Mi confesión: aquella rave con mi compañera de piso
Era finales de noviembre de 2018, y el aire de Oporto ya cargaba ese frío húmedo que se te metía en los huesos al amanecer. Había pasado un mes desde aquella madrugada con Tomé en el reservado del Industria, y por mucho que intentara hacer mi vida normal —las clases en la Facultad de Letras, los desayunos en la cafetería de la esquina, las llamadas a Sevilla— mi cabeza volvía siempre al mismo lugar: a esa polla brutal que me había abierto, a la sensación de ser usada y querida en partes iguales. Ya no era la misma chica que se había bajado del avión con la maleta llena de libros y de promesas razonables. Ahora quería más. Quería sentirme desbordada otra vez.
Mi compañera de piso se llamaba Carla. Mallorquina de Sóller, veintitrés años, piel del color de la miel oscura, pelo negrísimo que le caía hasta media espalda, ojos enormes y un poco tristes. Era delgada, con esa fragilidad de huesos finos: cintura estrecha, piernas largas pero sin músculo, pechos pequeños y firmes que apenas asomaban bajo cualquier camiseta. Vestía siempre cosas anchas, telas oscuras, como si pidiera permiso para ocupar espacio. Hablaba poco. Observaba mucho. Cuando reía, lo hacía bajito, casi como pidiendo perdón. Pero alguna noche, después del tercer vino, se le destrababa la lengua y se convertía en otra persona. Había roto con su novio del instituto tres meses atrás y desde entonces andaba como en pausa: revisaba Tinder, miraba a los chicos del bar, pero nunca daba el paso. Hasta que le conté lo de Tomé.
Aquella noche estábamos en el balconcito del piso de Ribeira, con dos botellas de Super Bock y una manta encima de los hombros. El Duero abajo, oscuro y plano. Le solté todo sin filtro: cómo Tomé me había follado la boca en el baño, cómo me había puesto a cuatro patas sobre el lavabo, cómo había sentido cada chorro caliente reventando dentro. Carla me escuchaba con la cerveza a medio camino de los labios, mordiéndose la boca, las mejillas cada vez más rojas. Cuando terminé, tardó un rato en hablar.
—Joder, tía… yo nunca sentí nada así. Te tengo una envidia.
La miré fijo.
—Pues vente conmigo esta noche. Hay una rave en una nave de Bonfim. Techno duro, gente rara, hasta que amanezca. Si aparece Tomé, te lo presento. Y si no, ya nos buscaremos algo las dos.
Se quedó callada un rato largo, mirando el río. Al final asintió despacio, sin levantar los ojos.
—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?
Nos arreglamos en mi cuarto. Yo fui directa al grano: body negro de encaje casi transparente, los pezones marcándose y el piercing del ombligo a la vista; minifalda vaquera deshilachada que apenas me cubría las nalgas; botas altas hasta media pantorrilla y eyeliner medio corrido a propósito. Carla dudó frente al armario más de veinte minutos. Sacaba prendas, las dejaba, volvía a sacarlas. Al final se decidió por un vestido negro ajustado pero con caída, que le llegaba a media pierna, cuello alto y manga larga, y una espalda casi completamente al aire que dejaba ver la curva delgada de su columna. Tacones bajos, pelo suelto, brillo discreto en los labios. Parecía una versión cuidada y elegante de una chica que iba a comerse la noche sin que nadie se lo viera venir.
Llegamos a la nave a las tres menos diez. La cola era corta pero densa: máscaras de látex, vinilo, piercings raros, olor a hachís y a sudor antes incluso de entrar. Cuando cruzamos el umbral, el bajo nos cayó encima como una losa. Techno industrial, kicks que te masajeaban el estómago. Nos metimos directas a la pista. Yo bailaba sin pudor, los brazos arriba, las caderas marcando ritmo. Carla, al principio, se quedó un paso atrás, moviendo solo la cintura y los hombros, mirándolo todo con esos ojos enormes. Pero, copa a copa, se fue soltando. Acabamos bailando muy pegadas, su cuerpo delgado apoyado contra el mío, riéndonos bajito al oído.
No tardó en aparecer Rui. Portugués, pelo largo recogido en un moño bajo, tatuajes hasta el cuello, alrededor de veintisiete años. Empezó a bailar cerca de mí, rozándome sin invadirme. Le seguí el juego. Carla se apartó un poco, pero no se fue: se quedó mirándonos, mordiéndose el labio.
Rui me cogió por la cintura, su mano abierta sobre la cadera.
—Olá, morena. Danças muito bem.
—Tú también —le respondí pegándome más a él—. ¿Te apetece más que bailar?
Me miró los labios. Sonrió de medio lado.
—Quero tudo.
Le acerqué la boca a Carla y le hablé al oído por encima del bajo.
—Voy un rato con él. Quédate cerca, ¿vale? Si me necesitas, vienes y me sacas.
Asintió, nerviosa pero con los ojos brillantes. Rui me llevó detrás de unas cortinas de plástico, a una zona de sofás rotos donde la música se convertía solo en bajo. Me sentó en uno, me subió la falda y me bajó las bragas despacio, como si estuviera abriendo un sobre que no quería romper.
—Estás molhada… —murmuró metiendo un dedo—. Caralho, molhada pra caralho.
Me comió con hambre. Lengua plana sobre el clítoris, dos dedos curvándose dentro de mí. Me corrí enseguida, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndome el antebrazo para no gritar. Después se levantó y se bajó los pantalones. Polla gruesa, venosa, glande brillante. Me la metió en la boca y me empezó a follar la garganta, primero a un ritmo casi delicado, después cada vez con más fuerza.
—Engole… assim… boa menina.
Me puso a cuatro patas contra el respaldo del sofá. Me penetró de una sola embestida. Dolió justo lo necesario para que me gustara. Me follaba duro, agarrándome las caderas como si fueran un asa.
—Gostas? Diz-me.
—Sí… no pares… —jadeé.
Se vino dentro con un gruñido grave. Salí de detrás de la cortina con las piernas flojas y el semen escurriéndome por el muslo izquierdo. Carla me esperaba cerca de la barra, con una cerveza casi vacía en la mano y cara de no saber dónde mirar.
—¿Bien? —preguntó muy bajito.
—Rápido y a tope —contesté riéndome—. ¿Y tú?
—Estuve mirando, tía… —admitió, sonrojándose hasta las orejas—. Me puse mala viéndoos.
***
Hacia las cinco y media, cuando el almacén ya olía a amanecer pero el sonido seguía latiendo, lo vi. Tomé. En el centro de la pista, bailando con esa soltura animal que tenía. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados sudados, piel de chocolate brillando bajo los flashes. Nuestras miradas chocaron. Sonrió de medio lado, esa sonrisa que me derretía sin piedad.
Se acercó sin prisa, abriendo paso entre la gente como si todos le debieran algo.
—Olá, miúda. Voltaste —dijo grave, voz raspada por el humo.
—No podía olvidarte —contesté acercándome más—. Y vine acompañada.
Se giró hacia Carla. La miró de arriba abajo, lento, sin disimulo.
—E tu és…?
—Carla —dijo ella casi sin voz, sin apartar la mirada—. La amiga.
Tomé sonrió más amplio.
—Prazer, Carla. Gostas de dançar?
Ella tragó saliva.
—Un poco… sí.
La cogió de la mano con una suavidad que sorprendía en alguien tan grande; con la otra me cogió a mí.
—Vem comigo. As duas.
Nos llevó a un rincón al fondo, junto a unas columnas de hormigón. La pared estaba fría a pesar del calor del cuerpo. El humo se quedaba colgando ahí abajo, denso. El bajo retumbaba contra la espalda.
Primero me besó a mí, profundo, la lengua entrando como si conociera el camino. Luego se giró hacia Carla y le levantó la barbilla con dos dedos.
—Posso? —preguntó en voz baja.
Ella asintió, temblando un poco. La besó lento, exploratorio, como si Carla fuera de cristal. Carla gimió contra su boca, casi inaudible.
Tomé me miró por encima del hombro de ella.
—Tira o vestido, miúda. Quero ver.
Carla se quitó el vestido despacio, dejándolo caer al suelo. Se quedó en tanga negro y sujetador a juego. Piel morena perfecta, cuerpo delgado temblando apenas.
Tomé se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo recordaba en sueños: larga, gruesa, ligeramente curvada, venosa, glande oscuro e hinchado.
Carla abrió mucho los ojos.
—Madre mía… —susurró—. ¿Eso entra?
—Vai entrar —rió bajito Tomé—. Vem cá.
Me arrodillé yo primero. La lamí despacio, saboreando el precum salado en la punta. Carla se puso a mi lado, dudando dos segundos, después su lengua junto a la mía. Lamíamos juntas: lenguas rozándose alrededor del glande, besándonos por encima de él. Tomé gruñó hacia el techo.
—Foda-se… as duas… assim…
Me levantó del pelo con cuidado, me empujó contra la pared y me subió una pierna sobre su cadera. Me penetró despacio, abriéndome poco a poco. Gemí alto.
—Joder… otra vez… me partes…
—Calma… aguentas tudo —susurró pegado a mi oreja, empezando a empujar profundo.
Carla se acercó por detrás, me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del body. Después se arrodilló y me lamió donde Tomé y yo nos uníamos: mi clítoris, sus testículos, sin asco ninguno.
—Sabe… a los dos —murmuró con voz ronca, los ojos entornados.
Tomé me embistió más fuerte. Me corrí temblando, los chorros calientes resbalando por sus muslos.
Después le tocó a ella. La puso de cuatro patas contra la columna. Se frotó primero, untándose con mis fluidos. Empujó despacio, centímetro a centímetro.
Carla jadeó.
—Es… mucho… despacio…
—Respira, miúda. Vais gostar —dijo Tomé, deteniéndose cada vez que ella tensaba los muslos.
Cuando estuvo dentro hasta el fondo, Carla soltó un gemido largo, sin freno.
—Joder… me llena… me llena entera…
Tomé empezó a moverse a un ritmo lento, profundo. Yo me coloqué frente a él y le metí la lengua en la boca mientras él la follaba a ella. Después me senté en el suelo, abrí las piernas y le presenté el sexo a Carla. Ella me lo comió con los ojos cerrados, gimiendo entrecortada cada vez que él la embestía por detrás.
—Diz que és minha… as duas —gruñó Tomé.
—Sou tua… —jadeó Carla—. Fode-me… mais…
Se corrió apretándolo, temblando, los gemidos amortiguados contra mi sexo. Tomé aceleró y se vació dentro de ella con un rugido que se perdió en el bajo.
Volvió a mí al final. Me levantó del suelo, me subió las dos piernas a la altura de su cintura y me follaba contra la pared mientras Carla, todavía temblando, lamía desde abajo lo que se desbordaba. Me corrí gritando, sin importarme nada. Él se vino dentro otra vez, los chorros calientes saliendo por los lados.
***
Salimos al amanecer los tres pegados, oliendo a sexo y a sudor industrial. Caminamos por el muelle del Duero, con el cielo pasando de gris a rosa pálido. Carla me cogió la mano y me la apretó. Habló muy bajito.
—Gracias… por traerme.
Tomé nos miró a las dos, las manos metidas en los bolsillos, esa sonrisa tranquila de quien no tiene prisa por irse.
—Próxima vez… na minha casa. Cama grande. Sem pressa.
Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y lleno, y por un segundo pensé en mi habitación de Sevilla, en mi yo de hacía un año, y me dieron ganas de reírme de aquella chica.
—Hecho —dije.