Mi dueña me ató de rodillas antes de irse a cenar
Natalia sabía exactamente lo que hacía. Siempre lo sabía.
Yo llevaba arrodillada en el suelo de su dormitorio el tiempo suficiente como para que me dolieran los muslos. Las cuerdas de yute me apretaban las piernas plegadas contra sí mismas, inmovilizándolas por completo. Otro tramo de cuerda me ceñía el torso justo por debajo y por encima de los pechos, realzándolos de un modo que habría sido obsceno si alguien se hubiera dignado a mirarlos. Tenía las muñecas atadas a la espalda, los codos casi tocándose, y una línea tensa ascendía desde mis muñecas hasta una argolla en el techo que me obligaba a inclinarme hacia delante. Mi pelo, recogido en una coleta tirante, estaba anudado al mismo punto, de modo que no podía bajar la cabeza ni girarla demasiado.
Y entre las piernas, una cuerda hundida contra mi sexo con una presión constante e insuficiente. Como un recordatorio permanente de lo que no iba a obtener.
Las pinzas en los pezones llevaban puestas desde el principio. La cadena que las unía colgaba frente a mi boca y yo la sujetaba con los dientes para aliviar un poco la tensión. Cada vez que tragaba saliva o se me escapaba un suspiro, la cadena tiraba y un latigazo breve me recorría el pecho.
Natalia, mientras tanto, se probaba vestidos.
Estaba de espaldas a mí frente al armario abierto, descalza, en ropa interior negra. Sacó un vestido verde esmeralda, se lo puso por la cabeza, lo alisó contra sus caderas mirándose en el espejo de cuerpo entero, frunció los labios y se lo quitó. Lo dejó sobre la cama, encima de otros tres que ya había descartado. Después sacó una falda corta de cuero rojo y una camisa ajustada de tela casi transparente, y las sostuvo juntas frente a su cuerpo. Ladeó la cabeza. Pareció gustarle lo que veía.
En ningún momento me miró.
Yo conocía ese juego. Lo habíamos jugado docenas de veces desde que nuestra relación dejó de ser solo dos amigas que se besaban después de la tercera copa de vino. Lo que empezó como curiosidad se transformó en necesidad, y la necesidad encontró su forma: Natalia mandaba, yo obedecía. No por debilidad, sino porque entregarle el control era lo más honesto que había hecho en mi vida.
Natalia me ignoraba porque sabía que cada segundo de indiferencia me encendía más que cualquier caricia. Sabía que yo estaba ahí, desnuda y atada, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, observando cada uno de sus movimientos como si fuera lo único que existiera en el mundo. Y disfrutaba con ello. Lo notaba en el modo en que se movía un poco más despacio de lo necesario, en cómo se demoraba eligiendo, en la curva casi imperceptible de sus labios cada vez que me escuchaba tragar aire.
Se quitó el sujetador con un movimiento rápido y se puso la camisa sin abrochársela del todo. Los botones inferiores quedaron tensados sobre sus pechos y los superiores, abiertos, dejando ver el nacimiento de su escote. Se subió la falda roja, que apenas le cubría los muslos, y se giró frente al espejo comprobando cómo le quedaba por detrás. Sonrió para sí misma. Había elegido.
Ni siquiera me ha pedido opinión, pensé. Era parte del juego y lo sabía, pero el pensamiento me atravesó igual, con esa mezcla de frustración y deseo que Natalia cultivaba en mí como quien riega una planta con paciencia infinita.
Se acercó al tocador. Eligió un perfume, el caro, el que reservaba para las ocasiones que ella consideraba importantes. Se lo aplicó en el cuello, detrás de las orejas, entre los pechos. Después bajó el frasco hacia su entrepierna, como si fuera a rociarse ahí también, pero se detuvo. Miró el frasco. Pareció pensárselo.
Y entonces, por primera vez en casi una hora, me miró.
Sentí sus ojos como un golpe en el estómago. Apreté la mandíbula y alcé el mentón instintivamente, tirando de la cadena con los dientes. Las pinzas tiraron de mis pezones y mis pechos se movieron. Lo hice otra vez. Y otra. Era mi única forma de hablar. No me dejes así. Estoy aquí. Mírame.
Natalia dejó el perfume en el tocador y caminó hacia mí con pasos lentos y deliberados, con esa sonrisa leve que yo había aprendido a temer y a desear en partes iguales. Sus tacones aún no puestos, descalza sobre la tarima, sin hacer casi ruido. Se detuvo justo delante de mí. Sus piernas quedaron a la altura de mi cara y el olor de su perfume me envolvió, pero debajo había otro aroma, más cálido, más denso, que me hizo cerrar los ojos un instante.
Se levantó la falda apenas lo necesario. No llevaba ropa interior. Su sexo depilado apareció frente a mí, a centímetros de mi boca, tan cerca que podía sentir su calor. Me tomó de la coleta con firmeza, obligándome a alzar la vista hacia ella a pesar de que las cuerdas me inclinaban hacia abajo. El tirón me arrancó un quejido.
—El taxi llega en cinco minutos —dijo con voz tranquila, casi aburrida—. Más te vale hacerme acabar antes. Ya sabes cuánto me disgusta llegar tarde.
Intenté asentir, pero su mano me sujetaba con tanta fuerza que apenas podía mover la cabeza. Entonces hice lo único que podía hacer: solté la cadena de entre mis dientes, dejé que las pinzas tiraran de mis pezones sin freno, abrí la boca todo lo que pude y saqué la lengua.
Fue todo lo que necesitó.
Me empujó contra su sexo de un solo movimiento, brusco y preciso. La humedad me cubrió los labios, la barbilla, las mejillas. Yo no tenía manos, no tenía equilibrio, no tenía nada excepto mi lengua y la urgencia de esos cinco minutos que ya estaban corriendo.
La lamí con la desesperación de quien siente que llega tarde. Tracé con la lengua toda la extensión de su sexo, de abajo hacia arriba, y me concentré en su clítoris con movimientos rápidos y firmes. No podía respirar bien. Solo podía olerla, sentir el calor de su piel contra mi cara, escuchar el sonido húmedo de mi boca trabajando contra ella. Los hombros me ardían por la posición, las cuerdas me mordían los muslos, y las pinzas en los pezones enviaban descargas de dolor agudo cada vez que me movía. Nada de eso importaba.
Natalia comenzó a apretar los muslos contra mis mejillas. Primero suave, casi como un abrazo. Después con fuerza, encerrándome, aplastando mi cara contra ella. Su mano en mi coleta me guiaba, me empujaba, me mantenía exactamente donde me quería. Gemía sin reparos, sin pudor, con esa libertad animal que solo aparecía cuando sentía que tenía el control absoluto de la situación. Y de mí.
Yo gruñía por el esfuerzo físico. Me dolía la mandíbula, me ardían los músculos de la lengua, y las piernas me temblaban de mantener la posición sobre las rodillas. Pero seguí. Aumenté la presión, el ritmo. Cerré los labios alrededor de su clítoris y succioné mientras mi lengua no dejaba de moverse, rápida, insistente, hambrienta. Cada músculo de mi cuerpo estaba volcado en esa única tarea, como si el mundo se hubiera reducido a los centímetros de piel entre sus piernas.
Sus gemidos subieron de tono y de cadencia. Me apretó la coleta tan fuerte que sentí que me la iba a arrancar. Sus muslos temblaron contra mis mejillas, primero un estremecimiento breve, después otro más largo, y después una sacudida profunda que le recorrió todo el cuerpo desde las caderas hasta los hombros.
Y de golpe, como una ola que rompe y se convierte en espuma, sus gemidos se cortaron y su cuerpo se relajó.
Supe que se había corrido. Lo supe por el modo en que todo su peso se inclinó ligeramente hacia delante, por cómo su mano pasó de apretar a acariciar mi pelo con suavidad, por la respiración larga y temblorosa que intentaba controlar. Pero no paré de lamerla. No podía parar. Parte de mí temía que lo hubiera fingido solo para después aplicarme algún castigo, y otra parte, la más honesta, simplemente no quería detenerse.
Solo cuando me retiró la cabeza tirando de la coleta alcé los ojos para encontrarme con los suyos. Me observó desde arriba con esa expresión que yo conocía bien: satisfacción profunda, mezclada con algo más cálido que jamás admitiría en voz alta. Yo le sostuve la mirada con la cara empapada, y me pasé la lengua por el labio superior antes de morderme el inferior.
¿Sabes que quiero más? ¿Sabes que estoy empapada y que me duele no poder tocarte?
No hizo falta que lo dijera. Natalia se inclinó un poco, deslizó la mano entre mis muslos por debajo de la cuerda y rozó mi sexo con las yemas de los dedos. Apenas un toque, breve y preciso, suficiente para confirmar lo que ambas ya sabíamos. Retiró la mano, se frotó los dedos entre sí delante de mi cara y sonrió, aunque trató de disimularlo.
Después me restregó su sexo por la cara con un movimiento lento y deliberado, marcándome con su olor, y se bajó la falda. Se alisó la camisa frente al espejo sin volver a mirarme, se calzó los tacones negros que había dejado junto a la puerta y revisó el contenido de su bolso.
Yo seguía arrodillada, jadeando, con el sabor de ella en los labios y una humedad entre las piernas que la cuerda convertía en tortura.
Natalia abrió la puerta del dormitorio y se detuvo en el umbral. Se giró apenas lo justo para mirarme por encima del hombro.
—Buen trabajo —dijo—. No te muevas de ahí hasta que vuelva.
Y salió.
Escuché sus tacones alejarse por el pasillo, el tintineo de las llaves en el recibidor, el clic de la puerta principal al cerrarse. Después, nada. Solo el zumbido lejano de la calle y el latido de mi propio corazón resonando en las paredes vacías.
Me quedé sola en la penumbra del dormitorio, atada, dolorida y más excitada de lo que había estado en semanas. El perfume de Natalia todavía flotaba en el aire, mezclado con su olor íntimo y con el mío propio. Las pinzas me pulsaban en los pezones al ritmo de mi respiración. La cuerda entre mis piernas se sentía como una mano que aprieta pero nunca acaricia.
Vuelve pronto, pensé.
Pero sabía que no volvería pronto. Sabía que cenaría con él tomándose su tiempo, que pediría postre, que alargaría la sobremesa mientras yo seguía aquí, marinándome en mi propia necesidad hasta que las cuerdas fueran lo de menos. Y sabía, con una certeza que me calentaba el pecho tanto como me apretaba el estómago, que cuando por fin abriera la puerta yo estaría exactamente donde me había dejado.
No porque me lo hubiera ordenado.
Sino porque no existía otro lugar en el mundo donde quisiera estar.