La noche que mi esposa jugó a ser prostituta
Llevábamos varias semanas en contacto con Marcos antes de que decidiéramos quedar en persona. Había entre nosotros esa electricidad incómoda de quien sabe demasiado sobre ti, y aun así el plan siguió adelante.
Lo llamamos una tarde entre semana, los tres nerviosos, con el teléfono en altavoz para que Valeria y yo pudiéramos escucharlo los dos a la vez. Acordamos cenar un jueves en un restaurante que quedara a mitad de camino entre su casa y la nuestra. Sin más detalles.
Valeria tardó casi una hora eligiendo qué ponerse. Al final apareció con un vestido rojo oscuro, ceñido, que le llegaba a mitad del muslo. Cuando me preguntó qué me parecía, le pregunté yo si llevaba algo debajo.
—Nada —dijo simplemente, con esa sonrisa que sabe muy bien lo que provoca.
Yo me puse pantalón oscuro y camisa. No soy hombre de complicarme.
***
Nos cruzamos con Marcos en la entrada del restaurante casi por casualidad: él salía a buscarnos justo cuando nosotros llegábamos. Le di la mano, saludó a Valeria con dos besos, y entramos.
Pedimos mesa redonda para no quedar enfrentados como si fuera una reunión de trabajo. El sitio era tranquilo, con poca clientela esa noche, música de fondo que no molestaba y luz que favorecía que uno dijera cosas que de día no diría. Un lugar que conocía poca gente, lo cual lo hacía perfecto.
La cena arrancó con normalidad. Hablamos de trabajo, de rutinas, de esas cosas que uno cuenta cuando todavía está midiendo hasta dónde puede ir con alguien. Marcos era atento, curioso, sabía cuándo preguntar y cuándo callarse. En un momento mencionó que siempre había querido estar con una mujer vestida con su uniforme de trabajo puesto, y Valeria le respondió que eso no era ningún problema en absoluto.
Más adelante, cuando ya habíamos vaciado la segunda botella y la conversación se había vuelto más directa, él tocó el tema del exhibicionismo.
—¿Lo hacen seguido? —preguntó.
—Depende —respondí—. Más bien de noche, con cuidado. No es algo que hagamos a plena luz del día.
—En la playa no parecieron tener tanto cuidado —dijo con una sonrisa.
Valeria y yo intercambiamos una mirada. Tenía razón.
—Eso fue diferente —dijo ella.
—Todo tiene su contexto —añadí yo.
Marcos dejó que el silencio se instalara un momento antes de hablar.
—Tenía algo pensado —dijo—. Si están de acuerdo.
—¿Qué? —pregunté.
—Algo sencillo en concepto, pero no tan fácil de llevar a cabo. Tiene que ver con lo que hablábamos. Hay que vencer la pena, y la única manera de hacerlo es exponiéndose de verdad.
Valeria apoyó el codo en la mesa y lo miró directamente.
—¿Qué tendría que hacer yo?
—¿Hasta dónde te atreves? —preguntó él.
Ella sopesó la pregunta unos segundos, mirando hacia un punto entre la mesa y ningún sitio.
—La curiosidad puede más que el miedo —dijo al final.
—Bien —dijo Marcos—. Hay una calle aquí cerca donde suelen pararse las chicas de trabajo. Quiero que Valeria se quede ahí parada un rato, vestida para el papel. Solo estar parada. Sin hacer nada más.
La propuesta cayó sobre la mesa. Yo la procesé en silencio. Valeria bajó la mirada un instante.
—Con este vestido no sirvo para eso —dijo.
—No, con ese vestido no —coincidió Marcos—. Pero tiene solución. Corre por mi cuenta: pasamos por una tienda de segunda mano y compramos lo que haga falta. No tiene que ser caro.
—Nuestras casas están lejos de aquí —intentó Valeria.
—Ya lo sé. Por eso no vamos a ninguna de las dos —respondió él con calma.
Vi en la cara de Valeria el momento exacto en que el miedo y las ganas pelean, y las ganas van ganando terreno despacio.
—De acuerdo —dijo.
***
Salimos cada quien en su auto. Yo quería que Valeria fuera con Marcos, pero era demasiado pronto para eso y los dos lo sabíamos. Llegamos a una tienda de segunda mano que cerraba tarde. Para no ser tan obvios, Marcos entró primero y nosotros después, fingiendo que no nos conocíamos. En un momento lo perdimos entre las perchas y reapareció ya en la calle, con una bolsa en la mano. No nos dijo lo que había comprado.
Fue él quien eligió la calle. Una zona que yo conocía poco, más transitada que otras que hubiéramos podido usar: autos pasando con cierta frecuencia, farolas que daban luz suficiente, algún peatón de vez en cuando. Nada de la discreción que teníamos en otros sitios. Aparqué detrás de su coche, junto a la acera.
Marcos subió al asiento trasero del mío. Valeria también pasó atrás para cambiarse. Él encendió la luz interior del techo sin pedirle permiso a nadie.
Cuando Valeria se quitó el vestido y quedó completamente desnuda, Marcos extendió la mano y la detuvo. Le pasó los dedos despacio entre las piernas, explorando.
—Veo que te lo has dejado crecer —murmuró, repasando con el pulgar los labios vaginales.
—Hay que variar los gustos —respondió ella sin apartarse.
Era cierto que llevaba el vello a medio término, algo que le habíamos pedido ella y yo junto a Rodrigo tiempo atrás, pero eso no era algo que íbamos a contarle a Marcos esa noche.
Él sacó la ropa de la bolsa. Un short de tela muy delgada y muy corta, que entre las piernas apenas cubría lo justo y por detrás dejaba las nalgas a medio descubierto. Arriba, una malla de rombos abiertos que no ocultaba absolutamente nada: sus pechos, sus pezones ya tensos por el frío y los nervios, todo visible con total claridad. Y unos tacones negros de aguja que completaban el conjunto.
Mi esposa, con esa ropa, no se parecía en nada a la mujer que había bajado del auto media hora antes. No había excusa posible si alguien conocido la cruzara por la calle.
***
Valeria puso la mano en la manija de la puerta y la soltó. La tomó otra vez. La volvió a soltar.
Marcos le mandó un audio desde mi teléfono, con la voz tranquila:
—Respira. Caminas hasta la farola del medio y te quedas ahí. Nosotros te vemos en todo momento.
Ella soltó el aire, abrió la puerta y bajó del auto.
La seguí desde el espejo retrovisor. Caminó despacio hasta el punto indicado, se detuvo, y se quedó quieta bajo la luz amarilla de la farola. El short no dejaba nada a la imaginación. La malla dejaba todavía menos. Cualquiera que pasara por esa acera sabría exactamente qué papel estaba representando.
Marcos y yo permanecimos en el auto sin hablar mucho. Los dos mirábamos hacia el mismo punto sin decir nada.
A los diez minutos pasó una pareja por la acera. El hombre giró la cabeza claramente, miró a Valeria de arriba abajo y se quedó un segundo más de lo que habría sido discreto. La mujer que iba con él lo tomó del brazo y aceleró el paso sin mirar. Valeria aguantó la mirada sin moverse.
Marcos le mandó otro audio:
—Muy bien. Ya puedes hacerlo.
La vi bajar un poco el short, desabrochar el botón de arriba. Fue un movimiento pequeño, calculado.
Un auto redujo la velocidad al pasar frente a ella. Se detuvo. Bajó la ventanilla del lado del conductor. Desde donde estábamos no podíamos escuchar la conversación, pero duró casi un minuto. Luego el auto arrancó y siguió.
—¿Qué crees que le dijo? —pregunté.
—Que ya tenía cliente esperando —dijo Marcos.
Pasó casi una hora desde que había bajado del auto. Los minutos se hacían más lentos de lo que deberían. Entonces Marcos abrió la puerta del mío y caminó directo hacia donde estaba ella.
Los vi desde lejos. Él se colocó justo frente a Valeria, usando su cuerpo para taparla un poco de la calle. Vi los movimientos. Se sacó la polla y empezó a tocarse ahí mismo, mirándola a la cara, sin tocarla. Ella no retrocedió ni un centímetro.
Cinco minutos después volvieron los dos caminando juntos hacia los autos. Valeria se acomodaba el short. Se quitó la malla antes de subir y entró directamente al asiento trasero con el torso al descubierto, como si ya eso no importara.
Marcos se despidió desde la ventanilla de mi auto, nos agradeció la noche, y se fue.
***
De camino a casa, Valeria iba en el asiento trasero. Le pregunté por el auto que se había detenido.
—Me preguntó si estaba disponible para un rato —dijo—. Le respondí que estaba esperando a un cliente habitual.
—¿Y Marcos? ¿Qué pasó exactamente cuando se bajó?
—Se tocó mirándome —dijo—. Luego regresamos.
La respuesta fue demasiado corta. Demasiado tranquila. Vi en el espejo que movía las piernas sin parar, cruzándolas y abriéndolas, inquieta.
***
En cuanto cerré la puerta de casa fui directo hacia ella. La empujé con suavidad hacia la cama, le quité lo poco que le quedaba encima, y empecé a besarla sin pausa. Llevaba toda la noche acumulando tensión y no me quedaba ningún motivo para seguir esperando.
Bajé la mano hacia entre sus piernas y me detuve.
No era el frío. No era el sudor.
El vello, los labios, el interior del short: todo estaba cubierto de semen. Levanté la cabeza y la miré. Ella me devolvió la mirada sin decir nada, con esa sonrisa que aparece cuando sabe que tiene toda la ventaja. Por eso venía inquieta en el asiento trasero. Por eso las piernas cruzadas todo el camino de vuelta.
Marcos me la había jugado.
Me encendí todavía más. La penetré de golpe, sintiendo todo lo que habían dejado en ella, hundiéndome en eso sin ningún reparo. La besé fuerte, ella arqueó la espalda y clavó los dedos en mi espalda. Los dos disfrutábamos sin fingir nada.
Valeria se movió hasta rozar su clítoris contra mí, apretando el ritmo, hasta que llegó al orgasmo agarrándome los hombros con fuerza. Luego se separó, me bajó con la lengua desde la base hasta el extremo con esa precisión suya que nunca falla, y cuando le dije que ya no aguantaba más me dio la vuelta, se montó encima dándome la espalda, y apretó hasta que acabé sin control, de una manera que no pude frenar aunque hubiera querido.
Cuando se levantó, el semen quedó sobre mi pelvis. Se puso en cuatro, me miró desde abajo con los ojos entornados, y lo recogió todo con la lengua sin dejar rastro.
***
Media hora después llegó un mensaje de Marcos.
«Espero que hayas disfrutado la sorpresa, Andrés.»
Le respondí de inmediato. Al rato llegó otro: todavía tenía más ideas, si es que seguíamos interesados.
Miré a Valeria, que ya dormía a mi lado con esa calma absoluta que tiene después de todo.
Le respondí que sí.