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Relatos Ardientes

Mi novia me sorprendió aquella tarde en el pinar

Llevábamos meses en una zona cómoda. Carla y yo nos queríamos, eso no se discutía, pero la rutina había hecho su trabajo silencioso. La cena, la serie, el sexo del fin de semana siempre con la misma coreografía. Yo la observaba a veces y pensaba que ella merecía más, que yo merecía más, que nosotros merecíamos algo que nos sacudiera. Se lo había dicho de mil maneras suaves. Ella sonreía, me besaba la frente y volvía a su forma habitual: cariñosa, sumisa, dispuesta. Pero nunca era ella la que tomaba la iniciativa para sorprenderme.

Yo me había fijado en sus miradas hacia Lucía. No de una manera tonta. Era algo más sutil. Cuando Lucía cruzaba la habitación, Carla la seguía con la vista un segundo de más. Y cuando hablábamos los cuatro y Lucía me agarraba el brazo al reír, Carla apretaba un poco la mandíbula y luego sonreía como si nada. Nunca lo mencionamos. Era un terreno que ninguno de los dos quería pisar primero.

Diego era amigo mío desde la universidad. Charlas largas, risas, fines de semana enteros perdidos en su sofá. Cuando empezó a salir con Lucía hace un año, marcó una distancia. No fue de un día para otro, pero la noté. A mí Lucía siempre me había parecido peligrosamente guapa. Piel morena, pelo rizado oscuro, ojos verdes y esa forma de mirarte fijo cuando te hablaba. De las que te tocan el antebrazo y te clavan la mirada y tú olvidas qué estabas diciendo.

La primera cena en nuestro piso fue idea de Carla. Llegaron a las nueve. Lucía traía un vestido negro corto, ajustado, con un escote que era una invitación. Yo le di dos besos y noté el perfume, dulce y caro. Carla la abrazó largo, le dijo que estaba guapísima y la condujo al salón.

Bebimos vino. Al cabo de la segunda botella, todos hablábamos más alto y reíamos por nada. Por primera vez en una conversación entre los cuatro, Diego soltó algo sobre la primera vez que se acostó con Lucía. Ella se ruborizó pero no le interrumpió. Carla preguntó cosas. Lucía respondió con detalles que yo no esperaba escuchar. Confesó que tomaba la píldora y que solo usaba tangas desde los quince. Mi cabeza se fue a otra parte. Vi a Carla mirarme un instante, leerme la cara y volver a la conversación sin decir nada.

Saqué el móvil y propuse fotos. Las primeras eran las de costumbre: los cuatro juntos, las dos parejas. Carla se levantó a por el postre y se fue a la cocina. Yo me quedé enfocando a Lucía. Ella posó, riendo, ladeando la cabeza. Le enseñé la foto y le gustó. Volvió a hablar con Diego. La cámara seguía abierta en mis manos. Le saqué otra mientras miraba a otro lado, sin avisar. Y luego, no sé si fue el vino o la conversación o lo que llevaba media hora despertándose en mí, hice zoom y le saqué un primer plano del escote.

Carla pasó por detrás justo en ese momento, con el plato de fruta en las manos. Vio la pantalla. No dijo nada. Se sentó, sirvió la fruta y cambió de tema. La miré buscando alguna señal y no encontré ninguna. Esta noche, cuando se vayan, me cae la bronca del año. Pero cuando cerramos la puerta, Carla solo dijo:

—Tenemos que volver a quedar pronto con ellos.

***

Volvimos a quedar tres semanas después. Era una tarde calurosa de mayo y a Diego se le ocurrió subir al pinar de las afueras. Un descampado enorme, con mesas de piedra repartidas entre los pinos, donde íbamos a hacer barbacoas cuando éramos críos. A esa hora no había prácticamente nadie. Una pareja con un perro a lo lejos, un grupo de chavales jugando al fútbol al otro lado del camino. Por lo demás, nuestro silencio y los pinos.

Llevamos cervezas, una botella de ron, hielo en una nevera portátil, una baraja, carne para la barbacoa y un altavoz pequeño. Diego encendió las brasas. Carla y Lucía pusieron música. Yo me dediqué a llenar vasos.

A la hora ya estábamos los cuatro algo achispados. Diego no aguantaba el alcohol como antes. Se le notaba en la voz, en cómo arrastraba un poco las palabras, en la insistencia con la que abrazaba a Lucía cada dos minutos. Ella le dejaba al principio, le seguía el juego, hasta que él empezó a pasarse. Le metía la mano por la cintura, le besaba el cuello en medio de una frase, intentaba bajarle el tirante del top. Lucía le apartaba la mano sin enfadarse, riendo, pero ya con un punto de fastidio.

A Carla y a mí también se nos había subido. La miré durante una canción y me pareció más guapa que el primer día que la conocí. Llevaba una camisa fina abierta sobre un top, unos pantalones cortos, el pelo recogido y unos pendientes pequeños que se balanceaban cuando se reía. Reía mucho esa tarde.

Fui a la nevera por hielo y ella vino detrás. Se sentó en el banco de espaldas a la mesa, con la cara hacia los árboles, mientras yo trasteaba. Cogí un cubito pequeño y, sin que lo viera venir, se lo pasé por la nuca. Pegó un respingo y soltó una risa baja.

—Tonto.

No respondí. Bajé la boca lentamente por su cuello, justo detrás de la oreja, y noté cómo se le erizaba la piel del antebrazo. Por fuera estaba quieta. Por dentro, la conocía. Le metí las manos por debajo de la camisa, por encima del top, y le agarré los pechos con firmeza. Los conocía bien y eso era una de las cosas que mejor se me daban con ella. Los apreté, los rodeé, le pellizqué los pezones con cuidado a través de la tela.

De reojo, vi a Diego y Lucía a tres metros, todavía bailando, él intentando convencerla de algo y ella negando con la cabeza, divertida. Aproveché para colar una mano dentro del top y agarrar el pecho directamente, sin tela. Carla cerró los ojos.

Cuando los abrió, vi algo distinto. No era la mirada blanda de las noches en casa. Era algo más despierto, más decidido. Miró a los pinos, me miró a mí, miró a Diego y a Lucía y volvió a mí.

—Vente —dijo.

Se levantó, me cogió de la mano y tiró. Pasó delante de Diego y Lucía sin frenar y, con una voz alta y clara que yo no le había oído nunca, soltó:

—Os robo a mi novio un rato. Siempre quise comérsela en este parque y hoy va a ser el día.

Yo me dejé llevar, tan sorprendido que no supe ni qué cara poner. Diego se rió a carcajadas. Lucía se quedó mirándonos un segundo, con los labios entreabiertos, sin decir nada.

Carla me llevó a un pino grueso, a unos pasos del claro donde estaban ellos. No tan lejos como para escondernos, no tan cerca como para tocarse. Un sitio donde se nos veía y donde nosotros los veíamos a ellos.

Me empujó contra el tronco. Se agachó. De un tirón me bajó los pantalones cortos. La erección era inmediata, dolorosa, los calzoncillos casi no la contenían. Carla se la pasó por la cara así, por encima de la tela, con los ojos cerrados, como si estuviera oliendo algo que llevara meses queriendo. No me lo creo. En cualquier momento para, se ríe y me arrastra hasta el coche. Pero no.

Levantó la cara, me miró fijo y abrió la boca pegada a la tela. Sonrió. Bajó los calzoncillos hasta las rodillas.

—Carla —dije, no sé bien para qué.

Ella me chistó. Y se la metió entera.

Lo hizo despacio al principio, como tomándose su tiempo, presumiendo de cada movimiento. Sentí la temperatura de su boca, la saliva en el rastro que dejaba al subir, la lengua pasando por la cara interna del muslo como si quisiera dejarme una marca. Suspiré y miré hacia los otros dos. Estaban más cerca de lo que pensaba.

***

Diego ya no se reía. Ahora le hablaba a Lucía bajito, insistente. Le señalaba hacia nosotros. Lucía negaba con la cabeza, miraba a otro lado, volvía a mirarnos. Yo veía la silueta de Carla agachada perfectamente desde donde estaban ellos. Ella también lo sabía.

Le pasé la mano por el pelo y le marqué el ritmo, despacio. Carla paró un instante, sacó la lengua y dio un lametón largo desde abajo hasta la punta, dejando un hilo de saliva que la unía a sus labios. Sin soltarme la base, alzó la voz para que llegara a los otros:

—¿Voy a ser la única?

Volvió a metérsela, esta vez con más prisa, con la mano subiendo y bajando al ritmo de la boca. A mí me empezaban a temblar las piernas.

Escuché pisadas en la tierra. Los miré. Diego se había acercado al pino de al lado, arrastrando a Lucía con él. Lucía caminaba lento, un poco mareada, mordiéndose el labio. Diego se apoyó contra el tronco como yo, le susurró algo y ella, finalmente, se agachó. Le desabrochó el cinturón con dedos torpes y la liberó. La sostuvo un segundo en la mano antes de abrir la boca.

A esa distancia, escuchaba el sonido de su mamada casi al mismo volumen que el de Carla. La sincronía era extraña, casi cómica, si uno no estuviera dentro del momento. Diego cerraba los ojos con la cabeza echada hacia atrás. Llevaba meses pidiéndoselo, supuse. Pensé en lo absurdo que era todo y al mismo tiempo en lo perfectamente armado, como si el guion lo hubiera escrito alguien que nos conocía a los cuatro.

Carla aceleró. Yo bajé la vista y vi que ella me miraba desde abajo, con la boca llena, los ojos brillantes. Le pasé las manos del pelo a los hombros, de los hombros al pecho. Le desabroché un par de botones de la camisa y tiré del top hasta dejarle un pecho fuera. El pezón claro, grande, levantado. Se lo pellizqué suave y luego con más fuerza. Carla soltó un gemido bajo con la boca todavía cerrada alrededor de mí.

Volví a mirar a Lucía. Y Lucía me estaba mirando a mí.

No a Carla. A mí. Tenía la polla de Diego en la boca, el pelo rizado meciéndose con cada movimiento, y los ojos fijos en mi cara. Me sostuvo la mirada cinco, seis, siete segundos. No los conté pero los sentí. Y supe, con una claridad que me cortó la respiración, que estaba pensando exactamente lo mismo que yo. Que se preguntaba si la polla que tenía en la boca era la de su novio o la mía. Que se imaginaba la mía. Que yo me imaginaba la suya.

Sentí la primera descarga subiendo por las piernas. Carla lo notó al instante, paró un segundo y, con la voz ronca y la mirada todavía clavada en mí, preguntó:

—¿Te corres en mi boca?

No le contesté. La agarré de la nuca con una mano y le marqué el ritmo. Ella sonrió alrededor de mí. Volvió a meterse hasta el fondo. Lucía seguía mirándome.

Me corrí mirando los ojos verdes de Lucía. La primera contracción la sentí dentro de la boca de Carla. La segunda se me escapó fuera, le alcanzó el labio, la barbilla, le bajó por el escote hasta el pecho que tenía descubierto. Carla cerró un ojo, sonriendo, sin soltarme. Me besó la punta despacio, como un agradecimiento. Le acaricié la cara, le aparté un mechón. Le respondí con la sonrisa más rendida que tenía.

Diego avisó a Lucía con un gruñido. Ella apartó la cara en el último segundo, le terminó con la mano y le apuntó hacia el pino. No se manchó. Calculó el ángulo con una precisión que me pareció heroica.

***

Cuando volvimos los cuatro a la mesa, nadie dijo nada durante un rato. Carla se había abrochado la camisa pero le quedaba un cerco brillante en la barbilla que no se molestó en limpiar del todo. Lucía se sentó frente a mí. Diego se desplomó en el banco con cara de bendito. Yo serví hielo. Las manos me temblaban menos de lo que esperaba.

Lucía levantó su vaso, me miró por encima del borde y bebió un trago largo sin desviar la vista. Carla me agarró la mano por debajo de la mesa y me la apretó. No con cariño exactamente. Con algo más parecido a una firma.

Esa noche, ya en casa, me esperó dentro de la ducha. Me agarró por el cuello y me dijo, con la cara muy cerca de la mía y el agua corriéndonos a los dos:

—La próxima vez la quiero a ella.

Y entendí, con un pequeño escalofrío, que llevaba meses equivocado. Que Carla nunca había sido sumisa. Que solo estaba esperando.

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Comentarios (7)

lectorx77

Que buena historia, me encanto desde el primer parrafo. Seguí así!

ClaraMdq

Me quede pensando en la otra pareja jaja... se habrán dado cuenta de algo? Espero que hagas una continuacion

Gaston_MDQ

Tremendo relato, se siente muy real. La tensión que describís es increible, uno se mete de lleno en la escena

ElPinar99

jajaja la parte del pinar me mato, qué situacion mas tensa. Buenisimo

Marlena_B

Me recordó a algo similar que viví con mi pareja hace un tiempo, esa mezcla de nervios y emocion es inconfundible. Gracias por compartirlo

MatiCdba

excelente!!! seguí escribiendo por favor

Nando_Cba

Muy bien narrado, se nota que fue algo real. A veces la vida te da esas sorpresas cuando menos las esperás

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