Llegué sin avisar y vi algo que tardé años en entender
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Tenía el cursor parpadeando y él asomado a la puerta con esa pregunta que nunca sé cómo negarme. Esa tarde no fue un rapidito.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.
Cuando la invité a mi departamento creí que tendría el control. Su mirada cambió en cuanto cerré la puerta y supe que me había equivocado.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando me topé en mi puerta con aquel gigante callado pidiendo perdón antes de hablar, supe que mi padre acababa de meterme en el lío más caliente y absurdo.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Cuando Valeria le corrigió la postura en la máquina, él no pudo evitar que se notara. Ella lo vio, sonrió y le propuso algo que no estaba en ningún programa.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Firmé sin pensar demasiado. Nueve horas después entendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Y alguna parte retorcida de mí lo deseaba.