Mi confesión: perdimos al strip póker y ganamos todo
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Llevaba tres semanas hablando con él. Cuando abrí la puerta del hotel y lo vi llenando todo el marco, supe que esa noche no se la iba a contar a nadie. Hasta hoy.
Llegué al parque diez minutos antes y pensé en huir tres veces. Cuando los vi acercarse de la mano supe que iba a decir que sí a todo.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Cuando el capitán apagó los motores en aquella cala escondida, entendí que la reunión estratégica había sido una excusa y el verdadero plan apenas empezaba.
Me la encontré en la cocina de una fiesta y me dijo al oído que llevaba la noche entera mirándome. Esa noche cambió todo.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Llevaba un mes soñando con volver a encontrarlo cuando mi compañera de piso me confesó que me tenía envidia. Esa misma noche la llevé conmigo a la rave.
Lo esperé en el aeropuerto con vestido rojo y la regla puesta. Pensé en avisarle. Cuando me besó, supe que ya no había vuelta atrás.
Crucé las piernas para distraerlo sin saber que dos días después iba a estar de rodillas entre sus libros, mientras los demás chicos salían del instituto sin sospechar una sola cosa.
Llevaba una semana entera contando las horas. Cuando lo vi cruzar las puertas del aeropuerto, supe que esa noche no iba a ser como las demás.
Aquel sábado dejé que el sol me diera en los pechos y a Andrés arrodillado a mi lado. Ninguno de los dos sospechaba lo que iba a salir de mi cajón.
Llegué sola al Tresor a las tres y media. Cuando bajé al sótano no buscaba a nadie; lo que pasó después con aquel brasileño aún no me atrevo a contárselo a mis amigas.