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Relatos Ardientes

Mi hermana me descubrió de rodillas frente a mi novio

De todas las cosas que me preocupan en la cama, la peor es la idea de que alguien me descubra. No es solo el escándalo, es el bochorno de imaginar a otra persona viendo lo que hago en mis momentos más privados. Mis amigas siempre se ríen de mí cuando lo digo, pero soy mucho más pudorosa de lo que aparento acá.

Y, sin embargo, la vida tiene un sentido del humor cruel. Me pasó dos veces. Dos. Todavía no sé cómo sobreviví a ninguna de las dos sin morirme de la vergüenza en el acto. Por suerte, ninguna de las personas que me vieron habló nunca, aunque la segunda historia tiene un giro que me sigue haciendo reír cada vez que lo recuerdo.

Esto pasó hace algunos años, en una época en la que cada momento con Mateo era una pequeña película clandestina. Mis padres lo querían, lo querían demasiado diría yo, y eso nos abrió puertas que en otras casas estaban cerradas con candado. Salir hasta tarde, viajes cortos los fines de semana, almuerzos familiares en los que él se sentaba a la mesa como uno más. Pero había una línea que casi nunca cruzaban: dejarlo dormir en mi cuarto.

De vez en cuando aceptaban, con condiciones. Mateo dormía en un colchón en el piso, no en mi cama, y la puerta tenía que quedar abierta. La excusa oficial era mi hermana Lucía, que tenía la habitación al lado y «podría escuchar algo». Hoy entiendo que la excusa era para todos, no solo para ella, pero en ese momento la creí.

Tener intimidad en esas condiciones era una especie de deporte de precisión. Esperábamos a que toda la casa se durmiera. Lucía se acostaba temprano, mis padres tardaban más, y yo me quedaba con el oído entrenado escuchando los ruidos de las cañerías, la televisión del living apagándose, los pasos lentos por el pasillo. Cuando todo estaba en silencio, contaba hasta cien. Y después bajaba al colchón.

***

Mi actividad favorita en esas noches era simple y obsesiva. Me deslizaba hasta donde estaba Mateo, me metía debajo de las sábanas con él, le bajaba el bóxer y le hacía sexo oral hasta que terminaba en mi boca. Me lo tragaba todo. Después subía a mi cama como si nada, con un orgullo de victoria personal que no podía compartir con nadie.

Hay algo en lo prohibido que multiplica todo. Cada lamida tenía el peso de saber que mis padres dormían en el piso de arriba y que mi hermana podía entrar en cualquier momento. Cada gemido de Mateo lo tenía que apagar él mismo apretando los dientes, y a mí me daba un poder absurdo verlo sufrir en silencio. Mi boca, que ya conocía cada vena de su pene, jugaba a torturarlo. Aceleraba cuando lo sentía cerca, frenaba justo antes y lo dejaba al borde durante minutos, hasta que él, desesperado, me apretaba la nuca con suavidad pidiéndome que terminara.

No hagas ruido, le susurraba con la pija todavía en la boca, sabiendo perfectamente que lo único que podía hacer él era cerrar los ojos y rezar.

Para mi cumpleaños les pedí a mis padres una computadora. La verdad, no la necesitaba para nada. Tampoco la silla gamer enorme y mullida que vino con ella. Pero me las arreglé tan bien que me las compraron, y esa silla terminó siendo, sin que nadie lo sospechara, uno de los lugares más recordados de mi adolescencia.

Cuando estábamos solos en casa, Mateo se sentaba ahí. Yo me arrodillaba entre sus piernas y le hacía felaciones largas, llenas de saliva, de esas que dejan el pene brillando bajo la luz del monitor. Otras veces invertíamos los roles: yo me sentaba al borde de la silla, abría las piernas y él se hundía entre ellas con la lengua. Soy bastante romántica en general, casi sumisa diría, pero cuando me hace oral en esa silla me convierto en otra. Le agarraba la cabeza con las dos manos y lo apretaba contra mí sin dejarlo respirar.

***

La noche del incidente fue una noche común. Cerca de las dos de la mañana. Estábamos viendo una serie en la computadora, Mateo sentado en la silla y yo encima de él, con mi espalda apoyada contra su pecho. Él tenía un short y nada más. Yo, un remerón gigante que me llegaba a los muslos y debajo una bombacha negra.

El cuarto estaba a oscuras, iluminado apenas por la luz azul del monitor. La puerta abierta como siempre, porque así eran las reglas. En un momento sentí ganas de ir al baño y me levanté. Al pasar por el cuarto de Lucía, miré hacia adentro. Estaba dormida boca abajo, con el pelo desparramado sobre la almohada y respirando profundo.

En el baño me bajé la bombacha y noté que estaba bastante mojada, con esa humedad densa de cuando una lleva mucho tiempo encendida sin darse cuenta. Estar tanto tiempo sentada arriba de Mateo me había dejado en un estado que no podía disimular. La olí. Tenía un perfume muy concreto, muy mío, muy de esa noche. Decidí no ponérmela. La apreté en la mano; total, el remerón cubría todo lo importante.

Volví a pasar frente al cuarto de Lucía. Seguía durmiendo. Entré al mío y empujé la puerta hasta donde podía sin hacer ruido, dejando apenas una rendija para no infringir la regla del todo.

Me acerqué a Mateo, le di un beso largo, despacio, y le sonreí.

—Cerrá los ojos. Y no los abras hasta que yo te diga.

Obedeció. Le acerqué la bombacha a la nariz y vi cómo el reconocimiento le subía por la cara como una ola. Le metí la mano debajo del short y empecé a masturbarlo con calma, mientras él intentaba mantener los ojos cerrados y la respiración bajo control.

—Abrí los ojos, amor.

Cuando los abrió, la imagen lo encontró sin defensas. Yo, semi inclinada sobre él, con la bombacha colgando entre dos dedos cerca de su cara y la otra mano todavía masturbándolo. Me llevé la tela hasta la nariz, hice una inspiración larga y lenta, y se la dejé un segundo más cerca para que él también la oliera. Después la lamí, sobre la parte más húmeda. En ese momento mis propios olores me parecían el afrodisíaco más poderoso del mundo. Hoy lo pienso y me da un poco de cosa, pero esa noche no dudé un segundo.

Le di otro beso, esta vez con la lengua, y me arrodillé.

***

Empecé despacio. Una lamida desde la base hasta la punta. Mateo se estremeció entero y se le escapó un gemido apagado, una especie de «mmm» gutural que sonó casi a queja. Lo miré desde abajo, con los ojos brillantes, y sonreí.

Me saqué el remerón. Quedé completamente desnuda, arrodillada entre sus piernas, con la luz del monitor recortándome el contorno. Volví a lamerlo desde abajo, esta vez más lento, deteniéndome en la parte donde sé que es más sensible. Le metí la lengua entre el prepucio y el glande, hice un giro suave, y noté cómo la respiración se le entrecortó.

Después me lo metí entero en la boca y empecé a chupar con ganas, mientras lo masturbaba en la base. La excitación se me escapaba en pequeños sonidos involuntarios. A él se le notaba el esfuerzo titánico por no emitir un solo ruido.

En esa época yo intentaba parecerme a una actriz porno. No por gusto, sino por inseguridad, supongo, una manera torpe de creer que así me querían más. Le escupía la pija, lo miraba a los ojos, exageraba todo. Decidí hacer lo que llamaba «mi garganta profunda», que de profunda tenía poco, pero metía el pene tan adentro como podía hasta que me daba una arcada y se llenaba todo de saliva espesa.

—Aagghh —hacía con la garganta cada vez que bajaba.

—Mmm sí —respondía él con la voz más baja que podía.

—Aaagghh —repetí, esta vez con más fuerza.

—Pará, pará, pará, Mica. —Eso lo dijo él, en el tono más urgente que se puede decir algo en susurro.

—Sí, te encanta que te trague entera —contesté yo, sin frenar.

—Pará. Está Lucía en la puerta.

***

Me quedé blanca. La sangre se me fue de la cara en un segundo. Mateo se tapó como pudo con el short, que lo tenía a la altura de los muslos. Yo giré la cabeza despacio, casi rezando para que fuera una broma, y vi a mi hermana parada en el umbral, con el pelo despeinado y los ojos enormes, sin saber qué hacer con las manos.

Me cubrí los pechos con un brazo y la entrepierna con el otro como si eso fuera a borrar lo que acababa de ver.

—Andate a tu cuarto —le dije, con una voz que me sonó ajena.

Lucía se dio media vuelta y caminó por el pasillo en silencio. Yo me quedé temblando. Mateo no podía hablar. Después de unos minutos en los que ninguno de los dos se atrevió a moverse, me puse el remerón, me senté en la cama y traté de respirar.

Esa misma madrugada, en algún momento entre las tres y las cuatro, fui a la habitación de Lucía a hablar. No me salió gratis comprar su silencio, pero al menos me dio tiempo a ordenar la cabeza. Una semana después tuvimos otra charla, más larga, más íntima, en la que le pedí disculpas por lo que había visto y le expliqué, hasta donde se podía, qué estaba pasando. Hoy nos llevamos mejor que nunca, y a veces, cuando estamos solas, ella levanta una ceja y yo ya sé que está pensando en esa noche.

***

La segunda vez fue distinta. Fue en el colegio.

Con Mateo teníamos una rutina semanal que llamábamos «sesión». Llegábamos media hora antes al colegio, o aprovechábamos las horas libres cuando faltaba algún profesor, y nos íbamos al subsuelo, a un salón vacío. Ahí yo le hacía sexo oral hasta que terminaba. Después pasaba las clases con su sabor todavía en la boca, sentada bien adelante, fingiendo que prestaba atención.

Aquel día había faltado la profesora de literatura. Una hora libre completa. Bajamos al subsuelo casi corriendo. Yo estaba caliente desde antes, no sé bien por qué. Lo empujé contra una pared, le di un beso de los que no se devuelven, y me arrodillé sin decir una palabra.

El pete fue rápido, agresivo, con saliva, escupidas y mucha lengua. Yo tenía un jogging puesto, lo que me permitía meter la mano izquierda dentro del pantalón sin moverme demasiado. Estaba empapada. Mientras le hacía oral con una mano, me masturbaba con la otra. Tuve un orgasmo en menos de tres minutos, mordiéndole la cadera para no gritar.

Saqué la mano, le subí los dedos a la boca para que los chupara, y volví a concentrarme. Cuando él me avisó que estaba por terminar, saqué la lengua y dejé que me llenara la cara. Cuatro chorros espesos que cayeron sobre mi mejilla, mi mentón y la comisura de los labios.

Justo en ese momento, escuché un chirrido y un portazo. Alguien se había ido. Y nosotros, ocupados en lo nuestro, no habíamos escuchado entrar a nadie.

***

Me limpié con un pañuelo, espiamos el pasillo por la rendija de la puerta y volvimos al patio como si nada. Pero no era nada. Pasamos el resto del día con un nudo en la garganta. Mateo estaba aterrado, blanco como un papel, repitiendo en voz baja que íbamos a quedar marcados para siempre. Yo no estaba mucho mejor. Imaginaba escenas: el director llamándonos, mis padres enterándose, mis amigas mirándome con esa cara mezcla de morbo y juicio.

Por la noche, mi familia me notó callada en la cena, pero le adjudicaron la culpa al cansancio. Me acosté a las once y me quedé despierta dándome vueltas. Las once y media, las once y cuarenta, las once y cincuenta. A las doce en punto vibró el celular sobre la mesita de luz.

—Qué petera que sos. No podías esperar a llegar a tu casa.

Me senté en la cama de un salto. Era Camila, mi mejor amiga del curso.

—¿De qué hablás? —escribí, ya sabiendo perfectamente de qué hablaba.

—La preceptora me pidió que la ayudara a buscar sillas al subsuelo. Y te encontré arrodillada con la cara pegada a la pija de tu novio. Sos una golosa, eh.

—¿Eras vos? ¿La que entró y se fue?

—Obvio que era yo, tarada.

—Camila, casi me muero. Estuve todo el día convencida de que alguien iba a denunciarnos.

—Tranquila. Volví, vi todo, me di media vuelta y me fui. Esperé que ustedes salieran para volver a buscar las sillas. Nadie más vio nada.

—Por favor, por favor, no se lo cuentes a nadie.

—Jaja, dale. Pero te aviso que tarde o temprano las chicas se van a enterar de que sos la peor de todas.

***

Esa noche dormí como hacía días que no dormía. Y al día siguiente, cuando vi a Camila en el patio, me hizo un gesto con la lengua mordiéndose el labio, como si estuviera comiendo un caramelo. Casi me ahogo con el café del desayuno.

Pasaron años desde aquellas dos historias. Mateo y yo seguimos juntos, aunque hoy no tenemos que escondernos de nadie. Lucía nunca habló. Camila tampoco, salvo cuando estamos las dos solas y le da por recordármelo solo para verme poner los ojos en blanco.

Cuando alguien me pregunta cuál es mi mayor miedo en la cama, contesto siempre lo mismo: que me descubran. Y por dentro me río un poco, porque sé que ya superé esa prueba dos veces y ninguna fue tan grave como me pareció en el momento.

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Comentarios (7)

VictorK19

jajajaja ay no!! que momento tan comprometido, me mori de risa imaginandolo. muy bien contado

Lola_Noche

Y como reacciono la hermana?? no podes dejarnos con esa duda jaja, necesito la segunda parte ya

Rosario_73

excelente!!!! sigue asi por favor

Valentina_87

me recordo a algo parecido que me paso a mi aunque no tan extremo jajaja. muy bien narrado, se siente que es real

ClaraCba21

Muy bien escrito. Se siente el nerviosismo en cada frase, es lo que mas me gusto

Guille_norte

Me quede pensando en como habra quedado la relacion con la hermana despues de eso jaja. Tremendo momento

LunaR_77

jajaja la tension de ese instante!! como para no olvidarlo nunca. segui escribiendo que tenes estilo

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