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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la suite nupcial no estaba en los planes

Llevaba meses imaginando cómo sería el día de mi boda. Lo que nunca imaginé fue cómo terminaría la noche.

Soy Lucía, veintinueve años, y aquella mañana me había puesto un vestido blanco que mi madre tardó tres pruebas en aceptar. Decía que era demasiado ceñido, que se me marcaba todo, que la abuela iba a santiguarse. La abuela se santiguó, sí, pero por la emoción. El resto de los invitados, primos lejanos y compañeros de oficina de Tomás, me siguieron con la mirada toda la ceremonia.

Bueno, casi todos.

Elena, mi mejor amiga desde primer curso de carrera, no me miraba como los demás. Me miraba como si supiera algo que yo todavía no terminaba de admitir.

***

Llegamos al salón a las nueve. Cena, brindis, baile lento con Tomás, fotos con cada tía a la que llevaba años sin ver. A las once y media, mi padre besó a mi madre en la frente y se retiraron. A medianoche, la barra libre ya era otra historia.

La música cambió, las corbatas empezaron a aflojarse, las mujeres mayores se sentaron a comentar y los más jóvenes nos quedamos en la pista. Elena no se separó de mí ni un minuto. Cada vez que giraba para hablar con alguien, sentía su mano en la cintura, sus dedos rozándome el costado por debajo del corpiño.

—Tomás baila fatal —me dijo al oído, sonriendo—. Espero que en otras cosas sea mejor.

Me reí más fuerte de lo que hubiera querido. Tomás, al otro lado de la pista, me guiñó un ojo. No la había escuchado.

A la una y media, Elena me arrastró al baño con la excusa de retocarme el carmín. Cerró la puerta del cubículo conmigo dentro y, mientras yo me apoyaba en el lavabo, se quedó muy cerca, tanto que sentí su perfume y el calor de su cuerpo a través del vestido rojo que llevaba puesto.

—Hoy estás increíble —dijo.

—Tú también —contesté sin mirarla.

—Quería decírtelo desde que entraste en la iglesia. Y no precisamente por lo bien que te queda el blanco.

Levanté la vista. Tenía esa sonrisa de siempre, la misma que cuando, en la facultad, me convencía para ir a fiestas a las que mi novio de entonces no quería que fuera. La diferencia era que aquella noche ya no había novio de entonces. Había marido. Y yo le acababa de prometer fidelidad delante de todo el mundo.

—Elena.

—No he dicho nada —me cortó.

Pero sí lo había dicho. Y yo, peor todavía, no había dicho que no.

***

A las tres y cuarto, los últimos invitados se marcharon. Tomás, mi marido desde hacía dieciocho horas, había bebido lo justo para estar contento sin estar pesado. Elena, en cambio, llevaba dos copas más que cualquiera de nosotros y caminaba descalza por el vestíbulo del hotel con los tacones colgando de un dedo.

—¿Subes con nosotros? —le preguntó Tomás cuando llegamos al ascensor.

Lo miré. No me miraba a mí. Miraba a Elena.

—Tengo la habitación en la planta de abajo —contestó ella—. Pero si me invitan a una última copa…

—La suite tiene minibar —dijo él, demasiado rápido.

Elena se metió en el ascensor antes de que yo pudiera decir nada. Esto no debería estar pasando. El pensamiento me cruzó la cabeza y, sin embargo, no apreté el botón de mi planta. Apreté el de la suite.

***

La puerta se cerró con ese clic suave de los hoteles caros. Tomás dejó la chaqueta en una butaca, se aflojó la corbata y sirvió tres copas de whisky sin preguntar. Elena se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas. Yo me quedé de pie en el centro de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.

—Ven —dijo Elena, dando una palmadita al colchón a su lado.

Me senté. El vestido se me tensó sobre las caderas. Tomás me trajo la copa y me besó en la sien, como si esto fuera lo más normal del mundo. Quizá lo es. Quizá lo han hablado entre ellos antes y soy la única que se entera ahora.

—¿Tomás? —dije bajito.

—Lo que tú quieras —contestó él—. Si dices que se vaya, se va.

Miré a Elena. No estaba esperando ninguna respuesta. Estaba esperándome a mí. Llevaba esperándome, supe entonces, desde aquella tarde de hacía tres años en la que nos quedamos solas en su piso después de un cumpleaños y casi pasó algo.

Casi.

Cogí aire. Dejé la copa en la mesilla. Me giré hacia ella.

—Quédate —dije.

***

Elena me besó como si llevara años aprendiéndose la forma de mi boca. Despacio primero, mordiéndome el labio inferior, y después con una urgencia que me dejó sin aliento. Sus manos buscaron la cremallera del vestido por la espalda y la bajaron tan lentamente que me dieron ganas de pedirle que fuera más rápido y que no terminara nunca, las dos cosas a la vez.

Tomás se sentó en la butaca de la esquina y no dijo nada. Solo miraba. Yo nunca había sentido su mirada de esa forma, como si me estuviera viendo por primera vez, y era extraño que la primera vez fuera mientras otra mujer me bajaba el vestido por los hombros.

El blanco se deslizó hasta el suelo. Me quedé en ropa interior y medias. Elena se levantó, dio un paso atrás y se sacó el vestido rojo por la cabeza con un movimiento limpio. No llevaba sujetador. Tenía el cuerpo más firme que recordaba, la piel pálida, una constelación de pecas que le bajaba por el escote.

—Llevo demasiado tiempo pensando en esto —dijo, arrodillándose despacio frente a mí.

***

Sus manos me empujaron sin prisa hasta que quedé tumbada de espaldas en el borde de la cama. Empezó por el interior de los muslos, despacio, con una lengua que parecía saber exactamente dónde no apretar todavía. Tomás se subió al colchón, se sentó contra el cabecero y me retiró el pelo de las sienes. No me decía nada. Me miraba como si no terminara de creerse lo que estaba viendo.

Elena tenía paciencia. La misma paciencia que recordaba de los apuntes en los márgenes de la facultad, la misma con la que me explicaba estadística sin perder los estribos una semana antes del examen. La aplicó a otras cosas. Subió, bajó, se entretuvo donde sabía que tenía que entretenerse, y cuando empezó a usar dos dedos al mismo tiempo que la lengua, me arqueé contra su boca y me agarré a las sábanas con los dos puños.

Cuando me corrí por primera vez aquella noche, Tomás me sostenía la cara entre las manos y me obligaba a no cerrar los ojos. Elena no levantó la cabeza hasta que dejé de temblar.

***

—Te toca —me susurró ella después, con la voz pastosa.

Cambiamos de sitio. Elena se tumbó de espaldas en la cama deshecha y yo me coloqué entre sus piernas. Nunca había estado con una mujer. Lo único que sabía era lo que a mí me había gustado, y se lo hice paso a paso, leyéndola por la respiración, por cómo apretaba los dedos en mi pelo cuando acertaba. Tomás se quitó por fin la camisa y la corbata y se acercó al lateral de la cama. Elena le tendió una mano sin abrir los ojos y él se la dio, y los tres quedamos unidos en una geometría rara que, en cualquier otro contexto, me hubiera dado vergüenza.

No la sentí. Sentí algo mucho más raro: alivio. Como si llevara años aguantando la respiración.

Elena se corrió mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Cuando recuperó el aliento, se incorporó, me cogió de la nuca y me besó largo, mezclando los sabores.

—Le toca a tu marido —dijo contra mi boca.

***

Lo que pasó después lo recuerdo a fragmentos. Tomás detrás de mí, sus manos en mis caderas con una fuerza que nunca le había conocido. Mi cara contra el cuello de Elena mientras ella me decía al oído cosas que no le había escuchado decir a nadie. Elena con los dedos enredados en los míos, ayudándome a sostener mi propio peso. El espejo del armario abierto, los tres reflejados, mi propia cara desconocida en el reflejo. Las medias todavía puestas, ridículas, blancas, manchadas de no sé qué. La risa baja de Elena cuando vio el vestido de novia tirado en el suelo y le tiró encima un cojín, como tapándole los ojos.

Hubo un momento, justo antes del final, en el que Tomás se detuvo, me giró la cara hacia él y me preguntó:

—¿Estás bien?

No me preguntaba si me gustaba. Me preguntaba si seguía siendo yo. Asentí. Le besé. Le dije que sí.

Volvió a moverse, más despacio al principio, y yo dejé de pensar.

***

Amaneció a las siete y media. La luz se coló por las cortinas mal cerradas y nos pintó a los tres de un color dorado y gastado. Elena estaba dormida boca abajo, abrazada a una almohada. Tomás respiraba contra mi nuca, con un brazo cruzado sobre mi cintura, posesivo incluso en sueños.

Yo no podía dormir. Miraba el techo y trataba de entender qué había pasado, no por arrepentimiento, sino por sorpresa. Llevaba seis años con Tomás y nunca habíamos hablado de algo así. Llevaba doce años de amistad con Elena y siempre habíamos fingido que aquella tarde en su piso no había significado nada.

Y ahora estábamos los tres en la misma cama, con el vestido de novia hecho un ovillo a los pies.

Elena se despertó la primera. Me miró sin mover la cabeza, como si quisiera comprobar si yo seguía ahí. Cuando vio que sí, sonrió. No era una sonrisa de victoria ni de complicidad. Era casi tímida.

—Buenos días, señora de Tomás —dijo en voz muy baja.

—Buenos días —contesté.

Tomás se removió a mi espalda y murmuró algo ininteligible. Elena alargó la mano por encima de mí y le acarició el pelo, despacio, como se acaricia a alguien al que se conoce más de lo que se debería.

—¿Y ahora qué? —le pregunté.

Ella se encogió de hombros bajo la sábana.

—Ahora desayunamos —dijo—. Y luego, ya veremos.

No sé si lo nuestro tiene un nombre. No sé si va a volver a pasar o si fue solo una excepción de una noche, una grieta abierta por la barra libre y por doce años de cosas guardadas. Lo que sé es que cuando bajamos a desayunar, los tres juntos, la recepcionista nos miró raro y a mí me dio igual. Llevaba la alianza nueva en el dedo y, en el bolso, el carmín de Elena en lugar del mío.

Algo había empezado. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me daba miedo no saber cómo iba a terminar.

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Comentarios (7)

Rulo_BA

Tremendo!!! no me lo esperaba tan bueno, de verdad

FerminR

Necesito la continuacion ya jajaja, no puede quedar ahi la cosa

NatiR86

Esto me recordo a algo que paso en el casamiento de una amiga. No llego a tanto pero hay situaciones que empiezan igual de raras. Muy buen relato

ClaritaBA

El titulo ya te prepara y aun asi te sorprende. Buen trabajo

Marcos_Baires

Me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer!! Sigue subiendo por favor

Guti83

Doce años cargando con eso... genial como arranca. Se siente autentico sin pasarse

MarisolV

Buenisimo!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, felicitaciones

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