La noche en que dejé de ser virgen
Tenía veinte años y no sabía nada. No porque fuera ignorante —estudiaba biología en la universidad y había leído de todo— sino porque siempre había mantenido el sexo en la categoría de «cosas para más adelante». Mis amigas hablaban de sus aventuras con esa mezcla de orgullo y vergüenza que caracteriza a las confesiones en voz baja, y yo escuchaba con curiosidad pero sin urgencia. No me parecía que me estuviera perdiendo algo. Hasta que llegó Rodrigo.
Lo conocí en segundo año, en el módulo de anatomía humana. Era un chico delgado, con gafas de montura fina y el hábito de mirarse las manos cuando hablaba con alguien. No tenía amigos cercanos en la facultad; pasaba los recreos leyendo o revisando apuntes, y cuando la profesora formó los grupos de trabajo para el proyecto del semestre, todos los demás ya tenían pareja. Le tocó a él y a mí. El trabajo consistía en una maqueta detallada del sistema reproductor, lo cual, en otras circunstancias, habría sido solo un trabajo más. Con Rodrigo, resultó ser otra cosa.
Al principio trabajamos en la facultad, en los laboratorios después de clase. Hablaba poco, pero cuando abría la boca sabía de lo que hablaba. Tenía una precisión casi clínica para nombrar las cosas que a mí me costaba pronunciar sin bajar la voz. La primera vez que dijo «ovarios» frente a la maqueta, sin ninguna incomodidad, lo miré como si fuera una especie distinta a la mía.
El proyecto requería más tiempo del que esperábamos. Mi madre sugirió que Rodrigo se quedara en casa unos días para que pudiéramos avanzar sin perder las tardes en el transporte. Le preparamos el cuarto de invitados y le dije que podía usar la cocina como si fuera la suya.
Los primeros días fueron tranquilos. Trabajábamos por las tardes, comíamos en la mesa del comedor sin hablar demasiado, y por la noche cada uno se retiraba a su cuarto. Pero yo empecé a notar cosas. La forma en que, cuando estaba concentrado en la maqueta, levantaba la vista y me miraba un segundo antes de volver a lo suyo. El calor de su mano cerca de la mía cuando señalaba algún detalle. Que siempre se aseguraba de que yo tuviera agua o café antes de servirse él. No me parecía que fuera intencional. Solo era Rodrigo, con su torpeza social y sus silencios cómodos.
***
Mis padres se fueron el jueves por la mañana. Un viaje que llevaban meses planeando. Me dejaron dinero para la semana y la lista de números de emergencia pegada en la nevera, como si tuviera doce años.
Esa tarde, Rodrigo y yo terminamos la maqueta. La pusimos sobre el escritorio del comedor y nos miramos con esa satisfacción particular que solo dan los trabajos que quedan bien. Cenamos tarde, abrimos una botella de vino que encontré en la alacena, y hablamos más que en todos los días anteriores juntos. Me contó que era hijo único, que su padre viajaba mucho por trabajo y que había aprendido a estar solo sin que le pesara demasiado. Yo le conté que me daba miedo la idea de salir de la universidad sin saber qué quería hacer con mi vida.
—Todo el mundo sale sin saberlo —dijo—. Lo que cambia es quién lo admite.
Me fui a dormir con ese pensamiento dando vueltas en la cabeza.
***
Me despertó un ruido. Algo entre un gemido bajo y un crujido de la cama. Eran las dos de la madrugada según el teléfono. El cuarto de invitados estaba al final del pasillo, pasando el baño, y la puerta estaba entornada.
Probablemente se movió mientras dormía.
Me levanté para ir al baño y al pasar frente a su puerta entreabierta vi la luz de su teléfono iluminando el techo. Sin querer, miré.
Rodrigo estaba tumbado boca arriba con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Tenía la mano dentro de los calzoncillos y se movía lento, con esa concentración de quien no espera ser interrumpido. Sobre la almohada, a su lado, estaba mi camiseta de tirantes azul que había dejado en el baño esa mañana.
Me quedé paralizada en el pasillo, con la mano todavía en el marco de la puerta.
No sé cuánto tiempo estuve ahí. Lo suficiente para sentir un calor en el abdomen que nunca antes había reconocido de esa forma. Lo suficiente para notar cada detalle: el ritmo de su respiración, el ángulo de su cuello, lo que tenía en la mano. Era grande. Más de lo que había imaginado en abstracto. El calor se intensificó y me di cuenta de que tenía los dedos de los pies apretados contra el suelo.
Cuando empecé a retirarme, pisé el suelo y crujió.
Rodrigo abrió los ojos.
Nos miramos. Él se incorporó de golpe, se quitó los auriculares, y durante varios segundos ninguno de los dos habló.
—Sara —dijo, en voz muy baja.
—Iba al baño —respondí.
Más silencio.
—Tu camiseta... —empezó.
—Ya la vi.
No sé por qué no me fui. Quizás porque él tampoco se movió. Quizás porque la vergüenza era de los dos y eso la hacía más llevadera. Nos miramos un momento más y luego yo di media vuelta y me metí en mi cuarto. Tardé mucho en dormirme.
***
Al día siguiente hablamos lo justo. Desayunamos sin mirarnos demasiado a los ojos, revisamos la maqueta por última vez y él dijo que tenía que estudiar para otro examen. Yo dije que también. Pasé la tarde leyendo sin retener nada de lo que leía.
A las diez de la noche me senté en el borde de mi cama y me quedé mirando la puerta.
¿Qué estoy haciendo?
Seguía pensando en lo que había visto. No con vergüenza, sino con una curiosidad que me inquietaba porque no tenía nombre. Lo que sentí en ese pasillo no había sido miedo. Me levanté.
Su puerta estaba cerrada esta vez. Llamé con los nudillos.
—¿Sí? —dijo.
—Soy yo.
Tardó en responder. Luego escuché sus pasos y la puerta se abrió. Llevaba una camiseta gris y el pelo revuelto. Me miró como si no supiera si iba a disculparse o a desaparecer.
—¿Puedo pasar? —pregunté.
Asintió y se hizo a un lado.
Me senté en la silla del escritorio. Él se quedó de pie junto a la cama. La habitación olía a su colonia, algo neutro y limpio que había empezado a asociar con las tardes de trabajo.
—Ayer no debí quedarme mirando —dije.
—No debí tener tu camiseta.
—No.
Pausa.
—¿Por qué la tenías? —pregunté.
Rodrigo bajó la cabeza. Ese gesto suyo de mirarse las manos.
—Porque me gustas. Desde el principio del proyecto. No sé cómo explicarlo mejor.
No dije nada. Él tampoco.
Luego me levanté, caminé hasta donde estaba, y lo besé.
***
No había besado a nadie de esa forma antes. Con intención. Sintiéndolo desde los hombros hasta las rodillas. Sus manos tardaron un segundo en reaccionar, como si no terminara de creerlo, y cuando me rodearon la cintura fue con una suavidad que no esperaba de alguien al que había visto en ese estado la noche anterior.
Nos sentamos en la cama. Él me preguntó, en voz baja, si estaba segura. Le dije que sí. Le dije también que era la primera vez. No cambió nada en su expresión. Solo asintió y me besó de nuevo, más despacio.
Me quitó la camiseta con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo. Cuando me miró, no había urgencia ansiosa ni torpeza. Solo me miraba como si tuviera todo el tiempo del mundo, y eso me puso más nerviosa que cualquier otra cosa que hubiera podido hacer.
Recorrió mi cuello con la boca, bajó hacia mis hombros, y cuando llegó a mis pechos sentí que el calor de la noche anterior volvía multiplicado. Gemí sin querer y él hizo una pausa para mirarme.
—¿Bien? —preguntó.
—Bien —dije.
Siguió bajando. Pasó por mi abdomen despacio, trazando cada centímetro con los labios, y cuando llegó entre mis piernas entendí otro significado de las cosas que había leído solo en abstracto. Me agarré a la sábana con las dos manos. No duró mucho antes de que yo le dijera, sin saber muy bien cómo había aprendido a pedirlo, que quería más.
—¿Segura? —repitió.
—Rodrigo. Sí.
***
Cuando me penetró fue con un cuidado que no esperaba. Hubo un dolor breve y agudo que me hizo apretar sus hombros, y él se detuvo, me preguntó si seguía bien, y esperó hasta que yo le dije que sí. Después el dolor se disolvió en algo completamente diferente. Algo que no tenía comparación con nada que conociera.
Gemí sin vergüenza. Fue la primera vez que entendí por qué las paredes son finas en los apartamentos.
El ritmo era lento al principio y después no lo fue. Me aferré a él, le clavé las uñas en la espalda sin querer, y él respondió acelerando hasta que yo dejé de pensar en nada que no fuera ese momento. Cuando terminé fue con un temblor que empezó en las piernas y subió hasta la cabeza. Él se corrió poco después, con la cara hundida en mi cuello y un sonido que no era de los que se pueden fingir.
Nos quedamos quietos un rato, enredados y sin hablar.
***
Nos quedamos despiertos un rato después, hablando en voz baja con las sábanas revueltas entre los dos. Él me dijo que nunca había estado con alguien que le importara de verdad. Yo le dije que no sabía si eso me incluía a mí todavía.
—Sí —dijo, sin dudarlo.
No dormí en mi cuarto esa noche. Por la mañana, cuando mis padres llamaron para preguntar cómo estábamos, les dije que el proyecto había quedado muy bien.
***
No le conté a nadie lo que pasó esa semana. No inmediatamente. Las cosas que valen la pena suelen necesitar tiempo para encontrar palabras.
Rodrigo y yo entregamos la maqueta y sacamos la mejor nota del grupo. La profesora la puso como ejemplo en clase. Nadie sabía que la habíamos construido en tres días y que el resto del tiempo lo habíamos pasado descubriendo que el conocimiento teórico y la experiencia práctica son dos cosas muy distintas.
Nos hicimos pareja unos meses después. Sin grandes declaraciones, sin el drama que yo había imaginado siempre que acompañaría esa clase de momentos. Un día simplemente estábamos juntos, y ninguno de los dos necesitó decirlo en voz alta para saberlo.
La camiseta azul siguió siendo mía. Pero después de aquella noche, cada vez que la llevaba puesta, pensaba en él.