Juego de botella en la playa: una noche sin límites
Era otra noche de verano en La Caleta. El chiringuito estaba ya casi vacío, con esa luz anaranjada del ocaso filtrándose por las persianas levantadas que daban al paseo. De fondo sonaba bajito una canción de Ennio Morricone que alguien había puesto por error en la lista y nadie se había molestado en cambiar. El aire olía a cerveza fría, a protector solar y a sal.
Vanessa y yo nos habíamos quedado solas recogiendo. Ella es una morena de esas que te dejan con la boca abierta: pelo negro y rizado recogido en un moño que se le iba deshaciendo, piel oscura y tersa, curvas generosas y una forma de moverse que parecía calculada para volverle loco a cualquiera. Yo, con mi melena rojiza suelta cayéndome por la espalda, llevaba la camisa de lino blanca casi abierta hasta el ombligo. Vanessa se agachaba más de lo necesario para recoger las botellas del suelo, dejando que el vestido de flores se le subiera y me regalara la visión de su tanga de encaje bordeando su culo perfecto.
En un momento dado, mientras yo pasaba el trapo por la barra, Vanessa se colocó detrás de mí y me rodeó la cintura con los brazos. Sentí sus pechos contra mi espalda y su aliento caliente en el cuello.
—Sabes que hoy estás especialmente irresistible, ¿verdad? —me susurró, mientras sus manos subían despacio por mis costados.
Me giré, y la besé. Primero suave. Luego con lengua, devorándonos allí mismo detrás de la barra, con las luces bajas y la música envolviéndonos. Sus manos bajaron hasta mi culo y apretaron. Las mías se metieron bajo su vestido. Nos restregamos despacio, gimiendo bajito.
—Como sigamos así, no salimos nunca —le dije entre besos.
—Mejor, ¿no? —respondió ella, mordiéndome el labio inferior.
Pero al final nos separamos, jadeando, con las mejillas encendidas. Apagamos las luces, recogimos nuestras cosas y salimos a la calle. La brisa del mar nos golpeó en la cara y nos refrescó un poco. Solo un poco. Seguíamos calientes las dos.
Caminamos descalzas por la arena, la camisa abierta dejando que el viento me rozara la piel, el vestido de Vanessa ondeando con cada paso. Íbamos riéndonos de cualquier tontería cuando vimos el grupo. Estaban en la orilla, cerca de unas rocas bajas que formaban una especie de abrigo natural del viento. Siete personas sentadas en un círculo de toallas y mochilas, con música en un altavoz portátil y varios litros de bebida mezclada en vasos de plástico.
Uno de ellos nos vio y nos saludó con el brazo en alto.
—¡Venid, que hay sitio! —gritó.
Vanessa me miró con esa sonrisa suya que significaba ya que estamos. Me encogí de hombros. Nos acercamos.
***
El grupo era variado. Andrés, el que nos había llamado, era alto, cuerpo atlético y natural, hombros anchos, esa clase de físico que no viene del gimnasio sino de moverse mucho. A su lado, algo tensa, estaba su novia Marta: ojos claros que brillaban bajo la luna, pelo largo y liso, piel bronceada y ese tipo de belleza oscura que intimida un poco. Se notaba desde el primer momento que no estaba del todo cómoda con la situación, pero tampoco se fue.
Luego estaban Iván y Sonia, los más divertidos del grupo, que se reían de todo. Clara, una chica de pelo corto que tocaba la guitarra acústica apoyada en una roca. Jorge, flacucho y nervioso, que no paraba de moverse. Y Rodrigo, el que menos llamaba la atención a primera vista pero que en seguida se vio que tenía una confianza en sí mismo completamente desproporcionada con su físico y que, curiosamente, funcionaba.
Nos sentamos. Nos pasaron un vaso. La conversación fluyó fácil, de esa manera que tiene la noche y el alcohol para borrar la distancia entre desconocidos.
A la media hora, Iván sacó una botella vacía y la colocó en el centro del círculo.
—¿Alguien se anima?
Todos se animaron, menos Marta, que miró de reojo a Andrés. Él le dijo algo en voz baja. Ella apretó los labios pero no protestó en voz alta. Andrés, en cambio, no me quitaba los ojos de encima.
El juego empezó inocente. Verdades tontas, retos simples. Pero el alcohol hacía efecto rápido y la tensión se acumulaba en el aire como electricidad antes de una tormenta.
El primero en subir el nivel fue Rodrigo. La botella apuntó a Clara.
—Quítate la camiseta —dijo con una sonrisa ancha.
Clara se rió, se levantó y se la quitó despacio, quedándose en sujetador fino. Sus pechos grandes y naturales quedaron casi al descubierto. Todos se quedaron un momento en silencio. Ella se sentó de nuevo como si nada.
Luego le tocó a Jorge. La botella apuntó a Vanessa.
—Un beso con lengua —dijo Jorge, rojo pero decidido.
Vanessa se levantó, se acercó a él y le dio un beso largo y profundo. Jorge le tocó el culo por encima del vestido, apretando con ganas, subiéndoselo un poco. Cuando se separaron, Vanessa tenía los ojos brillantes y Jorge una erección evidente.
La botella siguió girando. Me tocó a mí. Verdad.
—¿Qué es lo más atrevido que has hecho en la playa? —preguntó Sonia con una sonrisa traviesa.
Yo miré a Andrés fijamente y dije:
—Una vez follé con alguien que acababa de conocer, en el agua, mientras había gente a veinte metros. Y no me arrepiento nada.
Andrés tragó saliva. Marta se tensó a su lado.
***
En eso se notaba el conflicto en él. No quería que Marta hiciera nada con nadie, pero tampoco podía dejar de mirarme. Marta lo veía y se ponía más rígida con cada minuto que pasaba.
Luego le tocó a Iván. La botella apuntó a Vanessa.
—Quítate todo —dijo Iván, con la voz ronca.
Vanessa se rió, se levantó y se desnudó despacio, recreándose. Vestido, tanga. Se quedó completamente desnuda bajo la luna, sus pechos firmes con pezones endurecidos por la brisa, el vientre liso, el coño depilado y ya visiblemente mojado. Todos se quedaron mudos. Iván estaba hipnotizado.
Poco a poco, el círculo fue desnudándose. Primero las camisetas, luego los bañadores. Yo me quedé en bragas y camisa abierta, disfrutando de que todos me miraran, especialmente Andrés.
Marta miraba la escena con una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía disimular. Se tocaba el labio con el diente de arriba, los pezones marcándosele bajo la camiseta fina.
La botella siguió girando. Andrés tiró. Apuntó a Clara.
—Quiero que me comas las tetas —dijo Clara, directa, soltando una risa baja.
Andrés miró a Marta un segundo. Ella apretó los labios pero no dijo nada. Clara se quitó el sujetador sin prisa y le ofreció sus pechos grandes y redondas. Andrés se inclinó y empezó a lamerle los pezones con calma, chupándolos, mordiéndolos suavemente. Clara gemía bajito, arqueando la espalda. Marta apretaba las rodillas juntas, los ojos fijos en el círculo de arena, los nudillos blancos alrededor del vaso.
Me acerqué un poco a Andrés y le susurré al oído, tan bajito que solo él pudiera escucharme:
—Si aguantas esta noche… después vendrás a por mí.
Él me miró de reojo, los ojos oscuros de deseo. Su respiración cambió.
***
Entonces Rodrigo propuso cambiar las reglas del juego.
—A partir de ahora los retos son sexuales. Duran tres minutos máximo. El que se corra queda eliminado y se va al agua.
Todos nos miramos. Marta se puso roja. Andrés tragó saliva. Sonia soltó una risa nerviosa. Rodrigo sonrió como un lobo. Vanessa soltó una carcajada baja y traviesa.
—Me encanta —dijo ella.
Yo miré a Andrés. Él me miró a mí. Y en ese instante supe que esa noche ya no había vuelta atrás.
Empezó Vanessa. La botella giró y apuntó a Clara. Vanessa, que ya no podía más, sonrió y dijo:
—Reto: te voy a comer el coño.
Clara se rió nerviosa, pero se notaba que la idea le gustaba. Se tumbó en una toalla en el centro del círculo. Vanessa se arrodilló entre sus piernas, le abrió más los muslos con las manos y empezó despacio. Primero lamió de abajo arriba, con la lengua saboreando cada pliegue. Clara soltó un gemido bajo y arqueó la espalda. Vanessa se centró en el clítoris, haciendo círculos lentos con la punta de la lengua, luego más rápido, succionando suavemente. Metió un dedo dentro, curvándolo, moviéndolo con ritmo mientras la lengua no paraba. Clara gemía más alto, las tetas grandes rebotando con cada movimiento.
—Joder… sí… así… —jadeaba, las piernas temblando.
Vanessa aceleró, lengua rápida en el clítoris, dos dedos dentro ahora. Clara se corrió fuerte, gritando, el cuerpo convulsionando, chorreando sobre la boca de Vanessa. El orgasmo fue largo e intenso, le dejó las piernas flojas y la cabeza en blanco.
Cuando terminó, jadeando, Vanessa se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió victoriosa.
—Tiempo. Eliminada.
Clara se levantó con las piernas todavía temblando y se fue hacia el agua entre risas.
Entonces Marta, que llevaba un rato entera de celos y excitación contenida, se arrodilló delante de Andrés con cara de quien tiene un plan. Era obvio lo que quería: hacerle correrse rápido para que las demás no pudiéramos catarlo. Yo sentí un pinchazo de celos que no esperaba, pero lo disimulé.
Marta era preciosa pero siempre había sido la chica seria que se sonrojaba con facilidad. En ese momento, sin embargo, sacó todas sus armas. Le bajó el bañador despacio, tomó esa polla gruesa y dura entre las manos y la miró con hambre. Soltó un escupitajo sobre la cabeza y se la metió en la boca con ganas.
Empezó lamiendo la punta con la lengua plana, dando vueltas lentas, saboreando el líquido preseminal que ya salía en gotas. Andrés gruñó grave y le agarró el pelo con fuerza. Marta bajó más, metiéndosela hasta la mitad, subiendo y bajando con ritmo perfecto, apretando los labios justo debajo del glande. Usaba la mano en la base mientras chupaba, la lengua jugando por debajo del tronco, alternando profundidades. Lo miraba a los ojos con esa expresión de «te voy a hacer correr ya», pero también con deseo auténtico. Se notaba que disfrutaba, que se había olvidado por completo de la timidez.
Los otros chicos no podían evitar tocarse viéndola. Jorge se pajeaba despacio. Iván se apretaba la polla dura. Rodrigo gemía mirando. Todos con la mano en su miembro, excitados por ver a la chica de antes convertida en otra cosa de rodillas.
Yo me acerqué despacio por detrás de Andrés y le susurré al oído, para que solo él me oyera:
—Si aguantas… esta noche probarás cosas que no has probado nunca.
Andrés me miró fijamente, los ojos oscuros de deseo, y su polla latió con fuerza dentro de la boca de Marta. Ella lo notó, aceleró, chupando más fuerte, metiéndosela hasta la garganta, la mano rápida en la base. Pero Andrés aguantó. Jadeaba, temblaba, sudaba. Aguantó. El tiempo pasó.
Marta se apartó al final, jadeando, con la boca hinchada y lágrimas de frustración en los ojos. Se quedó allí, de rodillas, mirando a Andrés con rabia y deseo mezclado. Su plan había fallado.
***
Le tocó a Iván. La botella giró y apuntó directamente a Vanessa. Ella sonrió con esa malicia suya, se levantó despacio y se acercó a él, completamente desnuda.
—Quiero una mamada —dijo Iván, la voz ronca.
Vanessa se arrodilló entre sus piernas sin decir una palabra. Su cuerpo moreno brillaba bajo la luna: piel suave y dorada, melena rizada suelta, pechos firmes con pezones duros como piedras, cintura marcada. Era una belleza sensual, sin exageraciones.
Empezó una mamada lenta, solo con la boca. Nada de manos. Lamió la punta con la lengua plana, dando vueltas alrededor del glande. Iván gimió grave, las caderas moviéndose solas. Vanessa lo hacía con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo: succionaba suave en la cabeza, luego bajaba hasta la mitad, la lengua jugando por debajo del tronco. Lo miraba desde abajo con ojos brillantes, sonriendo alrededor de su polla.
Iván empezó a tensarse, jadeando fuerte, a punto de correrse. Vanessa lo notó, se apartó despacio, le dio un beso suave en la punta y esperó un segundo, dejando que se calmara. Luego volvió, chupando más profundo, metiéndosela hasta la garganta, pero siempre lento, controlando el ritmo para que no explotara. Lo hizo tres veces, torturándolo, disfrutando de cómo se volvía loco.
—Joder, Vanessa… no pares… —gemía él, temblando.
Pero ella paraba cada vez que él estaba al límite: se apartaba, le lamía los huevos con suavidad, le daba besos en la base, y volvía a chupar. Vanessa estaba cachondísima pero quería tener esa polla para más tarde. Al final del tiempo, Iván estaba al borde, temblando, pero no se corrió. Vanessa se apartó despacio, se limpió los labios con la lengua y se rió con picardía.
—Buen chico —dijo—. Tendrás premio.
Solo quedábamos Rodrigo, Jorge y yo por participar. Yo estaba a punto de explotar. El coño me palpitaba, los pezones me dolían de duros y cada vez que miraba a Andrés sentía un calor que me subía desde el vientre. Pero tenía un plan.
Giré la botella con cuidado y apuntó a Rodrigo. Él me miró con ojos golosos, la lengua casi fuera de la boca. Todos esperaban el reto obvio.
Pero yo sonreí y dije, mirando directamente a Marta:
—Reto: tienes que follarte a Marta.
Marta soltó un «¡No!» inmediato, roja como un tomate, la voz temblando de rabia y vergüenza. Estaba excitada y desesperada, el coño chorreando tras la mamada larga a su novio, los pezones duros bajo la mirada de todos. Me miró con odio puro. Pero el juego era el juego.
Rodrigo se quedó alucinado. Miró a Marta, luego a Andrés, y una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Genial —dijo, levantándose.
Marta, a regañadientes, se tumbó boca arriba en la arena. Brazos cruzados sobre los pechos, piernas cerradas, cara de «acaba rápido». Rodrigo tenía otros planes.
La agarró de las muñecas con suavidad pero con firmeza, le abrió los brazos a los lados y la miró de arriba abajo sin prisa. Ella intentó cerrar las piernas pero él se colocó entre ellas. Empezó besándole el cuello, luego las clavículas, luego los pezones, mordiéndolos suavemente uno a uno. Marta quiso fingir que no le gustaba pero el gemido que se le escapó lo dijo todo. Rodrigo bajó por el vientre, le abrió las piernas con las manos y empezó a lamerle el coño con paciencia, la lengua plana primero, luego la punta en el clítoris, succionando con ritmo. Marta arqueó la espalda, agarró la toalla con las manos, los muslos temblándole. Rodrigo metió dos dedos, curvados hacia arriba, y Marta se corrió con un grito que no supo contener, el cuerpo convulsionando, las caderas levantándose solas.
Rodrigo se incorporó, le abrió más las piernas y entró despacio. Era grande, más de lo que nadie esperaba viendo su físico discreto, y Marta lo notó con un jadeo entrecortado. Rodrigo empujó profundo, salió casi del todo y volvió a entrar, sin prisa, mirándola a los ojos con esa sonrisa ancha de siempre. Marta ya no fingía que no le gustaba. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, las manos agarrando sus hombros. Se corrió otra vez antes del final del tiempo, con los gemidos más abundantes.
Rodrigo se apartó satisfecho y Marta quedó eliminada. Se levantó con las piernas flojas y el orgullo hecho añicos, caminó hacia el agua donde ya estaba Clara.
***
Yo miraba todo, excitada hasta el límite. Andrés no había podido evitar tocarse durante la escena, celoso pero con la polla dura como una piedra. Vanessa se reía bajito, tocando disimuladamente a Iván y Jorge, pajeándolos despacio mientras ellos la miraban hipnotizados. Todos estábamos al límite.
Jorge tiró la botella como si fuera un trámite. Apuntó a Vanessa. Él sonrió y dijo con voz ronca:
—Primero te follo yo.
Jorge se tumbó en la toalla, la polla dura apuntando al cielo. Vanessa se subió encima de él, se sentó despacio, guiando su polla dentro de su coño empapado. Gimió alto al sentirlo entrar hasta el fondo, las tetas rebotando con cada movimiento. Empezó a cabalgarlo fuerte, subiendo y bajando, girando las caderas, el coño chorreando por sus muslos.
Iván se acercó de pie, le ofreció la polla y Vanessa se la metió en la boca sin dudar. Los dos la follaban a la vez: Jorge desde abajo, embistiendo con ritmo salvaje, agarrándole las tetas; Iván de pie, follándole la garganta, agarrándole el pelo. Vanessa gemía alrededor de la polla de Iván, el cuerpo temblando. Se corrió la primera vez así, el coño apretando la polla de Jorge, la boca llena de Iván. Luego otra vez, y otra, gritando contra la polla, el placer subiéndole en olas brutales. Los dos chicos la follaban sin piedad, cambiando posiciones, Vanessa se dejaba, corriéndose una y otra vez hasta que los dos acabaron casi a la vez.
Mientras tanto, yo no perdí el tiempo con Andrés. Me acerqué, me senté a horcajadas sobre su regazo. Él me miró con ojos oscuros, la polla dura contra mi coño. Me levanté un poco y me dejé caer sobre él, guiando su polla gruesa con la mano hasta la entrada. Sentí cómo me abría, cómo la cabeza grande y caliente empujaba mis labios y entraba centímetro a centímetro. Qué ganas le tenía. Sentí cómo me estiraba, cómo me llenaba por completo. Empecé a cabalgarlo despacio, subiendo y bajando, girando las caderas para sentirlo rozar cada rincón. Mis tetas rebotaban, los pezones rozando su pecho, y yo gemía bajito, disfrutando esa sensación de estar llena.
A lo lejos, en el mar, se oían risas y gemidos. Rodrigo y Clara, los eliminados, habían terminado liándose en el agua. El eco de sus voces llegaba con la brisa.
Andrés seguía follándome, las manos en mi culo, apretando la carne, ayudándome a subir y bajar. Aceleré, el coño chorreando por sus muslos, el placer subiendo en olas. Me corrí la primera vez así, cabalgándolo fuerte, el coño apretándolo, temblando entera. Él aguantaba, jadeando, mirándome como si fuera lo más increíble del mundo.
Le susurré al oído:
—Y ahora… ¿quieres algo más?
Él jadeó, asintió con la cabeza, las manos temblando en mi cintura.
Me levanté, me puse a cuatro patas en la arena, el culo hacia él. Andrés se colocó detrás, me abrió las nalgas con las manos fuertes y puso la cabeza de su polla en la entrada de mi culo. Entró despacio, centímetro a centímetro. El dolor agudo al principio me hizo gemir fuerte, apretar los dientes, pero luego se convirtió en placer puro. Me llenó completamente, su calor palpitando dentro.
—Joder… qué apretado… —gruñó grave, empezando a moverse lento y profundo.
Yo empujaba hacia atrás, guiándolo, gimiendo alto:
—Más… así… fóllame más fuerte…
Él aceleró, agarrándome las caderas, el cuerpo chocando contra mi culo. Cada embestida me hacía arquear la espalda. Me corrí así, el culo apretándolo, el placer subiéndome en olas. Andrés no paraba: empujaba profundo, salía casi del todo y volvía a entrar, gruñendo grave. Me corrí la tercera vez temblando entera, las piernas cediendo. Él al final aceleró, agarrándome del pelo, follándome el culo sin piedad hasta que se corrió dentro con un rugido bajo.
Nos quedamos así un momento, jadeando, su polla todavía dentro de mí, palpitando. Andrés me abrazaba fuerte por detrás, su pecho sudoroso pegado a mi espalda.
Alrededor, el botellón se había convertido en un auténtico desmadre. Vanessa seguía entre Jorge e Iván, los tres enredados, riendo y gimiendo. A lo lejos, en el mar, se oían los gemidos del resto. Todos follados, todos satisfechos. Y yo con el culo lleno, el coño chorreando y la cabeza completamente en blanco.
Fue la mejor noche de verano de mi vida.
Cuando por fin nos separamos, Andrés me miró con una mezcla de deseo y algo parecido a la culpa. Le sonreí, le di un beso lento en los labios y le susurré al oído:
—Si alguna vez quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Me levanté despacio, con las piernas temblorosas. Recogí mi camisa de la arena, me la puse sin prisas y caminé hacia el agua para lavarme. La brisa del mar me acariciaba la piel, fresca y salada. Miré hacia atrás una última vez: el círculo de toallas, los cuerpos desnudos, las risas y gemidos que todavía flotaban en la noche. Vanessa se rio al verme y levantó su vaso hacia mí desde lejos.
Brindé sola, con el mar hasta los tobillos, sintiéndome exactamente como me tenía que sentir.