Sabía que alguien nos miraba desde los árboles
Soy Camila, veintiséis años, un metro cincuenta y siete de pura tentación menudita. Pechos redondos, trasero pequeño y durito, piernas cortas que en tacones se ven más largas de lo que en realidad son. Esa tarde de sábado descubrí que también puedo ser una moneda de cambio. Y descubrí algo más, algo que no esperaba: me excita saberme observada.
Todo empezó en una cafetería con mi amiga Lucía. Entre cucharazos a un café con leche, me contaba una de sus travesuras favoritas. Decía que cuando pedía viajes en la app le ofrecía al conductor pagarle con una mamada en lugar de transferencia. La mitad rechazaba pensando que era una broma. Otros aceptaban convencidos de que ella terminaría pagando con tarjeta. Solo unos pocos se atrevían a tomarle la palabra.
—Pero los que se animan, te juro, se vuelven locos —reía ella, mirando alrededor por si alguien escuchaba—. Es como darles el cumpleaños sin previo aviso.
A mí me daba risa, vergüenza y un cosquilleo entre las piernas que no quería admitir. Mi perfil en la aplicación tenía una foto de cuerpo entero: jeans bajos, escote pronunciado, pelo suelto. No era casualidad. Si un hombre veía esa imagen y leía el mensaje, alguno se iba a animar. La curiosidad me ganó.
Esa misma tarde tenía que ir al centro comercial a hacer unos mandados, y decidí probarlo. Me bañé despacio, dejando que el agua caliente cayera entre los muslos como si ya estuviera anticipando lo que vendría. Me pinté las uñas de rojo, elegí una falda blanca corta y suelta, una blusa de tirantes negra ceñida al cuerpo —sin sostén, porque mis pechos eran lo bastante firmes—, y unos tacones bajos. Frente al espejo me vi y me gusté. Abrí la aplicación.
El primer conductor que aceptó se llamaba Diego. Joven, veinticinco años quizá, sonrisa de niño bueno en la foto del perfil. Le escribí por el chat con el pulso en la garganta.
—Diego, ¿te puedo pagar el viaje con una mamada bien rica?
Cinco segundos. Diez. Notificación: viaje cancelado. Lucía me lo había advertido. Respiré, esperé.
El siguiente conductor apareció en pantalla con una foto distinta: hombre delgado, moreno, cuarenta y dos años más o menos, mirada cansada. Mateo. Le mandé exactamente el mismo mensaje. No respondió, pero tampoco canceló. El auto, un sedán negro con vidrios polarizados, se acercó al punto de recogida sin desviarse. Supuse que ese silencio era un sí.
Cuando se detuvo, abrí la puerta del copiloto y me subí. Crucé las piernas con intención, dejando que la falda se subiera unos centímetros más de lo decente. Sentí su mirada caerme encima como agua caliente.
—Hola, Mateo —dije con una sonrisa que no era inocente.
—¿Señorita Camila, verdad?
Le dicté el código de seguridad y el viaje arrancó. No habíamos pasado ni un minuto cuando carraspeó.
—¿Es verdad eso que me escribió?
Posé mi mano pequeña sobre su muslo y me incliné hacia él, lo suficiente como para que mi aliento le rozara la oreja.
—Te lo puedo ir haciendo mientras manejas. O si prefieres parar en algún lugar tranquilo, lo disfrutamos mejor.
El bulto en su pantalón se marcó al instante. Mateo apretó el volante hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
—Es la primera vez que me ofrecen pagarme así. Pensé que era broma.
Subí los dedos hacia su entrepierna con una lentitud calculada, sin tocarla aún. Lo miré con la cabeza ligeramente ladeada.
—Para todo hay una primera vez. ¿Y ahora qué piensas? ¿Te sigue pareciendo una broma?
Soltó una risa nerviosa. Me lanzó una mirada rápida al escote, donde mis pechos se movían con cada bache.
—La verdad, no sé qué pensar. Eres muy joven. Y estás muy rica.
Sonreí. Acaricié el bulto por encima de la tela. Lo sentí palpitar bajo mis dedos, hinchándose, cobrando vida propia.
—Pues lo hago, y en serio. Mira cómo se te puso. ¿Quieres que te la saque ya, o buscamos un lugar?
—Joder, Camila —murmuró, pasándose la lengua por los labios secos—. Busquemos un lugar tranquilo. No quiero estrellarme por culpa de tu mano.
Tomó por una calle lateral. Salimos de la avenida principal y entramos en una zona residencial de casas bajas con jardines descuidados. Al final de una calle sin salida había un parque pequeño, con bancos viejos, una glorieta vacía y una hilera de pinos altos que hacían sombra. A esa hora de la tarde no se veía a nadie. Estacionó junto al borde, donde los árboles formaban una cortina espesa.
Apagó el motor. El silencio dentro del auto se volvió denso.
—¿Aquí está bien? —preguntó.
—Aquí está perfecto.
Me arrodillé como pude en el asiento del copiloto, recogí mi pelo largo con una mano para que no me cayera en la cara, y con la otra le bajé el cierre del pantalón. Su verga saltó dura, larga más que gruesa, las venas marcadas, la cabeza brillante. Me gustó verla así, palpitando, esperando mi boca.
Empecé despacio. Besos húmedos desde la base hasta la punta. Sentía cómo se estremecía con cada roce de mi aliento caliente. No me la metí toda de una vez; quería jugar. Pasé la lengua por toda su longitud, rodeé la cabeza con movimientos circulares, me detuve en la parte de abajo donde estaba más sensible. El interior del auto se llenó de sonidos suaves y húmedos que retumbaban en el silencio del parque.
A Mateo se le escapaban gemidos roncos que él trataba de disimular sin éxito. Una mano le quedó floja sobre el volante. La otra se fue, sin pedir permiso, hacia mi falda blanca.
—Joder, Camila…
Levanté un segundo la cabeza, le sonreí con la boca brillante, y volví a bajar. Esta vez abrí los labios y metí solo la cabeza, envolviéndola entera con mi humedad caliente. Mateo gimió más fuerte y sus caderas se movieron solas, buscando más.
Y entonces, con la mejilla apoyada contra su muslo, lo vi.
Entre los pinos, a unos veinte metros, había un hombre.
Estaba de pie, medio escondido detrás del tronco más grueso. Llevaba una gorra calada hasta los ojos y una mano dentro del pantalón. No se movía del sitio. Solo miraba.
El corazón me dio un golpe en el pecho. Lo primero fue susto. Lo segundo, una vergüenza caliente que me trepó por el cuello. Lo tercero, el que no me esperaba, fue un cosquilleo violento entre las piernas.
Me está viendo. Está viendo cómo se la chupo a un desconocido. Y se está tocando.
Podría haberme detenido. Podría haberle dicho a Mateo que arrancara y se largara de ahí. En cambio, bajé la cabeza otra vez, lo metí más profundo, y me sentí más mojada que nunca.
—Qué rica estás haciendo esto —jadeó Mateo, completamente ajeno al espectador entre los pinos—. Joder.
Yo no le dije nada. Me lo guardé. La idea de que un extraño me espiaba mientras yo tenía la boca llena, mientras mis tetas se sacudían dentro de la blusa con cada cabezazo, mientras mi falda se me subía hasta dejar las bragas a la vista por el ángulo de la ventana del copiloto, me encendió como nunca antes me había pasado.
Aceleré el ritmo. Lo chupé más profundo, dejé que la saliva corriera espesa por toda su longitud, hice ruidos a propósito para que el del árbol los escuchara aunque las ventanas estuvieran cerradas. Mis pechos se sacudían dentro de la blusa, asomándose por los tirantes. Yo sabía que ese ángulo, desde fuera, lo dejaba todo expuesto.
Mateo metió la mano por debajo de mi falda. Sus dedos rozaron mis muslos, encontraron la tela mojada de mis bragas, presionaron sobre el clítoris hinchado por encima del algodón. Hice un ruido ahogado con la verga en la boca.
—Estás empapada —gruñó él.
Estaba empapada porque se la chupaba a un cuarentón en un parque desconocido. Estaba empapada porque un mirón se masturbaba mirándonos desde los pinos. Estaba empapada porque la idea de que alguien más, incluso, pudiera asomarse por los matorrales y unirse a la mirada me parecía deliciosa.
Apartó las bragas a un lado y me metió tres dedos al mismo tiempo. El gemido que solté vibró alrededor de su verga.
—Mmmmh…
Empezó a moverlos rápido, curvándolos justo donde más me gustaba. Mi coño hacía ruiditos húmedos cada vez que entraban y salían. Mis caderas se movían solas contra su mano, buscando más. Yo seguía bajando la cabeza, sintiendo cómo me rozaba el fondo de la garganta, escuchándome a mí misma con esos sonidos sucios que llenaban el auto: glup, glup, glup.
De reojo, sin levantar la cara, busqué al mirón entre los troncos.
Seguía ahí.
Su mano se movía rápido dentro del pantalón. Tenía la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Era un voyeur de manual, un mirón de parque público, y sin saberlo se había convertido en parte de mi escena. Ya no éramos dos en el auto. Éramos tres.
Ese pensamiento me terminó.
Me corrí con la verga de Mateo hundida hasta la garganta, los dedos de él clavados en mí, los ojos de un desconocido fijos en nosotros desde los árboles. Mi cuerpo tembló entero, las piernas se me cerraron sobre la mano del conductor, gemí largo y profundo con la boca llena.
—¡Mmmmmhhh…!
Ese gemido ahogado fue lo que terminó a Mateo. Soltó un gruñido ronco, empujó las caderas hacia arriba, y se vino en chorros calientes dentro de mi boca. Eran muchos. Tragué lo que pude. Algo se me escapó por la comisura, tibio y pesado, y resbaló por su verga hasta los huevos.
Seguí chupando suave hasta sacarle la última gota. Después la dejé salir despacio, con un hilo de saliva y semen colgando entre mis labios y la punta.
Me incorporé en el asiento, con los labios hinchados, el rímel un poco corrido, las mejillas rojas. Sin pensarlo, miré hacia los pinos.
El mirón seguía ahí. Solo que ahora se estaba subiendo el cierre del pantalón. Me miró directo a los ojos, asintió con un gesto pequeño, casi de gratitud, y desapareció entre los árboles caminando despacio.
Mateo no notó nada. Estaba derrumbado en el asiento, respirando como si hubiera corrido una maratón, con la verga semidura todavía afuera del pantalón.
—Joder, Camila —murmuró—. No pensé que fueras tan buena.
Sonreí sin contestar. Me limpié la barbilla con el dorso del dedo y me lo lamí lento, sabiendo que él me observaba con devoción. Sabiendo, también, que el otro acababa de irse con la imagen de mí grabada en alguna parte.
—¿Te gustó cómo te pagué el viaje? —pregunté con voz suave.
—Mucho más de lo que esperaba. Hace tiempo que no disfrutaba algo así. Quisiera disfrutarlo más.
Me bajé la falda, me arreglé los tirantes de la blusa, recompuse el pelo con los dedos. La humedad entre los muslos seguía intacta, latiendo.
—Podríamos disfrutarlo en otra ocasión —dije, con una sonrisa pícara.
Levantó una ceja, sorprendido. Se pasó la mano por el pelo, todavía agitado.
—¿En otra? Joder, Camila, me dejas con las ganas. Pensé que íbamos a aprovechar más el momento.
—Pues guárdate esas ganas. La próxima vez te tengo algo mejor preparado.
Me lanzó una mirada larga, evaluándome, como si estuviera calculando si valía la pena insistir. Decidió que no. Se acomodó, se subió el cierre y arrancó el auto. La música baja de la radio se hizo cargo del silencio.
De vez en cuando él me lanzaba una mirada cargada de deseo, especialmente cuando cruzaba las piernas y la falda volvía a subirse. Yo solo sonreía, con la cabeza llena de un secreto que no iba a contarle. El parque, los pinos, la gorra calada hasta los ojos, la mano del desconocido moviéndose al ritmo del mío. Todo eso era mío.
***
Cuando llegamos al centro comercial, estacionó frente a la entrada principal. Antes de que bajara, me sostuvo la mirada.
—Camila, guarda mi número. La próxima vez que pidas viaje, avísame con anticipación. Te prometo un servicio completo.
Bajé del auto con las piernas todavía un poco temblorosas. Le guiñé un ojo.
—Lo tendré en cuenta. Gracias por el viaje. Y por aceptar mi forma de pago.
Cerré la puerta y caminé hacia la entrada del centro comercial, sintiendo su mirada clavada en mi trasero. Sabía que me miraba. Y no me importaba. Después de los pinos, una mirada más era casi nada.
Ya dentro, en medio del aire acondicionado y la música ambiental, saqué el teléfono y abrí la aplicación. El corazón todavía me latía rápido, pero no por miedo. Por anticipación.
Pensé en el desconocido entre los árboles, en el modo en que se movía su mano, en cómo me había mirado al final, casi con respeto. Pensé que quizá la próxima vez podría elegir un parque más concurrido. Quizá, incluso, podría dejar la ventana entreabierta para que se escuchara mejor.
Uno más antes de volver a casa, pensé. Y pulsé «pedir viaje».