándola como si fuera la primera vez. Llevaba un vestido negro que le llegaba por encima de la rodilla, ajustado en la cintura, con un escote que dejaba adivinar lo que había debajo sin enseñar nada todavía. Medias oscuras. Tacones que hacían que sus piernas parecieran interminables. Debajo, lo supe después, un conjunto de encaje negro que había comprado esa misma semana.
—¿Estoy bien? —preguntó, aunque ambos sabíamos la respuesta.
—Estás increíble.
Se acercó y me besó despacio, mordiéndome el labio inferior antes de separarse.
—Tú mandas esta noche —me dijo al oído—. Quiero que lo dirijas todo.
***
Daniel llegó puntual. Besos en las mejillas, apretón de manos, como si fuéramos tres compañeros de trabajo quedando para cenar. Había algo casi cómico en la formalidad, considerando lo que habíamos hecho juntos dos meses antes. Pero los tres necesitábamos ese ritual de normalidad antes de dejar que la noche tomara su curso.
Servimos el aperitivo en la terraza. El aire de la noche era templado y la conversación fluyó sin esfuerzo. Trabajo, viajes, anécdotas intrascendentes. Pero yo veía cómo Daniel miraba a Lucía cuando ella se giraba. Le recorría las piernas con los ojos, se detenía un instante en el escote, volvía rápido a la conversación. Ella lo sabía. Se cruzaba de piernas despacio, se inclinaba a coger su copa dejando que el vestido se le subiera un centímetro.
—Estás guapísima —le dijo Daniel, ya sin disimular.
—Gracias —contestó ella con una sonrisa lenta—. Todavía no has visto nada.
***
Nos sentamos a cenar. Lucía en la cabecera, yo a su derecha, Daniel a su izquierda. La conversación fue perdiendo su barniz de cortesía con cada copa de vino. Aparecieron las primeras bromas con carga, los dobles sentidos, las risas que duraban un segundo más de lo necesario.
Pero la cena avanzaba y nadie daba el primer paso. Daniel era respetuoso, esperaba señales claras. Lucía me lo había dejado a mí. Y yo sabía que el momento tenía que llegar de forma natural, sin forzarlo, porque eso era lo que lo hacía diferente de cualquier fantasía barata.
Cuando retiré los platos y traje el postre, tuve la idea. Saqué una servilleta de tela del cajón y me acerqué a Lucía por detrás.
—Cierra los ojos —le dije.
Sentí cómo se le aceleró la respiración. Le até la servilleta sobre los ojos con cuidado, asegurándome de que no viera nada. Ella se mordió el labio. Daniel me miró con las cejas levantadas y yo le hice un gesto para que se acercara.
—Ahora vamos a darte de comer el postre —dije en voz baja—. Tú solo abre la boca.
Era una tarta de chocolate. Le dimos cucharadas pequeñas, turnándonos, acercándonos más de lo necesario. Mis dedos le rozaban la mandíbula. Los de Daniel le acariciaban la rodilla. Lucía abría la boca cada vez más despacio, con los labios entreabiertos esperando la siguiente cucharada, y de pronto ya no era chocolate lo que buscaba.
Le besé el cuello. Ella gimió bajito, casi sin sonido. Daniel subió la mano por el interior de su muslo y Lucía separó las piernas de forma instintiva, reclinándose contra el respaldo de la silla.
—Enséñale lo que llevas debajo —le susurré al oído mientras le acariciaba los pechos por encima del vestido.
***
Fui subiendo el vestido poco a poco. Primero las rodillas, después los muslos con las medias de seda, después el borde de encaje de las bragas. Lucía tenía las piernas abiertas y las bragas empapadas. Respiraba por la boca. Daniel se había puesto de pie y no podía apartar los ojos de ella. La erección le marcaba los pantalones de forma obscena.
—Es toda tuya —le dije.
Daniel se arrodilló entre las piernas de Lucía. Le apartó las bragas con los dedos y empezó a lamerla despacio, con la lengua plana, recorriendo cada pliegue como si tuviera toda la noche por delante. Ella se agarró a los bordes de la silla y echó la cabeza hacia atrás. Yo le desabroché el vestido por arriba y le bajé el sujetador, tomándole los pezones entre los dedos mientras Daniel le comía el sexo con una dedicación que me puso duro al instante.
Lucía se corrió con un espasmo largo que le recorrió todo el cuerpo. Apretó los muslos contra la cabeza de Daniel y gimió con la boca abierta, un sonido gutural que me erizó la piel.
Antes de que pudiera recuperarse, Daniel se incorporó, se bajó los pantalones y la penetró de un solo movimiento. Lucía gritó. Seguía con los ojos vendados y cada sensación le llegaba amplificada: mi boca en sus pechos, las manos de Daniel en sus caderas, su sexo abriéndose para recibirlo entero.
Se corrió otra vez en la primera embestida. Daniel tuvo que detenerse, apretándose la base para no acabar él también.
***
Aproveché ese momento para ponerme de pie y guiar a Lucía hasta la mesa. La incliné hacia adelante, con las manos apoyadas sobre el mantel, y ella arqueó la espalda ofreciéndome todo. Me desnudé sin prisa. Quería sentir cada segundo. Cuando entré en ella, estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo sin ninguna resistencia. Caliente, apretada, palpitando todavía del último orgasmo.
Nos fuimos turnando. Yo unos minutos, después Daniel. Cada vez que uno salía, el otro entraba, y Lucía gemía con cada cambio, con cada diferencia de ritmo y de ángulo. Tenía la frente apoyada en la mesa y repetía frases entrecortadas que ninguno de los dos entendíamos del todo pero que significaban lo mismo: no pares.
En un momento se quitó la venda ella misma. Tenía los ojos brillantes, las pupilas dilatadas, el rímel corrido. Estaba preciosa así, descompuesta y libre. Se giró hacia Daniel, lo cogió de la nuca y le metió la lengua en la boca con una urgencia animal. Después le empujó hacia el sofá.
***
Daniel cayó de espaldas sobre los cojines y Lucía se subió encima de él sin ninguna ceremonia. Le cogió la polla con la mano, la colocó en su entrada y se dejó caer hasta sentirlo completamente dentro. Empezó a moverse despacio, ondulando las caderas, con las manos apoyadas en su pecho.
Yo me quedé de pie detrás de ellos, mirando cómo el sexo de Lucía envolvía a Daniel cada vez que bajaba. El sonido húmedo llenaba la habitación. Ella aceleró el ritmo, le mordía los labios, le clavaba las uñas en los hombros. Se corrió otra vez, esta vez con un grito corto que le salió del fondo del pecho.
Entonces levantó la cabeza, me buscó con la mirada y me hizo un gesto con la mano para que me acercara. Sin dejar de moverse sobre Daniel, me cogió la polla y se la metió en la boca. Era una imagen que no voy a olvidar mientras viva: Lucía cabalgando a un hombre mientras me la chupaba a mí, con los ojos cerrados y una expresión de placer absoluto.
Y entonces pasó algo que no habíamos planeado.
Daniel se incorporó un poco, acercó su boca y empezó a lamer donde Lucía lamía. Los dos juntos, sus lenguas rozándose sobre mi polla, alternándose, encontrándose. La sensación fue tan intensa que tuve que dar un paso atrás para no acabar en ese instante. Lucía me miró con los ojos muy abiertos, excitada como no la había visto nunca. El hecho de ver a Daniel haciendo aquello la llevó a otro nivel.
—Otra vez —pidió ella con la voz ronca—. Quiero verlo otra vez.
***
Daniel la tumbó de espaldas sobre el sofá. Le abrió las piernas y empezó a follarla con una energía nueva, como si aquello le hubiera desbloqueado algo. Lucía gemía sin control, con los ojos fijos en mí, y yo me acerqué.
Empezaron a compartir mi polla otra vez. Lucía la chupaba unos segundos, después la guiaba hacia la boca de Daniel, que la recibía sin dudar. Fue él quien esta vez se quedó más tiempo, envolviéndome entero mientras seguía embistiendo a Lucía. Sentí su lengua recorrer toda la longitud, caliente, firme, sin ninguna timidez. Lucía se corría viéndolo. Su sexo empapado producía un sonido obsceno con cada embestida y ella lo disfrutaba, se arqueaba, le pedía más.
Perdí la noción del tiempo. No sé cuántas veces se corrió Lucía, ni cuántas veces Daniel y yo tuvimos que detenernos para no terminar antes de lo que queríamos. Nos movimos del sofá a la alfombra, de la alfombra de vuelta a la mesa. Probamos todas las combinaciones posibles, todas las posiciones que se nos ocurrieron, y cuando creíamos que ya no podíamos más, alguien proponía algo nuevo y volvíamos a empezar.
***
Fue Lucía quien decidió cuándo terminaba. Se puso de rodillas entre los dos y nos miró alternativamente con esa sonrisa suya, la que significaba que estaba a punto de hacer algo que nos iba a dejar sin palabras. Nos cogió a los dos con las manos y empezó a masturbarnos al mismo ritmo, turnando la boca de uno a otro. Daniel se corrió primero, con un gruñido que le salió de muy adentro. Yo aguanté unos segundos más, solo unos segundos, antes de hacer lo mismo.
Lucía se dejó caer sobre la alfombra, boca arriba, con el pecho subiendo y bajando. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje deshecho y una sonrisa enorme que le ocupaba toda la cara.
—Esto ha sido mejor que la primera vez —dijo, y se rio con esa risa suelta de después del sexo, cuando el cuerpo todavía está eléctrico y todo parece absurdamente gracioso.
Daniel se tumbó a su lado. Yo al otro. Los tres mirando el techo del salón con las velas casi consumidas y la música que seguía sonando de fondo como si nada hubiera pasado.
—¿Hay más vino? —preguntó Daniel.
—Hay otra botella —contesté.
—Ábrela —dijo Lucía—. La noche no ha terminado.
Fui a la cocina desnudo, descorché la tercera botella y serví tres copas. Cuando volví al salón, Lucía estaba acurrucada contra Daniel, acariciándole el pecho con los dedos, y él me miraba con una expresión de complicidad que decía todo lo que hacía falta decir.
Nos habíamos propuesto repetir aquella primera noche. Pero lo que encontramos fue algo distinto, algo que no teníamos nombre para describir. Una intimidad compartida entre tres personas que no se medía con las reglas de siempre. No había celos, no había incomodidad, no había culpa. Solo había deseo, confianza y la certeza de que habíamos descubierto algo que no queríamos soltar.
Brindamos en silencio. Lucía apoyó la cabeza en mi hombro y puso las piernas sobre las de Daniel. La noche olía a velas apagadas, a sexo y a vino tinto. Afuera no se oía nada.
—La tercera va a ser todavía mejor —dijo ella, cerrando los ojos.
Ninguno de los dos lo dudó.