Bajo las órdenes del Ama Vera
La mazmorra del Ama Vera no tenía secretos para mí, pero esa noche llegó Elena, y todo cambió cuando Vera nos ató juntos cara a cara.
La mazmorra del Ama Vera no tenía secretos para mí, pero esa noche llegó Elena, y todo cambió cuando Vera nos ató juntos cara a cara.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
El gimnasio aún no había abierto cuando ella le tiró de la muñeca y lo metió en el vestuario vacío. Esa clase no estaba en el menú de la app.
Cuando rompí el sello rojo del sobre, supe que mi vida estable acababa de cruzar una línea. Lo que no esperaba era que mi marido me suplicara que aceptara aquella propuesta indecente.
Llevaba dos años sirviendo cafés en la parada cuando él entró sin saludar y me reconoció de otra vida. Supe enseguida que esa noche no iba a dormir tranquila.
Sabía que ese día iría sin sostén, con el vestido más corto que tenía. Y sabía que él me miraría como siempre. Lo que no sabía era hasta dónde llegaríamos.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Su regalo de aniversario la esperaba al otro lado de un agujero en la pared. Solo había una regla, y era que yo me quedaba a mirar.
Cuando bajé esa noche por agua, escuché risas que no eran de la televisión. Mi madre tenía visita. Y yo, sin proponérmelo, me convertí en testigo de todo lo que vino después.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
Cuando su sumisa me tapó la boca y la nariz, mi cuerpo gritó por aire. Pero algo más oscuro y prohibido despertó entre mis piernas, y ya no quise que parara.
La veía cada semana detrás de la barra, con sus gafas y su silencio. Cuanto más la miraba, más seguro estaba de que escondía algo que nadie más imaginaría.