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Relatos Ardientes

Lo que mi suegra quería que nadie supiera

El domingo por la mañana, mientras Lucía dormía a mi lado, el teléfono vibró dos veces sobre la mesilla.

El primer mensaje decía: Ayer lo disfruté mucho.

El segundo: ¿Tienes planes el martes?

Eran las ocho y media. Sofía llevaba despierta un rato, eso se notaba en la precisión de las frases. Mi novia seguía con los ojos cerrados, respirando despacio, ajena a todo.

Respondí antes de pensarlo: Ninguno.

El tercer mensaje llegó enseguida: Entonces quedamos. El centro comercial del barrio norte, a las doce. Roberto trabaja todo el día y Lucía se va con sus amigas a la costa.

Guardé el teléfono boca abajo y me quedé mirando el techo un buen rato, con la polla ya medio dura pensando en lo que me esperaba el martes.

***

Llegué diez minutos antes. Me senté en un banco junto a la entrada y la vi venir desde el aparcamiento.

Sofía tenía cincuenta y dos años y caminaba como si se los hubiera ganado uno por uno. Esa mañana llevaba unos tacones de aguja color cereza que repicaban en el suelo de piedra, unas mallas negras brillantes que se ceñían a cada curva de sus caderas, y una blusa blanca de tejido fino que dejaba adivinar los pezones oscuros y erectos porque no llevaba nada debajo. El pelo oscuro recogido en una coleta alta.

Todos los hombres que había entre el aparcamiento y la entrada la miraron. Ella no los miró a ninguno.

—Llevas tiempo esperándome —dijo al llegar, sin saludar.

—Y lo volvería a hacer —respondí.

Se rio, me cogió del brazo y entramos.

***

Caminamos por las galerías sin ningún destino concreto. Sofía se detenía en los escaparates, saludaba a alguna dependienta por el nombre, se tomaba su tiempo. Su mano en mi antebrazo nunca aflojó del todo, y dos veces la noté rozarme deliberadamente cuando cruzábamos junto a otros hombres.

—Estás provocando a todo el que se cruza —le dije.

—Solo a ti —dijo, y era mentira y los dos lo sabíamos.

Nos sentamos en una cafetería pequeña, mesa al fondo. Pedimos café. Sofía puso su pierna contra la mía desde el primer momento. Hablamos de cosas sin importancia —el tiempo, que Lucía había salido temprano, que Roberto se quejaba siempre de los turnos del martes— mientras su pie subía despacio por mi pantorrilla y terminaba apretando el bulto que se me marcaba en el pantalón.

—Tengo ganas de complicar la mañana —dijo por fin.

—¿Cuánto de complicada?

Ella no respondió directamente. Señaló con un gesto sutil hacia la barra, donde había tres hombres tomando café de pie.

—El del jersey azul marino lleva mirándome desde que entramos —dijo, sin volver la cabeza.

Lo miré. Cuarenta y tantos años, fornido, alianza en el anular izquierdo.

—¿Y?

—Quiero que nos vea. Quiero que vea cómo me la chupas y cómo te la mamo. Quiero que se le ponga dura sin poder tocarla.

***

El ala nueva del centro comercial estaba en obras. Una valla de plástico naranja cortaba el paso al final de uno de los pasillos. Sofía la corrió tres palmos con una naturalidad que sugería que lo había planeado con antelación, y nos colamos sin que nadie nos prestara atención.

Dentro había espacio suficiente: un pasillo amplio con claraboyas en el techo, materiales apilados contra las paredes, silencio. La luz entraba filtrada y horizontal.

—¿Y el del jersey? —pregunté.

—Le he dicho dónde estábamos. Si quiere venir, vendrá.

La besé antes de que terminara la frase. Sofía besaba con una concentración que me descolocaba cada vez: nada de prisa, nada de urgencia teatral, solo una presión sostenida que iba escalando por su cuenta. Metió la lengua hasta el fondo y me desabrochó el cinturón sin separar los labios. Su mano se coló dentro del calzoncillo y me agarró la polla ya durísima, apretándola con una firmeza que me arrancó un jadeo.

—Está preparada —murmuró contra mi boca—. Bien preparada.

Su blusa cayó al suelo. No llevaba nada debajo, como había intuido. Tenía un cuerpo que desmentía sus años: pecho firme con los pezones oscuros y duros como piedras, cintura marcada, piel que olía a crema y a algo más cálido. Me agaché a chuparle una teta y ella me clavó las uñas en la nuca, obligándome a morder con más ganas.

Le bajé las mallas hasta los tobillos.

—Tampoco ropa interior —dije, viendo el coño depilado y ya brillante entre los muslos.

—Tampoco —confirmó, con una sonrisa que no era inocente—. Sabía cómo terminaba esta mañana.

Me arrodillé. Ella apoyó la espalda en la pared de yeso y separó las piernas todo lo que las mallas enredadas en los tobillos le permitían. Le puse una mano en el interior de cada muslo, los abrí un poco más, y le pasé la lengua entera por el coño, de abajo arriba, lento, saboreando cómo se estremecía. Repetí el gesto tres veces antes de concentrarme en el clítoris, hinchado y brillante, chupándolo con los labios apretados mientras le metía dos dedos y los curvaba buscando el punto exacto.

Sofía puso una mano en mi cabeza, sin presionar, solo para orientar. Empecé despacio, aprendiendo el ritmo que le funcionaba, prestando atención a cada cambio en su respiración. Cuando encontré el ángulo exacto —los dedos hundidos hasta los nudillos, la lengua trabajando en círculos apretados sobre el clítoris—, la mano en mi cabeza apretó con suavidad.

—Ahí —dijo, en voz baja—. Ahí, no te muevas de ahí.

Seguí. Dos minutos, tres, cinco. Sofía no gemía fuerte: emitía un sonido continuo y bajo que era más difícil de ignorar que cualquier grito. Sentí cómo le temblaban los muslos, cómo el coño se le apretaba alrededor de mis dedos, cómo empezaba a chorrear un flujo espeso que me bajaba por la muñeca.

—Hay alguien —susurró de repente.

Levanté los ojos sin detenerme. El hombre del jersey azul estaba parado a seis o siete metros, en la penumbra del pasillo, completamente quieto. No sabía si había entrado por curiosidad o porque ella le había dado instrucciones claras, pero estaba ahí, mirando, y ya tenía la mano encima del bulto del pantalón.

Sofía lo miró directamente.

—Acércate un poco más —dijo—. Que se te vea la cara.

El hombre no respondió, pero dio dos pasos hacia nosotros.

Yo seguí, con la lengua enterrada entre sus labios y los dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo que retumbaba en el pasillo vacío. Sofía permanecía apoyada en la pared, con las mallas enredadas en los tobillos, mirando al extraño mientras yo la comía. No tenía intención de incluirlo. Lo necesitaba ahí como testigo, nada más.

—Me estás viendo bien, ¿verdad? —le dijo al hombre, con la voz tomada—. Mírame la cara cuando me corra. Que no se te olvide.

—Me corro —anunció, con esa misma voz baja de antes—. Me corro, no pares, no pares.

Y lo hizo. Sin aspavientos ni dramatismo. Un temblor largo y sostenido, los dedos apretando mi nuca, la cabeza echada ligeramente hacia atrás, un chorro caliente que me empapó la barbilla y me bajó por el cuello. Yo seguí lamiendo despacio hasta que ella misma me apartó, incapaz de aguantar más contacto en el clítoris hinchado.

***

Cuando me puse de pie, con la boca y la barbilla brillándome de ella, el hombre seguía en el mismo sitio. Sofía lo miró con una calma que era casi cordial.

—Gracias por venir —dijo, como si hubiera sido una reunión de trabajo.

El hombre abrió la boca. Creo que quería pedir algo.

—No —dijo Sofía antes de que pudiera hablar—. Pero puedes quedarte a mirar un poco más. Sácatela si quieres, pero no te acerques.

El tipo se bajó la cremallera del pantalón sin dudar y se sacó una polla gruesa y ya empapada de preseminal. Empezó a masturbarse despacio, sin quitarnos los ojos de encima.

Sofía se arrodilló delante de mí con esa serenidad suya que hacía todo más lento y más intenso al mismo tiempo. Me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas y me miró la polla como si estuviera calculando algo. Me tomó con la mano primero, calibrando, subiendo y bajando el puño con firmeza, apretando la base y girando la muñeca al llegar al glande. Luego me la metió en la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que sentí el borde de su garganta.

Miré al hombre. Se estaba pajeando más rápido, con la cara descompuesta de quien no había esperado que la cosa fuera tan lejos. Estaba haciendo lo que podía hacer desde donde estaba, sin moverse del sitio, sin atreverse a pedir más. Había algo en esa distancia que me resultaba extrañamente satisfactorio.

Sofía sabía lo que hacía. Variaba el ritmo cuando quería, se detenía, cambiaba de ángulo. Me la sacaba de la boca para pasarme la lengua por los huevos, uno y otro, chupándolos con los labios, y luego volvía a tragarme entero. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla y le caía sobre las tetas. En algún momento me miró desde abajo, con la polla apretada entre los labios y las mejillas hundidas, y sostuvo la mirada mientras se la tragaba hasta el fondo, y eso fue casi peor que todo lo demás.

—Aquí no —dije cuando estaba cerca del límite, con las pelotas ya subidas y el temblor en los muslos—. Después. Quiero acabar dentro.

Se levantó, se limpió la comisura con el dorso de la mano y me lamió la punta una última vez, como quien firma una promesa. Se vistió con la misma calma con la que había llegado. Le dijo al hombre, sin crueldad ni ironía, mientras él se corría contra la pared en silencio:

—Espero que hayas disfrutado. Que tengas un buen martes.

Y salimos al pasillo como si nada hubiera pasado al otro lado de la valla.

***

En el coche, de camino a su casa, Sofía esperó a que arrancara y luego puso una mano sobre mi pierna.

—Conduce —dijo.

Con la otra mano me desabrochó el pantalón, me sacó la polla y empezó a masturbarme con la palma bien mojada de saliva. Cada dos o tres semáforos se inclinaba y se la metía en la boca, sin importarle que el conductor del carril de al lado pudiera girar la cabeza y verla. Cuando sentía que estaba cerca aflojaba, apretaba la base con dos dedos, cortaba la corriente, y volvía a empezar. Los quince minutos de trayecto fueron una tortura calculada al milímetro: llegué a su calle con la polla morada, chorreando preseminal sobre su mano, y una necesidad de correrme que me nublaba la vista.

Llegamos. Ella entró primero, comprobó que no había nadie, me llamó desde el rellano. La casa olía a limpiador y a las flores que siempre tenía en el recibidor. Subimos directamente.

El dormitorio principal era grande y ordenado, con una cama de matrimonio que parecía demasiado seria para lo que iba a ocurrir en ella. Sofía dejó los tacones junto a la puerta y empezó a desabrocharse la blusa sin apresurarse.

Nos desnudamos despacio esta vez. Sin obras, sin testigos, sin urgencia. La puse sobre la cama y me tomé el tiempo que no había tenido antes: recorrí su cuerpo con la lengua sin prisa, memorizando lo que funcionaba, lo que le gustaba, lo que le hacía cambiar la respiración. Le chupé los pezones hasta que se me pusieron entre los dientes como piedras, le lamí el ombligo, le mordí la cara interna de los muslos hasta dejarle una marca roja, y volví a comerle el coño, esta vez sin prisa, sin público, con la boca pegada a ella durante largos minutos hasta que se corrió otra vez, apretándome la cara contra su carne y jadeando mi nombre.

Sofía guiaba sin pedir con palabras: un movimiento sutil de cadera, la presión de una mano, un cambio en el sonido. Seguí esas señales. Me estiré sobre ella y le froté la punta de la polla arriba y abajo por los labios del coño, empapándome, buscando la entrada sin acabar de dársela.

—Métemela ya —dijo por fin, con los dientes apretados—. Deja de jugar.

Cuando entré en ella fue despacio y profundo, hasta el fondo, hasta que mis huevos chocaron contra su culo. Se arqueó levemente y sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de mi polla como un puño caliente.

—Así —dijo—. Justo así. Fóllame despacio.

Empezamos con un ritmo largo y pausado, casi ceremonial, salidas hasta la punta y entradas completas que la hacían jadear contra mi oreja. Luego ella me giró; quería estar encima. Se montó con precisión, se ensartó en mí de una sola bajada larga, encontró el ángulo que le servía y se movió como quería, usando mi cuerpo como necesitaba. Puse las manos en su cintura sin intentar dirigir nada, y luego subí a agarrarle las tetas, apretándoselas mientras ella cabalgaba, pellizcándole los pezones cada vez que aceleraba.

Sus ojos estaban entreabiertos y fijos en algún punto por encima de mi cabeza. Estaba concentrada, completamente en lo suyo, con la boca abierta y el coño tragándome entero cada vez que bajaba, y eso era lo más excitante de todo.

—Quiero que me hagas lo que todavía no me has hecho —dijo, entre un movimiento y otro—. Quiero que me folles el culo.

Lo sabía. Lo había estado esperando desde que salimos del centro comercial.

La puse a cuatro patas, con el culo arriba y la cara contra la almohada. Le pasé la lengua despacio por donde iba a entrar, hundiéndola, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la idea. Lamí y lamí, moviendo la punta en círculos, ensalivándolo bien, mientras con dos dedos volvía a jugar con su coño para que no se le apagara nada. Luego empecé con un dedo, muy despacio, sin ninguna prisa, hundiéndolo hasta el nudillo y sacándolo, hasta que entró un segundo. Sofía apretaba y aflojaba a voluntad, sabía cómo hacerlo.

—Con calma, por favor —pidió.

Con calma. Escupí sobre la polla, la froté contra el ojete abierto y empujé la punta muy poco a poco. Sofía hizo ese sonido que está a medio camino entre el dolor y el placer, ese que solo aparece cuando los dos se mezclan de la manera correcta. Me detuve un momento con la punta apenas dentro, notando cómo el esfínter me apretaba y latía.

—Sigue —dijo—. Métemela toda.

Seguí. Centímetro a centímetro, parando cada vez que sentía resistencia, esperando a que se aflojara antes de avanzar. Cuando por fin quedé pegado a su culo, entero, con los huevos rozándole el coño, los dos nos quedamos quietos un segundo respirando. Luego el ritmo fue aumentando por sí solo, sin que yo lo forzara. Sofía empezó a moverse hacia mí, marcando el paso, empujando el culo contra mi ingle.

—Más —pidió—. Más fuerte. Fóllame el culo de verdad.

Más. Las manos en su cadera, la coleta oscura enredada entre mis dedos, tirando de ella para arquearle la espalda. Su respiración como único criterio de velocidad y profundidad. La embestí más fuerte, con la palma abierta le di una nalgada que sonó en toda la habitación, y ella respondió con un gemido gutural que salía de muy adentro. Metí la otra mano por debajo y le froté el clítoris mientras seguía follándole el culo, y sentí cómo todo el cuerpo se le tensaba de golpe.

—No pares. No pares. No pares.

No paré. Sofía enterró la cara en la almohada y lo que salió de ahí no fue un gemido sino algo más hondo, más físico, más real. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba en oleadas sucesivas, sin pausa entre una y otra, cómo el culo se me apretaba en espasmos alrededor de la polla.

—Me corro. Me corro.

Y se corrió, con una sacudida que la recorrió de pies a cabeza y que mojó las sábanas de lino blanco con un chorro caliente que le bajó por el interior de los muslos.

Esperé a que pasara, sin sacarla, notando cómo latía todo por dentro. Luego continué, más lento primero y después brutal, agarrada de la coleta y de la cadera, hasta el límite, hasta que no pude más. Salí justo a tiempo para arrancarme la polla y correrme sobre su espalda con tres o cuatro chorros gruesos que le llegaron hasta la nuca y le resbalaron por la columna, mezclándose con el sudor.

El silencio que siguió era del tipo que no hace falta llenar.

Sofía se dio la vuelta, sin importarle que el semen le manchara las sábanas, y se estiró en la cama con los ojos entrecerrados y el pelo completamente revuelto.

—Ha sido la mejor mañana que he tenido en mucho tiempo —dijo.

Yo todavía estaba intentando recuperar el aliento.

***

Me levanté a buscar agua a la cocina. Cuando volví al dormitorio, Sofía seguía en la misma posición, pero algo había cambiado en el aire de la habitación.

—Creo que oí la puerta de abajo —dijo, con una calma que no encajaba con la situación.

Un segundo después escuché los pasos en las escaleras. Rápidos, decididos, inconfundibles.

Lucía abrió la puerta del dormitorio de golpe. Se quedó parada en el umbral, mirando la cama revuelta, mirándome a mí desnudo con la polla todavía brillante, mirando a su madre con el semen secándose en la espalda.

Nadie dijo nada durante un segundo que duró demasiado.

—Lucía —empezó Sofía.

—No —la cortó mi novia, con una voz completamente plana, sin grito, sin llanto—. No digas nada todavía.

Me miró a mí. Luego miró a su madre. Luego a mí otra vez.

Dio media vuelta y bajó las escaleras. La puerta de la calle sonó al cerrarse, pero no con violencia. Solo un clic seco y definitivo.

Eso fue casi peor que un portazo.

Sofía y yo nos quedamos solos con el silencio, las sábanas revueltas y la tarde entera por delante sin saber qué hacer con ella.

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Comentarios(9)

Marito_BA

Buenisimo!!! de los mejores relatos de suegras que leí por acá. Seguí publicando por favor

CarmenMdz

Que morboso jajaj. Me quede con ganas de saber como termino todo, por favor que haya segunda parte

SuSan_Lec

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años, sin llegar a tanto claro jeje. Muy bien narrado, se siente creible

vikingo88

El arranque ya te atrapa, no podes dejar de leer. Tremendo

Norberto45

Increible relato, escrito con detalle y sin caer en lo vulgar. Se disfruta de principio a fin, muchas gracias

PatoLector

una pregunta, esto te paso de verdad o es ficcion? lo contas tan natural que parece real jaja

DiegoRsAs

el titulo ya te engancha y el relato cumple con creces jaja. bien ahi

Clarita_BA

Ay dios!!! me lo lei de un tiron. Las maduras tienen algo especial que pocos saben capturar y aca lo lograste perfectamente. Esperando mas relatos tuyos

JaviNocturno

Este tipo de relatos son los que mas me gustan, bien contados, con suspenso y sin apuro. Muy bueno

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