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Relatos Ardientes

El vibrador secreto que guardaba para ella

Natalia me llamó cuando salía de su reunión con el jefe. Pude notar el tono en cuanto descolgué: esa mezcla de furia contenida y agotamiento que solo le sale cuando ha tenido que aguantar sonrisas que no quería poner durante demasiadas horas seguidas. Con el tipo ese que llevaba meses tirándole los tejos a las dos desde que descubrió que éramos pareja.

—Estoy harta —dijo sin más preámbulo—. ¿Puedes esperarme en el Rincón de Paloma? Necesito cerveza y algo de ti que no sea compasión.

—Veinte minutos —respondí.

Colgué y miré el cajón de la mesita de noche. Cogí la bolsita negra sin pensarlo demasiado. Si había una situación diseñada para ese artilugio, era exactamente esta.

El Rincón de Paloma era un bar de barrio en Lavapiés que servía cañas decentes y tapas sin pretensiones. Llegué primero, pedí una cerveza y me senté en la terraza, de cara a la calle para verla llegar. Era un martes de mayo y hacía ese calor templado que invita a quedarse fuera aunque no haya motivo concreto para ello.

Vi a Natalia desde lejos. El trabajo en la boutique le obligaba a ir siempre arreglada, así que incluso cuando salía de un día de perros traía puesto algo que le sentaba bien. Ese día llevaba un vestido de lino azul marino que le llegaba a las rodillas, unas sandalias planas de cuero marrón y el pelo castaño recogido en un moño descuidado del que escapaban varios mechones. Caminaba rápido, con esa energía tensa que tiene cuando algo la ha sacado de sus casillas y todavía no se le ha pasado del todo.

Se sentó frente a mí sin darme un beso. Señal de alerta máxima.

—Cuéntame —dije.

—No quiero contarte. Quiero que me distraigas.

Llamó al camarero, pidió una caña y se recostó en la silla con los brazos cruzados sobre el pecho. Cerró los ojos durante tres segundos exactos, como si estuviera reiniciando algo interno.

Yo bebí un sorbo de mi cerveza y la observé. Tenía esa pequeña arruga entre las cejas que le aparecía solo cuando estaba verdaderamente molesta. Bajo el moño improvisado, un mechón le caía sobre la frente y ella ni se molestaba en apartarlo. Llevábamos casi dos años juntas y todavía me desarmaba verla así: incómoda y real y completamente ella misma.

—Oye —dije, deslizando la bolsita negra por la mesa—. Tengo algo para ti.

Natalia abrió los ojos. Miró la bolsita. Luego me miró a mí.

—¿Lo has traído? —Una sonrisa pequeña, casi a su pesar.

—Por si acaso.

—Eres terrible —dijo, y cogió la bolsita.

Se levantó y se fue al baño sin añadir nada más. Yo terminé la cerveza despacio y esperé.

***

Volvió tres minutos después y se sentó a mi lado, no enfrente. Eso también era una señal, pero de un tipo completamente distinto.

—¿Cómoda? —pregunté.

—De momento sí —respondió, arqueando una ceja.

Tenía el mando a distancia en el bolsillo de mi chaqueta. Esperé hasta que el camarero le puso la caña delante y ella se la llevó a los labios. En ese momento exacto, apreté el botón una vez, breve.

Natalia tragó el sorbo sin soltar el vaso. Solo los ojos la delataron: se entreabrieron ligeramente, como si algo la hubiera sorprendido desde dentro.

—Eso ha sido muy poco honesto —dijo.

—Estaba distraída.

—Mentirosa.

Apoyó el codo en la mesa y giró levemente el torso hacia mí. Olía a ese perfume suyo que mezcla sándalo y algo cítrico, el mismo que lleva desde que lo encontró en un mercadillo de Malasaña y que me resulta imposible ignorar en cualquier contexto. Pasé los dedos por su antebrazo, despacio, del codo a la muñeca, siguiendo la línea de un pequeño tatuaje de tinta azul que tiene allí desde antes de que nos conociéramos.

—¿Se te ha pasado un poco el enfado? —pregunté.

—Pregúntame en diez minutos.

Apreté el mando otra vez. Esta vez lo mantuve más.

Natalia dejó el vaso sobre la mesa con más cuidado del necesario. Sus dedos se quedaron apoyados en el borde. Respiraba de forma ligeramente diferente; lo noté en cómo se movía su pecho bajo el lino. A nuestra espalda, un hombre con maletín revisaba el teléfono sin mirarnos. O eso parecía.

—Carmen —dijo Natalia, en voz baja.

—¿Sí?

—Llévame al baño.

***

El baño estaba en el sótano, bajando una escalera de azulejos blancos con pasamanos de hierro negro. Olía a limpio y a madera vieja. Tres cabinas, dos lavabos, un espejo con manchas en el borde. Vacío.

Natalia entró en la cabina del fondo, la más grande, y me hizo un gesto con la cabeza. Cerré el pestillo detrás de las dos.

El espacio era justo: podíamos movernos sin incomodidad, pero no sobraba sitio. Había barras de apoyo en las paredes de azulejo frío, y Natalia se apoyó en una de ellas con la espalda contra la pared.

—Ven aquí —dijo.

Me acerqué. Acerqué la boca a su cuello y dejé los labios apoyados ahí, sin presionar, solo sintiendo el calor de su piel y el pulso que le latía rápido bajo la oreja. Natalia soltó el aire despacio.

Sus manos fueron a mi cintura primero, luego subieron por mi espalda hasta mi nuca. No me empujaba; solo apoyaba los dedos, como si necesitara algo a lo que aferrarse.

La besé en el cuello. En la mandíbula. En la comisura de la boca. Ella giró la cabeza y encontré sus labios, y durante un momento solo fue eso: el beso, sin prisa, con esa familiaridad que se construye con el tiempo y que no se parece a nada de lo que hay antes de conocer bien a alguien.

—Te he echado de menos hoy —murmuró contra mi boca.

—Lo sé —dije.

Bajé las manos por sus costados hasta encontrar el dobladillo del vestido. La tela de lino era suave y un poco fresca. Fui subiendo despacio, por el muslo, hasta llegar a la braguita vibradora que llevaba puesta. La toqué por encima, apenas, y noté cómo se tensaba bajo mis dedos.

—Quítatela —dijo.

Me arrodillé en el suelo del baño sin dudarlo. Bajé la braguita por sus piernas con cuidado y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Luego alcé la vista hacia ella. Natalia me miraba con los ojos oscuros, el labio inferior levemente hinchado del beso. Asintió una vez, despacio.

Levanté el dobladillo del vestido con las dos manos y la besé en el interior del muslo. Ella apretó los dedos sobre la barra de apoyo. Subí poco a poco, dejando la boca donde notaba más calor, tomándome el tiempo necesario, sin saltar directamente al centro porque eso nunca era lo mejor aunque en ese momento lo pareciera.

Cuando por fin acerqué los labios a su sexo, Natalia soltó un sonido suave que se cortó a la mitad, como si se lo hubiera tragado a tiempo.

Estaba húmeda y olía como siempre: a ella, a calor, a algo que no tiene nombre exacto pero que reconozco en cualquier parte y que siempre me hace querer quedarme más tiempo del que tengo.

Pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, solo una vez, para ver cómo respondía. Natalia ajustó ligeramente la cadera, un movimiento pequeño que era una instrucción clara. Repetí el recorrido. Luego otra vez, con un poco más de presión.

—Así —dijo, en un susurro.

Me concentré. El ambiente del baño amortiguaba el sonido, pero no lo eliminaba; había el zumbido lejano de la calle y el ruido del extractor en el techo. Mantuve el ritmo, sin acelerar todavía, aprendiendo qué le gustaba en ese momento concreto porque no siempre era lo mismo y parte del placer estaba en descubrirlo cada vez.

Sus muslos se apretaron levemente a ambos lados de mi cabeza. No para cerrarme el paso, sino para anclarme ahí, para decirme sin palabras que siguiera.

Encontré el punto exacto y lo rodeé con la lengua. Despacio. Con atención. Natalia apretó los dedos en mi pelo sin jalar, solo sosteniéndome ahí.

—No pares —dijo.

No paré.

Su respiración se fue haciendo más corta, más irregular. Noté cómo el músculo de su muslo se contraía bajo mi mano. Subí un poco el ritmo, respondiendo a lo que su cuerpo me decía, calibrando la presión de la lengua, el ángulo, la velocidad. Ella empujó ligeramente la cadera hacia mí.

Y luego, en un momento que duró más de lo que esperaba y menos de lo que quería, noté cómo todo se soltaba a la vez: la tensión de sus piernas, la rigidez de su espalda, ese susurro cortado que intenta con todas sus fuerzas no convertirse en grito.

Me quedé quieta hasta que el último espasmo pasó. Luego bajé el dobladillo del vestido y me incorporé despacio, apoyando las manos en sus caderas para levantarme.

Natalia tenía los ojos cerrados y la espalda todavía apoyada contra los azulejos. Tardó unos segundos en abrirlos.

—Hola —dije.

—Hola —respondió.

Se reía. Esa risa pequeña y sin ruido que le sale solo cuando está completamente relajada y se ha olvidado de todo lo demás.

La besé en la boca y ella correspondió con una lentitud que no tenía nada de urgente, solo de presente. Saboreé ese beso más de lo que debería tratándose de un baño de bar.

—¿Se te ha pasado el enfado? —pregunté.

—¿Qué enfado? —dijo.

***

Nos recompusimos frente al espejo: ella se rehízo el moño, yo me sequé la boca con el dorso de la mano. Ninguna de las dos habló mucho. No hacía falta.

Cuando abrí el pestillo de la cabina, desde la primera de las tres escuché algo. Un movimiento brusco y contenido. Una respiración que intentaba no serlo.

Natalia me miró. Yo la miré a ella.

Salimos sin hacer ruido. Ya en la escalera, ella apretó mi mano y soltó una carcajada que tuvo que taparse con la palma de la otra mano.

—Tenemos testigo —susurró.

—Testigo muy participativo, diría yo.

Subimos de vuelta a la terraza. La mesa estaba como la habíamos dejado, con las dos cañas a medias. El hombre del maletín ya no estaba en su sitio.

Me senté y miré a Natalia. Tenía ese color en las mejillas que le dura un rato después, esa calidez que me gusta más que cualquier maquillaje. Se bebió el resto de su caña de un trago y pidió otra con un gesto al camarero.

—¿Mejor? —pregunté.

—Mucho mejor —dijo—. Aunque el jefe mañana va a seguir siendo el mismo imbécil.

—Ya veremos cómo lo manejamos.

Me cogió la mano sobre la mesa, entre las cañas y el platito con aceitunas, sin importarle que el camarero lo viera ni que la mesa de al lado estuviera mirando. Así era ella: discreta hasta que dejaba de serlo, siempre en sus propios términos.

—Te quiero —dijo, sin dramatismo, como se dice algo que es simplemente verdad y no necesita ningún adorno.

—Lo sé —respondí.

Y pedimos otra ronda.

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Comentarios (6)

Clara_Noche

increible, una de las mejores que lei ultimamente en este sitio!!!

leticia_mb

Por favor sigue escribiendo, quede con muchas ganas de saber como sigue. Se hizo corto!

SofiRosa_x

Me recordo a una amiga que siempre tenia "emergencias" guardadas en la cartera jaja. Muy bueno el relato

Lorena_77

Caliente caliente!! quiero mas de estas dos

Claudia_S

Me encanto como lo narraste, se siente muy real y muy intimo a la vez. Sigue publicando!

ValeCba

buenisimo, espero la continuacion

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