Lo que pasó en el sofá frente a su mejor amiga
Conocí a Mateo el día que me mudé al edificio de la calle Reconquista. Bajaba con una caja de libros pesada cuando él se ofreció a ayudarme sin más preámbulo, con esa sonrisa fácil que tienen los hombres acostumbrados a caer bien. Vivía en el departamento de enfrente, y desde esa primera tarde, lo que empezó como cordialidad de pasillo terminó convirtiéndose en cervezas de los viernes y mensajes a deshora.
Esa noche en particular era miércoles, y yo no tenía planes. Mateo me escribió alrededor de las diez.
—Vienen Renata y un par de amigos. Hay pizza. ¿Te sumás?
Me puse un short de jean y una camiseta negra, crucé el pasillo descalza y golpeé la puerta. Cuando abrió, ya había música baja y olor a aceite caliente. Pero los amigos nunca llegaron. Cancelaciones de último momento, según él. Solo estábamos los tres: Mateo, yo, y Renata.
Renata era su mejor amiga desde la facultad. Yo la había visto un par de veces en el ascensor, siempre con saludos cortos y miradas educadas. Esa noche, sin embargo, algo era distinto. Apenas crucé el umbral, sentí cómo me escaneaba de arriba abajo desde el sillón individual, con un vaso de fernet en la mano y una expresión imposible de leer. No era hostilidad pura, pero tampoco era simpatía.
Me senté en el sofá grande, dejé un espacio prudente entre Mateo y yo, y traté de ignorar la corriente que cruzaba la sala. Pusimos una serie. Hablamos de cualquier cosa. Pero cada vez que yo me reía de algún comentario suyo, los ojos de Renata se clavaban en mí como dos clavos calientes.
Cuando ella se levantó al baño, aproveché para preguntarle a Mateo en voz baja.
—¿Pasó algo entre ustedes?
Él se rió, incómodo.
—Hace años. Una vez le dije lo que sentía. Me contestó que no, que mejor amigos. Después se puso de novia con un tal Joaquín y ahí quedó.
—¿Y ahora? —insistí.
—Ahora nada. Nos queremos como hermanos.
Pero la cara de Renata cuando volvió no era la cara de una hermana. Era la cara de alguien que, sin admitirlo, todavía sentía que ese sofá era territorio suyo. Y yo, no sé bien por qué —quizás por el alcohol, quizás por el cansancio de la semana, quizás por puro fastidio—, decidí que esa noche el territorio iba a ser mío.
Me corrí en el sofá hasta quedar pegada al cuerpo de Mateo. Apoyé la cabeza en su hombro como si fuera lo más natural del mundo. Le pasé una mano por el pecho, despacio, dibujando círculos con la yema de los dedos. Sentí cómo su respiración se cortaba un segundo y después se acomodaba a un ritmo nuevo, más profundo.
Levanté los ojos hacia Renata.
Estaba sentada con las piernas cruzadas y el vaso ya vacío entre las manos. Tenía la mandíbula apretada y las mejillas levemente rojas. No dijo nada. No se rió. No hizo ningún chiste para aflojar la tensión.
Solo miraba.
Y ahí, en lugar de avergonzarme, sentí cómo se me prendía algo entre las piernas. Una curiosidad caliente, casi cruel. Si tanto le molestaba, que se fuera. Pero no se fue. Se quedó. Y yo, que entendí enseguida lo que esa quietud significaba, decidí seguir adelante.
Mi mano bajó del pecho de Mateo al estómago, y del estómago al borde del pantalón. Sentí, debajo de la tela, el bulto duro contra mi muñeca. Él me miró con los ojos muy abiertos, todavía tratando de procesar qué estaba pasando con su amiga sentada a tres metros, mirándolo todo.
—Mateo —susurré.
No le dije nada más. Le besé el cuello, debajo de la oreja, donde la barba terminaba y empezaba la piel suave. Lo escuché tragar saliva. Le besé la mandíbula. Le besé la comisura de la boca. Y entonces, finalmente, le besé los labios.
El primer beso fue lento, casi tímido. Como si los dos estuviéramos esperando que Renata dijera algo, que se levantara, que rompiera la escena. No dijo nada. El segundo beso fue más largo. El tercero ya tenía lengua, y el cuarto fue uno solo que no terminaba nunca.
Las manos de Mateo, que al principio estaban quietas, empezaron a moverse. Primero por mi cintura. Después por debajo de la camiseta. Cuando me agarró un pecho con la palma abierta y el pulgar me rozó el pezón por encima del corpiño, gemí contra su boca. Un gemido bajito, contenido, pero que en el silencio de la sala sonó como un disparo.
Volví a mirar a Renata.
Seguía ahí. Seguía mirando. Pero ahora algo había cambiado. Había soltado el vaso vacío en la mesita y tenía las dos manos apoyadas en los muslos, los dedos extendidos, como si estuviera reteniendo el impulso de hacer algo con ellos. Sus pechos subían y bajaban más rápido. Tenía la boca entreabierta.
Me di cuenta de que ya no estaba enojada. Estaba excitada.
Esa idea —la idea de que ella nos miraba y se mojaba— me derrumbó cualquier resto de pudor. Le subí a Mateo la camiseta y se la pasé por la cabeza. Él me hizo lo mismo a mí. Quedé en corpiño, frente a Renata, y giré apenas el torso para que ella tuviera la vista completa. Mateo enganchó el broche del corpiño, lo abrió con una sola mano, y mis pechos quedaron al aire.
Renata cerró los ojos un segundo. Solo un segundo. Después los volvió a abrir y siguió mirando.
Mateo agachó la cabeza y me chupó un pezón. Me arqueé contra él. Le agarré la nuca con las dos manos y lo apreté contra mi pecho, no para tapar la vista de Renata, sino al revés: para que ella viera mejor cómo yo lo recibía. Se me escapó otro gemido, esta vez más alto, y sentí en el ambiente cómo Renata respondía a ese sonido, aunque no me atreví a mirarla en ese instante.
Después sí miré.
Tenía una mano apoyada sobre el muslo, muy quieta, pero los dedos se movían apenas. Apretaba la tela del jean en pequeños espasmos. Las puntas de los pies, descalzos sobre la alfombra, estaban tensas.
—Cógeme —le dije a Mateo al oído, en un susurro que sabía que ella iba a escuchar igual—. Acá mismo.
Él me miró un segundo, dudando. Después miró a Renata. Ella no movió un músculo. No asintió. No negó. Solo siguió ahí, como una espectadora que se compró la entrada y no piensa irse antes del final.
***
Mateo se paró del sofá y se bajó el pantalón y el bóxer en un solo movimiento. Sacó del bolsillo de atrás un preservativo que yo no entendí cómo había llegado tan rápido a su mano. Mientras se lo ponía, yo me deshice del short y de la ropa interior. Quedé desnuda, recostada de espaldas en el sofá, con las rodillas separadas y las manos apoyadas en mis propios muslos.
Renata estaba enfrente. Casi en línea recta. Una espectadora privilegiada.
Por un segundo —un segundo muy corto, pero real— sentí pudor. Sentí que estaba demasiado expuesta, que esa mujer que apenas conocía me estaba viendo entera, abierta, lista para que su mejor amigo me penetrara. Estuve a punto de cubrirme. Estuve a punto de pedirle a Mateo que paráramos, que esperáramos, que apagáramos la luz al menos.
No lo hice.
Porque cuando Mateo se acomodó entre mis piernas y empujó la primera vez, todo el resto desapareció. Entró fácil, profundo, gracias a lo empapada que yo estaba desde hacía un rato largo. Solté un gemido grave, y mis manos se aferraron a sus brazos.
Sus embestidas eran lentas al principio. Profundas. Como si quisiera comprobar cada vez hasta dónde podía llegar. Yo lo recibía con las caderas, levantándolas para encontrarlo a mitad de camino. Cada movimiento me hacía gemir más fuerte, y cada gemido mío parecía empujar a Renata un poco más cerca del borde de su silla.
La miré entre embestidas. Había bajado la mano que tenía en el muslo. Ahora la tenía entre las piernas, presionando por encima del jean. No se masturbaba abiertamente. No se permitía tanto. Pero apretaba, frotaba, en pequeños movimientos de muñeca que tenían su propio ritmo, sincronizado con el de Mateo dentro de mí.
Esa imagen —la de ella mirándonos y tocándose por encima del jean, intentando contenerse y fallando— me llevó al primer orgasmo. Un orgasmo largo, ondulado, que me hizo cerrar los ojos y gritar contra el hombro de Mateo. Él aprovechó para morder mi cuello y aumentar la velocidad.
Cuando abrí los ojos otra vez, Renata se había desabrochado el botón del jean. Tenía la mano debajo. La tela del pantalón se movía al ritmo de su muñeca. Seguía mirándonos. Seguía sin decir una palabra.
Llegué al segundo orgasmo encima del primero, casi sin transición. Y al tercero apenas pude controlar la voz. Mateo perdió el ritmo entonces, empezó a embestirme rápido, duro, hasta que se enterró todo lo que pudo y se vino con un gruñido grave que le salió desde el estómago.
Nos quedamos quietos unos segundos. Yo respiraba contra su pecho. Él respiraba contra mi pelo. Y Renata, en el sillón individual, había sacado la mano del jean y la tenía apoyada en su rodilla, muy quieta, como quien acaba de ser descubierto en algo que no debería estar haciendo.
Mateo levantó la cabeza. La miró. Y de pronto se acordó de que su mejor amiga había estado ahí todo el tiempo. Le subió un rojo violento por el cuello hasta las orejas. Empezó a tartamudear algo, una disculpa, mientras manoteaba mi camiseta para taparme.
Renata se rió. Una risa baja, ronca, casi sin voz.
—No te disculpes —dijo—. Hacía años que no veía algo tan lindo.
Después se levantó, agarró su cartera de la mesita, y caminó hacia la puerta sin apuro. Antes de abrir, giró apenas la cabeza y me miró por última vez. No fue una mirada de rabia. No fue de envidia. Fue una mirada larga, sostenida, que terminaba en una sonrisa apenas dibujada.
—Buenas noches, vecina —dijo.
Y se fue.
***
Mateo y yo nos quedamos solos, desnudos a medias, con la pizza fría sobre la mesa y la serie todavía corriendo en la pantalla. No hablamos del tema esa noche. Nos vestimos en silencio, nos despedimos en la puerta con un beso corto que ya no significaba lo mismo, y volví a mi departamento descalza, igual que había llegado.
Esa madrugada, en mi cama, no podía dormir. Cerraba los ojos y veía a Mateo encima de mí, sí. Pero detrás de él, siempre, estaba Renata. Sentada en el sillón individual. Con los dedos clavados en el muslo. Después con la mano debajo del jean. Después con esa risa baja y esa mirada larga al final.
Tres días después, encontré en mi puerta un papel doblado en cuatro, sin sobre.
Si querés repetir, avisame. Pero la próxima vez, dejame participar. R.
Me quedé un rato largo de pie en el pasillo, con el papel en la mano y el corazón haciéndome ruido en las orejas. Después entré, cerré la puerta y guardé el papel en el cajón de la mesita de luz.
Todavía no le contesté.
Pero todavía no lo tiré.