Lo que su entrenadora le enseñó en el vestuario
El gimnasio aún no había abierto cuando ella le tiró de la muñeca y lo metió en el vestuario vacío. Esa clase no estaba en el menú de la app.
El gimnasio aún no había abierto cuando ella le tiró de la muñeca y lo metió en el vestuario vacío. Esa clase no estaba en el menú de la app.
Cuando rompí el sello rojo del sobre, supe que mi vida estable acababa de cruzar una línea. Lo que no esperaba era que mi marido me suplicara que aceptara aquella propuesta indecente.
Llevaba dos años sirviendo cafés en la parada cuando él entró sin saludar y me reconoció de otra vida. Supe enseguida que esa noche no iba a dormir tranquila.
Sabía que ese día iría sin sostén, con el vestido más corto que tenía. Y sabía que él me miraría como siempre. Lo que no sabía era hasta dónde llegaríamos.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Su regalo de aniversario la esperaba al otro lado de un agujero en la pared. Solo había una regla, y era que yo me quedaba a mirar.
Cuando bajé esa noche por agua, escuché risas que no eran de la televisión. Mi madre tenía visita. Y yo, sin proponérmelo, me convertí en testigo de todo lo que vino después.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
Cuando su sumisa me tapó la boca y la nariz, mi cuerpo gritó por aire. Pero algo más oscuro y prohibido despertó entre mis piernas, y ya no quise que parara.
La veía cada semana detrás de la barra, con sus gafas y su silencio. Cuanto más la miraba, más seguro estaba de que escondía algo que nadie más imaginaría.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
Llevaba meses fantaseando con ella. Cuando bajó del escenario y puso su boca sobre la mía, entendí que esa fantasía nunca iba a desaparecer.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Tenía el cursor parpadeando y él asomado a la puerta con esa pregunta que nunca sé cómo negarme. Esa tarde no fue un rapidito.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.