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Relatos Ardientes

Mi primera vez como Camila en la playa nudista

Camila. Así me llamaba Damián cuando me cogía, susurrándolo contra mi oreja como un mantra que volvía verdad lo que mi cuerpo siempre había sabido. Para mi madre, Marisol, yo seguía siendo Camilo, su hijo flaco y andrógino, ese chico de facciones suaves que nunca terminaba de encajar en el cuerpo equivocado, el pibe que evitaba los partidos de fútbol y se encerraba a probarse las polleras de la prima. Pero en Florianópolis, después de tres meses de hormonas que me habían levantado dos pechos pequeños y firmes, depilación entera y lencería que me hacía sentir puta de verdad, yo era Camila. Y Camila necesitaba verga.

La llegada de mi madre al monoambiente que alquilábamos en Lagoa fue un desastre que terminó siendo liberación. Lo intentamos contener la primera noche. Damián y yo en la cama, yo boca abajo con el culo levantado, él ya con dos dedos dentro, untados en lubricante barato de farmacia. El anillo me palpitaba, cediendo de a poco. Marisol salió del baño justo cuando Damián empujaba la cabeza gruesa de su verga contra mi esfínter.

Me vio. Vio cómo mi culo se abría milímetro a milímetro, cómo mi sexo chiquito y discreto goteaba sobre la sábana. Vio mi cara de hembra en éxtasis y oyó el gemido ahogado que se me escapó cuando Damián me partió en dos.

Lloré. Le pedí perdón entre sollozos por haberle ocultado que era su hija, que Damián era mi hombre, que me gustaba que me cogieran como a una mujer. Marisol se quedó muda un segundo. Después me abrazó, desnuda como yo estaba, y me dijo al oído.

—Sos mi hija, Camila. Y punto. Te quiero igual.

***

Al día siguiente, durante el desayuno, saqué el tema de la playa nudista que habíamos descubierto con unos amigos cariocas. Le conté que era tranquila, escondida entre piedras, que los lunes casi no había gente. Marisol se rio nerviosa, jugando con la cucharita en el café. Damián remató sin levantar la vista del diario.

—Estar en pelotas entre gente en pelotas es como estar vestido entre vestidos. Solo que se ve todo y se aprecia mejor.

Marisol dudó por su piel blanca, por las zonas que nunca había expuesto al sol. Yo la convencí. Le preparé el bolso con bloqueador alto, una toalla grande y un sombrero de paja que le tapaba media cara. A sus cuarenta y cuatro años seguía siendo una hembra de primera línea: menuda, tetas medianas y pesadas que aún se sostenían solas, cintura estrecha y un culo redondo, carnoso, que se movía como invitando a que lo agarraran al caminar. Depilada entera, igual que yo. Una rutina que había empezado conmigo cuando éramos cómplices secretas, antes de que yo le pusiera nombre a lo que sentía.

***

El lunes, antes del mediodía, ya estábamos en la arena caliente. Nos desnudamos detrás de una roca. Damián caminó primero hacia el mar, verga gruesa colgando pesada entre los muslos. Yo me quedé mirando a mi madre mientras se quitaba el vestido. Su pubis liso brillaba bajo el sol del trópico. No parecía mi madre. Parecía una mujer que cualquiera se cogería sin preguntar.

Corrimos al agua. Las olas nos tiraban hacia atrás. Damián se puso detrás de las dos, firme como un muro, las manos apoyadas en nuestras caderas. Cada vez que rompía una ola, Marisol y yo caíamos contra su pecho. Sentía sus brazos rodeándome, sus dedos rozándome los pezones nuevos, su verga semi-dura apretándose contra mi nalga. El roce era eléctrico. Mi madre se reía y dejaba caer la cabeza hacia atrás, pero yo notaba cómo se le endurecían los pezones, cómo respiraba más hondo cada vez que la mano de Damián cambiaba de cintura a costilla.

Media hora después, Marisol decidió ir a las duchas que estaban escondidas detrás de las piedras.

—Para refrescarme un poco —dijo, pero los tres sabíamos que era para dejarnos solos.

***

La vimos alejarse, culo blanco meneándose en la arena tibia. Apenas desapareció detrás de las rocas, me arrodillé sobre la lona. La verga de Damián ya estaba dura, salada de mar. La lamí entera, tragándome el glande grueso hasta que me lloraron los ojos. Él me sostuvo la nuca con las dos manos.

—Así, mi puta. Chupala bien profundo —gruñó.

Me puse de pie, nos besamos con lengua, yo masturbándolo contra mi vientre plano. Su verga latía. Cuando sentí que se iba a venir, me di vuelta, me incliné y le ofrecí el culo. Pero Damián tenía otros planes esa tarde.

—Hoy te voy a romper como se debe, Camila.

Sacó del bolso el tubito de lubricante. Me puso de rodillas sobre la lona, culo en alto, la cara contra la tela áspera. El sol me quemaba la espalda y la nuca. Empezó la dilatación.

Primero un dedo. Frío, resbaladizo. Lo metió lento, girándolo. Mi anillo se contrajo, después se rindió con un chasquido húmedo.

—Mirá cómo se abre tu putito —susurró.

Segundo dedo. Los separó en tijera. Sentí el estiramiento, el ardor dulce que se convertía en hambre. Empujó más profundo, curvando los dedos hasta tocar la próstata. Una descarga me recorrió la columna entera. Mi sexo chiquito se sacudió, soltando un hilo largo de líquido transparente.

—Tercero —anunció.

Tres dedos gruesos abriéndome. Mi culo hacía ruidos obscenos, húmedos. Las piernas me temblaban. Sudaba. El sol, el mar, el riesgo de que apareciera alguien por el camino de las piedras o que volviera mi madre. Todo me ponía más caliente.

Damián retiró los dedos. Oí el sonido del lubricante en su verga. La cabeza gruesa presionó contra mi esfínter ya abierto.

—Respirá, mi nena.

Empujó. El anillo cedió con un sonido húmedo. La verga me abrió centímetro a centímetro, gruesa, caliente, venosa. Sentí cada vena rozando mis paredes. El llenado total. Mi culo se lo tragó hasta la base. Sus testículos pesados chocaron contra los míos.

—Joder, qué culo más apretado tenés, Camila.

Empezó a moverse. Lento al principio. La fricción era brutal. Cada salida casi sacaba el glande, cada entrada volvía a partirme. Después aceleró. El sonido de carne contra carne se mezclaba con las olas y con el grito lejano de una gaviota.

Y entonces dio con el ángulo perfecto. La cabeza de su verga golpeó directo contra mi próstata.

—¡Ah! —gemí, alto, sin control.

Cada embestida era una descarga. Calor líquido subiendo desde el fondo de la pelvis. Mi próstata latía. Mi sexo, sin que nadie lo tocara, empezó a babear sin parar sobre la lona. Las piernas me temblaban tanto que tuve que clavar los dedos en la tela para no caerme de bruces.

—Decímelo, puta. ¿Qué sos?

—Tu hembra. Tu puta del culo. Cogeme más fuerte, Damián.

Aumentó el ritmo. Sudábamos los dos. Mi culo apretaba y soltaba su verga, ordeñándola como si tuviera vida propia. El orgasmo prostático llegó primero. Profundo, largo, como una ola que no terminaba de romper. Todo mi cuerpo se convulsionó. Las piernas se aflojaron. Un gemido gutural me salió de la garganta mientras la próstata estallaba en espasmos. Todavía no eyaculaba, pero el placer era tan intenso que veía manchas blancas detrás de los párpados.

—Te estoy ordeñando, Camila. Mirá cómo chorreás.

Mi sexo chiquito se puso rígido y empezó a disparar. No fue un chorro fuerte. Fue un goteo constante, leche clara y espesa saliendo a borbotones sin que nadie la tocara. El clímax doble me rompió. Orgasmo prostático prolongado mezclándose con la eyaculación. Perdí el sentido del tiempo. Solo existía su verga abriéndome, mi culo latiendo, mi semen mojando la lona debajo de mi vientre.

Damián no aguantó más. Sacó la verga de golpe y me pintó el culo y la espalda con chorros gruesos y calientes. Me derrumbé sobre la lona, temblando, el ano abierto y palpitando, escupiendo aire y lubricante mezclado.

***

Nos lavamos rápido en el mar, los dos riéndonos como adolescentes. Apenas salimos del agua, la vimos.

Marisol estaba en el mar también, casi al cuello, rodeando con las piernas la cintura de un brasileño alto, hombros anchos, piel oscura y brillante de sal. Él la sostenía por el culo. Se movían lento, disimuladamente, como si conversaran. La cara de mi madre estaba enterrada en el cuello del moreno. Cuando terminaron, ella bajó los pies al fondo arenoso y caminaron tomados de la mano hacia las piedras del extremo de la playa.

Damián y yo volvimos a la lona sin decir una palabra. Esperamos.

Marisol regresó sola media hora después, sonriente, con las mejillas coloradas y el pelo todavía mojado, pegado a la espalda. Se sentó en su toalla y abrió un libro que no leyó. Damián le pasó una botella de agua y ella la aceptó sin levantar la vista, todavía con esa sonrisa pequeña que no le borraba nadie. Nos vestimos los tres en silencio cuando empezó a bajar el sol y la arena se puso color cobre.

Mientras caminábamos de vuelta al auto por el sendero de las piedras, le pregunté con voz baja.

—¿Te gustó la playita?

Ella sonrió, sin mirarme, ajustándose el sombrero.

—Mucho. Al final de la playa vi las estrellas a plena luz del día.

No hizo falta decir nada más. Yo todavía sentía el culo lleno, palpitando, el semen de Damián secándose entre mis nalgas debajo del vestido fresco. Y por primera vez en muchos años, los tres sabíamos exactamente quiénes éramos y qué queríamos.

Camila. Su hija. La puta de Damián. Y ahora, por fin, libre.

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Comentarios (7)

Curiosa22

Increible!!! Me tuvo pegada de principio a fin, no pude parar de leer. Muy bueno

Mauro_TL

La tension que vas construyendo a lo largo de todo es lo mejor, no solo el final. Seguí asi!

Ramon_ok

jajaja la parte del agua no me la esperaba para nada, tremendo giro

Daniela22

Me encanto muchisimo, por favor que haya segunda parte :) quede con ganas de mas

ElProfe47

Muy bien escrito, se nota el trabajo que le ponés. De lo mejor que lei en mucho tiempo aca

Patricio_85

Me recordo a unas vacaciones en el sur hace unos años, aunque no tan intensas jaja. Buen relato

NocheSuave

Que intensidad la de los personajes, me dejo pensando un rato. Gracias por compartirlo

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