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Relatos Ardientes

El doctor que no supo dónde terminaba el examen

La idea fue de Sebastián.

Llevábamos meses explorando ese juego que él llamaba «exhibicionismo pasivo»: salidas nocturnas donde Natalia se bajaba del auto en calles poco transitadas, con poca ropa y ningún miedo, mientras yo la observaba desde el asiento del conductor sin que nadie supiera exactamente qué estaba pasando. No era para todo el mundo, pero nosotros habíamos aprendido a disfrutar de esa tensión particular: la mujer que se sabe mirada y el hombre que mira sin poder tocar.

Sebastián tenía esa habilidad rara de proponer cosas que sonaban imposibles y que, después de dejarlas reposar dos días, terminaban siendo exactamente lo que necesitábamos. Nos reuníamos con él cada cierto tiempo para contarle qué habíamos hecho y escuchar sus nuevas ideas. La noche que nos propuso lo del médico, los dos nos quedamos callados un momento antes de responder.

—El exhibicionismo en la calle es un buen comienzo —nos dijo—. Pero hay algo más interesante todavía. Alguien que conozcan, alguien del entorno de trabajo, que vea a Natalia de una manera completamente distinta. Que después de eso tengan que cruzárselo en los pasillos.

Trabajábamos los dos en la misma clínica privada. Natalia como enfermera de planta, yo en coordinación. Conocíamos a los médicos que rotaban por ahí, sabíamos cuáles eran más abiertos y cuáles preferían no mezclarse con el personal. Cuando Sebastián mencionó la posibilidad de ir a una consulta ginecológica con uno de ellos, la idea nos pareció descabellada durante exactamente cuarenta y ocho horas. Después empezó a tener sentido.

Le correspondía a Natalia hacerse su revisión anual de todas formas. Llevábamos una vida sexual activa y ella había ido posponiendo la cita sin una razón concreta. Eso nos daba la coartada perfecta: nada forzado, nada que levantar sospechas.

El doctor que elegimos se llamaba Carlos. Llegaba a la clínica dos veces por semana, siempre con esa sonrisa amplia de quien está a punto de decir algo fuera de lugar. No era el más discreto del gremio, pero tampoco el peor. Y cuando Natalia llamó para reservar cita en su consultorio, la pausa que hizo Carlos al otro lado del teléfono fue suficiente para confirmar que habíamos elegido bien.

***

La sala de espera del consultorio olía a desinfectante y papel. Natalia llevaba una blusa blanca y pantalón negro, nada especialmente llamativo. Me senté con ella hasta que nos llamaron.

Carlos nos recibió de pie detrás del escritorio. Estrechó mi mano primero, luego la de Natalia, y tardó un segundo más de lo necesario en soltarla. Yo lo noté. Natalia también.

—Hay biombo al fondo para cambiarse —dijo con voz controlada, aunque podía verse que le costaba mantener el tono clínico.

Natalia desapareció detrás del biombo y yo me quedé junto a la ventana con el teléfono en la mano, como si estuviera revisando mensajes. Carlos preparó la camilla, ajustó los accesorios, carraspeó una vez. Cuando Natalia salió con la bata de papel atada por atrás, se sentó al borde de la camilla con esa compostura suya que siempre me había fascinado: esa capacidad de mantenerse tranquila exactamente cuando todo se ponía interesante.

—Primero palpo el abdomen y el pecho —dijo Carlos—. ¿De acuerdo?

Natalia asintió. Él se colocó los guantes y comenzó. Manos sobre el abdomen, presión sistemática, movimientos circulares que subieron lentamente hacia el pecho. Carlos trabajaba con los ojos en sus propias manos. Natalia miraba al techo. Yo miraba todo desde el rincón, con el teléfono apagado que ya no fingía revisar.

—Necesito que se acueste y coloque las piernas en las pierneras —dijo Carlos señalando los soportes laterales.

Natalia obedeció sin decir nada. La bata quedó apenas cubriendo su torso. Carlos movió las pierneras hacia los lados con gestos calculados, hasta que la posición dejó expuesto lo que Natalia llevaba debajo: nada. Carlos se quedó inmóvil dos segundos antes de recomponerse.

—Vamos a verificar el nivel de lubricación —dijo, en ese tono clínico que ya sonaba demasiado esforzado.

Introdujo el dedo índice despacio. Natalia exhaló en silencio. Carlos mantuvo la vista baja, técnico, pero yo podía ver desde donde estaba que su respiración había cambiado. El examen siguió su curso: el espéculo, las muestras, un comentario medido sobre una irritación leve que encontró. Todo dentro del protocolo. Todo exactamente lo que debía ser, hasta que Carlos mencionó la crema.

Vertió una cantidad generosa en el dedo índice e hizo movimientos circulares lentamente. Una vez adentro, salió, más crema, volvió a entrar. Natalia apretó los labios. Yo dejé de parpadear.

Nadie dijo nada. Los tres sabíamos lo que estaba pasando y los tres decidimos, tácitamente, no nombrarlo.

Cuando Carlos se quitó los guantes y anunció que el examen había terminado, el silencio que quedó tenía una densidad distinta. Natalia se incorporó despacio, se acomodó la bata, y yo volví a fingir que revisaba el teléfono. Salimos del consultorio con los saludos de siempre.

En el ascensor, Natalia me miró.

—¿Estabas mirando? —preguntó.

—Todo el tiempo —dije.

Sonrió de esa manera que no tiene traducción.

***

Lo que nadie te dice sobre estas cosas es lo que pasa después.

Los días siguientes en la clínica fueron una experiencia extraña. Carlos llegaba con su ronda habitual, saludaba a todos, y cuando nos veía a nosotros, algo cambiaba en su manera de pararse. Más conversador. Más atento. Como si hubiera descubierto un código que no sabía que existía y todavía no entendía bien qué abría.

Natalia lo manejaba con esa frialdad perfecta que tenía en el trabajo. Profesional, amable, sin dar nada de más. Yo la observaba desde lejos y pensaba en lo que había visto en ese consultorio: la imagen de ella con las piernas abiertas y él inclinado sobre la camilla, haciendo lo que los dos sabíamos que no era estrictamente necesario.

Cuando le contamos a Sebastián, escuchó con esa sonrisa suya de quien ya sabía cómo iba a terminar el cuento.

—¿Y la segunda cita? —preguntó.

—Hay que hacerla —dijo Natalia antes de que yo pudiera responder.

***

La segunda visita fue tres semanas después. Natalia había menstruado en ese tiempo, lo cual le daba una excusa razonable para solicitar un seguimiento. Carlos nos esperaba distinto: más tranquilo que la primera vez, con la seguridad de quien ya sabe el terreno que está pisando.

Cuando Natalia salió del biombo con la bata, Carlos fue directamente a desabotonarla.

—Aquí no —dijo ella, y él dio un paso atrás con cara de haber cometido un error grave.

Entonces Natalia sonrió.

—Aquí no hace falta tanta formalidad. Me llamo Natalia, no «licenciada».

Carlos exhaló despacio.

—Dios mío —murmuró—. Me asustaste.

El examen del pecho fue más directo esta vez. Carlos presionó con más confianza, sin el nerviosismo anterior. Natalia dejó que la bata se abriera hacia los lados sin molestarse en cubrirse. Yo seguía junto a la ventana, pero ya no fingía mirar el teléfono.

—Muy bien, Natalia. Necesito que te acuestes y pongas las piernas aquí.

Ella obedeció. Carlos movió las pierneras hasta abrir el ángulo completamente. Se colocó el guante, verificó la lubricación con el dedo índice, despacio, mucho más tiempo del estrictamente necesario. Natalia mantuvo la vista en el techo pero respiraba de otra manera.

—No hay irritación —dijo Carlos—. Pero voy a aplicar la crema igual, para prevenir.

Los dos sabíamos que no era necesario. Yo también lo sabía. Nadie dijo nada.

Vertió crema en los dedos índice y mayor. Los introdujo juntos esta vez, con movimientos lentos y deliberados. Natalia se mordió el labio. Carlos sacó los dedos, puso más crema, volvió a meterlos. Lo repitió cuatro veces. Yo lo miraba sin disimulo y él lo sabía, pero siguió haciéndolo.

Cuando terminó, cerró las piernas de Natalia con cuidado, desarmó la camilla y fue al baño a lavarse las manos. Natalia se quedó sentada al borde, con la bata abierta, mirando en dirección al escritorio. Carlos volvió y nos invitó a sentarnos. Hablamos unos veinte minutos de cosas sin importancia. Éramos los últimos pacientes y el consultorio era solo para nosotros.

Entonces Natalia dijo que necesitaba usar el baño.

Volvió cinco minutos después y se detuvo en el umbral de la puerta.

—Soy tan tonta —dijo llevándose la mano a la frente—. Me lavé y me quité toda la crema.

Carlos tardó un segundo en entender. Luego se puso de pie.

—No te preocupes, armo todo de nuevo.

—No hace falta —dijo ella—. Me apoyo aquí mismo en el escritorio.

Yo sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

Natalia se inclinó sobre el escritorio, apoyó los antebrazos en la superficie y levantó ligeramente las caderas. La bata le cubría los hombros pero dejaba todo lo demás expuesto hacia Carlos. Él me miró. Yo sostuve su mirada sin decir nada ni moverme de donde estaba.

Carlos se puso los guantes. Vertió crema en el dedo mayor y lo introdujo.

—Espera —dijo—. No llego bien. Estás muy abajo.

—Ah, lo siento —dijo Natalia, y subió las caderas un poco más.

—Sigue sin llegar bien —repitió él, y su voz ya no tenía nada de clínico.

Me puse de pie. Me acerqué al escritorio sin saber muy bien qué estaba haciendo. Ayudé a Natalia a sentarse en el borde y a recostarse despacio. Le abrí las piernas con las manos y la acerqué al filo de la mesa. Carlos introdujo los dos dedos mientras yo seguía sujetando las piernas de Natalia, de pie a su lado, mirando desde unos treinta centímetros de distancia cómo el dedo de nuestro compañero de trabajo se movía adentro de ella.

Natalia tenía los ojos cerrados.

Yo tenía la mandíbula tensa y la vista fija.

Carlos siguió hasta que la crema se terminó.

***

Salimos del consultorio antes de que ninguno de los tres dijera algo que no tuviera retorno. En el pasillo, Natalia se acomodó la ropa. En el ascensor no hablamos. En el auto tampoco, durante los primeros minutos.

Después Natalia se dio vuelta hacia mí.

—¿Querías que el doctor siguiera? —preguntó.

—Sí —admití.

—Yo también.

Esperamos en el estacionamiento hasta que los nervios bajaron lo suficiente para poder conducir. Luego llamamos a Sebastián. Le contamos todo, con detalles, y él escuchó en silencio hasta el final.

—¿Van a volver? —preguntó.

Natalia y yo nos miramos.

—Carlos nos dijo que si necesitamos más revisiones o muestras de medicamento, que avisemos —respondí.

Sebastián soltó una carcajada larga.

Lo que no le contamos esa noche, aunque él probablemente ya lo intuía, era lo que nos habíamos llevado de verdad: no solo la excitación del momento, que era obvia, sino esa mezcla rara de vergüenza y euforia que queda después. La manera en que Natalia temblaba en el auto sin poder parar de reír. La imagen que yo había guardado en algún lugar al que no se llega con palabras: ella recostada en ese escritorio con las piernas abiertas y yo sujetándolas, los dos mirando lo mismo desde ángulos distintos.

El lunes siguiente Carlos llegó a la clínica con su ronda habitual. Saludó a todos como siempre. Cuando llegó a la estación donde estaba Natalia, se detuvieron un instante.

—Buenos días, licenciada.

—Buenos días, doctor.

Perfectamente profesionales los dos. Perfectamente tranquilos. Con esa tensión particular de quien comparte algo que no puede nombrarse en voz alta en un pasillo de clínica.

Yo los vi desde lejos y seguí caminando.

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Comentarios (6)

Miki_BA

increible!!! me dejo sin palabras

RamonNocturno

La tension que se siente en ese rincon... brutal. Muy bien narrado.

CarlaM_92

Por favor una segunda parte, como termino todo eso??? quede con muchas ganas de saber.

Exeterin

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo, todo ese morbo contenido es lo mas jaja. Buenisimo.

ValenRdz

se me hizo cortisimo!!! quiero mas de estos relatos

lector_gza

Y Natalia sabia que estabas mirando o fue algo que ninguno esperaba? me quede con esa duda.

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