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Relatos Ardientes

La convencí de bajar desnuda por las escaleras

3.2(9)

Nos conocimos en la inauguración de un bar que ya no existe, en una calle del centro que ahora tiene otro nombre. Marta llegó con una amiga que yo apenas conocía, y lo primero que noté fue cómo sostenía el vaso: con los dos manos, como si tuviera frío, aunque era julio y el aire no se movía. Me acerqué con la excusa de pedir fuego y terminamos hablando tres horas en una esquina de la barra, tan pegados que el camarero nos pedía permiso para pasar.

Yo me llamo Diego. Tenía veinticinco años, un trabajo mediocre en una consultora y un piso alquilado en un cuarto piso sin ascensor. Ella tenía veintitrés, compartía habitación con dos compañeras de carrera y una energía que me hacía sentir que llevaba toda la vida dormido. Marta era delgada, con el pelo castaño siempre un poco desordenado y unos ojos oscuros que parecían registrar todo. No era la mujer más llamativa de una habitación, pero cuando te miraba, el resto desaparecía.

A las seis semanas ya vivíamos juntos. Ella dejó el piso compartido sin pensarlo dos veces. Trajo una maleta, una caja de libros y una lámpara de mesa que todavía tengo. Desde el principio hubo algo distinto en cómo nos comunicábamos. No había temas prohibidos. Si algo nos gustaba, lo decíamos. Si algo nos incomodaba, también. Esa transparencia se convirtió en la base de todo lo que vino después.

Una noche, tumbados en la cama después de follar durante casi una hora, con su coño todavía chorreando mi corrida entre los muslos, le confesé algo que nunca le había dicho a nadie: me ponía cachondo la idea de que alguien pudiera vernos. No en un sentido agresivo ni forzado. Era más bien la posibilidad, el riesgo latente, la frontera entre lo privado y lo expuesto. Esperaba que se riera o que cambiara de tema. En lugar de eso, se quedó callada unos segundos, se pasó dos dedos por el coño para recoger el semen que le escurría, se los metió en la boca sin dejar de mirarme, y dijo:

—¿Y si empezamos por algo pequeño?

Esa frase lo cambió todo. Le agarré la nuca y la puse de rodillas encima de mí antes de que terminara de tragar. Ella se rió, me clavó los dientes en el labio inferior y bajó la mano hasta agarrarme la polla, que ya estaba dura otra vez. Me la masturbó despacio, mirándome a los ojos, apretando el prepucio hacia abajo con el pulgar hasta que el glande se puso morado. Después se inclinó y me la mamó sin prisa, con la lengua enroscándose alrededor del capullo y bajando por la vena gruesa hasta los huevos, que me chupó uno a uno mientras seguía cascándomela con la mano. Cuando volvió a subir, me la metió entera en la boca hasta la garganta, apretando los labios y tragando saliva alrededor del tronco. Me corrí en dos minutos y ella se tragó cada gota mientras me clavaba las uñas en los muslos.

***

Nuestro edificio era perfecto para lo que teníamos en mente. Cuatro plantas, un sótano con garaje y una escalera interior que casi nadie usaba porque había ascensor. Los vecinos eran gente mayor que se acostaba temprano y un par de estudiantes que salían los viernes y no volvían hasta el domingo. Entre semana, a partir de las once de la noche, el edificio se quedaba en un silencio denso, roto solo por el zumbido del cuadro eléctrico del portal.

La primera noche fue sencilla. Le pedí que saliera al rellano en ropa interior. Solo eso. Abrir la puerta, dar dos pasos, quedarse ahí diez segundos y volver. Marta se asomó como si estuviera comprobando si llovía, con medio cuerpo fuera y una mano aferrada al marco. Cuando volvió a entrar, tenía la respiración agitada, las tetas subiéndole bajo el sujetador de encaje y una sonrisa que no le había visto antes. Le metí la mano dentro de las bragas antes de que cerrara la puerta y estaba empapada, tanto que los dedos se me deslizaron hasta el nudillo con un solo movimiento.

—Otra vez —dijo.

La segunda vez salió entera. La tercera, sin sujetador, con los pezones tiesos como piedras por el aire frío del rellano. Cuando entró la agarré por las tetas, se las apreté fuerte, le lamí los pezones uno por uno y le mordí el derecho hasta hacerla gemir. La cuarta salió sin nada. Cuando cerró la puerta, se me plantó delante, se abrió las piernas apoyándose en la pared y me dijo con la voz ronca:

—Cómemelo. Aquí, contra la puerta. No me dejes ni respirar.

Me arrodillé y le hundí la cara en el coño. Estaba afeitada, hinchada, con los labios ya separados y el clítoris fuera. Le pasé la lengua plana desde abajo hasta arriba, muy despacio, saboreándola entera, y después le clavé la punta en el clítoris y empecé a chupárselo dando círculos apretados. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la cara sin vergüenza, restregándome el coño contra la boca. Le metí dos dedos y los curvé buscándole el punto, y sentí cómo se le contraía todo por dentro. Se corrió a los tres minutos, apretándome la cara entre los muslos hasta casi ahogarme, con un chorro tibio bañándome la barbilla.

Había algo fascinante en verla transformarse. Durante el día, Marta era organizada, prudente, la clase de persona que revisa dos veces antes de enviar un correo. Pero cuando se quitaba la ropa en el umbral de nuestra puerta, con la luz del rellano bañándole la piel, se convertía en otra. No en alguien diferente, sino en una versión más completa de sí misma. Como si esa parte siempre hubiera estado ahí, esperando el permiso para salir.

Pronto el rellano se quedó corto. Una noche me miró desde la puerta y preguntó:

—¿Hasta dónde quieres que baje?

—Hasta donde tú quieras.

Bajó al tercer piso. Descalza, desnuda, con cada escalón crujiendo bajo sus pies como una delación. La esperé arriba, con la puerta entreabierta, escuchando su respiración amplificada por el hueco de la escalera. Cuando volvió, casi corriendo, se lanzó sobre mí y me besó con una urgencia que tenía sabor a adrenalina.

Esa noche follamos en el suelo del recibidor, sin llegar siquiera al dormitorio. Le arranqué la puerta de un empujón, la tiré boca abajo sobre las baldosas frías y le levanté el culo con las dos manos. Le escupí en el coño, me escupí en la polla y se la metí de una embestida, hasta el fondo. Marta gritó contra el suelo, mordiendo la alfombrilla de la entrada. La follé así, con las rodillas clavadas en el suelo y las manos en sus caderas, dándole tan fuerte que las tetas le rebotaban contra las baldosas y cada golpe sonaba mojado, obsceno, imposible de disimular. Le di una palmada en el culo y le apareció una marca roja al instante. Otra. Otra más. Ella metía la mano por debajo y se frotaba el clítoris mientras yo la embestía, y cuando se corrió, el coño se le apretó tanto alrededor de mi polla que no pude aguantar. Me la saqué y le eché la corrida entera en la espalda, en el culo, en el pelo. Se dio la vuelta, se pasó dos dedos por la mejilla recogiendo un hilo de semen y se lo chupó sin dejar de mirarme.

***

El juego fue creciendo como crecen las cosas entre dos personas que confían ciegamente la una en la otra: sin prisa pero sin pausa. Cada noche la apuesta subía un poco. Un piso más abajo. Unos segundos más de exposición. Yo empecé a bajar su albornoz al garaje y dejarlo doblado sobre el capó de mi coche. El trato era simple: ella bajaba los cuatro pisos completamente desnuda, cruzaba el portal acristalado que daba a la calle, entraba al garaje y se ponía el albornoz. Si lo conseguía sin ser vista, la recompensa era mía.

El tramo más peligroso era el portal. Una pared de cristal que daba directamente a la acera. De noche, con la luz interior encendida, cualquiera que pasara por la calle podría haberla visto. Marta lo cruzaba casi en cuclillas, pegada a la pared, con el corazón latiéndole tan fuerte que decía poder escucharlo rebotar contra el cristal.

Si alguien me ve, si alguien mira justo en este segundo, se acabó todo.

Pero nadie miraba. O al menos, eso creíamos.

En el garaje, entre dos coches, nos encontrábamos. A veces yo ya la esperaba sentado en el suelo de cemento, con la espalda contra la rueda trasera de mi coche, con la polla ya fuera del pantalón, dura, esperándola. Ella llegaba temblando, no de frío sino de algo más profundo, algo que vibraba desde el vientre hasta las puntas de los dedos. Se arrodillaba frente a mí sin decir nada y me la metía en la boca antes incluso de saludarme. Me la mamaba con hambre, con la garganta abierta, tragándomela hasta el fondo y dejando hilos de saliva que le colgaban de la barbilla hasta las tetas. Le agarraba el pelo con las dos manos y le follaba la boca marcando el ritmo, y ella me miraba desde abajo con los ojos llorosos, dejándome hacer, dejándome usarla ahí, en el cemento sucio, entre el olor a aceite de motor.

—Dime lo que soy —susurraba con la voz rota por mi polla en la garganta.

—Mi puta. Mi puta cachonda que baja desnuda cuatro pisos para que se la meta.

—Otra vez.

—Mi puta.

Se corría solo con eso, frotándose el coño con la mano mientras seguía mamándomela. Y cuando terminaba de correrse, se la sacaba de la boca, se la ponía entre las tetas y me la masturbaba con ellas, apretándomelas alrededor del tronco hasta que yo le eyaculaba en la cara, en la boca abierta, en la lengua fuera.

Otras veces era distinto. Yo la tomaba contra el capó, con una mano en su nuca y la otra en su cadera, y ella gemía contra el metal frío mientras el eco del garaje multiplicaba cada sonido. La ponía boca abajo sobre la chapa, con las tetas aplastadas contra el metal, le abría las piernas de una patada y le metía la polla de un solo golpe. La follaba así, doblada sobre el capó, con la mano izquierda apretándole la nuca contra el coche y la derecha marcándole el culo a palmadas. Cada embestida hacía que el coche crujiera sobre la suspensión. Cada gemido de Marta rebotaba en las cuatro paredes del garaje como si estuviéramos en una catedral.

—Más fuerte —jadeaba—. Rómpeme.

Le escupía en el culo, le metía el pulgar dentro y seguía follándola por el coño, con el pulgar apretado contra la pared interna, sintiendo mi propia polla a través del tabique. Ella se corría así, con las dos entradas ocupadas, mordiéndose el brazo para no gritar.

Había algo primitivo en esos encuentros, algo que las cuatro paredes de nuestro dormitorio no podían replicar. Era el contexto: el olor a gasolina y humedad, la luz amarillenta del fluorescente, la posibilidad permanente de que alguien bajara por el ascensor.

Y esa posibilidad se cumplió más de una vez.

***

La primera vez que casi nos pillaron fue un martes. Estábamos en el garaje, ella de espaldas contra mi coche, con las piernas cerradas alrededor de mi cintura y la polla dentro hasta los huevos, cuando escuchamos el motor del ascensor ponerse en marcha. Nos miramos. Dos segundos de pánico puro. Marta se agachó detrás del coche vecino y yo me subí la cremallera atrapando un pelo del pubis con la polla todavía chorreando, mientras caminaba con falsa naturalidad hacia el cuarto de contadores, como si estuviera revisando algo. Un vecino del segundo salió del ascensor, sacó una bolsa de basura de su trastero y volvió a subir sin mirar hacia donde estábamos.

Cuando se cerró la puerta del ascensor, Marta soltó una carcajada silenciosa, con la boca tapada y los ojos húmedos de risa y nervios. Luego me agarró de la camiseta y me atrajo hacia ella, se bajó la cremallera de mi pantalón, me la sacó otra vez y se la volvió a meter en el coño de pie, con una pierna sobre el capó.

—Ni se te ocurra parar ahora —susurró.

No paré. La cogí en volandas, la senté sobre el capó del coche del vecino y me la follé ahí mismo, con las manos apoyadas en la chapa a los lados de sus caderas, embistiendo tan fuerte que temía que la alarma del coche saltara. Ella se sujetaba con una mano en el retrovisor y con la otra se pellizcaba los pezones. Se corrió chorreando, mojándome los pantalones y la chapa del coche ajeno, y yo me corrí dentro de ella un minuto después, apretándole las nalgas contra mí para que no se me escapara una sola gota.

La segunda vez fue peor. Ella estaba bajando las escaleras, en el segundo piso, cuando la puerta de uno de los pisos se abrió. Marta se quedó petrificada en el hueco entre plantas, pegada a la pared, completamente desnuda y sin ningún sitio donde esconderse. Escuchó pasos, una llave girando, una puerta que se cerraba. El vecino había salido a dejar la basura en el rellano y había vuelto a entrar sin asomarse a la escalera.

Esa noche, cuando llegó al garaje, estaba temblando de verdad. Le puse el albornoz sobre los hombros y la abracé durante un rato largo sin decir nada. Pensé que querría dejarlo.

—La próxima vez —dijo contra mi pecho—, ciérrame la puerta del piso.

La miré sin entender.

—Que no tenga salida fácil. Que la única opción sea bajar hasta ti.

Dios mío, pensé. Esta mujer va a matarme.

Le abrí el albornoz ahí mismo, la senté sobre el capó y le abrí las piernas. Le comí el coño hasta que se corrió dos veces seguidas, agarrada del limpiaparabrisas, y después me la volví a follar hasta que las dos rodillas empezaron a sangrarme del cemento.

***

Empecé a cerrarle la puerta. Sin llaves, sin ropa, sin opciones. Ella salía al rellano y escuchaba el clic del cerrojo a su espalda. A partir de ese momento, su único destino era el garaje. No podía volver, no podía esperar, no podía quedarse quieta en ningún descansillo porque en cualquier momento alguien podía aparecer.

La observé una vez desde la ventana de la cocina, que daba al patio interior. La vi cruzar el portal agachada, con movimientos rápidos y precisos, como un animal que cruza una carretera de noche. Sentí algo que no puedo describir con exactitud: una mezcla de orgullo, deseo y una ternura casi insoportable. Esa mujer confiaba en mí lo suficiente como para ponerse en una situación así. Y yo la esperaba abajo, cada vez, con el albornoz listo y las manos abiertas.

A veces le hablaba durante el sexo con palabras que fuera de contexto sonarían imperdonables. Ella me lo había pedido. Quería que la llamara puta, guarra, zorra cachonda, mi cerda del garaje, mi putita desnuda del rellano. Le decía que era una guarra por bajar así, que se dejaba follar como una perra en celo, que solo servía para tener la polla dentro. Ella me contestaba jadeando, con los ojos en blanco, que sí, que era todo eso, que la usara, que le llenara el coño, que le echara la corrida donde quisiera. Eran palabras que funcionaban porque venían de alguien que también le preparaba el desayuno, que le ponía la manta cuando se dormía en el sofá, que conocía sus miedos y sus alergias. Sin esa base, hubieran sido solo insultos. Con ella, eran otra forma de desnudarse.

Una de esas noches, cuando llegó al garaje ya empapada solo por bajar, la tumbé en el asiento trasero del coche con las piernas abiertas apoyadas en los reposacabezas. Le comí el coño y el culo alternándolos, con la lengua saltando de uno a otro, hasta que el asiento de cuero quedó pegajoso de sus flujos. Después me subí encima, le levanté las piernas hasta los hombros y se la metí por el culo despacio, milímetro a milímetro, mientras ella se mordía el puño para no gritar. Cuando ya tenía la polla dentro hasta la raíz, empecé a follarla mientras le metía tres dedos en el coño. Marta se convulsionaba entera, doblada por la mitad en el asiento, corriéndose una y otra vez, chorreando el tapizado con cada orgasmo. Me corrí dentro del culo, y cuando se la saqué, un hilo espeso de semen empezó a escurrirle hasta el coño y desde ahí hasta el asiento. Le pasé dos dedos, se los llené de corrida y se los metí en la boca. Los chupó hasta dejarlos limpios.

***

Hubo una noche que ninguno de los dos olvidará. Era viernes, más tarde de lo habitual. Marta había bajado sin problema hasta el primer piso cuando escuchamos —ella desde dentro, yo desde el garaje— voces en la puerta del edificio. Alguien estaba intentando meter la llave. Se oían risas, el ruido de unos tacones, una conversación entre dos personas que habían bebido lo suficiente como para hablar demasiado alto.

Marta se quedó paralizada en el último tramo de escaleras, a tres metros del portal de cristal. Si esas personas entraban por la puerta principal, la verían. No había dónde esconderse. No había albornoz. No había excusa posible.

Los segundos se estiraron como si el tiempo hubiera decidido castigarla. Yo estaba al otro lado de la puerta del garaje, con la mano en el picaporte, listo para abrirla en cuanto la viera aparecer. Pero ella no aparecía.

Entonces las voces se alejaron. Habían ido al edificio de al lado.

Marta bajó los últimos escalones corriendo y empujó la puerta del garaje con las dos manos. Me encontró ahí, esperándola. Le puse el albornoz y sentí cómo le temblaban los muslos contra los míos. Le metí la mano por debajo del albornoz y estaba tan mojada que me chorreó por la muñeca hasta el codo.

—Ha sido demasiado —dije.

—Ha sido perfecto —respondió—. Fóllame. Aquí. Ya.

La estampé contra la pared del garaje, le arranqué el albornoz de un tirón y le levanté una pierna hasta apoyármela en la cadera. Le metí la polla de un golpe seco y ella gritó, un grito de verdad, sin filtro, que rebotó contra el techo del sótano. La follé contra la pared con las dos manos bajo el culo, sosteniéndola en el aire, sintiendo cómo me apretaba la espalda con los tacones descalzos y me clavaba las uñas en los hombros hasta hacerme sangre. Cada embestida la levantaba unos centímetros y volvía a caer empalada sobre mí. Le mordí el cuello, las tetas, el hombro. Ella me mordió la oreja y me susurró toda la lista de guarradas que había estado guardándose.

—Rómpeme el coño. Lléname. Preñame aquí en el garaje. Que salga alguien y nos vea. Que vean cómo me follas, cómo tu puta se corre encima de tu polla.

Se corrió con un espasmo largo que le atravesó todo el cuerpo, mordiéndome la clavícula, apretándome tanto que me sacó la corrida sin que yo pudiera aguantarme. Me vacié dentro de ella en tres oleadas largas, con la frente pegada a la pared, jadeando su nombre. Cuando la solté, mi semen empezó a escurrirle por los muslos hasta el cemento. Ella se agachó, se pasó dos dedos entre las piernas recogiéndoselo, y se los chupó mientras me miraba desde abajo.

Nos dejamos caer al suelo y nos quedamos ahí, sentados en el cemento frío, con el albornoz como única manta, riéndonos sin motivo como dos idiotas enamorados, con su coño todavía goteando corrida entre mis piernas.

***

No éramos exhibicionistas en el sentido clásico. No queríamos que nadie nos viera. Queríamos que alguien pudiera vernos. La diferencia es enorme. Era el riesgo lo que nos alimentaba, no la exhibición. La posibilidad, no el hecho. Caminábamos por un filo que cortaba justo lo necesario para sentir algo más intenso que la rutina, pero nunca lo suficiente como para hacernos daño.

Marta solía decir que esos juegos la hacían sentir más viva que cualquier otra cosa. Que el miedo y el placer usaban los mismos caminos del cuerpo, y que cuando se mezclaban, producían algo que no tenía nombre. Yo estaba de acuerdo, aunque lo expresaba peor. Para mí era más simple: confiaba en ella, ella confiaba en mí, y juntos podíamos ir a lugares donde solos jamás habríamos llegado.

Eso fue el principio. Nuestro vocabulario secreto, nuestro territorio privado dentro de un edificio que compartíamos con desconocidos que nunca sospecharon nada. O quizás sí. Quizás el vecino del segundo, el de la bolsa de basura, vio más de lo que aparentó. Quizás la pareja del primero escuchaba ruidos que no sabían explicar. No lo sé. Y en el fondo, esa incertidumbre era parte del juego.

Porque lo mejor de todo aquello no era lo que hacíamos. Era lo que sentíamos mientras lo hacíamos: que éramos los únicos dos despiertos en un mundo dormido, inventando reglas que solo nosotros entendíamos.

Y esto, como le dije a Marta aquella primera noche en el rellano, con mi corrida todavía escurriéndole por dentro de los muslos, era solo el comienzo.

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3.2(9)

Comentarios(12)

NocheClara

Dios mio que tension!! Me tuvo pegada hasta el final esperando que alguien la viera jajaja

PatoNocturno

Buenisimo. La idea del trato me parecio muy original, no habia leido nada parecido antes. Seguí publicando por favor!

leo85

excelente!!!

RafaelMG

Me recordo a una apuesta que hicimos una vez con mi pareja, aunque nada tan arriesgado como esto jaja. Muy bien escrito.

SoledadR22

La tension es lo mejor del relato, se siente el riesgo en cada linea. Espero que haya segunda parte con lo que pasa si la descubren ;)

daybear

Tremendo!! Pero me quede con ganas de saber si alguien la vio o no... no me dejes asi

Lector_feliz

Muy bien narrado, se nota que saben crear ambiente sin necesidad de ser explicito. Eso es lo que lo hace especial.

Klaus

jaja tremendo riesgo el del edificio. Muy entretenido!

MarisolV

Me encanto la premisa, simple pero muy emocionante. Mas relatos asi porfavor

menuditaymona

Que morboso!!! me gusto mucho el planteo

elcid35

El suspense esta muy logrado, cada vez que suena una puerta uno se pone nervioso jajaj. Buen relato

LectorSolo77

Corto pero intenso. Se hizo corto, queremos mas :)

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